LA VERDADERA HISTORIA DE SUPERMUJER: CAPÍTULO 1

A la periodista Luisa Lirios no le solía temblar el pulso con casi nada, llevaba diez años de carrera periodística siendo corresponsal de guerra en las zonas más conflictivas del planeta, denunciando con sus artículos a importantes  mafias internacionales y destapando a la luz de la opinión pública los casos más flagrantes de corrupción de políticos y empresarios…

En definitiva, podía decirse sin lugar a duda alguna, que la señorita Lirios poseía un valor a prueba de bomba y nervios de acero, que la capacitaba para acometer cualquier hazaña que fuera necesaria para escribir el artículo de turno.

Pero hoy era distinto, las manos y el labio inferior de la intrépida reportera temblaban con vida propia, desmintiendo todas sus hazañas del pasado, que tanta popularidad y fama le había justamente granjeado entre los lectores de su periódico, el más vendido del país.

Hoy Luisa Lirios se encontraba en el rascacielos de Alexia Corp, esperando a que la secretaria de Alexia Losas, la multimillonaria más adinerada de toda España y tercera del mundo, tan famosa en las revistas del corazón tanto por sus frecuentes conquistas como por su cráneo rapado al cero, le diera paso al despacho de la conocida empresaria.

—Puede usted pasar cuando quiera, señorita Lirios, la señora Losas le está esperando — dijo la atractiva secretaria, después de responder al teléfono de su escritorio.

Lirios entró en un lujoso despacho que era más grande que su propio apartamento, tres de las cuatro paredes estaban cubiertas con una inmensa estantería repleta de todo tipo de libros e incunables, que hubiera sido la envidia de cualquier biblioteca.

Un gran ventanal flanqueado por dos altas columnas de mármol blanco decoraba la estancia dándole un toque de hogar de los dioses olímpicos a la suntuosa habitación.

Pero toda aquella pompa y boato, no llamó la atención de una mujer tan experimentada como la audaz periodista.

Tan solo un detalle, que Luisa no esperaba que sus ojos pudieran contemplar, hizo que la reportera se quedara literalmente sin palabras.

En un extremo del gigantesco despacho, un rincón oscuro y tan solo iluminado por velas negras, que parecía estar habilitado como una mazmorra medieval con diversos aparatos de tortura, Luisa pudo vislumbrar la célebre y escultural figura rapada de Alexia.

La multimillonaria, más cercana a los cincuenta que a los cuarenta, pero que se conservaba admirablemente bien, estaba embutida en un corsé de cuero negro, con una falda por las rodillas del mismo color y material, rematada con unas botas negras de caña alta.

La sofisticada empresaria, sostenía en su mano derecha una fusta roja con la que golpeaba a alguien, que Lirios identificó como un muchacho joven que estaba completamente desnudo y atado bocabajo sobre una especie de potro de tortura.

—Señorita Lirios  —dijo Alexia Losas sin mirar en dirección a la recién llegada  —celebro que haya aceptado mi invitación. Pero discúlpeme un momento, terminaré con este… asunto en breves minutos y la atenderé como es debido. Siéntese ahí si le place y coja lo que quiera del mueble-bar, está usted en su casa.

—Gracias  —musitó la periodista, obedeciendo a su anfitriona. Luisa no era precisamente de carácter sumiso, pero las palabras de Alexia, una mujer acostumbrada a ser obedecida y nunca mejor dicho, le habían humedecido considerablemente las bragas para su sorpresa, pues aunque había tenido un para nada desdeñable número de escarceos lésbicos a largo de su vida y algún que otro contacto con el mundo del BDSM, su rol siempre había sido el de dominante.

De camino al caro y bien pertrechado mueble-bar, Luisa pudo ver mejor al joven sumiso, un muchacho de cuerpo delgado y sin vello, que apenas tendría los dieciocho recién cumplidos.

Las castigadas nalgas del sumiso presentaban decenas de latigazos, algunos de ellos sangrantes y un ojete del culo exageradamente dilatado, presumiblemente por un consolador de tamaño equino, que colgaba sostenido por correas e impúdicamente, de la entrepierna de la poderosa multimillonaria.

—Por favor, Señora Losas… le pido perdón… no volveré a hacerlo nunca más…se lo suplico…  sollozó el joven, mientras que las lágrimas de dolor rodaban por sus pecosas mejillas.

—Por supuesto que no volverás a hacerlo. Te pago muy bien para que protejas el sistema informático de mi multinacional de los ataques de los hackers y ¿qué descubro…? Que durante el último año y medio que llevas trabajando aquí, has estado sisándome pequeñas cantidades de dinero de las cuentas de varias de mis numerosas empresas… ¿de verdad pensaste que podrías hacer algo así durante tanto tiempo y sin que me diera cuenta?

—Yo… ¡lo siento, señora!  Yo…  —Alexia no dejó terminar la frase de su subordinado e introdujo de nuevo el brutal consolador en el abierto culo de éste, ante la inadvertida excitación de Luisa, que nuevamente notaba como sus bragas chorreaban de su ya palpitante y entreabierto sexo.

La colosal polla de caballo, se abrió dolorosamente paso a la fuerza en las castigadas entrañas del joven, que aulló desesperadamente por el dolor.

—Me debes casi veinte cinco mil euros más intereses, Rubén… y me lo vas a devolver, o te atendrás a las consecuencias —sentenció Alexia, sin dejar de follar salvajemente el culo del desgraciado joven.

—¡Ay! yo… ¡no puedo! No tengo… el dinero… ¡aaaayy! Por favor, ¡me está destrozando! pare… ¡pare!

—¿No lo tienes…? —rugió la enfurecida Dominatrix, redoblando la fuerza y velocidad de sus embestidas sobre el indefenso culo de su víctima —¡entonces me los pagarás de otra manera!

La rapada multimillonaria, sacó lentamente el monstruoso falo de látex del destrozado ojete de su empleado y fue al encuentro del interfono que utilizaba para comunicarse con su secretaria que descansaba sobre el lujoso escritorio del despacho.

—Anaís, dile a la doctora Teng que se persone en mi despacho ahora mismo, por favor.

—Sí, señora Losas.

En menos de un minuto, la doctora Teng apareció por la puerta  del despacho.

Luisa pudo observar que la recién llegada era una bella mujer de una edad parecida a la suya, que vestía una larga bata blanca de médico. Un severo moño y unas gafas de pasta negra, complementaban perfectamente la severidad de su fino rostro de rasgos orientales, daban un perfecto toque final de “medical dominatrix” a la inefable doctora.

La doctora Teng —comenzó Alexia a explicar al muchacho —es mi médico de cabecera personal, además de una reputada cirujana formada en la universidad de Pekín. Ella se cobrará lo que me debes… con una parte de ti.

—¿A qué… se refiere, señora? —preguntó entrecortadamente Rubén, temiendo la respuesta.

—Ella te va a operar para tu cambio de sexo, no te preocupes, estás en buenas manos, la doctora te convertirá en una jovencita espectacularmente bella…

—Pero señora, yo… yo… ¡yo no soy transexual!

—Según los informes psicológicos que una de mis fieles empleadas se ha encargado de falsificar y que ya están en la base de datos de la seguridad social, sí que lo eres. Durante todo un año, permanecerás recluido en un piso franco, siendo violado por mis sicarios y recibiendo un tratamiento hormonal para que te habitúes a lo que va a ser tu nuevo y femenino cuerpo. Por supuesto, la empresa correrá con todos los gastos de la operación y del postoperatorio, una vez la doctora Teng te extirpe tus insignificantes pelotas y polla y te fabrique una preciosa vagina, que yo misma me encargaré de desvirgar cuando llegue el momento oportuno. Finalmente, me pagarás lo que me debes más los gastos de la operación prostituyéndote y no te preocupes, que muchos de mis amigos financieros pagarán fuertes sumas de dinero por follarse a una jovencita como tú… calculo que tardarás pocos años en pagar tu deuda, así que no te quejes tanto.

—Pero usted no puede… no… no puede…

—Por supuesto que puedo, Anastasia. ¿Te gusta tu nuevo nombre de chica…? Lo he sacado de una estúpida película que vi el otro día. Creo que te va como anillo al dedo ¿no crees, querida?  Te aconsejo que vayas acostumbrándote a tu nuevo rol de chica. Por supuesto, puedes negarte a la operación, pero entonces te denunciaré a la policía, e irás a la cárcel donde te encerrarán con los peores reclusos durante los siguientes veinte años, aunque no durarás tanto, eso te lo garantizo. Ahora dime, Anastasia, pues te toca elegir, ¿quieres convertirte en chica y seguir trabajando en esta empresa, o por el contrario, prefieres ser un recluso por el resto de lo que será una corta vida?

Luisa Lirios, que había presenciado la totalidad de tan escalofriante escena refugiada tras el mueble-bar, empezó a tocarse por encima del pantalón vaquero.

Aquél impresionante despliegue de implacable crueldad, seguridad y poder por parte de Alexia, la había dejado tan caliente como un humeante volcán antes de la erupción…

—Por fin puedo atenderla como la buena anfitriona que tengo la merecida fama de ser, señorita Lirios. Disculpe el espectáculo, pero forma parte del programa de disciplina de mis empleados. Pero dejémonos de divagar y vayamos al asunto por el que la he mandado a llamar —dijo Alexia sentándose frente a Luisa, después de servirse un brandis en una gran y lujosa copa de cristal.

—Usted dirá, señora Losas.

—Dejémonos de innecesarios formalismos y llámame Alexia, por favor.

—Muy bien… Alexia.

Alexia sonrió con su bella sonrisa y ojos de letal depredadora y Luisa hizo lo propio con expectación, sabía que la conversación que se avecinaba sería de todo, menos aburrida…

Fin de la primera parte.

 

Texto e ilustración: Laurance.

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