SUELAS ROJAS IV

SUELAS ROJAS (Parte IV)

Miriam y Mariana desplegaron sobre la mesa una larga cantidad de escritos y formularios. Una vez que Carlos se sentó, la abogada tomó la palabra: “Esto es todo lo que mi clienta ha dejado para que firme. Léalo, y luego lo firma. Entregue a la escribana cada forma firmada, para que ella certifique su firma.” Mariana la interrumpió brevemente: “Voy a necesitar su documento de identidad para ello.” Carlos a esa altura ya se sentía completamente desbordado por la situación y conminado a obedecer a Diana y a estas mujeres que ella había dispuesto que trataran sus asuntos legales con él.

Miriam volvió a tomar la palabra, agitando otro escrito de unas pocas hojas: “Mi mandato es que no discuta nada con usted, pero tenga en claro que mi clienta me ha hecho traer redactada esta demanda de divorcio, que presentaré a primera hora de mañana en el juzgado si usted se niega a firmar cualquiera de las otras formas que hemos dispuesto.” “No… no se moleste letrada, no habrá problema, firmaré todo… es… lo que había convenido con ella…” dijo Carlos alarmado, tratando de darle una pátina de normalidad y consentimiento totalmente voluntario a la situación. Las mujeres se miraron y sonrieron. Carlos no supo que decir, pero se dio cuenta de que estaban al tanto de su situación.

Entre las formas estaban la cesión de sus derechos sobre los 2 automóviles que habían comprado estando casados en beneficio de Diana, un compromiso de abandonar el domicilio conyugal a las veinticuatro horas que ella le manifieste su voluntad de que lo haga, una entrega de la custodia de sus tarjetas de crédito y bancarias y sus chequeras a la letrada Miriam y 120 pagarés sin fecha por un monto equivalente a su salario mensual en favor de su mujer. Pensó en quejarse o preguntar por qué esto, o si sería inconveniente que los pagarés no tuvieran fecha, pero la abogada había sido clara acerca de que Diana esperaba que firmase todo o si no… Y evidentemente tenían todo más que preparado.

Pensó que tal vez si lo hubiera pensado bien no habría accedido a todo esto, pero Diana no le dio tiempo a nada, se sentía totalmente superado por la situación y hasta el hecho de no querer causar ninguna molestia a las dos profesionales que se habían presentado esa tarde en su casa con la convicción de que él firmaría todo sin chistar lo empujaba a ¿obedecer? y seguir al pie de la letra lo que habían establecido para él.

Para terminar, Miriam le acercó otra forma en la que él cedía a Diana un terreno que había heredado de sus padres antes de casarse. Esto lo hizo sentir como un estúpido… Es que eso no era parte de ninguna manera de los bienes comunes del matrimonio… Recordó lo que le dijo su padre poco antes de morir, acerca de que Diana era una mujer fría e interesada… pero ya era tarde para resistirse a nada. Firmó como entregando a ella lo poco que quedaba de su persona, y sacó las tarjetas bancarias de su billetera que las mujeres tomaron y verificaron contra la lista que tenían impresa para ver que no falte ninguna.

“Muy amable señor Bermúdez”, le dijo con gélida amabilidad Mariana, devolviéndole el documento. “Ordenaremos todos los papeles antes de retirarnos, pero ya no lo necesitamos más.” El se retiró humillado a su cobertizo, mientras las mujeres murmuraban entre sí algo ininteligible en tono muy bajo. Hasta le pareció escuchar también la voz de Dionisia que asistió como testigo inadvertido mientras limpiaba los rincones.

Abrumado por la situación preparó las cosas para tomar una ducha y ver si el agua ponía en orden su cabeza. Pero retornó a su mente la imagen de Diana vestida sensualísima para volver a hacerlo cornudo, pegándole cachetadas una y otra vez con o sin motivo, orquestando todo para que el quede fundido económicamente y ella a cargo de todos los bienes… Nunca se había sentido tan sometido y estúpido. Pensando en ella se masturbó dos veces mientras se bañaba. Luego tomó la comida y se durmió sin entender como sería para él la vida de ahí en más.

CONTINUARÁ…

Autor: Esclavo josé

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