SUELAS ROJAS – EPÍLOGO

SUELAS ROJAS (Epílogo)

 

Diana y Eugenio cumplieron el trámite del casamiento a los pocos días. Feliz como estaba por el deceso de Carlos, a ella le costó menos ser fogosa con su nuevo pelele durante el tiempo que duró el viaje. Si bien desde la primera cita estuvo claro quien mandaba en la pareja y ella no se privaba de corregirlo a los cachetazos día tras día, no habían dejado de ser una pareja normal… hasta ese día… Exactamente un año después de que su infortunado primer consorte la encontró con Benicio…

Para ese entonces, ya se habían mudado a la hacienda de Eugenio en las afueras de la ciudad. Un campo de unas veinticinco hectáreas, con aproximadamente dos de ellas reservadas para el casco y los jardines, y el resto ocupado por una plantación de frutillas: una de las tantas actividades del holding Miranda, la familia del nuevo cónyuge de la exigente mujer. La propiedad estaba apartada, a cinco kilómetros de ruta de una autopista troncal. Otros cincuenta kilómetros más allá quedaban las oficinas donde trabajaba Eugenio, a la vera de la autovía, de modo que a pesar de la distancia, en poco más de media hora él podía llegar a su trabajo.

Su flamante esposa lo había convencido de que debía seguir una dieta: el había abandonado la comida chatarra de los restaurantes ‘fast food’ por el almuerzo vegetariano que ella le había impuesto. Ricardo preparaba cada mañana la vianda y la ponía en un bolso térmico en el moderno SUV que utilizaba el marido de su patrona. El joven, y también Dionisia, se habían mudado allí apenas su empleadora retornó de la luna de miel. A pesar de que Eugenio intentó evitarlo, puesto que eran personas que trabajaban en la hacienda desde su niñez e incluso ofreció a Diana conservarlos con un cargo menor a uno y reasignando tareas a otro, el mayordomo y el jardinero fueron despedidos de inmediato, y reemplazados por el personal propio de la nueva señora de la casa.

Pero la noche anterior a ese día, Dionisia había ordenado a Ricardo que sólo prepare la vianda y la deje en la heladera. Anteriormente, lo mismo había ocurrido un par de veces. En la primera ocasión, Diana fingió encontrar accidentalmente la vianda sin consumir en la heladera, y montó una escena poniéndose furiosa con Ricardo por ‘olvidarse’. Y mucho peor con Eugenio, a las cachetadas, por no ser capaz de conducir una hora para comer lo que ella tan cuidadosamente le hacía preparar cada día. Como otras veces, ella se mostró arrepentida de su ‘exceso’, pero, raramente, le acarició luego el rostro con pretendida ternura: – “¡Lo lamento, mi amor! Pero deberías fijarte antes de salir si tienes la vianda dentro del bolso.” Por supuesto, bien educado como estaba, el joven sirviente no dijo nada ni antes ni después acerca de la orden recibida.

La segunda vez que sucedió lo mismo, Eugenio condujo hasta la hacienda, silenciosamente entró en su vivienda, fue hasta la cocina, abrió la heladera y tomó la vianda que allí estaba, bien a la vista. Sin decir nada, pues temía que Diana lo reprendiera ya no por no ir a buscarla, sino por no chequear que su comida estuviera en el bolso térmico.

En este ‘aniversario’ que ella recordaba muy bien, pero que el desconocía, apenas intentó levantar el bolso del asiento del acompañante se dio cuenta de que estaba vacío. Sin embargo, tenía varias reuniones a la mañana, y no podría ir a recoger su comida hasta mediodía. Pensó en mandar a alguien a buscarla, pero sería ponerse en evidencia. Además, Diana se había quejado exactamente de que ‘no había sido capaz de conducir una hora’, y sabía que ella siempre pretendía ser tomada al pie de la letra cuando decía algo. Y no quería verla enojada. Ya a esa altura, lo que menos le molestaban eran las cachetadas. Le habían resultado humillantes al principio, pero ya se había acostumbrado a sus modos. Lo que no quería era decepcionarla, de ningún modo. Ni causarle enojo por el simple hecho de que quería brindarle todo el bienestar posible. Hasta por eso había aceptado la cuestión del ‘almuerzo vegetariano’, ¡justamente él que odiaba casi todas las verduras! Pero había sido la mujer de su vida desde que la había conocido, y ahora que llevaba varios meses de casado no estaba dispuesto a perderla… por nada del mundo.

Iba en estas cavilaciones cuando llegó a la salida de la autopista que debía tomar para llegar a la hacienda. En poco estuvo allí y recorrió los doscientos metros de camino interno desde la ruta hasta el frente de la casa. Vio un automóvil rojo aparcado entre los árboles, y le pareció raro. A veces Dionisia se hacía llevar cosas por los proveedores, pero siempre estacionaban cerca de la entrada de la cocina.

Lo primero que vio al ingresar a la casa fueron las suelas rojas de las botas de Diana, tiradas en la alfombra de la sala. Desde el fondo, al parecer de su cuarto, provenían unos gritos de pasión, y al ponerles más atención, de inmediato reconoció la voz de su esposa…

FIN

Autor: esclavo josé

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