LA MEJOR AMA DEL MUNDO | EN LA ZAPATERÍA

Tras nuestro gratificante (en todos los sentidos)  viaje a Canarias, nuestra vida siguió con la rutina más maravillosa que imaginarse pueda, yo sirviendo a mi Ama y ella disfrutando de su perrito y de las comodidades y placeres que yo pudiera ofrecerle.

Me gustaba especialmente por las noches o en cualquier momento que me quedara libre de mis quehaceres cotidianos, acurrucarme a sus pies mientras veíamos alguna peli o alguna serie, o simplemente mientras Ella leía.

Una de aquellas noches me dijo:

—Mañana iremos a una zapatería a comprar unas zapatillas para mí, me gustan las zapatillas cerradas para que no se me enfríen los pies, ya sabes que se me hielan lo pies enseguida.

—Si mi Señora, ya sabe que me encantan las zapatillas, ¿me dejará mi Ama que yo las elija?

—Me puedo fiar de ti ¿verdad perrito?

—Claro Ama, ¿por qué lo dice?

—No me vayas a elegir unas zapatillas de esas de juguete que no valen para azotar, porque te juro que te dejo allí en la zapatería.

—No mi Ama, de verdad que no, en ese sentido nos gustan el mismo tipo de zapatillas, ya verá como queda contenta con mi elección, y si me permite podemos ir a una zapatería que había muy cerca de mi casa, allí hay muy buen material, del que nos gusta a nosotros (A ella le gustaba la zapatilla tradicional, por cómoda, y por abrigada, y por qué no decirlo, porque era magnífica para azotar culos, y a mí me gustaba por esta última razón, y porque además era para mi un objeto casi de adoración, es decir un fetiche en toda regla)

—Muy bien, así me enseñarás tu barrio.

En aquel momento sentí un poco de inquietud, porque aunque estaba muy orgulloso de pertenecer a mi Ama, también es verdad que nadie sabía de mis gustos, y no sabía cómo me iba a llevar mi Ama por aquellos lares.

Llegó la hora de ir a por nuestra compra, y mi Ama me dijo.

—Ve  detrás de mí, cuando te hable te pones a mi altura,  pero jamás delante de mí, ¿entendido?

—Si mi Ama.

—El collar quiero que lo lleves bien visible.

—Como no, mi Señora, con mucho orgullo.

Sin más, nos fuimos andando hacia mi barrio, visto desde fuera, éramos una pareja normal, aunque yo iba siempre un poquito detrás de mi Ama, era algo casi imperceptible, incluso hablábamos y nos reíamos.

Cuando llegamos a la zapatería, la mejor y más grande de mi barrio, me adelanté ligeramente en el último segundo para abrirle la puerta. Sólo había una clienta hablando con la dueña, que al reconocerme me saludó amablemente.

Me conocía porque yo iba esporádicamente a comprar zapatillas de mujer, bien para autoazotarme con ellas, o bien para regalárselas a algunas amigas que me pegaban por dinero, ya me entendéis.

Mi Ama echó un vistazo rápido y se sentó en unos grandes taburetes muy cómodos de sky que había para probarse el calzado.

—Aquí te espero, ve a buscarme algo que esté bien.

Yo me encaminé a la zona de las zapatillas que tan bien conocía, e inmediatamente vi unas que me cautivaron, eran unas zapatillas cerradas y abrigadas como buscaba mi Ama, el color era rojo rubí, suela de goma amarilla, y elegantísimas, muy apropiadas para mi Señora.

En aquel momento, la dueña, una mujer de unos 45 años, que nunca me había hecho mucho caso, ni había sido especialmente amable conmigo, me empezó a decir que  hacía mucho que no me veía, me pregunto qué tal todo, algo que jamás había hecho, ya digo que fue muy muy amable, y cuando me dijo que en que me podía ayudar, le dije si tenía el 40 de aquellas zapatillas, y me dijo con la mejor de sus sonrisas, que esperara un segundo.

Me fui a donde me esperaba mi Diosa sentada, que me miró un poco interrogativa, y me dijo con cierto sarcasmo.

—Que amabilidad hay en este barrio.

—Sí, la verdad es que sí, ni yo mismo lo sabía.

Enseguida apareció la dueña con una caja en las manos y una sonrisa en la cara, y dijo.

—Aquí las traigo.

Se dispuso a dárselas a mi Ama, pero ésta no hizo ningún ademán para cogerlas, así que yo fui el que tomó la caja, y la falta de costumbre hizo que por un momento se las diera para que Ella misma se las probara, pero su mirada no ofrecía lugar a dudas.

Así que puse una rodilla en el suelo, y le dije.

—¿Me permite?

Entonces descalcé a mi Ama, que llevaba un vestido por las rodillas, le quité su zapato de tacón y le calcé aquella fantástica zapatilla, con mi dedo índice me ayudé para meterle la zapatilla bien en su pie, y la verdad es que le quedaban como un guante.

—Ponme la otra. Me dijo en un tono neutro.

Repetí la misma operación, y se levantó a andar un poquito con ellas, no dio más de tres pasos cuando se volvió y se volvió a sentar, entonces estiró hacia delante la pierna derecha para mirarse la zapatilla, y movió sus dedos dentro de esta, aquel movimiento me tenía totalmente subyugado, yo estaba con las dos rodillas en el suelo, y estuve a punto de besar aquellos pies.

La metomentodo de la dueña, no paraba de parlotear.

—La verdad es que son muy elegantes, ¿y verdad que son cómodas Señora?

Entonces mi Señora, que volvía a estar sentada, bajó su mano derecha, y se descalzó la zapatilla, y empezó a darse golpes en la palma de su mano izquierda.

—Si que son cómodas sí, pero yo necesito algo más… ¿verdad querido?

—Si Señora, además de ser cómodas, deben ser buenas para azotar con ellas.

—Así es, y estas lo parecen desde luego.

Pensé en aquel momento que me iba a azotar la cara, que estaba a la altura de la zapatilla, pero no lo hizo, se limitó a decir.

—Pronto lo comprobaremos.

 Volví a descalzar a mi Ama, y le puse sus elegantes zapatos de tacón, guardé las zapatillas en su caja aún de rodillas, y me levanté a pagar.

La zapatera no sabía cómo preguntarme si aquella Señora era mi mujer, o exactamente quién era, y me dijo.

—Las zapatillas que se ha llevado su mujer son comodísimas, yo misma tengo unas iguales en azul marino.

Estoy seguro que se lo inventó, solo quería decirme lo de mi mujer para que yo le rectificara en caso de que no fuera, y tras dudar si pasar de ella o complacerla, opté por esto último.

—No es mi mujer, es mi Ama, y las zapatillas además de ser cómodas tienen que servir para castigarme, ¿contenta?

—Oiga caballero, eso a mí me da igual, lo que ustedes hagan con sus zapatillas no es cosa mía, faltaría más.

Con una sonrisa en la boca, mi Ama me tomó por el brazo y salimos a la calle, el fresco del anochecer me supo tan dulce como el saberme de mi Ama, y sobre todo habérselo dicho a aquella arpía fisgona.

Nos cruzamos con unos compañeros de trabajo, y pasamos un rato muy agradable tomando un pincho y un vino con ellos, , y sobre las diez de la noche nos fuimos para casa argumentando que hacía un frío que pelaba, y era cierto, estaba helando.

Tras ayudar a mi Ama a cambiarse, y ponernos ambos en bata y pijama me eché al suelo a adorar tanto los pies como las zapatillas de mi Ama.

Me gustaba estar acurrucado en el suelo, sobre la alfombra a la vera de mi Ama, y me ofrecí a darle un masaje en los pies sin sacarlos de las zapatillas, de esa manera a ella no se le helaban los pies, y yo podía tocar, amasar, esas zapatillas que tanto me gustaban, alternaba los masajes con besos, y el objetivo no era otro que descansar y descargar los pies de mi Señora después de un largo día, y por los gemidos que ésta soltaba , yo diría que lo estaba consiguiendo.

—¿No tienes nada que decirme perrito?

Cuando mi Ama me hacía aquella pregunta, yo temblaba, sabía que algo iba mal. Y si hubiera buscado en algún pliegue de mi mente hubiera encontrado el error que cometí aquella tarde, pero con el buen rato que pasamos con los compañeros de trabajo, me olvidé totalmente.

—Que lo he pasado muy bien con mi Ama, como siempre.

—No me seas zalamero, que eso no te va a librar de tu castigo.

—Pero Señora, no sé a qué se refiere.

—¿No lo sabes?

—…

—¿Tengo que sacar la vara?

—Se refiere… ¿a que he dudado un poco en la zapatería, Señora?

—Vaya, parece que hemos recuperado la memoria

—No sabe cuánto lo siento mi Señora, la mujer esa me ponía de los nervios.

—¿Qué habíamos hablado tú y yo de las excusas?

—Lo siento, Señora, lo siento de veras.

—Desnúdate, ¡¡pero ya!!

No creo que tardara más de 20 segundos en quitarme, la bata, el pijama, las zapatillas, mi ropa interior e incluso los calcetines. Mi Ama me hizo el favor de descalzarse ella misma su zapatilla con la ayuda del otro pie, por lo que sólo tuvo que recogerla del suelo, dársela en la mano, y ponerme sobre su regazo.

Yo creo que no había terminado de caer del todo sobre su bata cuando me cayó el primer zurriagazo, bufffffffffff, supe que estaba muy enfadada.

La noche era fría en la calle, pero aquella habitación se caldeó pronto, Ella entró en calor pronto, su brazo subía y bajaba armado de aquella zapatilla a una velocidad endiablada, y aquello que dicen los manuales de spanking de calentar previamente la zona azotada, en este caso os puedo asegurar, que no se cumplió.

Eran de tal intensidad los azotes, que yo me caí hacia delante, entonces me pegó un tirón de mi pies hasta que me los dejó uno a su derecha y el otro a su izquierda, sobre el sofá, y yo apoyado con mis manos en el suelo, digamos que era la postura del carretón como la bautizamos días más tarde ya calmados, eso sí mi culo a su entera disposición.

La paliza fue monumental, yo lloraba  y suplicaba como nunca, en aquella postura, no solo me azotó el culo y los muslos como hacía siempre, sino que me azotó la parte baja y media de la espalda como no había hecho nunca, aquella zapatilla recién estrenada se quedó grabada en mi piel con una viveza insólita.

Por puro cansancio paró y me dejó derrengado y llorando como un niño en el suelo, cuando nos recuperamos un poco y yo volví a tomar aliento, , rapté hasta sus pies y me abracé a ello implorando perdón, pero con una patada con su pie calzado, me apartó de ella y me dijo.

—¡¡¡Ponte de rodillas perro!!!

Mi reacción fue inmediata, y me puso como un junco frente a mi Dueña y Señora.

—¿Has dudado verdad?

—Lo siento Señ…

—PLAFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFF. Un zapatillazo me cruzó la cara como si hubiera sido un avión

—¿Dudas de tu Ama?

—No Señora, nunca más

—PLAFFFFFFFFFFFFFFFFFFF PLAFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFF PLAFFFFFFFFFFFFFFFFFFF PLAFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFF PLAFFFFFFFFFFFFFF PLAFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFF

Fueron seis durísimos zapatillazos en la misma mejilla, fueron espaciados, para que pudiera sentir el calor, pero a mí lo que más me dolía, era el silencio de mi Ama, y sobre todo la sensación de haberle fallado, me sentía desolado.

PLAFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFF PLAFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFF PLAFFFFFFFFFFFFFFFFFFFF

PLAFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFF PLAFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFF PLAFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFF

Otros seis tremendos zurriagazos volvieron a cruzar mi cara, varias veces estuve a punto de irme al suelo, y creo que sólo la devoción para con mi Ama, me mantuvo erguido esperando más y más azotes.

—¿Sabes lo que más me cuesta perdonarte?

—Dígamelo mi Ama por favor.

—Te puedo perdonar la pequeña indecisión que tuviste para arrodillarte ante mí, en la zapatería, pero lo que me vas a pagar muy caro, es que intentaras esconderme esa falta, así que ve a por mi cinturón, pero ya.

—Si mi Ama, ahora mismo

Volví en menos de un minuto con un bonito y fino cinturón de cuero que mi Ama me había dicho que sería para castigarme, ya lo había hecho una vez, y aunque fue bastante duro, la verdad es que tampoco fue nada del otro mundo

Cuando volví al salón mi Ama estaba de pie y con aquella zapatilla que me había hinchado los muslos, la espalda, el culo y la cara, ya calzada en chancla, me gustaba tanto aquella visión que tentado estuve de tirarme al suelo a adorar aquella maravilla, pero Ella me sacó de dudas pronto, nada más darle su cinturón, me indicó que me pusiera de rodillas en un pequeño  puf o taburete blandito que tenía Ella para poner los pies en alto antes de usarme a mí para ese menester.

Como te caigas mientras te azoto, empezaré de nuevo con el castigo, y creéme que no tengo ninguna prisa esta noche.

Cuando me puse de rodillas encima de aquel puf con el culo bien expuesto supe que tendría problemas para aguantar una azotaina sin caerme, aquel pequeño taburete tendría unos 30 centímetros en cada uno de sus lados, pero lo peor estaba por venir.

Vi como mi Ama se enrollaba la punta de la correa a su mano derecha, se dio al menos tres vueltas, aquello significaba que me azotaría ¡¡¡¡con la hebilla!!!   y mi culo ya no estaba para esos trotes, el  primer zurriagazo no tardó en caer, y el dolor fue lacerante que al segundo latigazo me caí de bruces, mi Ama me dio tres o cuatro azotazos más, todos con la hebilla, por la cara, espalda y muslos, para que ocupara otra vez mi posición.

Me caí dos veces más, con la consiguiente rápida azotaina mientras recuperaba mi posición. No creo que olvide mientras viva aquella paliza que me dio mi AMA.

Cuando Ella consideró que tenía suficiente, me dijo.

—Que sea la última vez que se te olvida decirme que me has fallado.

Y efectivamente así fue, nunca jamás le he escondido a mi Diosa cualquier atisbo de duda que hubiera podido tener con respecto a mi comportamiento como su perro sumiso.

Tras recibir el último azote, como mi Ama se fue a la cama, me fui con ella a ayudarle a desvestirse, cuando se metió en la cama, me dijo que le comiera el coño, aquella noche se corrió dos veces, le pedí permiso para ducharme, y me dijo, que lo hiciera, pero nada de cremas hidratantes para calmar el dolor, y añadió.

—Esta noche dormirás sobre una estera en la galería, perro malo.

—Si mi Ama, que descanse.

Cuando me vi en el espejo del baño parecía un Ecce Homo, me duché para quitarme el sudor, pero no osé echarme nada que me aliviara el dolor.

Llevaba la cara hinchada como si me hubieran sacado una muela, pude ver en mi espalda la roja silueta de la zapatilla de mi Dueña, el culo estaba en un estado inenarrable, y  tras ponerme el camisón que tenía destinado para dormir cuando estaba castigado sin más ropa interior, me dirigí a la galería, cogí un jergón para taparme y me tumbé en aquella mísera estera con una sonrisa de satisfacción por estar obedeciendo a mi Ama.

Aquella sonrisa y aquella satisfacción eclipsaban todo el dolor que me hubiera podido infligir mi Ama, saberme de Ella, ser Suyo, no tenía parangón, seguía siendo el hombre más feliz de mundo.
 Autor: Slipper

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