UN SIN VIVIR III

CAPÍTULO 3: LA CENA

Phillip le pareció de inmediato a Luis, un engreído, inapropiado para la sobriedad y elegancia de la que hacía gala constantemente Dómina Agnes, pero sujetó su repulsión, se había comprometido con Ella y cumpliría su palabra, tuviera que soportar lo que fuera.

No se demoraron mucho en la elección de las bebidas, Ella, impuso su poder de una forma sutil al rechazar la copa que Phillip le ofreció.

– Mejor vamos a cenar. Ya sabes que no bebo antes de los alimentos.

– Pues si Dómina Agnes ordena cenar, cenaremos. ¿Te parece bien la marisquería o deseas algo en especial querida?

Ella respondió: Me parece bien la marisquería. A mí me era lo mismo, aunque nadie me preguntó y naturalmente tampoco a la esclava que en todo momento estuvo en silencio y con la mirada baja, en pie y con las piernas ligeramente separadas. La esclava portaba un vestido granate muy ajustado y poseía un cuerpo muy cuidado, probablemente obtenido gracias a infinidad de horas de gimnasio. El pelo, ensortijado y muy negro, un azabache que hacía resaltar su blanquecina piel y que contrastaba con la piel trigueña de Dómina Agnes que combinaba a la perfección con su blusa blanca y los pantalones negros de talle perfecto. Estaba bellísima y difícilmente se la podía vincular con alguien dedicado al BDSM, tenía un porte que al mirarla me dejaba obnubilado, Ella despedía un aura imponentemente natural, perturbadora incluso, probablemente los que la vieran pensarían en una alta ejecutiva a cargo de una gran multinacional.

Nos trasladamos a pie, pues el restaurante estaba a unos cincuenta metros del bar. Dómina Agnes y Phillip por delante, la esclava y yo, un paso por detrás. Me sentí tentado a preguntarle, lo que fuera,tacones1 incluso la hora, pero me sentí cohibido, pues de vez en cuando percibía su rechazo, ya que en todo momento procuraba mantener una cierta distancia que me iba a impedir si trastabillaba, dado que llevaba aquellos imponentes y finos tacones, poderla ayudar para que no cayera. Por fortuna, no sucedió, demostró una gran habilidad para caminar sobre aquella enorme altura.

Cuando llegamos al restaurante, naturalmente el dominante ofreció paso a Dómina Agnes y yo intenté hacer lo propio con la muchacha, pero ella negó con la cabeza, sin mirarme. No lo había hecho en todo el trayecto. Tras unos segundos de vano intento, los seguí disimuladamente con la mirada hasta la mesa que Phillip eligió tras solicitarle a Ella su beneplácito.

La ayudó a acomodarse y luego lo hizo él, junto a Ella. La esclava se mantuvo en pie durante un par de minutos, hasta que su Amo le autorizó con un leve gesto a sentarse. No me permitió tampoco entonces que la ayudara con la silla. La mirada que me lanzó su Amo fue determinante para que me sentara de inmediato. Entonces se dirigió a mí.

– Parece ser que todavía no has comprendido. Es una esclava,  aunque le permita cenar con nosotros, procura tenerlo en cuenta. Por cierto Luis, te felicito.

No capté el motivo de aquella felicitación. Mi expresión creo que se lo indicó.

– Hoy acabas de ponerte en manos de la mejor Dómina que he conocido.

Dómina Agnes no se sintió muy inclinada a mostrarse modesta ni halagada, su gesto fue impertérrito.

– Aunque a Ella no le guste que lo diga, lo es. Y la mejor muestra, mi perra. Hace tres años, cuando la conocí, era una salvaje. Gracias a Ella y sus consejos, me ayudaron a domesticarla, hoy puedo decir sin miedo a equivocarme, que tengo una joya de la sumisión. Te recomiendo internarte en su mazmorra unos días, si realmente pretendes convertirte en un esclavo apreciable. Por cierto, ¿tienes ya Ama?

Además de engreído, me pareció un impertinente. En aquel momento no entendí el motivo por el que Dómina Agnes me había impuesto invitarlo, a no ser que buscara que yo pudiera contemplar un buen ejemplo de fiel esclavitud y/o sumisión que, con toda seguridad debía ser más obra de Ella que del supuesto domesticador. Procuré con mi respuesta no entorpecer la velada y por encima de todo, no molestar a Dómina Agnes, él, me importaba un carajo.

– No, no la tengo. En realidad hoy, ha sido mi primera experiencia.

– Supongo que extraordinaria, ¿no?

Me lo había puesto a huevo.

– Sí, lo reconozco. La Señora Agnes, es una excepcional Dominante.

– ¿Y cómo mujer? ¿Qué te parece?

¿Era o se comportaba como un imbécil o quizá había llegado al bar con demasiado tiempo para así emborracharse de arrogante impertinencia? Pensé para mis adentros, antes de responder… mordiéndome la lengua para no soltarle una de las mías.

– Única.

– Ves cariño… –dirigiéndose entonces a Dómina Agnes –… siempre te lo digo, debes olvidarte de ejercer como amateur y establecer tu propia cuadra. Seguro que Luis estaría dispuesto a convertirse en tu primer esclavo fijo, regalándote todo el fruto de su trabajo, para que tú pudieras dedicarte a vivir como lo que eres, una Reina.

Entonces Ella intervino, segura, natural, con una voz que sin forzar, denotaba la autoridad y determinación que posee a raudales.

– Demasiada responsabilidad.

– Pero si a ti no te asusta nada.

– Yo no he hablado de miedos. Acotó Ella.

Entonces el engreído se dirigió después hacia mí.

– Verás Luis. ¿Tú estarías dispuesto, me refiero no hoy mismo, o mira, por qué no. Sí, a partir de esta noche, a convertirte en su esclavo para todo, cediéndole todo lo que ganes con tu trabajo? Esa perra silenciosa y obediente que tienes junto a ti, lo hace. Es diseñadora y se gana bastante bien la vida, pero ella me pertenece, todo lo que tiene y genera, puedes ver, le hace inmensamente feliz.

– Phillip, por favor, atiende al camarero, que ya trae las cartas.

Interrumpió Ella incomoda por la presión que su cretino amigo intentaba ejercerme. Y lo cual  a mi me daba una visión del posible panorama que podía esperarme si me aceptaba.

Había sido por Ella, la mujer por la que quizá estaría dispuesto a devenir y hacer lo que con tanta frialdad y frivolidad había descrito Phillip.

Tomaron las cartas, Ella y él. También yo, pues el camarero me la alargó, en cambio la de la esclava fue retenida por su Amo, en un gesto que el empleado no acabó de entender.

– Ella comerá lo que yo diga. – Al tiempo que me decía…- ¿Te parece bien que elija por ti tu futura Dueña?

Observándome a mí, lo manifestó con el camarero todavía cerca de la mesa. Se giró pero siguió su camino.

– Lo vamos a poner caliente, ¿no crees querida? Pero di Luis. ¿Elegirá Ella por ti o te opondrás ? -Ella mantenía una sonrisa mal disimulada, ya que noté que disfrutaba perversamente que su insolente amigo me pusiera en aprietos.

No entendía aquel juego y tampoco que Dómina An no se opusiera. Quizá era lo que pretendía con la invitación, gracias a la desfachatez del dominante, para ponerme a prueba. Probablemente no quería mancharse las manos y para ello había seleccionado a aquel altanero y en cierto modo, maleducado tipo.

¿Y si era así? ¿Debía jugar?

Al pensarlo, sentí un vuelco en el estómago y exclamé:

– No me importará que la Señora Agnes elija mi cena.- Respondí con los ojos anhelantes, pero obvio ni me miró, sin embargo supuse que Ella sabría de haberme visto un poco,  leer mi rostro ruborizado.

– Ves cariño, te estoy devolviendo lo que tú lograste con mi perra. Espero que no te moleste.

Esta vez, Ella sonrió levemente. No quería equivocarme con la interpretación de aquel gesto. Por tanto seguí manteniéndome lo más neutro que pude.

– Pues decidido. Mi perra comerá lo que yo decida y la Señora Agnes, escogerá lo que deberás comer tú, Luis. Pero todo y sin dejarte nada, da igual lo que sea, así es como se disciplina a los sumisos, siempre dictándoles órdenes que no esperen y puedan contrariarles. La novedad debe ser una de las máximas Luis, siempre que sea tu propietaria quién la proponga. ¿A qué lo encuentras adecuado?

La miré a Ella. Me estaba observando y durante toda la noche me había estado escrutando, captando mis reacciones, aunque fueran mínimas. Intenté no defraudarla.

– Me parece lo justo.- Yo acepté proseguir durante la cena, por lo que sigo estando en sus manos, para lo que le apetezca a Ella, en absoluto a mí.

– Vaya, vaya. ¿A que va a ser cierto que te estoy ayudando a iniciar tu cuadra de veinticuatro siete?

– Phillip cariño, no te  he nombrado mi secretario, así que por hoy, él cenara lo que desee, no deseo elegirle algo que le haga daño y termine arruinándome la noche, recuerda que detesto un sumisito incómodo, que a la postre sería un fastidio para mí, lidiar con imposiciones absurdas suele generar tensión y sabes que me gusta construir, no destruir. Así qué, dejemos que haga alarde de su inteligencia y sepa comportarse, no estaría aquí él, si no supiera el sitio que tendrá a mi lado. Hay que educarle primero y para eso es necesario conocerle. Ya veremos si sus méritos logran cautivarme para adoptarle. -exclamó Ella con su habitual determinación, acompañando su comentario con una tácita mirada hacía mí, la cual me hizo estremecer y bajar la mirada, Ella, por supuesto la ignoró.lacena

Apareció de nuevo el camarero, que no dejó de observar aunque de soslayo a ambas Damas. Phillip entonces le preguntó a Ella por sus elecciones, repitiéndoselas como merolico al camarero. Luego, las suyas. Para su esclava, solicitó un plato de más, justificándolo en: “está demasiado delgada”.

No me había equivocado, la cena iba a ser prometedora.

Autor: Ðomme An~Liman†our.

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