LA ORDALÍA EN LA MAZMORRA DE LA INQUISICIÓN

Andrea se despertó después de un confuso y agitado sueño, al abrir los ojos no reconoció donde estaba, todo permanecía en penumbra y solo unas pocas velas iluminaban la estancia, dejando una sensación de oscuridad en la mayor parte de ella. Andrea se dio cuenta de que estaba tumbada en una cama, intentó moverse pero comprobó que sus manos estaban esposadas al cabecero de metal y que sus piernas se encontraban replegadas sobre si mismas y también sujetas con algo. Al dirigir la vista hacia abajo, Andrea pudo ver que sus piernas ciertamente, eran sujetadas por dos correas que aprisionaban la articulación de sus rodillas y por unas cadenas que, sujetas a unos grilletes en sus tobillos, mantenían sus talones contra la cara interior de sus muslos. Otra correa atravesaba el colchón de lado a lado y mantenía su torso aprisionado contra él. Andrea se alarmó más aun cuando se dio cuenta de que estaba completamente desnuda y que no sabía como había acabado allí. Intentó luchar contra las ataduras que la retenían, pero fue en vano. En ese momento, una voz resonó en la
estancia:

—Andrea Atkingson.

Andrea se volvió hacia donde provenía ese sonido y vio, en un lado de la sala, iluminado por unos enormes candelabros, un estrado en el que estaba sentado una especie de tribunal formado por tres personas engalanadas con togas, mitras y báculos de obispo.

—… este tribunal ha determinado que usted es culpable de los cargos de herejía y brujería, se le acusa de participar en ritos satánicos, de sacrilegio, de fornicación, de blasfemia y de practicar rituales de magia negra. Le pedimos que confiese haber cometido los delitos contra
nuestra Iglesia de los que se le acusa para que nuestro Señor, en su misericordia, perdone su alma e inmole su maligna ánima demoníaca en las llamas del infierno.

Andrea se quedó sin habla; ¿La Inquisición?, pero, ¿como…?. Ante su falta de respuesta el tribunal volvió a pronunciarse:

—Hasta que admita sus pecados ante este tribunal, nos veremos obligados a exorcizar al demonio que la posee con la purificación del dolor.

Uno de los miembros del tribunal realizó un gesto de aprobación hacia un extremo de la sala y de las sombras aparecieron tres hombres vestidos de canónigos que realizaron una reverencia y se santiguaron.

—Los hermanos Carlos Vincent y Francisco Ruiz y el abad fray Joaquín serán los responsables de conjurar mediante la tortura al demonio que reside en tu cuerpo hasta que este se decida a abandonarlo y confieses tus pecados.

Antes de que Andrea pudiera acabar de oír estas palabras, fray Joaquín le puso en la boca una mordaza de anillo, que le obligaba a tener la boca abierta, y en ésta puso un embudo que daba justo al interior de su garganta. Francisco se acercó con un cubo llenó de un extraño líquido blanco y viscoso. Andrea supo inmediatamente lo que era cuando pudo ver algunos preservativos usados flotando en él. La muchacha se revolvió en la cama, intentando liberarse en vano y emitiendo ahogados rogos, pero, tras tomar el cubo, fray Joaquín procedió a ir vertiendo su contenido en el embudo. Andrea pudo sentir con asco como el esperma, agrio y espeso, inundaba su boca, y se vio obligada, contra su voluntad, a ir tragándolo para evitar ahogarse, lo que le produjo unas incontrolables arcadas. fray Joaquín vació todo el cubo en la boca de Andrea, y ella fue forzada a tragarlo todo, mientras contenía la respiración para no ahogarse, aun así, tosió y espumarajeo descontroladamente a causa de los reflejos de rechazo. Francisco acarreó otro cubo lleno de ese líquido asqueroso y se lo tendió a fray Joaquín. Andrea lloraba de pura desesperación mientras agitaba la cabeza de un lado a otro, intentando impedir que aquello continuara, sin embargo, Carlos le cogió la cabeza y la inmovilizó, permitiendo que fray Joaquín vertiera de nuevo ese cubo en el embudo que conectaba con su boca abierta por la mordaza.

Andrea ya había perdido la cuenta de cuantos litros había tragado ya, su tripa estaba tan hinchada de líquido que parecía que iba a estallar, le dolía terriblemente, el mismo hecho de respirar era un suplicio, a causa de la presión de su hinchado estómago, lleno de semen. Al lado de la cama donde estaba prisionera ya había media docena de cubos vacíos cuando el abad fray Joaquín ordenó a uno de sus monaguillos que retirara la mordaza con el embudo. El hermano Carlos retiró la mordaza y Andrea exhaló una gran bocanada de aire, mientras respiraba pesadamente, luego notó como su cuerpo, saturado de efluvios, le inducía a evacuar el exceso de alguna manera, por lo que no pudo contener las arcadas, que sentía cada vez más fuertes, y giró la cabeza a un lado para vomitar sobre un extremo del colchón.

De su boca fueron expulsados ríos de esperma, mezclado con sus propios ácidos estomacales, bilis y saliva. Andrea devolvió durante más de diez minutos, haciendo intervalos para toser y respirar profundamente, hasta que, exhausta, se derrumbó, lánguida, en la
cama.

—Andrea Atkingson, ¿estás dispuesta a confesar tus pecados y a afrontar tu condena divina?, ¿reconoces a nuestro Señor Jesucristo como tu único dios y salvador?

Andrea estaba tan exhausta que no podría haber pronunciado una palabra aunque hubiese querido, le costaba respirar y se sentía desfallecer. El tribunal pareció enojarse con su silencio.

—Tu purificación continuará hasta que te decidas a confesar. Llévensela.

Unos soldados con alabardas aparecieron en la sala y desataron las ataduras de Andrea, a la cual cogieron por los hombros, y arrastraron el peso de su lánguido cuerpo fuera de la estancia. Andrea fue llevada a una mazmorra, a la que también le siguieron sus torturadores. Todo estaba lleno de horribles máquinas de tortura, pensadas para proporcionar las agonías más lamentables y dolorosas.

Los soldados tiraron a Andrea en el suelo de piedra y, como despedida, la insultaron y escupieron, llamándola “jodida bruja” y “zorra de satanás”. Los soldados dejaron la estancia, que estaba alumbrada por sendas antorchas llameantes y el abad fray Joaquín comenzó a pasearse alrededor de Andrea mientras parecía introducir una clase de exorcismo para sus monaguillos:

—Bien, según mis últimas averiguaciones y experiencias, refutadas por varios eminentes doctores de nuestra Santa Iglesia, he determinado una forma infalible de exorcizar y expulsar del cuerpo humano a los demonios femeninos.

Los hermanos Carlos y Francisco miraron al abad con ojos de estupor mientras chillaban de emoción:

—¡¿Es eso cierto fray Joaquín, de verdad?!

—¡Pues claro, hombrecillos de poca fe!, como ya sabéis los demonios que poseen a las mujeres son demonios inmensamente libidinosos que inducen a nuestras castas esposas a querer ser fornicadas como sucias furcias, de esta forma son arrastradas a la ninfomanía, el adulterio, la sodomía y la prostitución, tentando, a su vez, a nuestros virtuosos fieles al pecado original. La forma de conjurar a estos peligrosos demonios, que amenazan la concordia y la castidad de nuestra Santa Iglesia es, según he investigado y testado, someter al cuerpo poseído a la mayor degradación sexual que la humana mente pueda concebir, luego será menester conjurar al demonio, en su periodo de mayor debilidad, para que abandone el cuerpo poseído como si huyera de los latigazos de su malvado amo.

Los monaguillos aplaudieron asombrados por los conocimientos de su maestro, elogiando su sabiduría y sapiencia. Entonces fray Joaquín pidió silencio y dio una orden:

—Es suficiente, hora de trabajar. Vincent, Francisco, disponed al sujeto mientras voy a por el instrumental necesario.

Con un gesto de afirmación, los muchachos se pusieron a trabajar.

Carlos y Francisco colocaron a Andrea sobre una mesa y sujetaron sus brazos detrás de su espalda con un arnés de cuero que los cubría e inmovilizaba, sujeto con cadenas a la cercana pared. Alzaron sus piernas hasta que las rodillas de la muchacha quedaron a la altura de su cabeza, que quedó en medio de sus piernas, llevadas hasta el máximo de su flexibilidad, asegurándolas con dos correajes que pendían de cadenas del techo, para que permanecieran en esa posición, la cual exponía a la vista las zonas más íntimas de la chica, que no escapaban a la mirada de los dos muchachos. En cada uno de los pechos de Andrea fue colocada una pinza que aprisionaba fuertemente sus pezones, dichas pinzas estaban conectadas con dos cuerdas que nacían en un artilugio parecido a una polea, de esta polea también partía una correa que fue anclada al cuello de la joven. Como último toque, fomentado por la travesura, los monaguillos taparon los ojos de su víctima con una tela negra, para hacer más angustiosa su situación.

En ese momento llegó el abad fray Joaquín a la sala de nuevo, y Andrea pudo oír como decía:

—Tengan esto y comiencen como les indiqué.

Andrea no tenía idea de que le esperaba, pero no parecía nada bueno. De repente, sintió que un objeto de enormes proporciones invadía su vagina sin previo aviso, incrustándose hasta el fondo de su matriz, esto pilló a la muchacha de sorpresa y gritó de dolor por la brusquedad de la penetración.

Carlos le había introducido un consolador de gran tamaño, al que hizo avanzar y retroceder dentro de su sexo, sacándolo y metiéndolo rítmicamente, como parodia grotesca del acto sexual. Al poco, Andrea sintió como su cuerpo comenzaba a adaptarse al objeto invasor de su intimidad, haciendo que el dolor se mezclara con un creciente placer mientras ella lloraba, humillada y avergonzada por cada gemido que daba, impulsada por el placer sexual que comenzaba a experimentar por la estimulación de su vagina y clítoris. Su sexo comenzó a segregar sus fluidos y lubricó el consolador, permitiéndole moverse con mayor soltura dentro de él. Justo cuando creía que iba a llegar al orgasmo, Andrea sintió como un segundo objeto intruso, de similares proporciones que el anterior, se posaba sobre su esfinter y presionaba con fuerza contra él. Finalmente, la resistencia de las puertas fue vencida y el descomunal ariete penetró poco a poco en las profundidades de su recto, sin ayuda de ningún tipo de lubricante, lo que hizo que la chica profiriera un grito de dolor que retumbó por las paredes de la mazmorra. Francisco empujó el consolador hasta que quedó introducido hasta la guarda en el recto de la joven, como una espada en su vaina, la sangre producida por la brutal penetración sirvió para que el objeto pudiera penetrar con mayor rapidez, sirviéndole de lubrificación. Es entonces cuando los dos monaguillos se pusieron de acuerdo para realizar el espectáculo estrella de la función. Tomaron ambos otro consolador cada uno y se sincronizaron para introducirlos a la vez en los dos orificios ya ocupados de Andrea. Empujaron con todas sus fuerzas en la vagina y el ano de la muchacha las cabezas fálicas de esos instrumentos de tortura, distendiendo al máximo los pliegues, fisurando, desgarrando, forzando la entrada en unas puertas ya atestadas que no toleraban un mayor caudal. Andrea se sentía morir de dolor, rogaba a sus captores que se detuvieran, que la iban a partir en dos, que se moría, que la mataran ya para no tener que aguantar ese martirio. Milagrosamente, los dos nuevos falos artificiales acabaron penetrando en sus objetivos, después de haber llevado al máximo de su flexibilidad los goznes carnosos que atacaban sin piedad, los dos penetraron raudos y sin misericordia en el interior de

Andrea, que deliraba de puro dolor mientras la sangre brotaba de sus dos orificios, salvajemente violados.

Fue entonces cuando, con esos cuatro artilugios ensangrentados aún en su interior, clavados hasta lo más profundo de su ser, como saetas que atraviesan a un soldado en el campo de batalla, sus tres torturadores se posicionaron en la polea a una orden del abad y, a su señal, tiraron de las sogas con toda su fuerza. Andrea sintió como las pinzas que oprimían sus pezones comenzaban a tirar de ellos con vigor incontenible, y como la correa que estaba atada a su cuello la comenzaba a estrangular.

Esta sensación de sentirse por cuatro veces penetrada, con sus pezones a punto de serle arrancados de cuajo por la fuerza de las poleas y siendo estrangulada la llevó a la cúspide del sufrimiento, que, para su consternación, le provocó un agónico e intenso orgasmo, que le hizo ahogarse en sus propios gemidos de placer y dolor extremo mientras su sexo emitía una cascada de efluvios sexuales que se mezclaban con la sangre y goteaban hasta el suelo con ella desde el borde de la mesa.

Los verdugos soltaron las poleas y dieron un momento de cuartel a su reo, que tosió al sentir su cuello libre de opresión y abrió la boca al máximo para tomar aire, de la misma forma que un naufrago recurre al agua de mar, presa de una sed intolerable. Fray Joaquín volvió a hablar:

—Bien, ya solo falta que acabemos de quebrar la resistencia de este cuerpo para poder exorcizar de él a su demonio, el ánima maligna ya se siente acosada en él, como podéis comprobar, no le demos tregua, pues, y continuemos nuestro asedio, pues este castillo lo hemos de conquistar para las celestiales legiones.

Dicho esto, la venda fue quitada de los ojos de Andrea y esta pudo ver como las pinzas que sujetaban sus pezones eran sustituidas por dos bombas de vacío, conectadas a una máquina ordeñadora que Carlos comenzaba a disponer con toda diligencia. Francisco extrajo de su ano los consoladores, uno a uno, recreándose y haciéndolos rotar a medida que los sacaba lentamente. Uno de ellos lo desechó, pero al otro, debido al espíritu travieso del chaval, se le asignó un nuevo objetivo y el muchacho lo dirigió a la ya atestada vagina de Andrea, llevado por la curiosidad de hasta donde puede llegar la resistencia de un sexo femenino. El consolador presionó con fuerza entre sus dos competidores, que ya ocupaban un lugar muy profundo en la funda donde estaban alojados. Andrea gritó de sufrimiento, sintiendo como su vagina se desgarraba como una muñeca de trapo y, finalmente, tras un esfuerzo de varios minutos, que a Andrea le parecieron horas, ese falo artificial pudo penetrar al fin, sin quedar ni mucho menos rezagado de su competencia.

Fray Joaquín trajo una pequeña batería sobre ruedas, a la que estaba conectado un cable que terminaba en una gruesa bola metálica. Francisco tomó la bola y la introdujo fácilmente en el todavía abierto y distendido esfinter de Andrea, empujándola lo más profundamente que pudo dentro del ano de la chica, luego agarró el cable, para prevenir que la bola saliera afuera de nuevo, e hizo un gesto afirmativo.

Carlos conectó la ordeñadora y Andrea pudo sentir como sus pechos eran fuertemente succionados, estimulando sus pezones hasta el delirio y haciéndole hasta daño a medida que aumentaba la potencia. Fray Joaquín conectó la batería y la joven sintió como recibía una descarga eléctrica en las profundidades de su recto, que hizo estremecerse a todo su cuerpo, mientras temblaba como una epiléptica, emitiendo grititos entrecortados. La chica perdió el control de su cuerpo, que se movía por si solo en espasmos, mientras la orina chorreaba entre los tres consoladores que atestaban su sexo y empapaba la mesa. Los orgasmos se producían uno tras otro, en demencial sucesión, mientras la electricidad sacudía su médula espinal y estimulaba aun más su destrozado sexo. Andrea se sintió perder la consciencia cuando todo se detuvo, no sabía cuanto tiempo había estado así, si unos segundos, minutos u horas, solo sabía que ya no tenía fuerzas ni para respirar, cuanto menos para gritar de dolor. La Andrea que estaba ahora sobre la mesa era una Andrea agonizante, que a penas podía ya abrir los ojos.

Llevada ya al borde de la muerte, a Andrea ya le daba igual lo que le pasara, solo pensaba en librarse de su agonía. Pero sus torturadores aún no habían acabado con ella. Sus verdugos la liberaron de sus ataduras, extrajeron los tres consoladores de su vagina, provocando el vertido de los líquidos producto de sus sucesivos orgasmos, y la bola metálica de su ano y la condujeron a un rincón de la sala, sobre cuya pared se encontraba un crucifijo enorme de madera con un Cristo de oro. Allí, sirviéndose de unas cuerdas que colgaban de unas argollas del techo, los tres exorcistas pusieron en práctica la más exquisita obra de bondage, consiguiendo suspender a Andrea en el aire, boca abajo, sostenida por las cuerdas que aferraban sus ingles, sus brazos atados a la espalda y su torso inferior y superior, otras extensiones de estas mismas cuerdas rodeaban sus pechos y cuello e inmovilizaban sus piernas, manteniéndolas replegadas con las rodillas apuntando al suelo de la mazmorra.

Tras la feroz embestida anterior de las temibles máquinas de asedio, el castillo ya estaba raudo, según el abad fray Joaquín, que mantenía el símil guerrero, a ser conquistado por la gloriosa infantería de Cristo, que debía expulsar ya al demonio de su torre del homenaje para siempre. Los dos aprendices del abad procedieron a despojarse de sus vestiduras, dejándose solo un colgante de la santa cruz en el cuello, que besaron mientras se santiguaban, ofreciéndose a servir a Dios desnudos y puros. Tomaron aceites sagrados y se untaron con ellos las erectas vergas que debían dar la última acometida de la batalla.

Carlos fue el primero en romper fuego, se situó en la retaguardia enemiga e insertó por la puerta principal, que estaba destrozada, abierta y expedita, su ariete carnoso, que bombeó con brío mientras asía las colgantes cuerdas con una mano y las caderas de la joven con otra, mientras tanto, Francisco, arrodillado, chupaba los irritados pezones femeninos y el abad fray Joaquín, ni corto ni perezoso, a pesar de que la chica estaba semiinconsciente y ausente, tomó su cabeza y forzó la entrada de su verga en la boca de Andrea, que el mismo movía rítmicamente, balanceando a la pobre de tal forma que se sincronizó con Carlos, cada vez que el retrocedía en su avance hacia la garganta de la desafortunada, su aprendiz daba una profunda estocada en el centro de su esfuerzo e igual a la inversa. Finalmente, Carlos eyaculó dentro de ella, y los fluidos de su pasión resbalaron entre las piernas de la chica, goteando hasta el suelo de piedra de la celda, ya que los destrozados diques de la vagina eran incapaces de detener una corrida tan abundante. El orgasmo del abad fray Joaquín hizo que Andrea despertara momentáneamente del limbo en el que se hallaba, ya que el esperma fue disparado al fondo de su garganta y casi la hizo atragantar. Su cuerpo, recordando la tortura de la que fue objeto ante el tribunal, escupió automáticamente el esperma al suelo, entre
toses y espumarajos.

A Francisco le correspondió comandar el último ataque, que, por su carácter más desenfadado, fue orientado a la puerta más cerrada de la fortaleza. El pene del muchacho se incrustó hasta la guarda en el recto de la miserable Andrea, que gimió ligeramente de dolor, ya que las embestidas de esa verga arrasaban las heridas, desgarros e irritaciones que minaban su ano. En poco tiempo Francisco lanzó su semilla hasta el fondo de sus intestinos, un gesto que la chica casi hasta agradeció, ya que ese líquido cálido que sentía fluir por su interior resultó ser un bálsamo que alivió los ardores que le producían las lastimadas paredes de su recto.

Como acto final, el abad fray Joaquín declaró:

—¡El demonio ha sido conjurado!, cuidémonos de que no regrese y bauticémosla.

El abad y sus alumnos se santiguaron y frotaron sus vergas aun erectas mientras recitaban una oración. Al final de esta, tres chorros de semen salieron disparados hacia la prisionera, cubriendo a Andrea de pies a cabeza de una gran y espesa cantidad de esperma, que se posó sobre cada uno de los poros de su sudorosa piel, y que cubrió su cara y pelo en el último acto de su humillación inquisitorial.

 

Autor: Master Spintria

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