SUELAS ROJAS XXXI -XXXII

SUELAS ROJAS (Parte XXXI)

A las ocho de la noche en punto, Eugenio tocó a la puerta, y las mujeres enviaron a ‘Ricarda’ a recibirlo.

– “Adelante, señor.”, dijo el joven, impostando la voz.

Diana y Dionisia estaban sentadas en los sillones del estar, con sus botas de suelas rojas y luciendo sus vestidos, junto a la escribana Mariana. Esta llevaba una blusa blanca, una falda gris y zapatos negros que contrastaban por su sobriedad con los ampulosos calzados de las señoras de la casa.

Hechas las presentaciones del caso, Diana tomó la palabra: – “Ya sabes que no me gusta perder el tiempo, Eugenio. He hecho escribir un acuerdo prenupcial a mi amiga Miriam. Y Mariana, que es escribana, ha accedido muy gentilmente a ocuparse de venir acá esta noche para certificar las firmas. Perdona que sea precavida, pero el otro zángano me ha dejado con muy poco y no quisiera poner toda mi energía en otro matrimonio para luego quedar otra vez con nada, aunque espero mucho y muy bueno de tí. Si no te molesta, empezaremos por eso, así dejamos a Mariana ir a ocuparse de su vida familiar antes de que se haga más tarde.”

El futuro consorte no estaba ni avisado, pero conocía a Diana lo suficiente para saber que no podía contradecirla si quería sostener su relación.

– “S… Sí Diana, ¡claro! !Qué amable de su parte!, Mariana.”

– “Bien, hay tres copias del escrito, una para cada uno de ustedes y otra que registraré en el libro de actas oficial. Deben firmar las tres, en todas las hojas.”, dijo la profesional.

El documento establecía que en caso de separación o divorcio, Diana mantendría la propiedad sobre todos los bienes que le pertenecían antes del casamiento, y, además, todos los bienes gananciales y el patrimonio de Eugenio, salvo un pequeño departamento que este poseía en el centro de la ciudad y una renta mensual equivalente a un sueldo mínimo. El incauto novio comenzó a leer las diez hojas, donde constaban todos los inmuebles y automóviles que poseía, y se iba poniendo blanco tanto por la sorpresa que le había causado que poseyeran toda esa información como por el destino que el escrito le daba a esos bienes en caso de desaveniencia matrimonial.

– “Pues… no se Diana… no quiero incomodarte pero… me parece como mucho.”

La aludida se levantó de su sillón enérgicamente, dio dos pasos hasta donde estaba sentado su pretendiente y le dió un sonoro cachetazo: – “Te puedes retirar ya y olvidarte de mí. Todos están cortados por la misma tijera: solo el interés sexual y nada de compromiso. ¡Y el papelón que me haces hacer ante todas!”, dijo aludiendo a la escribana, Dionisia y ‘la sirvienta’ que miraba azorado lo autoritaria que era su patrona.

– “No, perdón Diana, no es que dude de tí, pero… mi familia… ¿qué dirá?”, dijo Eugenio, trémulo.

– “¡Fuera ya!”, volvió a bramar ella, aplicándole un nuevo cachetazo.

– “No, Diana, ¡por favor! Solo era un decir, pero no tengo problemas en firmar lo que quieras, confío en ti, ¡como que no! Disculpa mi torpeza. ¿Serás tan buena de perdonarme? Te lo suplico, ¡por favor!”

Todavía furiosa, la mujer ordenó a ‘Ricarda’: – “Levanta los papeles y alcánzaselos al señor Eugenio.”

El joven obedeció solícita y rápidamente, y el hombre firmó todas las hojas y todas las copias sin leer ni decir más nada.

Luego, Mariana se retiró con la documentación saludando como si nada hubiera pasado y los novios pasaron al comedor, mientras Dionisia y ‘Ricarda’ aprestaban todo para iniciar el servicio.

La velada se fue distendiendo de a poco, incluso Diana le llegó a prodigar a su futuro esposo algunos gestos de cariño, y fijaron fecha para concretar lo que sería apenas un trámite antes del viaje de bodas para exactamente una semana a partir de ese día. Ella elegiría los dos testigos a su gusto.

Todo, al fin y al cabo, había funcionado como ella lo tenía pensado y para su conveniencia. Eugenio ni intentó nada por temor a arruinar todo, por tanto se retiró apenas terminaron los postres. Y Diana y Dionisia se hicieron el amor profusamente esa noche.

CONTINUARÁ…

SUELAS ROJAS (Parte XXXII)

María volvió a presentarse a caballo, con toda su colección de azotes y con el peor de los humores esa madrugada. En vez de las botas negras del uniforme llevaba esta vez otras ¡con suelas rojas! De caña alta, lujosas, y con tachas en una de ellas. Tenía incrustadas 19 pequeñas tachas de oro. La holgazanería del interno 3572, sobre todo, y una discusión sin importancia con su novia Valentina la tenían furiosa. Y venía determinada a acabar con su primer problema, a menos que milagrosamente el infeliz se adecue repentinamente a su ritmo de trabajo. A pesar de su semblante disgustado, su belleza hubiera hecho que esos desgraciados trabajen para ella solo por complacerla. Pero el ritmo y los castigos que les imponía le quitaban toda buena sensación a la tarea. La vida en el Instituto Correccional H.E.M.B.R.A. era lo que debía ser: un infierno para los criminales de género.

Para su propia desgracia, Carlos no se sentía mucho mejor, a pesar de hacer un esfuerzo supremo no podía estar a la altura de lo que exigía la despiadada joven, lo que enfadaba aún más a esta y le atraía sus castigos: – “¡Vamos mierda! Ya he tenido que soportar ayer tu holgazanería. ¡No lo permitiré un día más!” Un azote, y una descarga de nivel cuatro coronaron sus palabras.

María revisó la aplicación en su celular y descubrió que el reo había recibido atención médica el dia anterior. Lejos de considerar tratarlo con más cuidado, esto la malquistó aún más: – “¡¿Haciéndote el enfermo con Lucía en su primer día?! ¡Desgraciado!” Una descarga de nivel cinco y dos azotes con su bullwhip rojo causaron más estragos en 3572, que ya casi no podía sostenerse en pie.

Carlos no sabía ya que hacer. En ese lugar los hombres no tenían opciones. No podía hablar. Ni quejarse a nadie. Su visita al pabellón médico había malquistado aun peor a la joven amazona, de modo que si menguase la tarea o se tirase al piso sabía que ella no lo volvería a enviar allí, sino que reaccionaría peor.

Por un instante la implacable María se dedicó a los otros nueve internos a su cargo. Cuando volvió su vista a Carlos, vió que se esforzaba terriblemente, pero sin llegar al ritmo de sus compañeros. Una descarga de grado seis y cuatro azotes de su más duro instrumento lo tumbaron en el piso. – “¡Levántate cerdo de mierda!” Pero él no podía reaccionar. María comenzó a descargar el bullwhip frenéticamente sobre el cuerpo indefenso del reo, una y otra vez, con más furia. Solo cesaba para enviarle una descarga de tanto en tanto que lo hacían convulsionar en el suelo, y luego otra vez los azotes, crueles, dados con saña, inhumanos.

Carlos pensó por última vez en su infancia feliz, en su adolescencia en la que había conocido a Diana, el amor de su vida. Su casamiento, sus primeros tiempos de matrimonio, el paulatino desinterés de ella, el día que descubrió que era un cornudo, su degradación a sirviente y sus caprichosas reacciones ante su nueva posición, su traición final empujado por su ahora odiado ex compañero de trabajo… Si hubiera obedecido de buen grado y aceptado su posición inferior ahora mismo estaría en la que era su casa sirviendo a dos perfectas mujeres, pero no… En el instante final se sintió terriblemente culpable, el dolor y las convulsiones arreciaban, azote tras azote, descarga tras descarga. Su espalda, trasero y muslos estaban llenos ahora de gruesas líneas rojas que desgarraban su piel, la mordaza que no lo dejaba hablar ni gritar, el ominoso aparato eléctrico en su pene, el grueso cable que presionaba el escroto, la magnífica María que no dejaba de azotarlo… En el último segundo sintió agradecimiento hacia ella por hacer finalmente justicia, encomendándose a no sabía bien que fuerza del universo para que perdonara todas las bajezas que había cometido contra las mujeres, y lo desobediente que había sido.

María se detuvo. El cuerpo, sin vida, de Carlos, yacía en una de las tantas parcelas del predio perteneciente a la eficientísima organización, donde solo las mujeres tenían el mando. El sol recién asomaba, pero él ya no lo vería.

Mientras tanto, los parlantes repetían: “La mujer es superior. El hombre, inferior. Debes aceptar su mando para ser un elemento válido de la sociedad. No puedes compararte con la mujer. La mujer es superior…”

CONTINUARÁ…

Autor: Esclavo josé

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