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RELATO 24/7

Carol no podía dejar de mirar a cada momento el reloj que colgaba frente al escritorio de su oficina, igual que una colegiala ansiosa que cuenta los minutos antes de que suene la campana para salir al recreo. Hoy era una fecha muy señalada para ella, una de esas fechas que solo se celebran una vez al año, pero no era ni Navidad, ni Año Nuevo, ni siquiera su cumpleaños o su aniversario de bodas, hoy era 24 de julio, una fecha especial, una celebración colectiva que tan solo personas como ella, con unos gustos y preferencias muy particulares y refinados, celebraban, y ella tenía preparado algo muy especial para festejarlo, llevaba ya varios meses preparándolo todo, hasta el más nimio y pequeño detalle, para que todo saliese perfecto y según lo previsto: había llevado a los niños de campamento de verano nada más que terminaron sus clases y les dieron las vacaciones escolares; le había pedido por adelantado a su jefe una semana de vacaciones completa desde esa misma tarde de viernes 24 de julio hasta el próximo lunes 3 de agosto; su marido iba a estar de viaje de negocios hasta que regresase para tomar las vacaciones familiares que estaban planeadas para mediados de agosto. El verano entero estaba organizado ya a estas alturas y, al igual que Carol sabía que su marido iba a aprovechar el viaje para darse alguna que otra alegría, ella por su parte tampoco pensaba privarse de ese gusto.

Desde hacía tiempo su matrimonio estaba pasando por una etapa algo conflictiva, si bien es cierto que había amor el marido de Carol jamás había podido satisfacerla completamente en el plano sexual, y no porque él no fuera un excelente amante, sino porque Carol tenía determinados fetiches y filias que su marido simplemente no podía satisfacer, aunque para nada resultaron ser un lastre para su matrimonio o para su vida íntima era innegable que de vez en cuando esas pulsiones debían ser desahogadas de alguna forma y la forma de conseguir aquello la encontró Carol hace años, cuando, armándose de valor, se decidió a acudir a una de esas muchas página de Internet que ofrecían servicios de dominación profesional. Durante muchísimo tiempo Carol había pensado que a esas páginas solo acudían babosos y obesos cincuentones con muchísimo dinero que derrochar que no tenían forma de estar con una mujer de otra forma, y por supuesto también había pensado que era claramente una estafa que una persona exigiese cantidades a veces muy considerables de dinero por el hecho no de tener sexo, sino de prestarse a abusar de una persona. Carol tardó mucho tiempo en librarse de todos esos prejuicios antes de animarse a probar la experiencia por sí misma. Si bien la mayoría de los sitios eran canales y foros de citas esencialmente dirigidos a hombres que buscaban Dóminas expertas, algunos de ellos también tenían secciones dedicadas a dominación homosexual. Carol nunca se había planteado iniciar una relación, aunque fuera de juegos, con un Dominante masculino, estaba segura de que si su marido lo descubriese su matrimonio podría entrar en una crisis, mientras que si jugaba entre chicas aunque al final la verdad saliese a la luz, seguramente no tendría consecuencias tan graves, cosas del ego masculino, los hombres no soportan que su mujer salga con otro, pero si tiene una amiga con derechos como que por algún motivo ese celo masculino no se alborota tanto, como si pensase de forma instintiva que otra mujer no puede ser un competidor legítimo por el simple hecho de no tener huevos ni polla, además Carol ya había estado en intimidad otras veces con mujeres, fue durante sus años en la universidad que fue consciente de su bisexualidad y su primer beso fue con una chica mucho antes de conocer a su primer novio y después a quien sería su marido.

La primera vez que Carol contactó con Lady Kat a través de los foros le dio muy buena impresión, fue muy sencillo construir una confianza entre ellas porque la domina se mostró profesional y respetuosa en todo momento, sin forzar ninguna respuesta o situación. Carol le contó toda su historia sexual y como poco a poco habían ido surgiendo dentro de ella aquellos deseos y anhelos tan especiales, rememoró junto a ella a su primera novia de la universidad, lo cachonda que le ponía que tuviera unas maneras tan toscas y un carácter tan orgulloso, lo fascinante que le pareció la estética de su amiga con derechos gótica de tercero, con todas esas cadenas, collares y prendas de cuero negras, recordó lo excitada que se sintió cuando su primer novio le ató las manos al cabecero de la cama con unas esposas de juguete, de cómo voló a otra dimensión cuando llegó al orgasmo sintiéndose restringida e indefensa, recordó cómo los azotes que al principio a su marido le gustaba darle mientras practicaban sexo le producían una sensación deliciosamente agridulce, mezcla entre el dolor de las nalgadas y un suculento espasmo placentero que permanecía después junto con el calor del hinchazón.

Lady Kat fue confidente de Carol durante muchos meses antes de que se produjese el primer encuentro entre ellas, y aunque Carol se recordaba nítidamente a sí misma acudir a ese hotel donde iba a conocer por primera vez en persona y a sesionar con Lady Kat temblorosa como un flan, la experiencia para nada la decepcionó.

Su primera sesión con Lady Kat fue algo tan único, algo tan liberador y emocionante que tras eso sus encuentros se convirtieron en costumbre, prácticamente cada semana Carol guardaba un hueco en blanco en su agenda laboral y familiar para tener un encuentro con Lady Kat. Con el tiempo ambas trascendieron las barreras que separan a Dómina y a cliente y fueron construyendo una amistad verdadera, hasta el punto de que Lady Kat decidió tomar a Carol oficialmente como su sumisa, estableciendo con ella un contrato de sumisión y haciéndole entrega de un collar con una K grabada en plata que la marcaba como su propiedad. Carol no pudo evitar sonreír
cuando recordó la ceremonia de entrega de su collar, fue literalmente como una pedida de mano, Lady Kat reunió en el salón de su casa a un grupo de amigos y de amigas Dom, que vinieron junto a sus respectivos y respectivas sumisas y esclavos y que hicieron las veces de testigos, cuando Carol dijo el “sí quiero” y se puso de rodillas frente a su Ama para recibir el collar en su cuello sintió que nunca había sido tan feliz ni se había sentido tan completa, ni siquiera cuando se casó con su esposo o cuando dio a luz a sus hijos pudo experimentar tanta dicha. Desde ese momento Carol había pasado a ser la sumisa permanente y exclusiva de Lady Kat, precisamente el 24 de julio de hace exactamente un año, su Ama se había ocupado de que esa fecha tuviera para ella un valor y un significado muy especial por encima de la superficial celebración de una efeméride para todo el colectivo BDSM.

Cuando el reloj de la oficina dio las 8 de la tarde exactas, marcando el fin de la jornada laboral, Carol se levantó de su mesa como un resorte, ya había recogido todas sus cosas y había pasado los últimos minutos mirando moverse con lentitud las manecillas, como una corredora que espera en la línea de salida en tensión a la espera de que le den la señal de salida. Carol se despidió de sus compañeros y compañeras de oficio mientras se dirigía hacia la puerta a paso ligero, bajó al garaje, arrancó el coche y se apresuró a poner en el móvil el GPS para que le guiase hacia la ubicación que le había mandado su Ama por un enlace, el lugar donde sería su “fiesta” particular para celebrar ese 24/7, esa fecha tan señalada para ellas.

Carol condujo siguiendo las indicaciones hasta un polígono industrial a las afueras de la ciudad, el GPS la llevó hasta en frente de una nave marcada con un gran número 7 en blanco en la fachada, frente al edificio una figura femenina esperaba fumando un cigarrillo con un aire de elegancia y de seguridad muy natural, ella estaba vestida enteramente de negro, una chaqueta de cuero, pantalones de licra brillantes, unas botas de caña altas y una gorra de visera con un aire militar, llevaba en las manos unos guantes sin dedos de motorista, a su lado estaba esa Ducati negra que a ella le encantaba conducir, Carol no pudo evitar comenzar a excitarse, siempre había tenido un gran fetiche por las mujeres motoristas con aspecto severo, Lady Kat lo sabía y lo estaba haciendo a posta la muy cabrona, conocía todos sus gustos y no dudaba en explotarlos a su favor.

Carol aparcó el coche, bajó y se dirigió al encuentro de su Ama, eran poco más de las 9 y aún había luz, pero el polígono ya estaba desierto y en completo silencio, como si el mismo entorno estuviese conteniendo la respiración al igual que ella.

—Buenas tardes, mi Ama.

Carol se arrodilló frente a ella, con las manos detrás de la espalda, era una norma, cada vez que ella se encontrase como sumisa con su Ama, sin importar donde estuviesen, tenía que ponerse de rodillas y aguardar a que ella le permitiese levantarse. Alguna vez lo había tenido que hacer bajo la mirada de algunos transeúntes ocasionales, pero aquella regla era inquebrantable y era una forma de mostrarle a su Ama su devoción y entrega verdadera e incondicional, por encima de cualquier pudor o sentimiento de vergüenza.

—Levántate.

Carol obedeció al instante y se encontró con la severa y profunda mirada de su Ama.

—¿Llevas tu collar puesto como es debido?

—Si, mi Ama.

Carol se bajó el cuello de la blusa y dejó a la vista un vistoso collar de cuero negro con una argolla metálica. Lady Kat dio un par de pasos decididos hacia Carol, agarró con su mano derecha la argolla del collar y de un tirón conectó los labios de ambas en un beso profundo y apasionado. Carol sintió como la lengua de ella invadía su boca, explorando y acariciando con toques lascivos hasta el último rincón, robándole hasta el aliento, y pudo comprobar por la humedad que comenzaba a experimentar en su entrepierna que cada vez se ponía más y más cachonda.

—Buena chica, ahora sígueme, la fiesta está a punto de comenzar y tú eres la estrella principal.

Lady Kat, sin soltar la argolla del collar de Carol, tiró de ella para que la siguiese hasta la puerta de la nave industrial, dio un par de golpes en la puerta de chapa metálica y un hombre corpulento y de barba poblada, vestido también de negro, abrió. Carol se asustó, no conocía a ese hombre de nada y comenzó a mirar nerviosamente a su Ama, como pidiendo una explicación.

—No te preocupes querida, es un amigo de confianza.

Carol no podía estar tranquila con una explicación tan ambigua, pero antes de que pudiera protestar su Ama la miró a los ojos y le preguntó:

—¿Confías en mí?

Eso era trampa, la estaba acorralando, pero no podía negar que también le estaba poniendo muy cachonda toda aquella incertidumbre.

—Si, mi Ama, confío en usted.

Al pronunciar esas palabras Carol se sintió de forma inexplicable muchísimo más calmada, respiró profundamente varias veces y besó su mano, confiriéndole a ella todo el control sobre su voluntad. A partir de ese momento no había miedo, ni dudas ni temores, Lady Kat era ahora mismo quién tenía las riendas, quien era la dueña y señora de su cuerpo, de su alma, de su mente y de su voluntad, ahora mismo el único cometido de Carol era obedecer ciegamente, confiando plenamente en el buen criterio de su señora y en su piedad, ahora era cuando, con ese salto de fe al vacío, le demostraba a su Ama su entrega.

Ambas entraron a la nave industrial, que estaba en penumbra, el hombre corpulento cerró la puerta tras de ellas con un pesado sonido metálico y alguien encendió unas bombillas que colgaban del techo, los orbes de luz se iluminaron con unos intermitentes parpadeos antes de estabilizarse, inundando la estancia con una luz amarilla sucia. El interior de la nave estaba presidido por una gran colchoneta extendida en el suelo sobre la cual colgaban cadenas y cuerdas de distinto grosor y longitud amarradas a poleas que se operaban desde los extremos de la estancia, la colchoneta actuaba como una suerte de “pista de baile”, alrededor de la cual estaban dispuestos sillones de terciopelo que ocupaban hombres y mujeres en actitud orgullosa y dominante, vestidos también con prendas negras. Junto a los sillones había dispuestas jaulas grandes de firmes barrotes de acero en las que yacían encerrados como animales algunos hombres y mujeres desnudos, algunos y algunas luciendo complementos como mordazas, grilletes, pinzas de pezones, plugs anales con cola o jaulas y cinturones de castidad metálicos.

—Bienvenida a tu fiesta, querida. No te asustes, estas personas son nuestros invitados, han venido expresamente para celebrar la ocasión con nosotros. Algunos solo para mirar, otros quizás para participar. Bien, ahora desnúdate.

Carol no pudo evitar reprimir una protesta, pero se recordó a sí misma su juramento de entrega y comenzó a quitarse la ropa sin rechistar. Odiaba reconocerlo, pero sentir todas las miradas mientras dejaba caer sus prendas al suelo y revelaba su cuerpo desnudo la estaba excitando. Hacía tiempo que le había revelado a su Ama que tenía una vena exhibicionista que nunca se había atrevido a explotar hasta ahora por pudor, ahora estaba rompiendo ese tabú, quebrando ese límite, y la verdad lo estaba disfrutando, podía sentir sobre su cuerpo tanto la mirada severa e inquisitorial de las Amas y Doms como los ojos llenos de deseo y de excitación de los sumisos y esclavas que estaban jadeando dentro de sus jaulas, no pudo evitar comenzar a mojarse.

—Ven aquí.

Lady Kat volvió a coger a Carol por la argolla del collar tan pronto como se quedó completamente desnuda y la llevó hasta la colchoneta, arrojándola sobre ella.

—Ahora vamos a prepararte para nuestros invitados.

Lady Kat chasqueó los dedos y le trajeron un cepo metálico de inmovilización. En un instante Carol terminó inmovilizada con las piernas y las manos hacia arriba, trabados dentro del cepo de acero, que su Ama había suspendido en el aire enganchándolo por el centro a una de las cadenas que pendían del techo. Carol quedó tumbada boca arriba sobre la colchoneta, abierta de piernas, expuesta e indefensa. Su Ama detectó su nerviosismo y se agachó junto a ella para decirle en voz baja:

—Tranquila, tesoro, voy a cuidar de ti, déjalo todo en mis manos y disfruta, abandónate.

Aquellas palabras actuaron como un calmante sobre los encrespados nervios de Carol, inspiró profundamente y vació su mente, desterró de ella cualquier miedo, preocupación o duda, y abrió la puerta a las sensaciones placenteras que poco a poco comenzaban a asaltarla con mayor intensidad. Un latigazo quebró el aire y de repente sus nalgas comenzaron a arder, un grito ahogado nació de su garganta, seguido de un fuerte escalofrío que hizo vibrar de un inesperado placer su sexo, sacudiendo su columna vertebral como una descarga eléctrica. Se oyeron algunos aplausos de los espectadores, regocijándose por que el ansiado espectáculo finalmente daba comienzo. Muchos más latigazos cortaron el aire, estallando contra las blancas y desprotegidas nalgas de Carol, describiendo surcos rojos sobre su piel, como zarpazos, algunos desviándose de forma premeditada y traviesa para castigar su sexo y su ano. Carol no tardó en entrar en un trance de placer y sufrimiento, en el que cada sensación indescriptiblemente agónica daba paso a un placer igual de delirante, como si su consciencia y sus sentidos se balanceasen en un péndulo entre el Cielo y el Infierno. Carol perdió la noción del tiempo, y casi toda consciencia de sí misma, los minutos parecían horas y las horas minutos, su cabeza giraba sobre sí misma como una peonza, a una velocidad tan delirante que era incapaz de escuchar sus propios pensamientos. Sintió que la azotaban más y más, con un látigo, una pala de spanking, una fusta, incluso con un cinturón de cuero y varias clases de flogger, que le ponían pinzas en sus pezones y en los labios de su vagina, retorciéndolas, que sacudían su cuerpo con varas eléctricas, que cera caliente se derramaba sobre sus puntos más sensibles, que su vagina y su ano eran taponados y follados por una gran variedad de objetos fálicos, desde dildos y plugs de muy diversas formas y tamaños hasta pollas de verdad, que se corrieron tanto fuera como dentro de ella más veces de las que pudo contar, dejando su coño y su culo llenos a rebosar de semen, tanto por dentro como por fuera, su boca fue restringida con mordazas de todos los tipos, invadida hasta las profundidades de su garganta con pollas, dedos, pies, escupitajos, orina y corridas. Carol se corrió todo cuanto se le antojo, gozando de hasta el último segundo de sufrimiento y de humillación, disfrutando como una cerda revolcándose en su propia perversión, regocijándose sin ninguna clase de inhibición de todos los placeres que se le ofrecían.

El fin de las vacaciones llegó con muchísima rapidez, como suele pasar cuando se disfruta, pero Carol siempre guardaría dentro de sí el recuerdo de esa primera y memorable celebración del 24/7 con la que su Ama la obsequió, y albergando muy dentro de sí la ilusión de que el próximo año la obsequiase con un evento más exquisito y memorable aún, si cabe.

Comentarios

  • Libertaria
    25/07/2023

    Muy bonito, excitante y sugerente. Me encantaría estar en el lugar de Carol …

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