LAS CAMPANADAS DE FIN DE AÑO

Aquella noche estaba radiante. Desde abajo, en la entrada al salón la vi entrar. Llevaba puesto un conjunto de amazona: botas marrones altas de hípica, pantalón blanco ajustado, una camisa blanca a rayas verticales negras y un chaleco de piel de conejo. La camisa estaba desabrochada hasta más abajo de sus senos, dejando escapar una excitante vista de un sexy sujetador rosa de encaje con un apetecible canalillo. Sus manos estaban enfundadas en unos guantes cortos de cuero negro. Era alta e imponente, yo arrodillado y desnudo, a su merced, me hacía más pequeño. Su pelo negro lo llevaba en una cómoda trenza y se había maquillado levemente excepto por sus labios de un rojo intenso.

Tras el largo periodo en castidad mi pene quería explotar sólo con verla y soportar su dominante mirada. Y no tengo duda que así lo hubiera hecho de no haber estado encerrado por su eterno carcelero, el cinturón de castidad. Por un momento, se me quedó mirando fijamente y con una sonrisa acarició la llave que lo abría, acomodada en un colgante entre sus grandes pechos.

– Hoy no hará falta abrirlo, cariño, pero te prometo que lo vamos a pasar muy bien-  La saludé chupando ardientemente cada rincón de sus botas, incluidas las suelas, las cuales me presentó juguetona. Esto se había convertido en una costumbre cada vez que volvía del trabajo.

Se acercó a la mesa del comedor donde yo había dispuesto todos nuestros juguetes. Primero tomó una brida y ató fuertemente mis manos a la espalda. A continuación, el collar eléctrico de castigo me fue impuesto en el cuello. Al momento lo puso a funcionar y mientras pegaba leves patadas a mis testículos bajo el cinturón de castidad. Mis aullidos no se hicieron esperar y dándose cuenta de ello, me tapó la boca con una mordaza de bola que guardábamos para las ocasiones especiales.

En los diez minutos anteriores a la medianoche se calentó fustigándome con su fusta de cuero trenzado y en el último momento sacó a relucir su látigo. Manejándolo con maestría dejo marcada mi espalda con ríos de color sangre. Me ordenó levantarme con un shock eléctrico de intensidad media que me hizo estremecer. Ni siquiera le hacía falta tocarme para que obedeciera sus órdenes al momento y con su mando me reconfortaba o me castigaba, dándome desde una ligera vibración hasta una descarga potente. Y todo ello con la incertidumbre de no saber cuándo me iba a alcanzar.

Cuando quedaba poco para los cuartos de fin de año me colocó frente al televisor donde dos guapísimas famosas en sus trajes sexys y calzando unos taconazos se preparaban para las campanadas. Este año y debido a los cambios políticos que habíamos sufrido se había decidido que dieran las campanadas estas activistas feministas radicales, lesbianas y creyentes en la superioridad femenina. Mientras tanto, Ella, con delicadeza, me subió encima de una gran mesa baja de café, robusta, donde puso mi cabeza baja contra el cristal que la cubría y subió mi culo hasta ajustarlo a su cintura. Se me había olvidado contároslo pero llevaba un arnés-consolador de unos 20 cm el cual temía con todo mi ser.

Sí, aquella noche iba a ser mi primera vez. Bueno, en realidad no sería tanto ya que durante la semana anterior y por orden suya había estado ensanchando mi ano con dildos de diferentes tamaños, pero me aterraba la idea de que aquel monstruo de aspecto real me partiera en dos a pesar del condón lubricado que le puso y de todo el gel con el que lo iba rociando. Me extrañó que no me pidiera que lo chupara para Ella. Sabía que le gustaba verme desde arriba portándome como su zorrita.

Llegaron las campanadas y con cada una de ellas me penetraba con mucha violencia. – Dong, dong, dong…-  No podía hacer otra cosa que jadear y sentir esa mezcla de placer y dolor mientras veía su rostro exultante reflejado en un espejo junto al televisor.  Con cada uno de sus embates me hacía más pequeño, más insignificante frente a su superioridad y me rendía a Ella. En la televisión las presentadoras se fundían en un impresionante beso que sorprendió a todo el mundo. Yo no podía pensar en nada, estaba como en un trance. La última campanada fue como una explosión de placer para ambos. Ella seguramente había experimentado un orgasmo psicológico por su control sobre mí. Yo por mi parte había disfrutado a mi manera, y prueba de ello era el fino hilo de semen que empezaba a salir de la punta de mi cinturón de castidad. Ella siguió empotrándome todavía un rato.

Viendo uno de los primeros anuncios del año nuevo me dejó frente a la pantalla para ir a la cocina. El anuncio era de contenido político y en él se veía a una política de moda, joven y agresiva pidiendo el voto para su partido en las próximas elecciones prometiendo la supresión del voto masculino y la reducción de ciertos derechos para los machos. Yo estaba totalmente inmovilizado.

Al poco volvió y levantando mi cabeza tirando del cabello, me puso de rodillas sobre la mesita. Con tranquilidad se quitó el condón del dildo sustentado por el arnés y comenzó a verter un líquido blanco y espeso que no era otra cosa que mi semen que había ido a recoger al frigorífico de la cocina. – Ahora, trágatelo. Cómetelo como si no hubiera un mañana. Vamos, a ver lo que has aprendido… –

Con un poco de reparo quedé mirando el tremendo pene artificial lleno de semen que tenía delante de mí. Ella cansada de mis titubeos tomó mi cabeza y casi me ahogó en el primer intento. Fue entonces, tragando toda la cantidad de pene de plástico que podía y no dejando una gota de mi propio semen para contentarla, cuando entendí que no tenía escapatoria. – Esto es necesario, pequeño. Vais a probar todas las humillaciones a las que nos habéis sometido durante tanto y tanto tiempo. Pero no sufras, quiero que lo disfrutes – Las cosas estaban cambiando y no tenía más remedio que adaptarme. El tiempo de la humillación masculina y la Supremacía Femenina había llegado a nuestra relación. Pronto lo haría al resto de la sociedad.

 

FIN

Autor: sumiso servus

 

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