SUELAS ROJAS IX

SUELAS ROJAS (Parte IX)

La tarde del jueves al llegar a casa, Carlos vió que el coche de Dionisia no estaba, y encontró a Diana hablando por teléfono animadamente con una amiga, de muy buen talante. Le sirvió la merienda, y se arrodilló a un lado como si esperara nuevas órdenes, tal como tenía aprendido, pero se dijo que era el momento propicio para plantear su queja por lo que había pasado el sábado. Esperó que Diana termine de hablar y, titubeante, dijo: “Señora Diana, ¿le puedo contar algo?” “Claro, dime.” contestó ella, sonriente, con el pelo recogido en un rodete, una blusa roja, pollera negra y las mismas botas negras de suelas rojas que él le había regalado, hace parecía ya tanto. “Pues la Señora Dionisia me ha hecho andar desnudo por el jardín el sábado, haciendo los trabajos.” “¿En serio?” contestó ella, con tono de incredulidad. “Sí Señora. Yo temía por una descarga eléctrica, por si la cuchilla me tocase los pies, también porque me pudiesen ver los vecinos, pero no pude decirle nada.” le soltó Carlos. “Tendré que hablar con ella”, dijo Diana con tono serio. “¿Y qué más pasó?” preguntó la mujer de la casa. “Importante nada más, Señora Diana.” contestó él pensando que tal vez se metería en líos. “Pero, ¡vamos! ¿Empiezas a hablar y luego no terminas? ¡No me hagas enfadar!” A Carlos se le pusieron los pelos de punta. No creía que Diana fuera de golpe tan comprensiva con él, pero no tenía más remedio que continuar. “Pues se consiguió una fusta para pegarme y me hizo rodar por las ortigas y pincharme… pero bueno, eso no lleva peligro, por eso no le iba a dar tanto detalle Señora Diana…” De golpe se escuchó una risotada y Dionisia salió de la pieza, desnuda, recién bañada, con su cuerpo voluptuoso y escultural.

Carlos se dio cuenta que lo tenían todo preparado, pero no pudo evitar mirar a la monumental joven. “Idiota, ¡qué miras!” fue lo primero que le dijo ella, y luego de encajarle una de sus cachetadas, se besó largamente con Diana delante de él, que de arrodillado pasó a postrado con el rostro contra el suelo, para evitar mirar a la mujer desnuda. “¡Te dije que el imbécil se iba a venir a quejar!” dijo Diana dirigiéndose a la joven, festejando su acierto. “Ahora tendremos que darle su merecido.” “Desnúdate ya, y ven y quítame las botas.” le dijo a él. Mientras el lo hacía, Dionisia fue al dormitorio y volvió con una bata de lencería blanca, y un par de fustas, como la del sábado, pasándole una a Diana.

Luego se sentó a metro y medio de donde estaba sentada ella, enfrentadas una a la otra. Diana empezó a dar órdenes: “Lame mis botas.” (Que estaban en el suelo, a veinte centímetros de sus pies.) “Alza la cara.” (Y le aplicó una bofetada.) “Ahora bésame los pies.” (Mientras el lo hacía, Dionisia le daba fustazos en el trasero.) “Ahora con Dionisia, primero cara arriba, y luego besapiés.”… “¡De vuelta aquí ahora, a las botas!… ¡Cara!… ¡Pies!… ¡Allá!” Y así lo tuvieron durante larga media hora, recibiéndolo cada vez con un golpe en el rostro con la mano abierta para luego hacerse besar los pies mientras la otra le daba con la fusta en el trasero, y las dos riéndose casi todo el tiempo.

Cuando Diana se dio por contenta con el castigo, le dijo: “Sobre la mesa tienes un cuaderno y lapiceros. Cuando termines tus tareas de esta noche te los llevas y escribes mil veces: ‘Debo obedecer a la Señora Dionisia como si fuera la Señora Diana y nunca quejarme.’ En letra clara, y me lo vuelves a dejar acá antes de irte al trabajo. ¿Entiendes estúpido?” “Ssi Señora Diana.” contestó el, completamente humillado. “Espero que hayas aprendido la lección. Vamos Dioni… Nosotros tenemos cosas que hacer antes de la cena, ¿verdad mi amor?” Y estampándose otro profundo beso delante de él se retiraron a su habitación.

La cena transcurrió sin más inconvenientes y Carlos tuvo que emplear toda la noche para terminar “la tarea”. Cada vez se sentía más dominado y humillado, sometido a castigo físico cada vez más a menudo, subestimado como si fuera un adolescente. Estaba tentado a dejar todo en ciertos instantes, pero fascinado por el poder que las dos mujeres ejercían sobre él, la rebeldía en su cabeza duraba muy poco. ‘Debo obedecer a la Señora Dionisia como si fuera la Señora Diana y nunca quejarme.’ Con ese mantra grabado en su confundida cabeza, se arregló lo mejor que pudo, sin afeitarse para esconder en algo el rojo de sus mejillas y con el trasero ardiendo por los fustazos salió al trabajo, sin poder olvidar ni por un minuto a las mujeres que estaban manejando su vida a su antojo.

CONTINUARÁ…

Autor: Esclavo josé

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