UNA NOCHE CON MI AMO

Pocas veces he recordado pasar una noche tan mala, me era imposible dormir, estaba realmente incómodo, tenía frío, sentía mis extremidades entumecidas, no podía ver nada, no podía tumbarme cómodamente, casi no podía moverme. Todo lo anteriormente mencionado tenía una causa muy justa de ser: no podía dormir porque tenía un consolador de bolas metido hasta el fondo del culo y la molestia que me hacía me hacía imposible poder conciliar el sueño, cada contracción de mi ano  chocaba con la dureza de las bolas de PVC y me hacía gemir y retorcerme de incomodidad y placer, causándome también una erección permanente y poderosa que se sumaba a mi tormento, ya que estaba en castidad por orden de mi Amo y no se me estaba permitido correrme, a todo esto se sumaba que mis huevos y mi polla estaban apretados por un anillo de pene de látex cuya presión me volvía loco, ya que me excitaba aún más y no permitía que remitiera la erección.

Tenía frío porque estaba completamente desnudo salvo unos calcetines, la única prenda que me resguardaba del frío de la noche, pero esto pronto dejo de ser un problema, la excitación perpetua en la que me encontraba me calentaba todo el cuerpo y pronto tuve hasta calor, viéndome de repente incluso lanzando nubes de vapor por mi boca y mi nariz con cada respiración, el sudor de evaporaba de mi piel antes de que tuviera ocasión de enfriarse y llenaba la estancia del olor que despedían las feromonas de mi propio cuerpo, un olor agrio, fuerte y rancio que lo acabó por inundar todo.

Mis extremidades estaban entumecidas porque estaban atadas fuertemente, mis pies estaban sujetos por cuerdas al cabecero de la cama y yo estaba acostado al revés sobre el colchón, con las manos esposadas a la espalda, por como estaba atado me era muy difícil cambiar de posición y tenía que contorsionarme muy dolorosamente para tumbarme sobre mis costados, ya que me era imposible estar tendido de espaldas con las manos atadas atrás de mi cuerpo, podía notar la presión de las cuerdas sobre mis tobillos, el metal de las esposas cortando la circulación de mis muñecas, introduciéndose en mi carne de la presión. No podía ver, y no porque fuera una noche muy oscura, sino porque tenía un antifaz puesto sobre los ojos y, para colmo, tampoco podía gritar ni hablar, porque tenía obstruyendo mi boca una mordaza de bola perforada, apretada con mucha fuerza, a través de la cual solo podían escaparse unos débiles gemidos y balbuceos, acompañados de mi ardiente respiración y de hilos de saliva, que fluían sinuosa y lentamente por mis mejillas, mentón y cuello.

Mi Amo me había ordenado que le esperara así, me quería completamente indefenso para que pudiera jugar conmigo a placer, así es como a él le gusta, le gusta sentir el poder, esa sensación de tenerme en sus manos, como cuando un niño juega con la mosca a la que le ha arrancado las alas.

Forcejeo contra mis ataduras, hacía horas que me había preparado y tirado la llave de las esposas lejos tras habérmelas puesto yo mismo, y el todavía no venía, a pesar de que sabía desde hacía mucho rato que yo le esperaba en esa situación tan lamentable, precisamente él me lo había ordenado por teléfono, pero se estaba tardando, y sabía muy bien que lo hacía a propósito, quería hacerme sentir abandonado, solo, miserable, quería que estuviera atento con mis cinco sentidos a cada ruido, cada sonido de pasos, cada crujido, cada pequeño indicio que pudiera anunciar su llegada, pero estos siempre me decepcionaban, o era una pelea de gatos en la calle, o alguien subiendo por las escaleras del bloque o los vecinos haciendo el amor al otro lado de la pared con una sinfonía de rechinar de muelles, pero nunca era él. Se tardaba, se tardaba mucho, me dolía todo, tenía la garganta seca, mi erección palpitaba, comenzaba a tener ganas de cagar, y casi estaba empezando a llorar detrás del antifaz de pura desesperación cuando escuche una llave que giraba en una cerradura y el sonido de una puerta abriéndose. Me quedé muy quieto sobre la cama, casi aguantando la respiración, como si quisiera pasar desapercibido, como si fuera un conejo que se esconde alertado por la cercanía de un potencial depredador, pero, la diferencia entre un conejo y yo es que en mi caso estaba completamente a merced del zorro, e iba a ser devorado sin lugar a dudas, creo que en mi caso, siendo nada más que un montón de carne trémula y atada, era más bien un sacrificio para los leones del circo romano o una carnaza para tiburones.

La puerta se cerró y escuché como unas llaves caían sobre la mesa de la cocina. Unos pasos se acercaron y se detuvieron en la puerta abierta de la habitación. Yo seguía en silencio, podía notar su intimidante presencia, la presencia de mi Amo. No escuché nada más, así que asumí que se había quedado mirándome un rato, disfrutando de la escena que revelaba las luces de las farolas que
entraban por la ventana.

—Buen chico. Lo has hecho muy bien— dijo con su voz suave pero firme y poderosa a la vez. Quise darle las gracias:

—mmmmpppfff…

Solo un balbuceo incomprensible y nuevas chorreteras de babas salieron de entre la mordaza de mi boca. Mi Amo se acercó a la cama y se sentó juntó a mi en el colchón, yo estaba de costado mirando hacia él y me revolvía, intentando buscar el contacto entre nuestros cuerpos. Sin previo aviso él me cogió la cara y la acercó a la suya, besándome con la mordaza puesta, limpiando con avidez y maestría la saliva que se escurría entre mis labios, ante esa muestra de cariño y de aprecio por su parte yo comencé a jadear de puro deseo hacia él, quería sentirle, sentirle muy cerca de mi, fusionar hasta el último átomo de nuestros cuerpos. Él se separó de mi después de eso y yo volví a tenderme jadeante, resollando, con todo mi cuerpo congestionado por la excitación.

—Como has sido un niño tan bueno te voy a dar un premio.

De repente su mano se apoderó de mi polla erecta y no pude evitar lanzar un grito de sorpresa y placer cuando comenzó a masturbarme lentamente, apretándome con fuerza el cipote mientras que con la otra mano jugaba con el asa del consolador de bolas que estaba en mi culo, sacando y metiendo la última cuenta de PVC. La presión del anillo de pene de látex sobre mis huevos y mi polla hacía que la paja se sintiera mucho más placentera y comencé a tener miedo de correrme al notar que mi sexo se contraía bajo sus caricias expertas.

—¡uuuuuuuuuuummmmmmmppppppfffff!

Grité, en un gemido prolongado y lastimero que parecía una súplica, mientras arqueaba todo mi cuerpo y echaba mi cabeza hacia atrás, tensando dolorosamente las cadenas de las esposas y las ataduras de mis tobillos.

—Tranquilo, gatito, relájate, respira hondo, si te pones nervioso te correrás y entonces tendré que castigarte. Aguanta, hazme sentir orgulloso.

—¡¡¡uuuuuuuuuuummmmmpppppfffffff!!!

Sentía que iba a perder el control… mi polla… mi culo… se sentía todo demasiado bien, estaba enloqueciendo, iba a correrme, lloraba de pura desesperación, las convulsiones se apoderaban de mi, casi podía sentir el semen hirviendo dentro de mis cojones, a punto de ser expulsado, pero el anillo de látex que obstruía mis conductos lo hacía retroceder una y otra vez, aunque sabía por experiencia que esa presa no aguantaría eternamente y que al final se desbordaría. Luche con todas mis fuerzas para contener la corrida, mordiendo la mordaza con fuerza incluso para ayudar a contenerme. Al final, tras unos minutos, que me parecieron horas, las caricias cesaron y, al no
recibir más estimulación, las convulsiones fueron remitiendo, volvía a recuperar el control sobre mi cuerpo, había estado cerca de rendirme, pero había superado la prueba por los pelos. Caí lánguido sobre la cama, agotado, resollando, respirando agitadamente, empapado en sudor. Sentí una mano que me acariciaba el pelo.

—Bien hecho, lo has conseguido, gatito, estoy orgulloso de tí.

—uuummmfff… umf… umf… umf…

Fue lo único que alcancé a decir en el estado de semiinconsciencia que me encontraba. Sentí como él se levantaba del colchón y de dirigía al armario de la habitación, lo abrió y trasteó dentro, sacando algo que hacía un tintineo metálico. Escuché como él hacía restallar una vez el objeto en su mano, con toda la intención de que yo lo oyera y pudiera saber que me esperaba, sin duda era uno de mis cinturones de cuero con hebilla metálica.

—Va en contra de mi costumbre, pero, como te has portado tan bien dejaré que esta noche te corras. Sin embargo, tendrás que hacerlo por tus propios medios. Como prenda te azotaré con esto hasta que llegues al orgasmo, ¿te parece bien?

—¡¡uuuuummmppff!!

Intenté protestar, pero fue inútil, no había forma de que él me entendiera, ¿cómo se suponía que me iba a acariciar con las manos esposadas a la espalda? Él se colocó a un lado de la cama, de pie, con mi espalda y mi culo a tiro, escuché como tensaba el cinturón en sus manos mientras disfrutaba, sin duda, de mi desesperación y de mi indefensión.

—Bien, allá vamos, puedes estar tranquilo, no pararé hasta que te corras.

—¡¡¡uuuuummmpppfff!!!

Quise gritarle que se esperara, pero era en vano, ya nada ni nadie podía detenerlo. El primer azote restalló en mi trasero con una fuerza demoledora y un ruido infernal.

—¡¡¡UUUUUUUMMMMPPPFFF!!!

Aullé de dolor, y mi cuerpo tembló de la cabeza a los pies, mi trasero comenzó a enrojecerse, sentía los latidos del corazón sobre la piel que había sufrido la mordida del cinturón. A penas tuve tiempo de recuperarme de la conmoción cuando la otra nalga, aún intacta, recibió su parte también. Volví a aullar de sufrimiento, el demencial proceso de dolor, enrojecimiento y escozor volvió a repetirse y segundos después un tercer azote restalló sobre la nalga opuesta de nuevo. Mi Amo descargaba con fuerza el cinturón alternativamente sobre mis dos nalgas, sin darme tiempo siquiera a sentir todo el escozor de un azote antes de que el dolor de otro viniera a sustituirle. Las convulsiones que me producían los golpes del cinturón en el trasero se transmitían a mi culo y hacían que este se apretara con fuerza alrededor del consolador de bolas que estaba aún cobijado en mi recto, proporcionándome un placer hasta entonces desconocido para mi que se sumaba de forma desconcertante al dolor intenso que sentía. Estaba desesperado, debía correrme pronto o sino él me destrozaría, pero, ¿como?

—Puedo seguir así toda la noche, ¡vamos, córrete, ya te lo he dicho, no pararé de azotarte el culo hasta que te corras! será mejor que te des prisa, o no podrás sentarte por una buena temporada.

Comenzó a descargar golpes con más fuerza aún y más encadenados, sin casi haber intervalo entre uno y el siguiente.

—¡UMPF… UMPF… UMPF… UUUUUUUMMMMPPPFFF!!!

Ya no sentía el culo, mi trasero no era más que un enorme moratón, una masa de carne destrozada y molida a correazos, lo sentía como si estuviera en llamas, ardiendo, en carne viva, con los nervios fundidos de tanto daño recibido. Debía darme prisa en correrme o en poco tiempo ya no me quedaría un culo que valiera la pena salvar. Desesperado, recurrí a mi única posibilidad, comencé a frotar como pude mi polla erecta sobre la tela del colchón, moviendo mis caderas para estimularla, todo esto mientras los azotes no paraban de llover sobre mí en cruel sucesión, implacables, a la vez que intentaba desviar toda mi atención al placer que comenzaba a sentir en mi sexo para poder correrme cuanto antes.

Al final, el cataclismo se produjo, tras haberla estado frotando por breve tiempo sobre la funda del colchón, mi polla comenzó a correrse, pude sentir como mi espeso semen era violentamente expulsado de mis testículos y, como, tras desbordar el bloqueo del anillo de látex, que obstruía su camino, comenzaba a brotar a presión y en gran abundancia de mi falo.

—¡¡¡uuuuuuuuuuuuuuuuuuummmmmmmpppppfffff!!!

Mi cuerpo se arqueó con tanta violencia y tan repentinamente que me hizo daño, cada tendón de mi cuerpo se montó al sufrir un poderoso espasmo sin previo aviso, lo que a mi me parecieron litros y litros de corrida comenzaron a inundar el colchón de la cama, mientras los azotes no paraban ni un momento:

—¡Eso es, vamos, córrete, córrete más fuerte, disfrútalo al máximo!

Decía mi Amo con un toque de excitación histérica en su voz. Obedecí: me corrí con más fuerza que nunca, lo disfrute tanto como quise. Las eyaculaciones no parecían tener fin, el semen salía de mi polla sin control y no tenía fuerza alguna para detenerlo, con cada espasmo mi culo apretaba con fuerza el consolador y me obligaba a correrme más al proporcionarme orgasmos sucesivos en un delirante proceso en el que mi excitación se retroalimentaba. Estuve echando lefa por casi un minuto entero y, al final, cuando todo hubo acabado, no era más que un cuerpo casi sin vida, agotado, sin aliento, sin fuerzas siquiera para mover un músculo.

En el umbral de la semiinconsciencia pude oír como mi amo tiraba el cinturón a un lado, se subía a la cama y se ponía a horcajadas sobre mi cuerpo. Me quitó la mordaza de la boca y tomé inmediatamente una fuerte bocanada de aire, ya que mis pulmones clamaban urgentemente por más oxígeno, pero pronto mi respiración resultó obstruida por un objeto carnoso y duro que invadió mi boca de repente, introduciéndose hasta mi garganta, era sin duda la polla de mi Amo, el espectáculo había sido demasiado para él, necesitaba correrse, y yo estaba más que encantado de pagarle sus favores de aquella forma. Comencé a mover mi lengua, a succionar su miembro, mientras él lo metía y lo sacaba de mi garganta en una frenética follada, no tardó casi nada en correrse por la excitación acumulada y pude sentir el sabor extremadamente agrio, salado y fresco a un tiempo de su blanco y espeso semen, que empalagó mi paladar y que retuve en la boca para luego poder tragarlo poco a poco mientras disfrutaba de su deliciosa textura.

Mi Amo retrocedió sobre mi y sacó su enorme arma aún erecta de mi boca. Los espasmos finales de su orgasmo le hicieron eyacular todavía algún que otro chorro de semen sobre mi cara y mi pecho. Ambos nos quedamos allí donde estábamos, jadeantes, agotados, satisfechos, extasiados por el placer.

—Uuumh… uuuff… ha estado de vicio.

Yo me limité a asentir, aún aturdido y con los sentidos embotados. Mi Amo me pegó un azote con la mano en mi castigado culo al verme hacer aquello y lancé un pequeño gritito de dolor al sentir de nuevo el dolor de mis amoratadas nalgas.

—¿Que se dice?, no pierdas los modales.

—Lo siento… gracias, amo… gracias.

—Eso está mejor.

Me volvió a poner la mordaza y me acarició el pelo de nuevo con cariño.

—Buen gatito. Ahora, a dormir.

Se levantó de encima de mi y se volvió a abrochar los pantalones, ya nada me molestaba para cumplir su última orden, estaba tan exhausto que no hubiera tenido fuerzas para estar despierto aunque quisiera. Poco a poco, me sumergí en la inconsciencia.

 

 

Autor: Master Spintria

Ilustración: Kichiku Megane

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