SUELAS ROJAS VII y VIII

SUELAS ROJAS (Parte VII)

El fin de semana estuvo plagado de tareas para Carlos: Dionisia le dio todas las órdenes para que se encargue de la jardinería y otros pequeños arreglos, lo que se sumó a las tareas domésticas que le habían asignado en la semana. El domingo a la noche recibió un sobre con su “paga”: apenas le alcanzaba para el transporte y un almuerzo mínimo, pero ni pensó en quejarse. La semana también transcurrió sin novedades, más allá de que alternativamente una u otra de las señoras de la casa aprovechaban cualquier ocasión propicia o no para recordarle su lugar en la vida con algún cachetazo . Diana, salvo por eso o para darle alguna indicación, prácticamente lo ignoraba y se veía a menudo con su amante, ya sea en la casa o saliendo con él. Incluso un compañero de trabajo de varios años le comentó la situación de haberla visto a Diana con otro hombre, a lo que él le contestó que se estaban separando, después de titubear un poco sobre que decir. Toda la situación lo hacía sentir más humillado cada día, pero a la vez lo excitaba y casi todas las noches acababa masturbándose pensando en el poder que Diana y también Dionisia tenían sobre él. A veces se rebelaba internamente, sin decir nada ni mostrar su resistencia, pero al rato volvía a pensar que eran realmente muy superiores a él y que tenían todo el derecho a tratarlo como lo hacían.

“Lo que usted disponga, Señora“, respondió él, sintiendo nuevamente lo bajo que había caído, casi mendigando un rato para sí ante quien antes lo servía a él. “Veremos… Lo hablaremos con Diana en la cena, pero si es por mí, no quisiera que te distraigas del servicio con esas cosas”, concluyó ella, dejando clarísimo cuan naturalmente había asumido su rol de poder en ese hogar.

Durante la cena, que él había cocinado y servía, Dionisia le dijo a Diana: “¡Ah querida! ¡Me olvidaba!”. Y a él: “Tú ven y arrodíllate”. Luego siguió hablándole a la dueña de casa, con claro tono de burla: “Resulta que nuestro sirviente quiere salir a correr mañana y me ha pedido permiso. Ya le dije que a mi no me parece, pero que lo hablaríamos en la cena.” La respuesta de Diana fue una nueva bofetada en la cara de Carlos: “¿Pero como te atreves, inútil? ¿No ves lo buena que soy que te permito vivir aquí con nosotras de gratis y hasta te doy para que no tengas que ir a la oficina caminando y tú quieres perder el tiempo que debes a nuestro servicio y a la casa en algo completamente improductivo para nosotras?”. “Perdón Señora Diana.”, dijo él sumisamente. “Es que pensaba levantarme más temprano y…”. Otra cachetada interrumpió su discurso. “Cállate la boca y deja de insistir cuando se te dice que no. Esta semana solo tendrás la mitad de tu paga, así aprenderás obediencia. Y mañana esperas desde la 7 en la cocina a que Dionisia y yo nos despertemos para comenzar tus tareas. No quiero que te muevas de allí hasta que una de nosotras llegue.”

No se habló más del asunto durante toda la cena y el enojo de Diana cambió enseguida en risitas, miradas cómplices y caricias mutuas con Dionisia. Carlos pensó que nunca más tendría que pedir nada, pues ellas estaban evidentemente resueltas a tomar cada vez más poder sobre él, y cada pedido sería hacerles saber que es lo que debían negarle, aunque tampoco podría hacer lo que quería sin solicitarles permiso, porque entre las dos estaban siempre pendientes de sus horarios y de que tuviera tareas para hacer. Tanto es así que volvió a terminar sus tareas a la una de la mañana y se puso el despertador a las 6:30 para estar a tiempo en la cocina, aunque sospechaba que tendría que esperar más de una hora a que Dionisia apareciera.

Se despertó, levantó, aseó y vistió y a las 6:55 entró en la cocina. Para su asombro, encontró a Dionisia vestida de manera idéntica al sábado anterior, sentada en la misma silla y con una fusta en la mano. La sorpresa le puso los pelos de punta. La hermosa joven, sin levantarse de su silla y sin alzar la voz, le ordenó: “Desnudo y de rodillas ya, que tenemos mucho por hacer hoy.”

SUELAS ROJAS (Parte VIII)

Ante la inesperada orden titubeó, pero no se animó a desobedecer ni a repreguntar. El otrora “señor” de la casa ahora obedecía sumisamente a la joven Dionisia. Avergonzado terminó de quitarse la ropa y se arrodilló donde estaba. “¡No, ahí no estúpido!” le dijo la joven. “Ven a arrodillarte frente a mi.” Él se acercó hasta ponerse frente a la silla donde ella estaba sentada y volvió a arrodillarse, con la cabeza gacha. “Así está mejor. Veo que me vas entendiendo. Pues bien, ahora sal y corta todo el césped del fondo, para empezar.” Carlos, sintiéndose totalmente inseguro de lo que hacía, comenzó a vestirse nuevamente. Ella le dijo lo que el tanto temía escuchar en ese momento: “¿Pero quién te dijo que te vistas? ¡Estúpido!” Y le azotó el rostro con la mano abierta. “Pe… pero Señora Dionisia…” empezó pensando en objetar que lo pudieran ver los vecinos, que podría pincharse los pies o lastimarse con la cuchilla, que las descargas eléctricas por estar descalzo… Pero ella lo interrumpió, altanera: “¿Vas a objetar algo? ¿Quieres ganarte más golpes? ¿Y que se entere Diana que no me obedeces?”. “No Señora Dionisia. Perdón.” contesto él, arrepentido de haber empezado a hablar. “Besame los pies para que te perdone.” Él se hincó a los pies de la impresionante joven mujer y los beso sumisamente. “Muy bien, así es mejor. Pero la próxima vez que te atrevas, no tendrás tanta suerte. ¡A trabajar ya! ¡Y rápido!, que tienes que ganarte el pan de la semana. Vuelve aquí cuando termines.”

Él salió, desnudo como estaba, fue al cobertizo, tomó la máquina y comenzó la tarea. Estaba atento a tocar solo las partes con aislación mientras estuviera enchufada. Por otra parte, lo inquietaba la idea de que algún vecino pudiera verlo. “Para colmo el ruido a esta hora de la mañana”, pensó. Todos mirarían a ver de donde venía. A nivel no se podía ver desde fuera, pero había casas de doble planta en las cercanías y desde alguna ventana podían verlo. Se sentía completamente humillado y excitado a la vez. La actitud autoritaria de las dos mujeres, los cachetazos, el besapies, todo lo empujaba hacia una situación en la que no podía reaccionar.

Cerca del muro de la medianera se pinchó con unas pequeñas espinas, en un lugar que el pasto había crecido más que en otros y se detuvo a intentar sacárselas. De la nada, apareció Dionisia detrás de él, y le pegó un fustazo en el trasero desnudo. “¿Quién te dijo que pares, inútil?” “Pe… Perdón Señora Dionisia”, reaccionó Carlos rápido antes de decir algo inconveniente que pudiera ser tomado a mal. “Bésame los pies.”, le ordenó ella. Y el otra vez, sumisamente, obedeció. Con cada pequeño castigo y besapiés se sentía más sometido e imposibilitado de ejercer alguna resistencia.

El sol seguía elevándose y Carlos seguía con su tarea, mientras tanto Dionisia de tanto en tanto salía a caminar señorialmente por el patio, fusta en mano, para controlar el trabajo. Él tuvo la impresión de que lo observaban desde las ventanas de una casa que estaban como a sesenta metros de donde él estaba, pero prefirió ni mirar. Eligió ser un poco menos consciente de su bochorno.

Un rato más tarde, Dionisia encontró unas hortigas que habían crecido en un rincón, y lo hizo primero caminar y luego rodar sobre ellas con su cuerpo desnudo, riéndose a carcajadas de su ocurrencia. Luego, lo hizo caminar contra unas yucas cuyas hojas terminaban en duras espinas, extendiendo su brazo con la fusta como guía para que fuera a rozarse contra ellas y terminara con puntos rojos de sangre sobre su costado. El de buena gana le hubiera pedido permiso para ir a limpiarse las pequeñas heridas, pues era obseso por desinfectarse cada vez que tenía un mínimo rasguño, pero lo evitó porque ya imaginaba la respuesta que Dionisia le daría, seguramente acompañada de algún golpe y algún insulto.

Diana no se dejó ver por él en todo el día, seguramente no estaba en la casa. Dionisia se hizo servir la comida por el a mediodía, y lo tuvo arrodillado a su lado, desnudo, mientras comía. Él tenía su pequeño miembro indisimulablemente erecto, pero su dominadora no se dio por enterada. Luego le permitió vestirse y le dejó una lista de tareas que le ocupó toda la tarde. Ella se retiró a descansar y luego salió en el auto que antes le pertenecía a él.

Quedó solo y pensando en todo lo que le estaba pasando: se sentía terriblemente menoscabado porque Diana lo había dejado a mando de Dionisia. Si bien siempre había sido un gobernado, esto había llegado demasiado lejos, se dijo. Sin embargo al mismo tiempo no pudo evitar masturbarse dos o tres veces recordando las cosas que le había hecho Dionisia durante la mañana y el mediodía. Y, al fin y al cabo, lo que era más importante aunque el no se diera cuenta, era que ni se le pasó por la cabeza tomar sus pocas pertenencias y abandonar la casa donde las dos mujeres lo trataban como un criado y tal vez peor. Se preguntó hasta donde llegarían ellas con eso, como si el no pudiera ya hacer nada por detenerlas o escaparse.

CONTINUARÁ…

Autor: Esclavo josé

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