MI AMA PEPI ENSEÑA A SU HIJA (I)

Pocas semanas después de pasar aquel maravilloso puente en la casa rural volvimos a pasar un fin de semana juntos, ya que Nadia había venido a pasar un fin de semana a casa desde la universidad.

Quiso la casualidad que Juan trajo una nota bajísima en Matemáticas, que era su auténtico quebradero de cabeza, y cuando esperaba una buena paliza de su madre al llegar a casa, vio que estaba su hermana y pensó que quizá aquello atenuaría la azotaina de alguna de manera, y aunque no se puede hablar de atenuar, si que hubo una novedad para todos en aquella casa.

—Hola a todos, hola Nadia, ¿como estás?

—Hola enano, muy bien, ¿y tu?

—Bien bien, bueno… la verdad es que regular.

Estábamos en el salón Pepi, su hija Nadia y yo, y cuando oímos a Juan, supimos que algo pasaba, y se avecinaba tormenta, inmediatamente Pepi soltó una revista de decoración que estaba hojeando recostada en el sofá y se puso de pie como un resorte.

—¿Qué pasa Juan?

—Nada madre, sólo que he suspendido Matemáticas, lo siento mucho.

—¿Nada? ¿Suspendes otra vez las Matemáticas y dices que no pasa nada Juan?

—Lo siento, de veras, pero me cuesta mucho madre.

—Lo que te va a costar va a ser sentarte cuando te coja por mi cuenta, estoy HARTA me oyes HARTA, INÚTIL, QUE ERES UN INÚTIL

Pepi no paraba de andar alrededor de su hijo que se quedó de pie en medio del salón esperando en cualquier momento que su madre le diera un par de guantazos, y se quitara la zapatilla para empezar la consabida tunda, Juan miraba los pies de su madre, en esta ocasión llevaba unas zapatillas granates con más cuña de lo habitual abiertas por detrás, la suela aunque era de goma era tan compacta y maciza, que parecía más fuerte que ninguna, además al llevar más cuña en el talón, como unos tres centímetros, hacía un ruido sordo al andar con ellas que era música para los oídos ploc ploc ploc ploc…

Entonces Pepi me miró a mi  y me dijo:

—¿Qué voy a hacer con él?

—… (yo no dije nada, primero por mi bien, y después creo sinceramente que lo que hubiera podido decir no hubiera hecho otra cosa que perjudicar al pobre chico.)

—¿Lo mato? con ganas me quedo… menuda racha de disgustos, le voy a dar una…

—Mamá por favor, tampoco es para tanto, pégale una paliza y ya está, no puedes hacer otra cosa.

—Pero es que ya estoy harta, bien sabe Dios que le pego cada paliza que lo doblo, pero no escarmienta, estoy criando a un inútil, ni clases particulares, ni palizas ni nada, es que no escarmienta, te juro que no se que voy a hacer.

—Pepi cariño, en realidad es sólo con las Matemáticas, a partir de ahora si quieres yo le ayudaré a ver si podemos arreglar el asunto.

—No son sólo las Matemáticas, son más cosas, son contestaciones, son malas caras, son desobediencias, y ya está bien PLASSSSSSSSSSSSSS

Pepi no paraba de andar hasta que se calentó y le pegó un bofetón a su hijo que casi lo tira, entonces dijo algo que nos dejó a todos los demás boquiabiertos, se volvió al sofá y se sentó.

—Nadia pégale a tu hermano una paliza.

—¿Cómo?

—Ya me has oído, quiero que le des una pero gorda.

—¿Pero qué dices mamá?

Pepi adoptó una posición adorable sentada en diagonal en la esquina del sofá mirando hacia su hija, con sus brazos cruzados por debajo del pecho, la pierna izquierda en el suelo y la derecha cruzada balanceando suavemente su zapatilla de forma que su hija solo veía la suela amarilla de la misma.

—No me miréis todos con esa cara, que yo sepa vivimos en Femdonia, y aquí ya sabemos quien manda y quien obedece ¿no? Pues muy bien, esto os servirá a ambos, tú Nadia antes o después te juntarás con algún nombre, y tienes que saber ponerlo en su sitio desde el principio, ya se que le has zumbao a tu hermano desde que erais críos, y el otro día vi que le diste una buena en la casa rural, pero ahora quiero que le pegues estando yo delante, te servirá a ti, y le servirá a él.

—Mamá, pero ya le he pegado muchas veces, te aseguro que cuando esté con un hombre sabré que hacer con él.

—Soy tu madre, y te voy a enseñar, y no te pongas tonta que todavía me quito la zapatilla y cobras tú, que no sería la primera vez.

Por un momento Nadia se puso roja como un tomate y miró a Ramón avergonzada,  no le gustó nada que él se enterara que su madre la ponía sobre su regazo, aunque era algo que hacía bastantes años que no pasaba, pero por alguna razón se enfadó tanto con Ramón como con su madre, pero esta siguió con su perorata.

—Además se están oyendo noticias, que otra vez después de muchos años, algunos hombres están volviendo a menospreciar a las mujeres, incluso más de uno  se ha atrevido a levantarle la mano.

—No seas exagerada mamá, sólo hay ocho casos documentados, y de agresión física sólo dos, y te aseguro que no me gustaría estar en su pellejo, y también te aseguro que eso a mí no me va a pasar, si a alguno se le ocurre levantarme la voz, le doy un palizón que lo… lo reviento.

—¡¡Juan!! si yo me enterara de que tú alguna vez, le faltaras al respeto a alguna mujer, o se te pasara por la cabeza intentar levantarle la mano, te juro que yo misma te rompo la zapatilla en el culo y cuando termine, te llevo arrastrando hasta la policía, ¿me estás oyendo?

—Mamá por favor, no se me ocurriría.

—Por eso si que no debes preocuparte cariño, lo has educado muy bien desde niño, de eso puedes estar segura. Dije yo.

—¡¡¡Lo mato!!!— Volvió a decir Pepi, un poco alterada.

En ese momento Nadia encontró la ocasión para tomarse una leve venganza por aquella pequeña humillación sufrida hacía unos momentos, y le preguntó a su madre.

—¿Tú le pegas a Ramón?

—¿Tú que crees?

—Ah yo no sé.

 Entonces miré a mi Señora y como pidiéndole permiso le contesté yo a Nadia.

—Si que me pega Nadia, me pega cuando lo cree conveniente, y me ha dado tantas azotainas como ella ha creído conveniente, y desde el principio, y ha sido dura, pero ha sido justa, y aunque no hubiera justa, me hubiera dado igual, porque la amo y porque le pertenezco, así que me puede azotar como y cuanto quiera, porque cada vez seré más suyo.

Pepi me miró con orgullo, con un brillo especial en los ojos, parecía estar diciéndome gracias, ya te recompensaré, pero no me dijo nada, a la que si que le dijo fue a su hija.

—¿Contenta?

—Sí mamá, puedes estar muy orgullosa de Ramón, y Ramón estoy muy contenta de que estés con mi madre y en esta casa, y tú mocoso ven aquí, que te voy a enseñar yo a ti.

Así era Nadia, nos despachó a los tres con una sola frase.

Su hermano se acerco a ella temeroso y excitado a la vez, no se le olvidaba lo que había pasado en la casa rural semanas atrás, y más que en el zurra que se le venía encima, Juan no pensaba nada más que en que su hermana le obligó a comerle el coño y el culo, y ambos habían disfrutado como enanos, pero ahora era distinto, estaba delante ni más ni menos que su madre, y encima con una actitud pedagógica, pero su hermana lo sacó de sus pensamientos cuando le dijo.

—Dame la zapatilla.

Juan vio a su hermana ataviada con unas ajustadísimas mallas negras y una sudadera gris, sentada en sillón y con una pierna cruzada y dio una patadita para descalzarse de su zapatilla que cayó al suelo, era una zapatilla chinela abierta por detrás , era atrerciopelada, y semejaba piel de leopardo, la suela de goma negra con el piso amarillo no auguraba nada bueno para el culo de su hermano que se agachó para recogerle la zapatilla a su hermana y dársela en mano.

—¿Qué te pasa a ti con las Matemáticas?

—Que se me dan fatal Nadia, no las entiendo nada.

—Y tú es que no sabes pedirme ayuda a mí,¿ es que no confías en tu hermana mayor?

—Claro que confío Nadia, como no voy a confiar, pero tú eres mayor y yo no quería molestarte.

En esos momentos Pepi sin mirarme me tendió la mano y yo que estaba de pie a un par de metros de ella, acudí solícito y sin saber porqué, me arrodillé junto a ella tomándole la mano, pensé que quizá mostrar esa devoción a mi Ama sin su permiso delante de sus hijos sería excesivo, pero ella se limitó a mirarme y a apretarme mi mano con la suya apoyadas en su regazo, aunque más tarde pagaría mi osadía. Me sentí muy contento de que me llamara a su lado, quería que contempláramos juntos aquel castigo a su hijo, y yo estaba lleno de orgullo porque mi Diosa me quería junto a ella, no se si para mostrarme algo, pero junto a ella, y a mi con aquello me bastaba y me sobraba.

Nadia se puso recta en el sillón , se sentó en el borde, agarró bien fuerte aquella zapatilla aleopardada, y le dijo a su hermano.

—Bájate los pantalones.

 Continuará…

 

Autor: slipper2013

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