SUELAS ROJAS XI

SUELAS ROJAS (Parte XI)

Las dos semanas siguientes pasaron sin grandes novedades, salvo que Dionisia era cada vez más abusiva con él. Le exigía servicio para sus pies cada vez más a menudo, al tiempo que el uso de cachetadas, fusta y descargas eléctricas para apurar o corregir sus tareas domésticas se habían vuelto cosas cotidianas. Mientras tanto, a Diana la veía cada vez menos, pues salía seguido con Benicio, su “dotado” amante. Él se sentía terriblemente mal, no tanto por el “quebrantamiento” de la tradicional fidelidad conyugal, sino ya por verse relegado completamente en los afectos de la mujer que amaba, a pesar de todas las humillaciones a las que lo sometía. Sentía que ya no significaba nada para ella, que sería incluso un estorbo si no fuera por los servicios que prestaba, que estaba pronto a ser reemplazado por completo. Y no se equivocaba.

Un viernes la novedad fue una cuadrilla de operarios que llegó en una aparatosa van negra con la inscripción “Big Sister Security Services” pintada en rosa, justo cuando él partía a la oficina. Antes de que se acercara a preguntar que hacían ahí, Dionisia salió a recibirlos por la puerta principal, por lo que volvió de inmediato a tomar el camino de la parada del bus. A la vuelta, al entrar en la cocina a preparar la cena, encontró un intercomunicador nuevo y un pequeño monitor que mostraba los exteriores de la casa con distintas cámaras: una exactamente la entrada principal, otra el jardín delantero y la vereda, otra en el lateral incluyendo la entrada de servicio y la última todo el fondo incluyendo las entradas del cobertizo y el quincho.

El sábado fue otro sábado de jardinería y desnudez, aunque su supervisora se hizo ver menos que otras veces y el aprovechó cuando ella se fue a dormir la siesta para ir al baño del quincho y masturbarse. El domingo, apenas terminaron el desayuno, las Señoras de la casa lo llamaron. Las dos estaban esta vez vestidas con remeras y ajustadas calzas deportivas, y zapatillas. Diana tomando la palabra le ordenó: “Desnúdate, y bebe el vaso de agua que está sobre la mesa”. Carlos tuvo la certeza en ese mismo momento de que lo que sea que implicase esa orden, no sería nada bueno para él, aunque no tenía ninguna pista para saber exactamente de qué se trataba. Tampoco valía la pena preguntar, se dijo. Sólo vendría algún cachetazo acompañado de palabras humillantes para reforzar la orden, y él terminaría obedeciendo de todos modos, obligado por todos los condicionantes que ellas blandían sobre él, sin ningún escrúpulo. Por tanto, obedeció: se quitó la ropa y bebió el vaso, que estaba lleno hasta menos de la mitad, con agua más algo que tenía un sabor amargo, según pudo percibir. Él, luego de beber, se arrodilló esperando nuevas órdenes, pero Diana dijo: “No te arrodilles, ¡inútil! Acuéstate boca arriba.” “¿Pero aquí Señora Diana?”, preguntó él, intrigado y alarmado, al tiempo que empezaba a sentir mucho sueño. “Sí, aquí, ¡estúpido!”, dijo ella, dejando paso a una sonrisa en dirección a Dionisia, que se la devolvió.

Él hizo caso, miró el techo por un momento y se quedó profundamente dormido. De golpe, sintió una descarga eléctrica en su pequeño miembro viril, y abrió los ojos para ver la cara de Dionisia sonriendo triunfante, y su “amigo”, el aparato de las descargas en su mano. Sin levantarse ni mirar todavía quiso tocar la parte afectada por la descarga, pero su mano encontró algo frío, curvo, metálico. Se le heló y se le desfiguró la cara en un gesto de terror, mientras que las dos mujeres, viendo esto, estallaron en carcajadas. “¿Quieres verte que cerdo eres?” le dijo Diana, mostrándole en su tablet el vídeo de él masturbándose en el baño del quincho  y eyaculando al inodoro. “¡Arrodíllate, degenerado!”, prosiguió. Y cuando lo tuvo frente a sí le soltó una andanada de bofetadas furiosas, pegándole en la cara alternativamente con una mano y otra. “Ahora estarás a salvo de esto. Vístete y a tus tareas. ¿Vamos a caminar, querida?”, le ordenó a él y remató con la invitación a su joven compañera, que aceptó gustosa.

Apenas ellas salieron, Carlos se desplomó llorando al suelo. Pensó que ya no podía caer más bajo. Ahora ni siquiera podría satisfacerse por sí mismo. ¿Duraría mucho eso? ¿Hasta donde querían llevar Diana su sometimiento? Él se daba cuenta que ella progresivamente lo iba empujando más abajo, paso tras paso, a niveles que él ni podría haber pensado en un principio. Miró el aparato que tenía instalado: de acero sin dudas, curvo. Un anillo lo sujetaba a la base de los testículos y de ahí salía un tubo que quedaba algo amplio cuando su pene estaba relajado pero que apenas lo apretaba contra sus paredes cuando éste se ponía tieso como ahora, que la humillación lo excitaba. Tenía 4 líneas de finos orificios, arriba, abajo y a los lados. Ya no era dueño ni de sus partes más intimas. Ya ni podía pensar… Mejor obedecer y hacer todas las tareas de la lista antes de que las señoras vuelvan, sino los castigos serían peores.

CONTINUARÁ…

Autor: Esclavo josé.

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