LAS ZAPATILLAS DE MI MUJER

Estoy sentado sobre un cojín escribiendo este relato por orden de mi mujer, el culo lo llevo todavía hirviendo, he llorado como un niño, como creo que no había hecho en mi vida, y ahora les paso a contar lo que pasó.

Llevamos pocos meses casados, Victoria es mi mujer, es una mujer racial, temperamental en la cama, pero también en la vida, ella no es mujer de medias tintas, es posesiva, y por tanto celosa, pero también he de decir que es fiel como un perro, ella da y exige fidelidad para ella eso es esencial.

Con el tema de los celos se vuelve literalmente loca, desde que empezamos a salir de novios hemos tenido algún que otro problema por eso, y me ha montado más de una escena, aunque he de reconocer que fue por un equívoco, tanto ella como yo no tuvimos ninguna culpa, pero ahí demostró que lo suyo no se toca, y que lo iba a defender con uñas y dientes.

Yo adoro las azotainas, y aún más las azotainas con zapatilla, y aunque he estado a punto de decírselo varias veces, mi amor hacia ella, la vergüenza, y el miedo a perderla, me bloqueaba, ahora sé que fue un error, pero a toro pasado todo es más fácil.

El caso es que esa afición mía a las azotainas y a las zapatillas me ha llevado durante años a escribir relatos sobre esa temática, relatos donde mi querida esposa era casi siempre la protagonista, excepto algunos encargos de algún lector, y algunos relatos que me mandaron para publicar yo.

La tragedia empezó esta mañana de sábado, yo había estado dos días fuera por cuestiones de trabajo, y cuando llego a casa y después de besarla, noté que algo iba mal, estaba fría como un témpano, yo  esperaba un recibimiento más cariñoso, y seguramente echar algún polvo de los que nos gustan, en el salón, en la cocina, sobre el sofá, en fin, un polvo salvaje propio de recién casados, y sin embargo me la encontré con los brazos cruzados, mirándome seria y al darle el beso ni siquiera abrió la boca, lo que hizo fue espetarme:

—¿Se puede saber quién es slipper?

—¿Quién?

—Plammmm (guantazo a mano abierta) contéstame, y no te hagas el tonto.

A mí se me vino el mundo encima, sabía que me había descubierto, y una sensación de vergüenza y culpa a partes iguales me invadió, pero claro, aún no estaba preparado para reconocerlo, por lo que volví a darle largas.

—¿Qué dices cariño?

—Plammm plammmmm, esta vez los bofetones fueron dos, me dio uno en cada lado de la cara, lo hizo con una elegancia que contrastaba con su enfado.

—Daniel te he hecho una pregunta, ¿me quieres decir quien mierda es slipper?

 Yo tragaba saliva y no seguía sin saber dónde meterme.

—Cariño yo…

—¡¡¡¡Bájate los pantalones!!!!

—Victoria, déjame que te explique.

—¡¡¡¡Los pantalones he dicho!!!!

Entonces empecé a desabrocharme el botón, me bajé la cremallera y me bajé los vaqueros hasta las rodillas, fue entonces cuando vi como mi esposa levantaba su pierna derecha y se quitaba su zapatilla, ésta salió como una centella de su pie, y de ahí a mi culo creo que tardó centésimas de segundo.

Me agarró del brazo, se mordió el labio, y con rabia en la cara empezó a fustigarme mis nalgas con rabia en medio del salón, yo no podía andar muy bien para escapar de aquella somanta, porque los pantalones se me estaban bajando por debajo de las rodillas, y al no poder andar bien quedé apoyado sobre el brazo del sofá, allí me acomodó con el culo en pompa, y me dio la salva de zapatillazos más dura que me habían dado en mi vida, diez veces más cantidad y más duros que en mi infancia, estaba siendo una paliza de padre y muy señor mío, o mejor dicho de madre y muy señora mía, porque parecía una paliza madre hijo…

—Te mato a palos hoy sinvergüenza, Plassssss plassssssss plasssssssssss  toma, toma, toma, ¿se puede saber cuándo escribes? Plasssssssss plassssssssssssss plassssssssssss, ¿qué más secretos tienes?  Plassssssssss plasssssssssssss plasssssssssss, te bufo esta mañana, mal marido plasssssssss plassssssssss plasssssssssssssss.

Llevaría más de cincuenta zapatillazos cuando paró por puro cansancio, mi culo hervía literalmente, y eso que me estaba dando sobre el calzoncillo, yo caí de rodillas junto al sofá,  y ella se quedó junto a mí con la zapatilla aún en la mano.

Estaba guapísima, llevaba unas ajustadas mallas color gris claro y un jersey de hilo también gris pero más oscuro, con las dos mangas remangadas, imagino que se las remangó para azotarme mejor, ese gesto tan característico de las mujeres azotadoras, que ella hizo de una forma tan natural que ninguno nos dimos cuenta, llevaba una corta cola de caballo que completaba su atuendo hogareño, pero muy atractivo.

En ese momento dejó caer la zapatilla que llevaba en su mano al suelo, POMMMB, sonó como un cañonazo, era una zapatilla magnífica azul eléctrico parecido al azul marino, en realidad color añil, con una suela de goma amarilla de casi un par de centímetros, era una suela compacta y flexible a la vez, perfecta para azotar, lo único que adornaba aquella arma de destrucción masiva era una florecilla en el empeine que apenas destacaba porque sólo estaba perfilada y apenas cambiaba de color.

Se la calzó con bastante displicencia, y se me quedó mirando con cara de pocos amigos.

—¿Te gusta verdad?, te gusta cómo me calzo y me descalzo, verdad golfo.

—…

—Te he hecho una pregunta Daniel.

Cuando me decía Daniel en vez de Dani, era que algo iba mal.

—Me gusta todo lo que tú haces, cariño

Plammmmmmm, me cayó otro guantazo, el cuarto.

—No me seas zalamero que no está el horno para bollos, te lo advierto, pervertido, que eres un pervertido… Quítamela.

—¿Qué?

—Me has oído perfectamente. ¡¡¡Quítame la zapatilla!!!  ¿O  te gusta más quitársela a tus amiguitas de los relatos?

—Victoria cariño…

—PLAMMMMMMMMMMM (otro bofetón)  quítamela que como me la quite yo, te acuerdas.

No me ayudó mucho a sacarle aquella maravillosa zapatilla, tuve que hacer fuerza para sacársela de su pie, y mientras lo intentaba oí sorprendido como me decía.

—¿No me la besas antes?

Miré hacia arriba desde mi posición, y ella me devolvió una mirada dura y fría.

Y se la besé, posé mis labios en aquella felpa suave al tacto y con una ligerísima fragancia a su pie, y la verdad es que me recreé, recorrí con mis labios todo el empeine hasta que quedó bien claro que idolatraba aquella zapatilla.

Seguía ensimismado cuando levantó los dedos del pie besado dando por finalizado aquel prolongado beso, y volvió a pedírmela con impaciencia y ahora sí me facilitó el descalzamiento sacando ligeramente su pie, yo rápidamente la cogí y se la di, y sin más preámbulos se sentó en el sofá, y con su zapatilla tocándose el muslo me dijo.

—Sabes dónde te quiero ¿verdad?

Me puso sin más dilación en su regazo, y ahora sí me bajó el calzoncillo de un tirón, sin miramientos, y dispuesta a cumplir con su cometido que no era otro que darme una azotaina que no olvidara mientras viviera.

Los primeros 15 o 20 zurriagazos me los volvió a dar con todas sus fuerzas, una vez ya recuperada del esfuerzo anterior, me los daba con rabia, hablando entre dientes, diciéndome algo así como:

—Golfo, sinvergüenza, te voy a  enseñar yo a ti, engañándome con la primera que pillas, pero esta me la vas a pagar, pero bien pagado…

Yo tenía mi polla entre sus mallas, y no podía evitar la erección, pero la zurra no bajaba ni un ápice su identidad, me estaba dando con la furia que le provocaban los celos, y eso para mi Victoria eran palabras mayores, cuando se iba apagando la fuerza de su brazo, y no antes de 50 azotazos a culo desnudo, empezó a resoplar un poco y me dijo:

—¿Lo estoy haciendo bien? ¡Dímelo cariño! ¿Tengo el nivel de tus amiguitas?

—Amor mío no hay ninguna amiguita, sólo son…

—PLASSSSSSSS PLASSSSSSSS PLASSSSSSS PLASSSSSSSS PLASSSSSSSSS PLASSSSSS.¡A mí no me digas amor mío! ¡¡¡hijo de puta!!!!, yo no soy ninguna de tus putas.

Aquellos 5 zapatillazos no podrían haber sido más duros, pero aquel insulto nunca se lo había oído a mi esposa, aquello daba idea del mayúsculo enfado que sentía.

Rompí a llorar como un chiquillo, el culo no me podía doler más, pero aquello no era nada comparado con el cabreo de mi Señora, eso sí que me entristecía, me dolía más que todas las zapatillas del mundo.

La tremenda tunda que estaba recibiendo no llegaba  a su fin, no hay palabras para transmitir el dolor que sentía, ya no sentía el culo, así que de vez en cuando como para hacerme sufrir más, me daba en los muslos, me hacía berrear, brincaba encima de ella, pero nunca tenía bastante, era insaciable, como en la cama, pero ahora azotando.

Sólo cuando ella se sintió satisfecha, y ni medio segundo antes, me dijo con la voz entrecortada por el esfuerzo.

—¡Levanta!

Juro que lo intenté, pero no podía mover ni un músculo, pero ella sabía cómo hacerme reaccionar. Efectivamente querido lector, más zapatilla, esa fue su medicina, me dio otros 7 u 8 zapatillazos bien repartidos por culo y muslos, que hicieron que saltara como un conejo de su regazo y cayera a sus pies.

Se me quedó mirando sería y preciosa, entonces tiró al suelo su zapatilla con displicencia, siguió mirándome, yo pensaba que iba a decirme que la calzara, pero siguió seria y se calzó ella misma sin ni siquiera mirar la zapatillas, porque me miraba a mí, me taladraba con aquellos ojos verdes.

—Júrame que no ha habido nunca otra, y que sólo son relatos.

—Te lo juro por lo que más quieras amor mío, y no sólo eso, sino que todas las mujeres de mis relatos son tú, y nada más que tú, le puede cambiar el nombre, y a veces un poco la apariencia, pero todas son tú y nada más que tú.

—Te voy a matar a palos, tú no sabes el disgustazo que he tomado.

Yo ya noté que el cabreo le iba bajando.

—Lo siento muchísimo, de verdad que pensaba decírtelo, pero no me atrevía, he sido muy tanto cariño, perdóname amor mío, lo siento mucho de verdad.

En ese momento me abracé a sus piernas, estando de rodillas y sin poder contener las lágrimas.

—Levántate anda, y ve a por crema que te la eche anda.

Fui a por una crema de aloe vera que tenemos en casa, y que ha resultado ser maravillosa para  después de las azotainas, y me tendí encima de ella.

—Madre mía que palizón te he dado, cuco!!!

Yo pese a estar con el culo en carne viva, y con el culo carmesí con algunos moratones más oscuros como más tarde pude comprobar, no me importaba nada,  al oír que me volvía a llamar cuco, supe que me había perdonado, y aquello me hizo sentirme el hombre más feliz del planeta.

Aquel día después de echarme la crema, le hice un cunnilingus en el sofá como nunca se lo había hecho, después tuvimos sexo salvaje, y tras aquello hablamos largo y tendido sobre mi gusto por el spank, la disciplina, de sumisión y sobre todo la zapatilla.

Vendrían muchas más palizas, muchas más, todas ellas dolorosas, pero ninguna tanto como aquella primera, pero sí muy muy placenteras, pero eso es ya harina de otro costal, y las contaré más adelante.
Autor: slipper2013

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