SUELAS ROJAS XXIV – XXV

El suplicio de Carlos recién comenzaba, con el trasero ardiendo tras ser marcado como animal y el ominoso collar metálico en su cuello conectado mediante un cable al aparato de castidad metálico que le habían colocado Diana y Dionisia. Lucía comprobó el buen funcionamiento del collar, abriendo una aplicación en su teléfono móvil, ingresando el 3572 que identificaba a Carlos y pulsando el número 1, para enviar la descarga mínima. Aún así, el convicto enderezó su espalda por el shock y se llevó la mano a los testículos que recibieron la descarga del cable. Hubiese pedido clemencia, pero la mordaza plástica apenas lo dejaba gemir.

Patricia, Lucía y las demás oficialas que estaban mirando rieron animadamente. Patricia dijo: “Es una gran idea lo del aparato de metal y el cable, ¿no les parece chicas? Lo deberíamos proponer a las doctoras para ponérelos a todos, o al menos a unos cuantos.” Las otras asintieron, entre risas.

El nuevo recluso en cambio, añoraba sus días de servicio en la casa de su señora, que en pocas horas ya no lo sería, aunque el no se enterase. Hasta le parecía el paraíso aquello… Hasta se decía que si le permitieran elegir entre volver a ser libre o volver al servicio de la casa elegiría esto último… pero ya era demasiado tarde.

Cuando terminaron de marcar y colocar los collares al desgraciado Juan y al otro que venía con ellos en el transporte, abrieron otra puerta de rejas y los hicieron seguir caminando por el pasillo hasta salir del galpón. Afuera los esperaba otra joven, de la misma altura, armoniosamente delgada, pelo castaño, ojos claros y bellísimo rostro. Vestía el mismo uniforme de fajina, y sostenía en su mano derecha un grueso látigo de cuero trenzado negro. Los siete nuevos internos se estremecieron de temor al verla. Otros tres arrodillados y con la cabeza gacha estaban al lado de ella. Lucía la saludó: “Hola María, ¿como estás?”

– “Bien Lucía, gracias.”, contestó la oficiala del látigo. “Veo que me has traído carne nueva. ¿Y ese por qué tiene el aparato de metal y el cable?”, preguntó intrigada.

– “Pues el aparato lo traía de la casa, y nos pareció bien dejárselo.”, dijo Patricia. “Y lo del cable se le ocurrió a Lucía y a las chicas de admisión les pareció bien. Ya lo probamos y funciona.”

Ipso facto, María quiso probar por sí misma el funcionamiento, pero subiendo la escala a 2. Carlos volvió a ponerse tieso enderezándose de golpe, y luego cayó al piso. María le descargó un azote en la espalda y le gritó: “¡Levántate, mierda!” Carlos, aterrorizado, obedeció, se volvió a parar y agachó la cabeza. Había empezado mal con su carcelera. Solo rogaba porque ella no le tomara idea. Pero…

– “Si venía con eso de la casa no será muy bueno. No creo que este me aguante, pero no bajaré mis niveles por él. Eso denlo por seguro.”, dijo la azotadora.

– “Te conocemos María, ¡claro! ¡Qué tengas suerte!”, la saludo Patricia, antes de retirarse junto con su compañera.

– “Adiós chicas. Si no me funciona, ¡traigan uno mejor la próxima! Ja, ja, ja, ja, ja, ja.”, las despidió la severa mujer. “Ustedes síganme.”, les dijo a los diez reclusos a su cargo.

Caminaron durante un kilómetro o más. Mientras María testeó una vez a cada uno de los collares usando su teléfono móvil. Cuando fue el turno de Carlos, este se sacudió peor que los demás, por la conexión a sus genitales, lo que motivó el desprecio y un nuevo azote de la oficiala: “Pero qué sensible eres, ¡flojo! Sigue así y conmigo la pasarás mal, ¡te lo aseguro!”

Carlos ni podía decir nada, ni tampoco se le ocurriría que decir. Era el más bajo entre los bajos, sometido a esta maravillosa y cruel joven, imposibilitado de pedir ayuda ni de contar lo que le pasaba a nadie… sólo le quedaba obedecer y rogar que no le prestase mucha atención, pero ya temía hasta por su vida.

Mientras tanto, el campo que atravesaban mostraba una apariencia aterradora para todo aquel que no comulgase con la idea de que la mujer debe tener poder ilimitado. Se veían cuadrillas de hombres desnudos a no ser por el collar de descargas y los aparatos de castidad, de diez en diez, distribuidos por aquí y allá. Arando el campo, ellos mismos eran las bestias de empuje. Algunos estaban controlados por sus oficialas a cargo en persona, que blandían el mismo grueso látigo que María. Otros, recibían las instrucciones de ellas por los parlantes distribuidos cada cincuenta metros a lo largo de y ancho de todo el campo. Las cámaras, ubicadas en los mismos postes que los parlantes, permitían a las guardianas que preferían quedarse en el edificio principal corregir a todo el daba un mínimo indicio de holgazanería mediante las descargas eléctricas del collar. En los mismos postes, imágenes femeninas recordaban “Big Sister te está mirando”. La cartelería con más imágenes de mujeres, alabanzas a la condición de hembra y referencias a la supremacía femenina estaba distribuida por todo el predio de modo que desde cualquier lugar y orientación que pudiera tomar cualquiera de los que estaban siendo reeducados se viese alguno. Los parlantes, cuando no transmitían las órdenes, repetían consignas y mantras de la misma índole. La inmersión en un mundo de absoluto poder femenino era aplastante.

De pronto, María se detuvo: “Esta es nuestra parcela. En el camino ya han visto de que se trata. Más les vale trabajar rápido y no hacerme enojar, ¡seres de mierda! ¡A trabajar ya!” Y descargándole un azote al que tenía más cerca, dio la señal de inicio.

Los reos tomaron los dos arados que estaban en ese sector del campo, en cada uno cuatro se pusieron a tirar y uno a guiar, y comenzaron su trabajo como bestias de carga. María acompañaba a uno y otro grupo alternativamente, para descerrajarle algún latigazo o entretenerse con las descargas.

Mientras tanto, los parlantes repetían: “La mujer es superior. El hombre, inferior. Debes aceptar su mando para ser un elemento válido de la sociedad. No puedes compararte con la mujer. La mujer es superior…”

SUELAS ROJAS (Parte XXV)

A mitad de la mañana siguiente a la noche en que se habían visto, Eugenio llamó a Diana, y la encontró dubitativa: “La verdad no se que me pasó, Eugenio. Eso de exigirte matrimonio a la primera cita… No se… Creo que te estaré incomodando… Mejor dejemos pasar un tiempo, yo no te quiero apurar… Claro que me encantaría, pero no quiero forzarte de ninguna manera.”

– “Pues me dejás frío, Diana. Hasta he buscado donde nos podríamos ir de viaje… Y para mi no es ninguna incomodidad, al contrario, es lo que siempre he anhelado… Si de verdad te sentirías bien casándote mañana mismo, yo estoy dispuesto… Más que eso, ¡lo ansío fervientemente!”

Diana apenas había aflojado un instante la trampa sobre su presa sólo para poder atraerla más hacia sí, y hundir más los dientes sobre ella. Con risita inocente, dijo: “Bueno, !no tanto como casarnos mañana, Eugenio! Ja, ja, ja. Pero quiero que vengas a cenar, mañana, ¡y ya haremos planes entonces! ¿Y dónde iríamos? Ya sabes, a mi lo de las sorpresas no me va.”

– “A la Polinesia, ¡mi amor!”, falló en contestar el pretendiente.

– “¡Ya te he dicho que no me digas así! ¿O quieres ganarte otra de las de anoche?”, respondió ella, cambiando el tono por otro menos ameno.

– “No… Claro… Perdón Diana… Se me olvidó.”

– “Bien, no te preocupes. Me agrada el lugar, pero que no se te olvide otra vez. Te espero mañana para arreglar todo.” Y lo despidió.

Mientras, Dionisia había recibido a Ricardo, le había dado las órdenes del caso para que se acomode y comience con las tareas domésticas y le había ordenado que la esperase en la cocina a mediodía. A las doce en punto, el jovencito se presentó, y ella ya estaba sentada, con sus perfectas piernas cruzadas, luciendo sus radiantes botas negras con suelas rojas, una falda corta de cuero negro, y una blusa ajustada que hacía resaltar sus grandes y proporcionados senos. En síntesis, la misma escena que cuando sometió por primera vez a su ahora convicto ex patrón.

– “Me alegra que llegues a tiempo, Ricardo. Pero tenemos un problema. Mañana en la noche la señora Diana tendrá una cena importante en la casa y necesitamos que estés para servirla. Es demasiado para mí sola.”

– “Pero justamente tengo un examen parcial, señora Dionisia. No quiero fallarle, pero no puedo faltar justamente mañana… Si fuera otro día, que solo me perdería la clase… Pero así perdería la cursada … Y luego explicarle a mis padres… Perdóneme señora Dionisia, pero se me pone muy difícil justo mañana en la noche.”

– “Bien, ya hablaré con la señora Diana, pero te adelanto que no le gustará nada. Ni tampoco a mí cargar con toda la cena.”, decía Dionisia, al tiempo que balanceaba nerviosamente la pierna derecha sobre la izquierda, las dos calzadas con las carísimas botas que amaba vestir. El muchacho la miraba ir y venir en respetuosa excitación. “Hasta ya me parece que me duelen las piernas de sólo pensarlo. ¿Te importaría al menos quitarme las botas para poder descansarlas un rato?”

– “Si señora Dionisia, ¡ya mismo!”, dijo él con solícita ingenuidad, tratando de hacer buena letra.

El muchacho deslizó el largo cierre de la bota derecha con suavidad, no queriendo molestar en nada a su dominante ama de llaves, aunque no pudo evitar excitarse. Ella recogió su pierna contra sí con sensual suavidad, y luego estiró la pierna izquierda que aún tenía la bota puesta, ofreciéndola a su asistente para repetir la operación. La erección del jardinero y ayudante de limpieza se hizo evidente, y Dionisia sonrió con maldad, anticipando su inminente triunfo sobre la voluntad de su subordinado.

– “Creo que me está por dar un calambre en la planta del pie, Ricardo. ¿No te importaría masajearla un poco para que se me pase? Solo si no te molesta, claro. Ya se que no es tu función aquí.”

– “Descuide señora Dionisia. ¡Claro que lo haré!”.

Y así el incauto joven quedó por primera vez a los pies de la mujer que lo iría moldeando a su completa conveniencia.

– “Creo que el otro también. ¡Y si que lo haces bien! ¿No te molestaría tomar los aceites de allí arriba y hacer el masaje con ellos? Con eso me alivio mejor.”

– “Si señora Dionisia. Lo que usted mande.”

Cuando volvió tomó el otro pie de la hermosa joven y lo frotó con el aceite. Ella, fingiendo descuido, apoyó el pie que no estaba siendo masajeado sobre los genitales del muchacho, al tiempo que emitía pequeños gemidos de alivio que hacían que él se excite aún más.

Al final dijo: “¿De verdad no faltarías por mis piecitos a tu examen? Sería una gran desilusión para mí. Además la señora Diana me ordenaría despedirte y que busque otro, y la verdad es que ya te he tomado cariño porque se ve que eres muy bueno.”, al tiempo que le acariciaba la cabeza, como quien acaricia a un perro. “¿No te lo has pensado ya mejor, Ricardo?”

– “Pues… Señora Dionisia, haré como usted quiere. Solo si tengo que explicarle a mis padres, ¿usted les podría explicar que fue por trabajo y no por dejadez?”

– “¡Claro que si, Ricardo¡ Y no sabes que gusto me das… Y a la señora Diana también le encantará. Vuelve con el otro pie, que este ya se me ha aliviado.”

Y por si haría falta, apoyó el pie que ya había recibido los aceites en la entrepierna del joven, al tiempo que él le masajeaba el otro.

CONTINUARÁ…

Autor: Esclavo josé

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