PONYBOY

La fusta rasgó el aire y se estrelló de forma sonora y dolorosa en mi flanco derecho, los receptores de dolor de mi piel protestaron y no pude evitar lanzar un grito a través de la mordaza en forma de brida que cubría mi boca.

—Vamos, ve un poco más rápido, que a este paso no llegamos, ¡arre!

Un nuevo fustazo en mi flanco y un nuevo grito ahogado por mi parte, a la vez noto como se clavan en mis costados unas afiladas espuelas, que me hacen azuzarme a aligerar el paso. Ciertamente no resulta nada fácil para mi el avanzar así, con mi ama sentada en mi espalda y a gatas. Tenía las manos metidas en unas botas, lo que daba la sensación de que no eran tales, sino un segundo juego de pies, una especie de patas delanteras. Mis piernas estaban plegadas sobre si mismas y atadas, mis rodillas, metidas en una especie de grandes tacos negros, hacían la función de patas traseras, pero muy a menudo debía andar arrastrándolas por el suelo debido a lo difícil que resultaba levantarlas a pulso. A excepción de aquello y de una silla de montar de cuero sobre la que se sentaba mi Ama, estaba completamente desnudo al aire libre por el camino rural que transitábamos, a la vista de cualquiera que le diera por mirar a través de las ventanas de las casas de campo con las que nos cruzábamos o de los transeúntes que pasaran por la vereda (el hecho de que hubiéramos ido a dar nuestro paseo temprano no garantizaba que no nos fuéramos a encontrar con nadie). Lo único que tapaba mis vergüenzas era un cinturón de castidad que atrapaba mi sexo, pero este se abría por la parte trasera y dejaba al descubierto mi trasero, dentro de mi culo llevaba un plug que acababa en una larga cola de caballo, lo que me confería un aún más convincente aspecto de équido. Mi Ama, montada sobre mi, mantenía el control asiendo las riendas que se unían a la mordaza en forma de brida que me tapaba la boca, sobre la cabeza tenía una diadema grande con unas orejas de caballo, que me daba una imagen animal más convincente.

—Te estás arrastrando de forma lamentable, ¡haz el favor de trotar en condiciones!

Un nuevo golpe de fusta en mi flanco, un nuevo grito ahogado que casi sonó como un relincho. Me esforcé por complacerla, forzando a mis doloridas articulaciones a alzarse sobre el suelo y a caminar con la mayor elegancia de la que fui capaz, pero sin poder evitar algunos temblores y engarrotamientos, mis músculos y mis huesos me auguraban unas terribles agujetas.

—Eso está mejor.

Dijo ella, y pude sentir como me acariciaba el pelo por unos segundos como reconocimiento a mi esfuerzo, pude sentir que aquella leve recompensa era más que suficiente y satisfactoria por los esfuerzos realizados. Volví mi cabeza para poder ver a mi ama, sobre mi sentada, sonreía satisfecha, montaba con gracia y profesionalidad, vestida con un atuendo común de equitación (botas altas con espuelas, pantalones anchos, chaqueta larga de algodón, guantes, y una gorra de cady, estaba tan arrebatadora que me distraje y casi tropecé.

—¡Oye, vista al frente!

Me dijo dándome una torta. Pude ver que alguien venía hacia nosotros en dirección contraria por el camino, se trataba de un hombre mayor, de unos sesenta y pico años, que había sacado a pasear a su mascota; una chica realmente guapa que caminaba a cuatro patas junto a su amo, sacado la lengua por el esfuerzo, el calor o la excitación, luciendo un collar, unas orejas caninas caídas de caniche y un rabo de perro que salía de su trasero, al verme ella ladró emocionada y tiró de la correa, animando a su dueño a que fuera más rápido para que llegara cuanto antes a mi altura.

—Vaya, mira quién está aquí.

Me dijo mi ama con un tono de complicidad. No pasó mucho hasta que estuvimos a la altura de la pareja, nos detuvimos y mi ama intercambió un saludo con el hombre mayor, iniciando una cordial conversación, sin desmontar, sujetando aún la fusta en una de sus manos mientras asía con ambas las riendas.

—Buenos días, señorita.

—Buenos días, ¿paseando a la mascota?

—Si, ya veo que usted se sigue dedicando a cuidar de ese precioso semental que tiene, Bitch se pone como loca cuando lo ve, se llevan muy bien.

—Es natural, todo el mundo sabe que los caballos se llevan muy bien con los perros.

—Cierto.

Bitch era una perrita hermosa, rubia y de cabello corto, su blanco e inmaculado cuerpo desnudo, su mirada cargada de alegría, sus mejillas ruborizadas ligeramente, despertaban todas mis emociones.

Su espalda era preciosa, de bellas líneas y generosas curvas, sus hombros delicados, sus pechos ni muy prominentes ni demasiado pequeños, su culo era un auténtico don del cielo. No pude evitar excitarme más de lo que ya estaba y tuve una erección de mil demonios. Bitch ladró y gimoteó, satisfecha y juguetona, restregándose contra mi como un gato, lamiendo mi cara, mis brazos, mis muslos y mis costados, se movía con tanta libertad como le permitía la correa que se unía a su collar, que era sujetada por su dueño. Ella gimió de forma chillona cuando su amo dio un tirón a la correa para llamarle la atención:

—¡Bitch, estate quieta!, ¿no ves que molestas?

Mi Ama le restó importancia.

—No sea duro con ella, no puede evitarlo, mi semental ciertamente es del agrado de todas las hembras.

Dijo ella con una clara nota de orgullo. El hombre asintió afirmativamente y observó la prominencia de mi erección.

—Si, ciertamente así es. Es un magnífico ejemplar. Podría sacar mucho dinero si lo subastara, incluso vendiendo a la baja.

Ella negó con la cabeza mientras se inclinaba sobre mi y acariciaba una de mis mejillas, sin apartar la vista del anciano.

—Ni hablar, no está en venta, este semental es solo mio, no lo cambiaría por nada.

No pude evitar que me asaltase el orgullo a mi también ante la prueba de valía que mi ama estaba manifestando hacía mi. En ese instante emití un leve gemido de sorpresa y de placer, ante una sensación inesperada que me asaltó de improviso y sin avisar, procedente de mi sexo erecto, era una sensación húmeda y de succión, una sensación de una boca que lamía y sorbía con fruición mi falo.

Mi Ama y el hombre anciano interrumpieron su conversación y miraron hacia abajo, donde la perrita Bitch se había entregado, por su propia iniciativa, a hacerme una apasionada mamada a cuatro patas, poniéndose justo bajo mi cuerpo y chupando como si fuera un lechón que se alimenta de las tetillas de su madre. Su dueño se apresuró a tirar de la correa para alejarla de allí, lanzando una exclamación, Bitch protestó violentamente cuando los tirones de su amo la separaron del objeto de su deseo, revolviéndose y girándose para morder con rabia la correa.

—¡¡¡BITCH… quieta… perra mala… muy mala…!!!

El hombre asestó a la perrita un sonoro azote en su culo perfecto, que se enrojeció y congestionó, ella lanzó un agudo chillido de dolor y se hizo un ovillo a los pies de su dueño, tumbándose en el suelo.

—¡Ahí quieta! ¿acaso quieres ponerme en vergüenza?, hoy te quedas sin comer.

Ella permaneció en aquella postura, sumisa, gimoteante. El hombre se volvió a dirigir a mi ama:

—Ruego que la disculpe, señorita, no sabe lo que hace.

Mi ama le sonrió como toda respuesta y le lanzó una mirada cariñosa y enternecedora a la pobre perrita acurrucada.

—No sea tan duro con ella, son animales, no pueden evitarlo, solo siguen sus instintos.

Al poco rato continuamos nuestro camino y mi ama me acarició suavemente un flanco.

—¿Te has quedado con ganas de correrte?

Yo asentí vigorosamente, mi pene estaba tan duro que me dolía desde que había sentido los labios de Bitch sobre él.

—Ya solo nos falta un trecho, cuando lleguemos a casa te haré venirte como mereces, así podrás decirme convencido a quién prefieres; ¿a la perrita guarra o a mi?

Tenía la sensación de que aquella pregunta sería de muy fácil respuesta. Mi ama siempre es la mejor.

 

Autor: Master Spintria

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