SUELAS ROJAS XX – XXI

SUELAS ROJAS (Parte XX)  

Dionisia golpeó desde adentro la puerta de la sala de indagatorias y el cadete fue a abrirle en un santiamén, solícitamente. Entró a la oficina donde estaban las otras seis mujeres blandiendo las hojas del acuerdo firmadas, con una gran sonrisa.

“¡Cómo tardaste!”, le dijo Diana. “Para mi te has entretenido de alguna manera… ¡Y nos tienes a todas esperando!”

“Puede que sí, querida. Pero ya le saqué el nombre del que ideó la denuncia falsa: un tal Juan Gómez, que trabaja en su misma oficina.”

“Gutiérrez, redacte la orden de detención para ese delincuente ya mismo, que de seguro lo encontraremos en la oficina pues ya es horario laboral. Desde luego, si la señora fiscal aprueba la detención, vista la confesión del reo.”, dijo la comisaria Arias.

“¡Desde luego, comisaria!”, contestó la fiscal Sánchez con beneplácito. “Cuanto menos tiempo estén en la calle estos desgraciados, ¡mucho mejor!”

“Bien, yo me retiro.”, dijo la Doctora Alina. “Ya tenemos todo arreglado. En una hora puede estar aquí el transporte de nuestro instituto correccional para llevárnoslo. Mientras, si quieres despedirte de él…”, concluyó dirigiéndose a Diana.

“¡Ni falta que hace!”, respondió la dominante mujer, con gran desprecio por quien aún era su cornudo esposo. “Pero gracias, ¡gracias por todo! Tu fundación hace un gran trabajo.”

“Nosotras si querríamos ‘despedirlo’, aún sabiendo lo que le espera.”, volvió a intervenir la comisaria Arias tomándose de la mano con la teniente González. “Y nos falta ir a detener al otro también… Si no es demasiada molestia, ¿podría programar el traslado para las cuatro de la tarde, Doctora Alina?”

“¡Claro comisaria! Y es un gusto haberlas conocido. Lleva usted muy bien esta comisaría. Espero que a partir de este conocimiento trabajemos conjuntamente en más casos. Siempre hay lugar y voluntad para corregir a uno más en el instituto.”, se despidió la mandamás de la fundación.

“Ya sabes que podías pedir el divorcio sin consentimiento desde que se le comprobó el primer crimen de género y sin perder ningún derecho ni beneficio, ¿verdad Diana?”, preguntó a la damnificada esposa la abogada defensora.

“Sí, hablaré con Miriam mañana para que haga la presentación. ¡Ya tengo una nueva boda en puerta! Ja ja ja ja ja ja.”, río ella.

“¿Se casarán ustedes dos?”, preguntó la tenienta González, haciendo tácita mención a Diana y Dionisia.

“¡Oh, no!”, dijo desinhibidamente la primera de las aludidas. “Nos amamos mucho, pero no somos de las del tipo que gustan de ataduras y trámites. Pero tengo un pretendiente de muy buena posición… ¡y nos acabamos de quedar sin servicio doméstico!”

Todas rieron con ganas, mientras las damnificadas, la fiscal y la defensora firmaban las formas del acuerdo que internaría a Carlos por un año en el temido correccional.

De pronto, Dionisia se inquietó: “Estamos todas en confianza, ¿pero que hay del cadete ese? Me parece que estamos diciendo demasiado.”

La comisaria y la tenienta se miraron con complicidad. Esta última habló: “¡Nooooo! ¡No te preocupes querida! Lo tenemos bien aleccionado. Ya verás.” Y de inmediato gritó: “¡Venga, Gutiérrez! ¡Y bájese los pantalones!”

El jovencito cadete irrumpió en la sala, mostrando inquietud por el resto de las señoras presentes, además de sus superioras.  Se bajó los pantalones y la ropa interior y se arqueó sobre un escritorio. Todo su trasero y sus muslos mostraban líneas rojas, fruto evidente de golpes dados con algún tipo de vara o azote, de distinta antigüedad, y se veía bastante maltrecho en general.

“¡Eso debe doler!”, dijo la joven que había preguntado por él.

“Pues fue mi alumno en la academia, yo misma lo solicité para esta comisaría cuando se graduó cadete y desde entonces junto con la comisaria lo seguimos educando a azotainas para que no se desvíe.”, explicó González. Y él se quedó así, en posición de recibir más disciplina por el resto de la reunión.

“Una cosa más.”, dijo Diana al tiempo que abría su cartera, sacando los pinchos del aparato de castidad de su marido. “Les dejo esto, creo que será bueno que se lo lleve puesto para que no se le pierda.” Lo que provocó una vez más la hermosa risa de todas las mujeres presentes.

 

SUELAS ROJAS (Parte XXI)

Carlos fue llevado de la sala de indagatorias a la celda donde las dos policías le habían dado la paliza en su primera detención, y lo dejaron esposado a los barrotes de la celda. Durante la mañana y las primeras horas de la tarde todo quedó listo para el traslado al correccional: detuvieron al instigador de la falsa denuncia y lo llevaron a la comisaría; la médica personal de Diana envió por una mensajería un escrito certificando la aptitud física del reo sin haberlo auscultado; y la jueza interviniente, a pedido de la fiscal Sánchez, decretó la prisión preventiva de Juan Gómez con destino al mismo correccional.

A las dos y media de la tarde aproximadamente, la comisaria Arias y la tenienta González entraron en la celda de Carlos, lo desnudaron, se quitaron sus cinturones y lo empezaron a golpear con ellos sin ningún miramiento, al tiempo que le soltaban insultos y le decían que ahora sí iba a pagar por sus crímenes, al tiempo que lo pateaban con sus borceguíes reglamentarios. Le dejaron marcas por todo el cuerpo, pero sabían que podían estar tranquilas: la Doctora Alina se había ganado su confianza y les había explicado claramente como funcionaba su fundación: jamás irían contra una mujer sea lo que sea que le haga a un hombre. Y de ahí al correccional nadie más lo vería, salvo las funcionarias del penitenciario que iban a venir a buscarlo. La tenienta fijó el adminículo con las púas en su lugar y las dos se retiraron, dejándolo solo otra vez. El terror de Carlos aumentaba minuto tras minuto: pronto vendrían a buscarlo para llevarlo al terrible lugar de detención… por todo un año! Lastimado y desnudo como estaba, lloraba amargamente y temblaba.

A las cuatro de la tarde en punto oyó que alguien llegaba al sector: eran la tenienta y dos mujeres como de veinticinco años, de tez blanca una y cobriza la otra, ambas de cabello negro peinadas con una coleta corta que salía por detrás de la gorra negra con las siglas “H.E.M.B.R.A.” en letras rosas, ropa de fajina negra y como de un metro ochenta de altura.

“Es por acá chicas”, les decía la tenienta, distendidamente. “¿Lo hacemos vestir o se lo llevan así?”

“No, no hace falta. Déjalo así. ¿Y ya viene con aparato de castidad puesto? Un trabajo que nos ahorramos! ¡Ja, ja, ja, ja, ja!”, contestó una de ellas. “Pásame la mordaza, Patricia. Y las esposas y grilletes nuestros, eso sí le tenemos que cambiar.”

Carlos no se animó a decir ni palabra, aterrorizado como estaba. Hubiera querido resistirse a que lo lleven a ese lugar, pero ni sabía como, y ya era demasiado tarde.

La otra joven respondió: “Ten Lucía. Si, eso es bueno.” Ellas hablaban casi como si el no estuviese ahí, sin mostrarle ni la menor empatía, ni mucho menos sorprenderse por el estado en el que se lo veía, lo que lo puso aún peor. La que había hablado primero tomó la mordaza que tenía un pequeño orificio en el centro y una correa que le pasó por detrás de la cabeza y se la ajustó con fuerza. Luego giró la llave en la pequeña cerradura que tenía por detrás y la quitó.

“¿Y eso por que es?”, preguntó la tenienta favorablemente sorprendida.

“Bueno, parte del tratamiento que se les da en el programa piloto es que no hablen.”, contestó Lucía.

“Muy interesante. Ignoraba todo lo que hacía la fundación, hasta esta mañana, pero se ve que tienen métodos de vanguardia, ¡y se los permiten! ¡Así sí se mejorará la sociedad!”, observó la tenienta.

Mientras tanto Lucía, con pericia, había cambiado esposas y grilletes y ya empujaba al condenado hacia afuera de la celda, mostrando gran fuerza: “¡Vamos, vamos! ¡Qué tienes que empezar a educarte cuando antes!” Y Carlos, con la cabeza gacha, obedecía. En el patio de la comisaría estaba la camioneta del correccional. Lo hicieron subir a los tumbos y lo colgaron con las esposas de una barra sujeta al techo del vehículo. Los pies le quedaban en el aire, y los brazos le dolían terriblemente, pero ni podía decir nada. Minuto a minuto todo empeoraba para él. ¡Si no hubiese escuchado al imbécil de su compañero que le hizo hacer la denuncia! Ahora ni siquiera podía decir lo arrepentido que estaba. De pronto, Lucía y Patricia volvieron a salir al patio con otro reo: ¡Era Juan Gómez, el desgraciado que lo había hecho denunciar en falso a las mujeres que lo dominaban! Lo colgaron como a él, con mordaza y aparato de castidad, pero el de Juan era de plástico y tenía las siglas de la fundación. Luego cayó en la cuenta de que frente a él había otro, colgado en las mismas condiciones. Iban a ser trasladados como ganado, o peor, al terrible lugar del cual había querido estar lejos desde la primera vez que lo vio, pero ellas no lo dejaron escapar. Patricia, repentinamente, habló, con sorna: “Bueno, me han dicho que ustedes son cómplices, así que ahora vayan hablando de sus fechorías durante el viaje… Pero ¡claro! ¡No pueden! ¡Ja, ja, ja, ja, ja!” Un frío de muerte les corrió a los dos de pies a cabeza ante las palabras de la fuerte mujer. Se miraron aterrados. No solo no les mostraban empatía alguna, los trataban peor que a presos comunes, y ¡se burlaban de ellos abiertamente! No podían esperar sino lo peor.

La puerta trasera de la camioneta se cerró y los tres quedaron en la oscuridad y el silencio total. La camioneta arrancó: los desniveles del camino los sacudían y sus brazos ya no resistían más, pero no había manera de quitarse de la posición en que estaban. Mientras, gracias a la mordaza con orificio babeaban sin poder controlarlo, agregando más a su humillación.

CONTINUARÁ… Autor: Esclavo josé

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