SUELAS ROJAS XII

SUELAS ROJAS (Parte XII)

La semana pasó, y las Señoras ni mencionaron la posibilidad de quitarle el opresor, ni Carlos se animó a pedirles tal cosa tampoco. Sabía muy bien que solo obtendría más burlas y cachetazos como única respuesta. De hecho le decían lo bonito que se veía con el aparato en vez de mostrar su “pequeña cosita” cada vez que lo hacían desnudarse. Dionisia aprovechaba a menudo la superficie metálica para aplicarle las descargas eléctricas, tras lo cual el quedaba tirado en el suelo por algunos minutos, y entonces era víctima de la fusta de la hermosa joven, que le reclamaba airadamente que vuelva a sus tareas, sin flojedades.

El sábado llegó, la mañana sufrió la jardinería del modo que era habitual, y esta vez estuvo seguro de que una mujer de cabellera rubia lo miraba desde la ventana distante. La vio allí unos minutos, sin animarse a fijar la vista por obvia vergüenza. Fue un rato, luego la mujer desapareció.

A mediodía, Dionisia lo esperaba para la sesión de pies con una novedad: lo hizo acostar en el suelo, lo tomó del aparato y le colocó cuatro hileras de púas plásticas que calzaban perfectamente en los orificios que este tenía. ¡Y él que pensaba que eran para que su miembro respirara! La adoración de pies empezó, y él a excitarse, pero esta vez ni eso era gozoso. Las espinas plásticas se le incrustaban dentro del aparato, y él gemía de dolor como podía, mientras ella le hundía más el pie dentro de la boca. “Ahora no te gusta, ¿verdad cerdo? ¿Pero cuando era para masturbarte a mis espaldas si, eh? ¡Ahora tendrás tu merecido!” le dijo ella. Tras lo cual se hizo volver a poner las largas botas negras de suelas rojas que calzaba cuando llegó, lo forzó a arrodillarse de frente a ella, con los muslos y el torso rectos hacia arriba, y lo pateó en los genitales con toda su fuerza, mientras el seguía con el aparato con las espinas todavía en su lugar. El aro que sujetaba la base de los testículos se sacudió haciendo que él tema hasta perderlos, al tiempo que las púas se clavaban en su carne, dentro del aparato. Aunque trató de mantenerse quieto no pudo evitar primero bajar los muslos y luego caer de costado, desplomado de dolor. Sin embargo, Dionisia no estaba satisfecha. “De vuelta a tu posición, ¡cerdo! ¡Qué aún no hemos terminado!” Y con el otro aparato, el de las descargas, lo conminaba a volver a ponerse en situación de recibir otra devastadora patada. “¿Cuántas veces te has masturbado, cerdo?” Dionisia se mostraba verdaderamente furiosa y sin visos de detener el castigo. “No lo se señora Dionisia.”, dijo él apenas pudiendo hablar. Llegó otra patada y otras descargas para volverlo a poner en posición. “Así que ahora no sabes, ¿eh? Pues ya no podrás contarlas ahora. Serán cero de ahora en más. Cero, como lo que vales.” Y así, en un sinfín de castigo, dolor y humillación verbal, la autoritaria mujer lo obligó a recibir diez patadas de sus lustrosas botas, hasta que le ordenó quitarle las púas al aparato, envolverlas en una servilleta que le alcanzó y entregárselas, y lo dejó en el suelo retorciéndose de dolor, mientras le ordenaba no olvidar ninguna de las tareas de la tarde.

Cuando se repuso fue al baño del quincho a lavarse. Mientras veía que había algunos rastros de sangre dentro del aparato, como también había visto en las púas cuando se las sacó. Pensó en si debería pedir permiso para que le quiten el aparato e higienizarse bien, pero aterrado como estaba no se animó a decirles nada. Hizo correr primero agua jabonosa, luego se enjuagó bien, y por los entresijos de arriba virtió un poco de agua oxigenada para desinfectarse, un par de veces. Luego y de inmediato se puso a trabajar, ni quería pensar en que las dos mujeres que lo dominaban tuvieran ánimo de castigarlo nuevamente. Pero ellas ni se hicieron ver el resto del día. Al terminar comió algo, las esperó hasta la hora fijada en que debía estar atento por si requerían sus servicios y luego de volver a higienizarse se acostó y lloró amargamente por verse tan dominado, humillado, indefenso y derrotado ante las dos mujeres que se habían apoderado de su vida y lo sometían cada vez más cruelmente, antes de quedarse dormido angustiado por esos pensamientos.

CONTINUARÁ…

Autor: Esclavo josé

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