SUELAS ROJAS II

SUELAS ROJAS (Parte II)

“Pues bien”, le dijo ella con frialdad. “Tienes suerte de que Dionisia se haya tenido que ir a cuidar a su madre esta noche. Te puedes acomodar en el cuarto de servicio. Ya no quiero dormir más contigo”. “Gracias mi vida!”, dijo él tragando saliva, pensando que respecto a separarse era un mal menor y confiando en poder revertir la situación en unos pocos días.

“Mañana cuando vuelvas de trabajar veré que hacer contigo. Ni me molestes cuando te vayas. No quiero más invasiones a mi privacidad.” Y empujándolo con el tacón y la suela de su bota izquierda lo empujó hacia un lado y salió de la habitación.

De pronto él se dio cuenta que no tendría ni ropa para cambiarse esa noche, pero ella había sido lo suficientemente terminante para que ni se le ocurriese ir por el dormitorio a recoger alguna cosa. Fue a la cocina y se sirvió la comida que había olvidado a la mañana y luego se retiró al cuarto de la asistenta, se dio una rápida ducha en el baño de servicio y se acostó a tratar de dormir. Pero no podía. Su mundo se había derrumbado. Ella siempre lo había tratado como la poca cosa que era, pero no soportaba siquiera pensar en estar alejados. Celoso como era, estaba dispuesto a rogarle que lo dejara continuar con ella aún convertido en un cornudo, pero lo inquietaba la contundencia con que ella había manifestado que no le importaba más. Excitado por el recuerdo de sus gritos de placer, de haberla visto cabalgando gozosa sobre su amante, de las botas que tan bien vestía y que tanto le habían costado a él, de sentirla cada vez más poderosa y a la vez inalcanzable, comenzó a masturbarse y no duró ni un minuto.

Cuando se despertó, se percató de que tenía la ropa interior manchada con su esperma y que debía cambiar las sábanas de la cama de Dionisia para no quedar ante la joven como alguien con muy poco decoro. Las cambió por otras y las puso en la lavadora. Al volver del lavadero, vio que su esposa estaba en la cocina, por lo que después de titubear un poco se dio cuenta de que no podría desayunar en casa. Terminó de vestirse, tomó sus cosas y salió con un poco de tiempo para poder desayunar camino al trabajo.

No pudo concentrarse en toda la mañana. A mediodía otra vez estaba sin comida, por lo que fue a un local de comida rápida, sin poder pensar en otra cosa que lo que lo esperaba a la tarde. ¿Qué le diría Diana, su esposa, o al menos la que lo había sido hasta ese momento? ¿Habría recapacitado y aceptaría quedarse con él a cambio de que él “no la espíe”? ¿O nuevamente le diría que tenía que irse? Ella se había mostrado muy firme y convencida cuando se lo dijo, pero tal vez había sido solo por la incomodidad de saber que él había metido las narices donde “no debía”. ¿Que le había querido decir con “¿seguro que harás lo que sea?”? ¿No era él ya un esposo lo suficientemente condescendiente con los caprichos de su mujer, lo que valía hasta el mote de gobernado ante sus amigos que ya lo habían dejado de frecuentar porque nunca “tenía tiempo” para reunirse con ellos o directamente porque ella se los marcaba como una mala influencia? En estos devaneos mentales se dio cuenta de que se le había pasado la hora para volver al trabajo y todavía estaba con la hamburguesa a medio comer. Raudamente volvió a la oficina y se dio cuenta que ni hambre tenía, a pesar de no haber comido casi nada.

La tarde fue muy movida y se le pasó rápido, y de golpe cayó en la cuenta de que tenía que volver a (¿su?) casa y enfrentar el momento crucial. Le comenzó a doler el estómago. Se subió al auto y manejó abstraído todo el camino.

Cuando abrió la puerta encontró nuevamente a Diana sentada en el sofá, con las botas de suelas rojas puestas, una blusa roja y una falda negra y de un humor indescifrable. Al lado vio dos maletas (lo que le puso los pelos de punta del susto) y una caja con un colchón inflable de camping. Dionisia que estaba de vuelta, quitaba el polvo de encima de la mesa en ese momento, pero a su todavía esposa no pareció importarle que ella estuviera ahí para decirle: “Mira imbécil, las cosas han cambiado desde el momento en que decidiste faltarme el respeto de esa manera y nunca, nunca volverán a ser como antes.” Él trató de esgrimir una excusa, de explicarle que nunca había querido espiarla, que… pero ella lo paró en seco con una cachetada más dura que la del día anterior. “Para empezar solo me hablarás cuando yo te de permiso para ello, y en este momento no te lo estoy dando.”, le dijo ella sonriendo fríamente. “Si te quieres ir, eres libre de hacerlo: aquí tienes tus cosas, pero como rogaste quedarte, pensé en tí y te conseguí ese colchón. La habitación de servicio ya no está disponible, toma tus cosas y acomódate en el galpón, si quieres. En el quincho del fondo tienes baño y anafe, puedes arreglarte la comida ahí. Y mañana te presentas cuando vuelvas del trabajo con tus tarjetas del banco para firmar unos arreglos legales que dispuse con mi abogada. Por cierto, te vas y vuelves en bus, ya no quiero que uses el automóvil. ¿Queda claro?”

Abrumado por las novedades, el tardó dos segundos en responder “Sí, mi vida.” El cachetazo está vez resonó contra las paredes y le dejó roja la mejilla izquierda al desgraciado. “¡Esta es la última vez que me llamas así, estúpido! Desde ahora me llamas Señora, y nada más. ¿Queda entendido?” “Ssí… Señora”, dijo él, con miedo a recibir una nueva cachetada, aunque no fue así. “Bien, retírate.”, le dijo ella sin más, mientras el veia que Dionisia se miraba con Diana mientras se sonreía socarronamente.

CONTINUARÁ…

Autor: Esclavo josé

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