SUELAS ROJAS XXII – XXIII

Parte XXII

La camioneta se detuvo y se escuchó una voz metálica, femenina, diciendo: “Ingreso permitido.” Unos cien metros más adelante, se repitió exactamente lo mismo. Lucía y Patricia los descolgaron y obligaron a bajar: desnudos, amordazados, con los aparatos de castidad colocados, esposados y con los tobillos engrilletados. Con suerte no se cayeron y caminaban ridículamente en ese estado y dando pasos cortitos.

Los metieron a un amplio galpón donde había otros cuatro convictos que habían bajado de otro móvil, ubicándose uno detrás de otro en un pasillo estrecho y largo delimitado por rejas. La puerta del pasillo se cerró detrás de ellos y Patricia les ordenó con firmeza: “¡Avancen!”

Al mismo tiempo, la pantalla gigante al fondo del salón se iluminó. Una mujer entrada en los 40 años, cabellera rubia, pelo corto, prolijo vestido negro se presentó en un vídeo, hablando en perfecto castellano con acento francés: “Soy la Doctora Anne Lezama, directora de este instituto de la Fundación H.E.M.B.R.A. Las reglas son sencillas: deben obedecer todas las órdenes que recibirán de las oficialas carcelarias, directamente o a través del equipamiento que está diseminado por todo el correccional. Ellas manejarán sus tiempos de descanso, comida y demás. Ustedes nunca deben solicitar ni mucho menos reclamar nada. De hecho, no pueden hablar. La mordaza que tienen en la boca no se retirará por todo el tiempo que permanezcan aquí. Igual podrán alimentarse: tenemos todo previsto. Es hora de que escuchen a la mujer. Han llegado aquí por no escucharla. La palabra de los masculinos no vale nada, de todas formas. Todo el tiempo escucharán consignas que les permitirán reeducarse y conocer su verdadero lugar en la sociedad.”

Mientras tanto, el primero llegaba al final del pasillo de rejas, era colocado en un cepo, y una oficiala se acercaba con un hierro candente con una gran “H” por la espalda para posársela sobre el glúteo izquierdo. El pobre gimió y lloró como pudo, y los seis restantes reos comenzaron instintivamente a retroceder por el pasillo. El video se interrumpió y otra voz femenina, con frialdad, irrumpió en el sistema de audio: “Se les recuerda a los nuevos internos que deben obedecer las órdenes sin causar ningún inconveniente. En los extremos del edificio hay oficialas francotiradoras para reprimir cualquier desliz. Las pueden ver con su uniforme de fajina. Vuelvan a ubicarse en el orden en que estaban, uno detrás de otro sin dejar más de medio metro y aguarden su turno para la admisión.”

Todo era incluso peor que lo que Carlos esperaba, pero ya no había escapatoria. Volvió a arrepentirse de no haber dejado la casa primero, de no haber hecho caso omiso acerca de la alocada idea de denunciar a Diana y Dionisia que el compañero de trabajo que ahora corría su misma suerte le había metido en la cabeza. Lo odiaba profundamente por eso. Apenas lo satisfacía que había corrido su misma suerte. Se dijo que esta vez haría las cosas bien, que no mostraría el mínimo signo de resistencia a las mujeres que manejaban esa cárcel. Con esa mínima esperanza de salir bien librado, aunque sin menguar en nada el terror que lo abrumaba, esperó con la cabeza gacha su turno para empezar el año de infierno que le aguardaba.

Mientras tanto, la carcelera ahora aplicaba más hierros candentes, pequeños y numerados sobre el otro glúteo del primero de la fila: 3, 5, 6, 8. Uno a uno. El olor a carne humana chamuscada le daba  naúseas. Pronto él también quedaría marcado como un animal, pero nada podía hacer para impedirlo.

Uno a uno pasaron por la yerra los que llegaron en el otro transporte. Él era el primero que seguía. A medida que se acercaba veía como la joven carcelera sonreía sadicamente cada vez que aplicaba una marca y miraba con satisfacción su trabajo.

Se ubicó sumisamente en el cepo. Esperó la primera marca. Lágrimas de dolor e impotencia brotaron cuando sintió el ardiente metal marcando a fuego su trasero: la marca de la indignidad del masculino que se atrevió a desafiar a las mujeres. Los tres minutos hasta que quedó en su cuerpo registrado para siempre que sería el interno 3572 del instituto correccional de la Fundación H.E.M.B.R.A. los pasó llorando. Nadie lo escuchaba, y a nadie le importaba, salvo, tal vez, a la impiadosa joven que parecía gozar dándose cuenta de su llanto contenido por la mordaza.

Una vez que quedaron marcados los siete, se abrió la puerta al final del pasillo de rejas, dando lugar a otro pasillo idéntico, al final del cual otras dos oficialas los esperaban para colocarles un grueso collar metálico a cada uno alrededor del cuello. Cada collar tenía una batería y un receptor de wifi. La Doctora Anne Lezama volvió a aparecer en la pantalla: “Ahora están recibiendo el collar de control. Se utiliza tanto para controlar el buen ritmo del trabajo que deberán llevar a cabo como para evitar cualquier mínimo intento de fuga: el collar está equipado con GPS, y recibirán una descarga mortal si se alejan de los límites del campo de trabajo. Por otra parte, todo el campo está equipado con supervisión de Big Sister Security Services, por tanto sepan que están completamente controlados aunque cuando su oficiala a cargo no esté con ustedes. No se les permitirá ninguna falta más, recuerden que ya están aquí por haber sido incapaces de vivir respetando a la mujer en la sociedad.”

Las oficialas de los collares llamaron a Lucía aparte, y mientras conversaban se reían señalando el aparato metálico de castidad en lugar del otro de plástico que proveía la fundación. “Se lo dejamos pensando en que podríamos ponerle un cable desde el collar para que cuando le mandemos las descargas sean más efectivas.”, dijo ella. Tras lo cual las otras dos jóvenes mujeres consiguieron uno de inmediato, grueso y sin cobertura y se lo colocaron por la espalda, por el trasero, y por entre un testículo y otro, sin dejarle extensión como para que pudiera acomodárselo en ningún momento, bajo amenaza de que sería su fin si osaba arrancárselo o quitárselo de alguna manera. Tras lo cual lo hicieron girar delante de ellas trescientos sesenta grados para ver como le quedaba sin parar de reirse a las carcajadas, aprovechando su completa humillación.

 

Parte XXIII

Al día siguiente, Miriam, la abogada y amiga de Diana, presentó el trámite de divorcio express por violencia de género, que le fue concedido inmediatamente. Sin perder tiempo, la mujer otra vez libre legalmente, envió un mensaje a uno de sus pretendientes, a los que ya había puesto al tanto de que se divorciaría en breve tiempo, dándoles esperanzas de poder iniciar una relación. A los pocos minutos, Eugenio, un joven empresario, soltero, estaba llamándola para concretar una cita.

Salieron a cenar. Ella fue vestida con un hermisísimo vestido rojo con falda corta, luciendo las carísimas botas que le había regalado con esfuerzo su convicto ex marido. La dominante mujer se enteró de que la empresa de Eugenio estaba funcionando de maravillas, y al terminar el la llevó de vuelta a su casa. Se besaron en el auto. Él quiso seguirla cuando bajó para ir más allá esa misma noche, pero ella lo frenó en seco: “No te confundas. Así como me ves yo soy una mujer muy de guardar las formas. Aunque hace meses que ya no estoy con un hombre, no podría hacerlo sin casarme primero.”, mintió muy convincentemente, pues seguía viéndose con Benicio, su dotado amante.

– “Pues nos casaremos cuando tú quieras.”, contestó el pretendiente, sorprendido y ardiente, ante la tremenda mujer que bien sabía las pasiones que despertaba.

– “Pero ni quiero fiesta, ni familiares rondando. ¡Si un viaje!”

– “A donde tú quieras, ¡mi amor!”, se animó a decirle él. Ella le soltó una cachetada. Luego le tomó el rostro con calidez y lo volvió a besar.

– “¡Perdona! Pero es que el cerdo de mi ex me decía así y por un instante sentí que revivía lo que me pasaba con él, y… ¿Me perdonarás?”

– “Si, no te preocupes. Trataré de no usar esa expresión, ni se me ocurrió que podía molestarte. Perdóname tú, por favor.”

– “Me avergüenza mucho haber reaccionado así. ¿Me llamarás mañana? Tal vez después de esto ni quieras volver a verme.”

– “Claro que te llamaré, Diana. No es nada. Ni pensé que eso te haría mal, seré más cuidadoso.”

– “Gracias Eugenio. Hablamos mañana entonces.”

La dueña de casa giró sobre sí, con su habitual donaire caminó hasta la puerta, mientras su nuevo novio la contemplaba admirado de pies a cabeza, y al llegar a la puerta le dedicó una sonrisita y agitó la mano como señal de despedida.

Eugenio quedo embelesado, a pesar o más bien gracias al cachetazo. La mujer que siempre se había negado a sus insinuaciones en apenas un día le había propuesto casamiento. No podía creer lo que estaba viviendo.

Mientras tanto, Dionisia estaba en otra búsqueda: jardinero y ayudante de limpieza. Habían publicado el aviso en su sitio de empleo local: “Se busca jardinero y ayudante de tareas de limpieza en general, masculino, cama dentro, entre 18 y 22 años”. Esa misma tarde se presentaron cinco pretendientes. Diana le había dicho que confiaba en su criterio y que se encargue personalmente de la elección. Uno de los que se presentó tenía 23 años, por lo que la devenida ama de llaves y jefa de personal de la casa lo despidió de inmediato. A los otros, los hizo esperar al sol, en el patio de la casa mientras revisaba sus currículums y su documentación, mientras los hacía pasar de a uno a la cocina. Estaba vestida con una blusa y una falda gris hasta la rodilla, y botas negras idénticas a las de Diana. Sentada en su silla, de piernas cruzadas, había dejado el resto de las sillas con el asiento debajo de la mesa, y a dos de los jóvenes que se animaron a querer tomar una para sentarse se los prohibió de inmediato.

Dejó para lo último a un chico de 19 años que había venido a estudiar a la universidad de la ciudad este mismo año, habiendo hecho toda su vida escolar en su pueblo del interior, a 500 kilómetros de distancia. Como a todos, les preguntó sobre sus habilidades para la jardinería y la limpieza. Él estaba viviendo en una pensión que se le estaba haciendo imposible costear, donde el mismo se ocupaba de hacerse la comida y demás quehaceres, pues el dinero ni le alcanzaba para la lavandería. Respetuoso, le contestaba diciéndole “señora”, y hasta con la cabeza gacha. Sin dudas, era el candidato ideal.

Despidió a los otros diciéndoles que luego los llamaría si resultaran elegidos y llevó a Ricardo, tal su nombre, a ver el cobertizo que le habían asignado en su momento a Carlos.

– “Esta sería tu habitación, y el baño lo tienes allá, en el quincho. No nos gusta que andes dentro de la casa si no es para hacer una tarea determinada. Lo único que veo inconveniente es tu horario de estudios, pero de todos modos nos gustaría tenerte una semana a prueba a ver si así nos rinde. ¿Qué dices?”

– “Yo muy agradecido, señora. Seguro haré todo mi esfuerzo para que el trabajo rinda.”

– “Pues bien, quedamos en eso. Te espero a las 7 de la mañana en la cocina, trae tus cosas para acomodarte. Yo soy la señora Dionisia y la dueña de casa es la señora Diana. Será bueno que nos sigas llamando de esa forma, nos gusta mantener el orden en las relaciones laborales.”

Finalmente le informó cual sería la paga y lo despidió. La exhuberante mujer estaba feliz de haber encontrado quien le evitaría tener que hacer el tedioso trabajo doméstico y, sobre todo, un joven que estaba hecho a la medida para ser moldeado por ella, a su antojo, con sus ‘métodos’.

CONTINUARÁ…

Autor: Esclavo josé

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