LA SIRVIENTA

Estaba sin trabajo y lo necesitaba urgentemente. Compré el periódico local decidido a encontrar algo como fuera, ya que mi casero me había dado un ultimátum para que le pagara el alquiler al final del mes o me tendría que buscar otro sitio. Ojeando los anuncios descubrí uno y creí que me podría interesar, incluso ofrecía la posibilidad de quedarme de interna en la casa, lo que era más que interesante.

El anuncio decía así: “Trabajadora doméstica: se busca chica para limpieza de hogar. Posibilidad de vivir en casa. Debe tener buena presencia, limpia y se le proporcionará uniforme que será de uso obligatorio. Algunas tareas pueden ser algo pesadas. El sueldo será bueno y con incentivos por los trabajos extras. Seguridad Social incluida. Para entrevistas llamar al XXXXXXXXXX”.04

Me decidí a llamar y una educada mujer me dio una dirección y una hora para la entrevista. Después de diez minutos en taxi por las afueras de la ciudad, llegamos a una gran verja de hierro que daba acceso a una propiedad. Llamé al intercomunicador que estaba junto a la verja y una voz me preguntó quién era.
Después de darle mi nombre y la razón de mi visita, la verja se abrió con un sonido automático. Fui caminando a lo largo de un camino empedrado que llevaba hasta una casa, de unas cinco o seis habitaciones, dos plantas y unos ventanucos que debían dar a un sótano.

La casa parecía elegante y aislada. Viendo el panorama imaginé que tendría bastante trabajo, pero merecía la pena intentarlo si el sueldo era tan bueno. Además, nunca me había asustado el trabajo duro, si estaba bien pagado, lógicamente.

Durante la entrevista, noté como la señora, de unos cuarenta y dos años, atractiva y elegantemente vestida con un traje de chaqueta, me miraba escrutadoramente, como si me desnudara con la mirada, como si quisiera ver mi interior, saber cómo era. Sonreía mucho y parecía una buena persona.

Me contó que su marido había fallecido recientemente y ella se encargaba de la empresa familiar. Ella hubiera querido venderla, pero se resistía y mientras no encontrara una persona adecuada para llevarla, prefería hacerlo ella misma. Por eso, necesitaba a alguien que se encargara de la limpieza de la casa y de su cuidado. Ella llegaba muy cansada y le era muy pesado dedicarse también a las tareas domésticas.

Me dijo que me contrataría por un período de prueba de tres meses y que si le agradaba mi trabajo, podría quedarme fija en la casa. Incluso me ofreció un cuarto para quedarme como interna durante el período de prueba. Me advirtió que tendría que llevar el uniforme durante todo el día, por lo que apenas necesitaría ropa propia. Mis deberes consistirían en hacer toda la limpieza, fregado, hacer las camas, ventanas…

Le pregunté si también tendría que hacer la comida, pero ella me aclaró que no, que lo único que tenía que hacer era poner y retirar la mesa, así como el posterior fregado, ya que a ella le encantaba cocinar, le relajaba. No me lo pensé y acepté el trabajo, firmando un contrato por tres meses.

Estaba desesperada por encontrar un trabajo y no reparé en el contrato al firmarlo, ni le eché una ojeada. Me dijo que si quería podía empezar enseguida. Le pregunté dónde estaba mi habitación y me lo indicó, señalándome que una vez cambiada le entregara toda mi ropa para que ella me la guardara, ya que no la iba a necesitar en tres meses. A continuación me llevó hasta mi cuarto, que tenía su propio baño.

Comencé a desnudarme y me quedé en ropa interior, pero ella me dijo que también me la quitara y se la diera, ya que el uniforme lo incluía todo. Le pregunté por mi uniforme y ella me dijo que después lo encontraría sobre la cama. Me preguntó mis medidas y sonrió, me dijo que mis medidas eran las justas para el uniforme de criada que tenía disponible para mí. Se marchó al cuarto contiguo mientras yo me preparaba para darme una ducha.

Mientras estaba bajo la ducha, ella se asomó por la puerta del baño y me dijo que ya tenía mi uniforme preparado. Después oí cómo se marchaba y cerraba la puerta. Me sentí más relajada al verme por fin sola, no me hizo gracia estar desnuda ante mi nueva jefa, pero su naturalidad no me hizo sentir incómoda, así que pensé que mejor que una ducha podría darme un baño porque además junto al baño había varios frascos con jabones, sales y fragancias que seguro me relajarían aún más.

Mientras me secaba, me miré al espejo y pensé que estaba muy bien, mi cuerpo era joven y hermoso, además, en ese momento olía a exquisitas fragancias. Sin saber por qué, pensé si yo podría gustarle a aquella mujer. Rápidamente hice un ademán e intenté olvidarme de eso. Utilicé un desodorante que había junto al espejo del baño, me pareció de un olor delicioso. Con la toalla envolviendo mi cuerpo, salí del baño y me dirigí hacia la cama para ponerme mi nuevo uniforme. Al verlo, noté algo extraño.

“Esto no puede ser -pensé- Aquí tiene que haber algún error”. No sabiendo qué hacer, miré dentro del armario para ver si había un uniforme más apropiado, yo no podía salir con aquello que mi jefa había dejado encima de la cama. Pero dentro del armario había dos uniformes más completamente idénticos, además de una bata de raso. ¿Dónde me había metido?

Decidí hablar con la señora y dejar las cosas claras. Quería decirle que de ninguna manera estaba dispuesta a llevar aquel uniforme que ella me había preparado y aclarar si me había ocultado algo.

Me puse la bata, que sentí muy suave contra mi piel. El roce era agradable y me acaricié, aunque rápidamente aparté aquellos pensamientos lujuriosos de mi cabeza, estaba enfadada. Dejé mi cuarto y me dirigí al despacho donde tuve la entrevista. Estaba ante un ordenador trabajando, al oírme se volvió y me miró un tanto defraudada, pero no tanto como yo. Le dije:

– Creo que ha cometido un error, el uniforme no es el apropiado para mí -Ella me contestó:

– Te equivocas, ese es el uniforme de criada que se viste en esta casa.

– El uniforme es demasiado pequeño y corto, mis pechos se saldrán y la falda dejará ver mi culo, además de los ligueros que me ha dejado y no hablemos de los zapatos, no creo que nadie aguante unos tacones tan altos durante todo el día- le respondí.

– Mira, niña, ese es el uniforme de sirvienta que debes vestir en mi casa y no hay nada más que hablar.

– De ninguna manera, así que por favor devuélvame mi ropa y me iré ahora mismo de aquí -La señora volvió a sonreír.

– De eso nada, no te puedes ir, has firmado un contrato que te ata a mí durante tres meses, y el contrato especifica claramente que vestirás ese uniforme. Además tu ropa la he enviado al tinte y en la casa no hay otra ropa para ti más que esa.

Me dijo estas palabras al tiempo que me mostraba una copia del contrato que yo había firmado demasiado precipitadamente, y sentándome en una silla leí detenidamente el documento. En efecto, el contrato estipulaba claramente que trabajaría como sirvienta y describía claramente el uniforme. Tras leerlo, enfadada, le dije:

– De ninguna manera me pondré ese uniforme

-Ella me contestó:

– Si no cumples este contrato, te demandaré y fíjate bien en la última cláusula, si no lo cumples, tendrás que pagar a una persona los tres meses de servicio, además de una indemnización que dudo puedas pagarme. Además te aseguro que tengo buenos abogados y han comprobado bien este contrato y todo es legal.

Me quedé con cara de boba, pensativa. No tenía dinero y para nada podría pagar lo que me exigirían. De hecho no tenía ni para pagar un taxi de vuelta, así que una demanda…
Ella me aseguró que nadie más me vería y que no necesitaba salir de la casa para nada, ya que mi trabajo sería realizado enteramente en el interior. Si en todo caso viniera visita, que no eran frecuentes, podría retirarme a mi cuarto si así lo deseaba, eso era decisión mía.
Además, no tenía nada que temer con respecto a ella. Le pregunté si había alguna otra sorpresa y ella me indicó que leyera bien el contrato, que seguro encontraría alguna que otra cláusula que yo había pasado por alto. Ella miraba descaradamente mis piernas mientras yo releía el contrato.

Encontré un párrafo donde se me obligaba a ir depilada por completo, recalcando el por completo, que incluía lo que no se veía con el uniforme. Aquello me extrañó, pero pensé que no había problema. Entonces me indicó que si me hubiera fijado, en el baño habría visto una navaja de afeitar, ya que tendría que depilarme a navaja por entero… ¡increíblemente aquello también aparecía especificado en el contrato!, así como las medidas del uniforme y la altura de los tacones de los zapatos.

Después de pensarlo un rato, pensé que no había mucho problema con aquello, al fin y al cabo necesitaba el dinero, el sueldo era muy bueno y nadie me vería excepto ella. Pensé que mi nueva jefa tendría que ser una excéntrica y nada más. Así que me iría a mi cuarto y me vestiría, aunque pensé para mí que la palabra vestir adquiría un sentido diferente con aquel uniforme de sirvienta.
Me levanté y la miré a los ojos mientras ella sonreía.

– Bien, volveré a mi cuarto, me depilaré en el baño y me pondré su dichoso uniforme.

Desnuda delante del espejo, miraba mi cuerpo con un bote de espuma de afeitar en una mano y la navaja en la otra. Miré mi entrepierna, bastante peluda por cierto, así como mis axilas. Me di la vuelta y abrí mi culo, pudiendo ver los pelos alrededor de mi ano, pensé que quizás aquello no entraba en el contrato.
Apliqué la espuma en mis axilas y pasé la afilada hoja de la navaja. Raspaba un poco, era inexperta, pero conseguí afeitarme ambas axilas.

Después apliqué espuma en mi monte de Venus y mi entrepierna. Me senté en la taza del váter y comencé a pasar la01 hoja un tanto temblorosa.

De repente, ella entró en el cuarto de baño y me dijo que a lo mejor tendría algún problema para afeitarme la entrepierna, ya que quizás no llegaría bien o no me vería, y también el culo.
Yo me quedé estupefacta y pensé en que aquello ya era demasiado, pero miré a su sonriente cara y cómo se acercaba hacia mí y yo misma alcé la navaja ofreciéndosela. Se agachó ante mí y comenzó a pasar la afilada hoja por mi pubis arrastrando con ella todo mi vello.

Después me indicó que alzara las piernas para tener un mejor acceso a mi entrepierna, y así lo hice. La hoja se deslizaba suavemente por mis labios vaginales. Ella lo hacía con verdadera maestría y me quedé sorprendida de la seguridad de sus pasadas. Terminó y pasó una toalla suave por mi entrepierna, que sin quererlo me hizo estremecer.

– Ponte de pie, apóyate en la taza del váter, que voy a seguir con el vello de alrededor de tu ano.

Casi desarmada y sin argumentos, me levanté y me di la vuelta, me agaché y expuse totalmente mi ano. Sentí cómo esparcía la espuma y cómo a continuación la hoja rasuraba toda la superficie alrededor de mi ano. Sentía un suave cosquilleo, al igual que un desconocido frescor. Nunca antes me había depilado mi entre pierna y mucho menos aquella oscura parte. Después de terminar, fue hacia el espejo y cogió un bote de loción.

– No te preocupes, no te escocerá mucho, pero es necesario para dejar la piel tersa y suave.

Yo seguía en la misma posición, así que comenzó por el culo. Di un pequeño respingo al sentir el frescor de la loción, pero realmente no me escoció mucho, sentía un agradable frescor. Sus manos no se detuvieron alrededor de mi ano, sino que suavemente aplicó la loción sobre todo mi culo. Después me indicó que me diera la vuelta, pensé que me daría el bote para que yo continuara, pero no fue así.

Sus manos empapadas en loción acariciaron mi entrepierna y mi pubis y yo cerré los ojos, sintiendo el frescor y el suave escozor que envolvía la zona. Dando por terminado el masaje, se levantó y se fue tal y como entró, dejándome de nuevo a solas. Por un momento pensé que aquella mujer intentaría algo conmigo, dada la situación, pero de nuevo pensé que sería una excéntrica sin mayores peligros.
Decidí que también sería bueno aplicar un bálsamo sobre todo mi cuerpo, y así lo hice con un body-milk que había junto al espejo. Me miré al espejo y tuve que confesar que la vista era impresionante, me encontraba mucho más atractiva, más sensual, más desnuda… Me dirigí a la cama dispuesta a ponerme el dichoso uniforme.

Pasé mi mano por las suaves medias, el tacto era agradable. Cogí el liguero y me lo puse. Después deslicé las medias por mis piernas. Eran medias con costura y tuve que aplicarme para que las costuras quedaran perfectamente alineadas en su sitio. Después cogí las bragas… braguitas… tanga… Aquello era realmente minúsculo, si no me hubiera afeitado, se me saldrían todos los pelos, quizás por eso lo del afeitado… Me las puse y por más que quise no sólo entraban por mi culo, sino por mi entrepierna. Mis labios vaginales escapaban por los lados y la fina tira de atrás se me clavaba un poco en mi ano. Además eran transparentes… ¡Era el colmo!

Busqué el sujetador, bien, no había. Cogí el minúsculo traje de raso negro, bajé la cremallera de atrás y metí mis piernas a través de él. Una vez ajustado, como pensé no me cubría nada. Mi culo era claramente visible, incluso demasiado corto para cubrir mi entrepierna. Intenté abrochármelo y lo conseguí sin ayuda, incluso como antes, esperaba que ella entrara de repente para ayudarme con la cremallera, pero no pasó, menos mal. Me puse un minúsculo delantal blanco.

05Después cogí los zapatos que descansaban junto a la cama. Eran de mi número. Eran una especie de sandalias con sólo una fina tira en los dedos y unas correíllas en los talones que terminaban en una ancha lengüeta de cuero que se cerraba en los tobillos.

Me extrañó encontrar dos pequeños candados abiertos donde se unía la lengüeta. Imaginé para lo que servían y los cerré en torno a mis tobillos. Otra excentricidad. Sería imposible quitarme aquellos zapatos sin su llave correspondiente. Tendría que pedírsela a la señora después.

Fui de nuevo al cuarto de baño y me miré al espejo. Lo que vi me dejó anonadada. Mis pechos se me salían y dejaba entrever el principio de mis pezones, mi entrepierna se veía claramente bajo la falda, los zapatos eran impresionantes, me di la vuelta y mi culo apareció casi por entero ante mí. Aquello me escandalizó, estaba más desnuda que sin ropa, más expuesta. Pero de nuevo pensé en el suculento sueldo, así como en las consecuencias del incumplimiento de mi contrato, y me tuve que conformar con aquello.

Me maquillé suavemente y peiné mi larga cabellera azabache, que dejé suelta, ajustando sobre mis cejas mi flequillo recto. Luego me puse la cofia blanca de encaje y me dispuse a salir.

Aquellos primeros pasos con los impresionantes tacones fueron indecisos, pero pensé que me acostumbraría rápidamente. Abrí lentamente la puerta de mi cuarto y miré a ambos lados del pasillo temiendo encontrarme con alguien que no fuera la señora. Aun sabiendo que estábamos solas en la casa, no pude evitar sentir temor ante mi descarada exhibición de carne.

Me dirigí lentamente hacia el despacho de la señora, mirando hacia todas partes temerosa de miradas indiscretas. Cuando entré en el despacho, ella se volvió y me miró con una amplia y luminosa sonrisa. Se levantó y se acercó a mí, dando una vuelta a mi alrededor, comprobando la vestimenta. Ella me dijo que estaba preciosa, y que así ya podría empezar mis quehaceres.

En ese momento me acordé y le pedí la llave de los candados de mis zapatos, ella sacó una cadenita que colgaba de su cuello y me enseñó la pequeña llavecita, diciéndome que ella misma abriría los candados cada noche si el trabajo había sido totalmente satisfactorio, ya que en el contrato también especificaba que si el trabajo no lo era, ella tenía derecho a pequeños castigos adicionales, como podría ser dormir con los zapatos puestos.

De nuevo recordé una cláusula que mi anonadamiento me había hecho pasar por alto. Me hizo caminar un poco para ver cómo lo hacía con mis nuevos zapatos. No quedó muy satisfecha, ya que me encorvaba un poco y me hizo caminar con la frente alta y derecha, poniendo un pie frente al otro.

– Con un poco de práctica no tendrás problemas para caminar como debe hacerlo una sirvienta instruida.

También tragué con aquello pensando en el dinero y seguí durante un buen rato caminando por la estancia ante su mirada que no perdía detalle.

– Hasta que no camines correctamente, como castigo no te quitarás los zapatos.

Los pies empezaban a dolerme un poco y resoplé resignada. Entonces, por fin me dio la lista de mis quehaceres diarios y me mostró la casa por completo, señalándome mis labores y dónde podría encontrar todo lo necesario para ello. En la cocina, me dirigí a la puerta del sótano que estaba cerrada con llave.

– No son necesarios tus servicios ahí abajo… de momento… y no intentes abrir esa puerta.

Dicho esto, me dejó para que empezara con mis labores. Después de un mes, me acostumbré a hacer mis labores con aquella ropa, así como a caminar erguida con mis zapatos, con los que tuve que dormir durante una semana, con un dolor terrible, hasta que la señora estuvo satisfecha.
Cada sábado me afeitaba mi entrepierna, culo, piernas y axilas, y se hizo costumbre que la señora me ayudara en aquella íntima labor.

Ella estaba poco en la casa y siempre me felicitaba por mi trabajo al regresar, premiándome con un incentivo económico cada vez. Los fines de semana no salía y para mí era más complicado, porque siempre estaba pendiente de mí, mirándome, observándome, pero sin poner pegas a nada ni intentar nada conmigo, como en un principio sospeché. Todo me era familiar y ya no me preocupaba el ir así vestida, todo lo contrario.
Lo que sí me extrañaba era esa cabezonería en ir así “desnuda” y con esos zapatos, pensaba que lo realmente importante era mi trabajo, pero… Un día, después de que ella se fuera al trabajo, fui a hacer su cama y limpiar su habitación.

02Sobre la mesilla junto a la cama había un vibrador. Me sorprendí un poco, pero comprendí que siendo joven y viuda… Lo puse en marcha y sonreí ante la vibración.

Entonces mi cuerpo me recordó que yo también hacía mucho tiempo que no estaba con un chico. Mi mano se fue a mi entrepierna y no tuve problemas en acariciar mi clítoris. No sé cómo, pero terminé sobre la cama con el vibrador metido en mi coño y disfrutando como una loca. Me miraba al espejo del armario mientras lo hacía y verme así “vestida” me excitó aún más, ayudándome a tener un explosivo orgasmo.

Debería haberme sentido avergonzada, pero no fue así. Limpié rápidamente el vibrador con una toalla húmeda y lo guardé en el primer cajón de la mesilla y seguí con mis labores.
Después me daría cuenta qué demasiado rápido limpié el vibrador, y desde luego con qué poca eficacia. Aunque en ese momento me pareció que todo estaba bien y no me preocupé demasiado en que ella pudiera notarlo. De hecho me olvidé pronto de lo que había ocurrido. Estaba más alegre ese día, supongo que gracias al orgasmo y relajé un poco mi trabajo.
Cuando la señora volvió por la noche notó esa alegría en mi cara y sonrió. Después de la cena, subió a su cuarto y al rato me llamó. Cuando entré me quedé parada de repente y con cara de mayúsculo asombro. Ella estaba sentada en la cama con el vibrador en una mano, mientras se lo pasaba por debajo de la nariz.

– ¿Sabes lo que has hecho, no? -Yo balbuceé, con la mirada baja y sin encontrar respuestas.

Ella me señaló su regazo, pero yo no comprendía.

– Ven aquí, has sido una sirvienta muy mala, hay cosas de tu señora que no debes coger y mucho menos usar -Me acerqué hacia ella tremendamente avergonzada y sin saber qué iba a ocurrir- Ponte aquí.

“El contrato es claro, échate sobre mis rodillas”. Su voz era firme y yo comenzaba a comprender sus intenciones. Pensando que ella estaba en su total derecho, me tumbé sobre su regazo. Alzó la minúscula faldita y acarició mi culo antes de lanzar un sonoro azote con su mano sobre mi trasero.

Di un pequeño gritito y ella me dijo que si volvía a gritar en vez de veinte azotes, serían el doble. “¿Veinte?”, pensé. Y así fue, los azotes cayeron sobre mi trasero uno detrás de otro sin yo poderlo evitar, y sin poder aliviarme con un grito de vez en cuando.

Me mordía los labios pensando en un mayor castigo mientras sentía arder mi culo. Aquello me dolía y parecía que no iba a acabar. Con un azote más fuerte que los demás, que me hizo encoger las piernas, ella me anunció que había acabado.

– No vuelvas a usar mis cosas personales. Si quieres un aparato como este para ti te compras uno, pero este no vuelvas a tocarlo nunca, ¿entendido?

Un “Sí, señora” casi imperceptible salió de mi boca, mientras con mis manos masajeaba mi ardiente y expuesto culo. “Ahora puedes retirarte”

-me dijo. Me fui a mi cuarto y lloré ante aquella humillación. Ni de niña mis padres se habían atrevido a pegarme.

Entre lloros, mi mano fue buscando mi entrepierna siempre expuesta y no me fue difícil comenzar a acariciar mi clítoris. Sin saber cómo aquello estaba ocurriendo, comencé a llorar aún más sin preocuparme de que la señora pudiera oírme. El calor en mi culo, la vergüenza y mis llantos me excitaban de una forma nueva.

Más acariciaba mi clítoris, más lloraba, a la vez que restregaba mi mano por mi culo intentando sacar el dolor de los azotes de él. Hasta que de nuevo exploté sin dejar de llorar y en la postura que estaba. Me dormí más placenteramente que nunca, entre lágrimas.

Pasó otro mes más y me esmeré muchísimo, para que aquello no volviera a ocurrir, pero después de ese tiempo sentía que mi entrepierna necesitaba otro orgasmo. Era viernes y no lo pensé. Fui al cuarto de la señora, cogí el vibrador del cajón de la mesilla y me masturbé con él. Cuando terminé, ni siquiera me preocupé de limpiarlo, sino que así, manchado con mis jugos, lo dejé de nuevo en su sitio, esperando a que llegara la noche.

Estuve todo el día más nerviosa y excitada que nunca, y cuando oí su coche di un respingo y fui a mi cuarto, temblorosa, algo arrepentida, pero con un calor interior como antes no había sentido. Mi mente era un cúmulo de sensaciones.
Daba vueltas alrededor de la habitación frotando mis manos nerviosamente y esperando que ella me llamara desde su habitación…
La voz de la señora llamándome desde su habitación me sobresaltó.

Rápidamente acudí a su lado y me encontré con la misma escena de hacía un mes, ella sentada y oliendo las pruebas de mi delito. De nuevo la señora señaló su regazo.03

Me tumbé y yo misma alcé lo poco que se podía alzar mi faldita exponiéndole mi culo. Impávida, me dio los veinte azotes reglamentarios, pero hubo un pequeño cambio. Alargó su mano y del cajón sacó una especie de azotador que consistía en un mango con una tira ancha de cuero partida en dos.

– Esta vez has sido reincidente, por lo tanto el castigo ha de ser superior…

Y dicho esto comenzó con un sonoro y doloroso golpe que me hizo comenzar a sollozar. Los golpes caían y a cada golpe yo lloraba más.
Comencé a excitarme y asociaba ese placer a los azotes y a mis llantos. Cuanto más lloraba, más me excitaba. Llegó el azote veinte y como de costumbre, éste fue más fuerte que los demás, entonces yo me alcé y restregando mi culo, mi cabeza baja y llorando desconsoladamente con el rimel corrido deslizándose por mi rostro, me indicó que ya podía regresar a mi cuarto.
De nuevo no pude evitar masturbarme nada más llegar a mi habitación, y de nuevo fue entre llantos. Mientras me masturbaba me di cuenta de que la señora y aquella situación me atraían enormemente, y continué mas turbándome hasta el orgasmo, con ella en mi mente azotándome.

Aquello empezó a gustarme tanto que a los dos días volvió a ocurrir, no pude evitarlo. Algo en mi interior me lo pedía.

A las dos semanas, después de una nueva tanda de azotes, la señora me dijo que por ser reincidente tendría un castigo adicional. Esa misma noche me obligó a dormir con el consolador incrustado en mi coño y asegurado por el minúsculo tanga, y al otro día vino una nueva sorpresa en forma de castigo.

Se levantó temprano y me llamó a la cocina mientras desayunaba. Cogió dos pinzas de la ropa y me las puso en los pezones, indicándome que no me las quitara en todo el día.

El suplicio fue terrible, pero mientras ella trabajaba no se me ocurrió de ninguna manera el retirarme las pinzas. De nuevo aquella tarde, sin poderlo evitar, subí a su cuarto, cogí el consolador y me masturbé poniéndome boca abajo para que las pinzas presionaran sobre la cama y me procurara el dolor que necesitaba.

Al regresar la señora se repitió la tanda de azotes, pero en esta ocasión llegaron a ser sesenta con la lengüeta de cuero. Mi culo ardió más que nunca, me dolió tremendamente, y mis lágrimas empaparon sus piernas.

A la mañana siguiente el castigo sería adicional, pinzas en mis pezones y en mis labios vaginales y así todo el día. Lo peor era por la noche, cuando me retiraba las pinzas y yo lloraba desconsoladamente de dolor.

Entonces fue cuando me di cuenta clara mente de que asociaba el placer con el dolor y mis lágrimas, y ya no podía obtenerlo si no era de esa forma. Necesitaba el dolor y las lágrimas para correrme.

Yo seguí siendo de lo más rebelde con respecto al uso del consolador, pero eso sí, sin descuidar para nada mis tareas domésticas. El día antes de que mi contrato rescindiera, me dejó atada a una silla de su despacho, desnuda y con seis pinzas en los pezones y diez en mi vagina. Mis piernas y brazos se me entumecieron y el dolor era insoportable, pero curiosamente aquella noche a su regreso fui desatada mientras lloraba desconsoladamente, me quitó las pinzas que me hicieron encoger y llorar aún más, y al ir quitando las pinzas de mi vagina, orgasmé.

¡Fue diferente, no hizo falta que me tocara para que estallara en un mar de placer! Me vestí y fui a dormir a mi cuarto, esta vez completamente desnuda y sin zapatos ni vibradores de por medio.

Al otro día era sábado y el contrato expiraba. Ella me llamó a su despacho y me mostró un nuevo contrato, esta vez de trabajadora fija. Me lo dio a leer y quise firmarlo sin hacerlo. No podía ya vivir sin sus azotes, sus castigos, mis lágrimas, aquel uniforme y mis salvajes orgasmos.

Ella me aconsejó leerlo y yo me negué. Fui a firmar y ella me retuvo.

– Acompáñame -me ordenó.

Fuimos hasta la cocina y sacó la llave que llevaba al sótano, encendió una luz y entramos. Al llegar abajo me quedé petrificada. Allí había de todo para castigar a una persona, de todo: potros, cepos, poleas para suspender a alguien y multitud de instrumentos para infligir dolor. Di una vuelta alrededor de la estancia y toqué aquellos instrumentos, sintiendo la misma excitación que sentía cuando me azotaba.

– ¿Estás ahora dispuesta a firmar? Porque a partir de ahora no hará falta un motivo para castigarte duramente, lo pone en el contrato… Es más, puedo castigarte cuando me plazca, además de solicitarte servicios sexuales para satisfacerme, ya no tengo bastante con un simple consolador.

Yo asentí y comencé a llorar. Señaló el suelo y me arrodillé. Me alargó el contrato, una pluma y sobre el embaldosado suelo, firmé. Continué de rodillas y alcé mi cabeza mirándola a los ojos entre mis lágrimas. Ella acarició mi melena negra mientras sonreía. Llorando desconsoladamente, miré de nuevo a mi alrededor y entonces me di cuenta que aquello en lo que me había convertido era realmente lo que yo siempre había querido ser… Una sirvienta para mi Señora.

Relato: José Luis Carranco

Ilustraciones: Domo

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