EL CAZADOR CAZADO

Eduard Blake se revolvió después de despertar de un intranquilo sueño. El agente del FBI se frotó los ojos y suspiró a causa de la incomodidad que sentía a causa del calor, su cuerpo estaba todo sudoroso, a pesar de dormir en calzoncillos para intentar paliar, de alguna forma, el insoportable sofoco nocturno tropical del verano de la costa malagueña. Tras salir de la cama, Eduard se enfundó una bata y caminó descalzo en dirección a la cocina para prepararse un café. Eran solo las 4 de la madrugada, pero no era capaz de dormir más. Había viajado a esa zona de España desde Estados Unidos, siguiendo la información de un chivatazo anónimo, para perseguir y arrestar a la fugitiva internacional Regine Duval, famosa ladrona y sicaria a sueldo buscada en más de 20 países y en la lista negra de Interpol, la CIA y el FBI por acciones terroristas.

Sus nervios estaban a flor de piel desde el mismo momento en que subió al avión en Washington DC, no podía soportar la idea de que su enemiga ya hubiera descubierto que iba tras su rastro y que pudiera surgir desde cualquier rincón para quitarle de en medio, además, ese maldito calor solo hacía que su insomnio fuera más insoportable aún. Eduard colocó la cafetera en el fogón de la cocina y abrió la nevera para buscar algo de leche que mezclar con el café. En ese momento, el agente escuchó un ruido sospechoso que provenía de la habitación que acababa de abandonar. Eduard miró un momento la puerta de su habitación, paralizado por unos segundos, y una alarma se activó en su cerebro.

Se abalanzó sobre el perchero de la puerta principal del piso de alquiler, donde tenía colgado su cinturón y la bandolera de la pistola. Sacó el arma de su funda y quitó el seguro, luego avanzó con mucha cautela hacia el dormitorio, que tenía la puerta medio cerrada. Eduard inspiró con fuerza, haciendo acopio de valor, no sabía que podía encontrarse al otro lado. De una patada abrió la puerta de golpe y entró
con la pistola en ristre. La habitación estaba en la más absoluta oscuridad, solo la luz de la Luna, que se filtraba a través de las cortinas de la ventana abierta, iluminaba pobremente la estancia.

Eduard se mantuvo en guardia unos segundos, cerciorándose de que la habitación verdaderamente estaba vacía. Puso el seguro al arma y se aproximó a la ventana para cerrarla, seguramente el aire habría abierto la ventana de golpe y esa era la explicación del extraño sonido que lo alarmó. Pero, justo cuando estaba echando el pestillo a la ventana, alguien oprimió contra su cara un pañuelo empapado con cloroformo y, sin poder hacer nada por evitarlo, tras forcejear vanamente un momento, Eduard se desmayó.

Una extraña sensación despertó a Eduard, la sensación de algo húmedo y caliente que recorría su piel, el tacto de alguien que le acariciaba todo el cuerpo, la respiración acelerada de alguien sobre su cara, unos labios traviesos que jugaban a robarle besos, aprovechándose de su indefensión. Eduard abrió lentamente los ojos, pero seguía sin ver nada, sumido en la más absoluta oscuridad, fue entonces cuando se dio cuenta de que una venda le tapaba los ojos a modo de antifaz. Eduard se comenzó a revolver, resistiéndose a los provocativos toques de ese extraño intruso, que se iban centrando cada vez más en sus zonas más íntimas. Era indudable, por el suave tacto de su piel y su aroma perfumado, que su extraño asaltante era una mujer, Eduard podía sentir como las carnosas protuberancias de unos senos oprimían su cuerpo, trasladándose de aquí para allá, y como unos muslos cuidadosamente depilados y de sedoso tacto se rozaban con los suyos.

Eduard forcejeó cada vez con más insistencia.

—¡Basta, déjame…! ¡¿quién demonios eres, cómo te atreves?!

Una mano tapó su boca y escuchó como esa persona le susurraba al oído:

—Cállate… no estropees el momento, simplemente disfruta, mi querido Blake.— Pero… ¿qué dices…?

—Tu eres mi más acérrimo perseguidor, Blake, el único adversario digno de mi, por eso te he traído aquí con ese soplo anónimo, voy a recompensar tu insistencia haciéndote un regalo que no olvidarás jamás.

Eduard se quedó paralizado ante esas palabras dichas por una voz femenina tan fría, tan familiar, no podía ser, era…

—¿Duval?

—Si, exactamente, vine aquí esta noche con la intención de matarte, pero justo cuando te estaba apuntando por fuera de la ventana, mientras dormías plácidamente, unos contradictorios sentimientos se despertaron en mi; si te hubiera pegado un tiro habría sentido gran alivio por un lado, y alegría por tu muerte, pero, también tristeza y decepción profundas, ya que si tu desapareces todo dejaría de tener sentido para mí, nunca volvería a combatir a un rival a mi altura. Detrás de este profundo odio que siento por ti yace un amor asesino, y, en nombre de ese amor enfermizo que me posee como un demonio, te violaré sin compasión.

Eduard sentía que entraba en pánico, no podía estar pasando eso, debía ser un sueño, tenía que ser un sueño, intentó desesperadamente quitarse a Duval de encima, pero ella le mantenía sujeto contra el colchón de la cama, agarrándole los brazos con fuerza hasta hacerle marcas.

—¡¡¡No, no, déjame, no puedes hacerme esto, suéltame…!!!

Duval cayó sus protestas dándole un violento beso en la boca, su lengua penetró profundamente en la boca de su víctima, haciéndole tragar una pastilla mientras exploraba hasta el más íntimo de sus rincones. Al poco, Eduard sintió algo extraño, su cuerpo estaba cediendo ante su agresora, sus músculos, poco a poco, dejaban de obedecerle, su mente se nublaba, sumiéndose en una especie de semiinconsciencia.

¿Que… qué me has… hecho…?

—Solo darte algo para tranquilizarte un poco, es un fármaco de mi propia creación, se lo doy a todas mis víctimas antes de empezar a trabajar, no tiene sentido torturar a alguien si no está consciente para sentir dolor, no te preocupes, la parálisis es transitoria, se te pasará dentro de un rato, pero, mientras tanto, voy a disfrutar de tu cuerpo cuanto quiera, te haré sentir la humillación más intensa que jamás hayas experimentado a la vez que notas como las fuertes convulsiones del placer aguijonean tus nervios. Además, por esta vez he añadido a la pastilla un componente muy especial.

—¡¡¡No… no… detente…!!!

Decía Eduard con voz cada vez más débil, la droga le había dejado a merced de Duval, no había escapatoria, ya ni para gritar le quedaban fuerzas, además, un calor sofocante le había invadido de repente todo el cuerpo, estaba, inexplicablemente, muy excitado y tenía una erección de mil demonios, ¿acaso la droga era además alguna especie de potente afrodisíaco?. Duval descendió por el torso desnudo de Eduard, lamiendo el contorno de sus músculos, hasta llegar a su sexo.

—Parece que el ingrediente secreto ya hizo efecto. Tanto si quieres como si no te voy a hacer disfrutar de esto, Blake, ¡haré que me supliques que no pare de rodillas, con lágrimas en los ojos!

Eduard sintió como unos labios se apoderaban de su falo, lamiéndolo y succionándolo con fuerza,Duval se metía y sacaba el pene de Eduard de la boca, rítmicamente, aumentando la profundidad cada vez más, mientras masajeaba los testículos y deslizaba, traviesa, varios dedos en el ano, penetrándolo. Transcurrieron diez minutos de intensa mamada, y Eduard no podía parar de gemir, cada vez que estaba a punto de correrse Duval apretaba su polla con fuerza, haciendo que el semen retrocediera de vuelta a los testículos, una y otra vez, impidiendo la eyaculación. Eduard comenzaba a dar auténticos gritos de placer, mientras las convulsiones de los sucesivos orgasmos interrumpidos le hacían temblar como un epiléptico.

—Por… por favor… basta… déjame… correrme… por favor… me… muero… ¡aaaaaah!… te lo suplico… por Dios… ¡aaaaaah!… piedad… necesito correrme… me… me van a… los huevos… me van a reventar… ¡aaaaaah!

—¿Quieres correrte?, bien, ¿pero que me ofreces a cambio?

Entre jadeos e incontrolables gemidos y convulsiones Eduard llegó a decir:

—Lo… lo… que quieras… ¡lo que quieras!

Duval sonrió y continuó con lo que estaba haciendo con más empeño, metiéndose toda la polla de Eduard en la boca mientras la apretaba con fuerza en la base para evitar que se corriera, mientras metía, a la vez, sus dedos más profundamente en el ano de este. Eduard lanzó una serie de gritos agónicos, el placer era tan intenso que se sentía casi como si fuera dolor.

—No lo dices muy convencido, Blake; repítemelo, ¿qué me ofreces?

—¡¡¡LO QUE QUIERAS… POR DIOS… TE LO SUPLICO… TE DEJARÉ HACER LO QUE QUIERAS…!!!

Satisfecha por la respuesta, Duval dejó de chupar la verga de Eduard y le comenzó a prodigar una violenta paja mientras no paraba de remover los dedos de su otra mano por todo el recto de su víctima. Eduard arqueó la espalda en una serie de poderosas convulsiones y emitió un grito desgarrador, el orgasmo que experimentó fue como un cataclismo, sus nervios se crisparon con violencia, como si recibieran una fuerte descarga eléctrica, mientras sucesivas olas de potentes espasmos sacudían cada fibra de su ser. Eduard sintió como sus testículos se contraían, expulsando al exterior litros de semen, el esperma no paraba de salir despedido de su falo en sucesivos chorros, con cada descarga un orgasmo se sucedía y Eduard sintió que se le iba hasta la misma alma en la corrida.

—No… no para… no se detiene… detenlo… por favor… no tengo… fuerzas… no para de salir… ¡nooooo!

Después de lo que pareció una eternidad los espasmos cesaron y Eduard se desplomó, casi inconsciente, como medio agonizante, en el colchón, respirando con dificultad. Duval observó la multitud de charcos de semen que se habían creado sobre el colchón y sobre si misma y rio.

—¡Joder, casi podría asegurar que echaste un litro entero!

Eduard no contestó, simplemente permaneció tumbado, luchando por respirar, con los ojos aún vendados, mientras su pene despedía aún los últimos restos de su corrida. Duval esbozó una sonrisa maléfica, y, sin que su prisionero se percatara de ello, tomó del suelo junto a la cama un arnés con consolador que había traído consigo, se lo puso tras introducirse en la vagina el extremo interior del consolador y, tras enervarse a si misma con la escena del nada despreciable sexo masculino artificial que ahora ostentaba en su entrepierna, tomó con una mano un poco del espeso esperma que se esparcía por todas partes de la cama y de su cuerpo y lo aplicó primero sobre el erecto consolador y luego al ano de Eduard, empujando ese espeso líquido blanquecino todo lo hondo que pudo en el recto, metiendo los dedos casi hasta los nudillos, su víctima se limitó a gemir débilmente, no tenía fuerzas para resistirse.

—Ya que has echado tanto, tu propia corrida servirá de lubricante, querido Blake.

Duval levantó las piernas de Eduard, apoyándolas en sus antebrazos, de tal forma que el camino para su ariete quedó completamente abierto. El falo de Duval comenzó a penetrar su objetivo sin oposición, y, gracias al lubricante, en poco se introdujo hasta la guarda en su vaina. Duval comenzó un frenético vaivén, follando a su indefensa víctima con furia mientras se inclinaba para lamerle la cara a Eduard, para escupirle en la boca mientras le decía un montón de cosas obscenas, para morderle el cuello y las clavículas hasta hacerle sangrar. Finalmente las contraestocadas que con cada acometida sentía del consolador que ocupaba su sexo hicieron que Duval se corriera violentamente. Eduard había sentido como un líquido espeso y grumoso había sido esparcido por todo su intestino mientras era penetrado con rudeza por algo fálico, grueso, cilíndrico, incansable, como si se tratara del pistón de una extraña máquina de tortura, que le desgarraba el recto y le penetraba con brutalidad, rápidamente, quemándole por dentro de la fricción provocada, a pesar de la lubricación. Tiempo después, no sabría decir si horas, notó como Duval salía de su interior y, con el consolador, afluyó al exterior una marea de líquido blanco y espeso, mezclado con algo de sangre, que los espasmos de sus propias tripas empujaban al exterior. Exhausto, Eduard perdió definitivamente el conocimiento.

Eduard se levantó de la cama dando un grito desgarrador. Las lágrimas arrasaban su cara y respiraba alterado, su cuerpo estaba pegajoso por el sudor. Miró a su alrededor, no había nadie en el dormitorio, la noche era tan tranquila como siempre. Se llevó una mano a la cabeza e intentó calmarse.

—Solo… solo fue… una pesadilla… gracias a Dios.

Tras haberse tranquilizado, Eduard volvió a tenderse en el colchón e intentó dormirse de nuevo. Mientras tanto, una figura femenina se ocultaba en las sombras de la habitación, a un lado de la estancia, sonriendo con malicia y satisfacción mientras le contemplaba en silencio.

 

Autor: Master Spintria

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