LA CUERDA

Hacía ya tiempo que las curiosas vecindonas murmuraban haciendo conjeturas sobre la cuerda. Una tarde, la del 3ºA le había dicho entre dientes a la del 2ºI que casi seguro se trataba de una secta.
Era verano, el sol iluminaba la fachada y la enigmática cuerda descendía a lo largo de la sucia pared. Todas las vecinas podían verla cuando salían al patio interior del edificio a tender la ropa. La cuerda permanecía ajena a cualquier interpretación de su existencia, como un secreto insondable colgando del vacío.

Aquella cuerda era del tipo de las que usan los montañeros en sus escaladas. Y sin embargo se había convertido en un descomunal misterio para aquel grupo de vecinas aburridas.
La cuerda salía por una rendija de la ventana del 5º piso, caía en picado varios metros y a continuación entraba hasta desaparecer por la ventana del 1ºB, donde habitaba la nueva inquilina. De ella las vecinas en realidad poco sabían, apenas nada. Había alquilado aquel apartamento algunos meses atrás. Una joven de unos 27 años, que trabajaba en unos grandes almacenes y que, al parecer, vivía sola.

Por contra, el propietario del 5º piso no era ningún desconocido para las cotillas vecinas, si bien no podía decirse que gozara de mucha popularidad en el bloque. Era un hombre de unos 45 años, alto, sumamente atractivo y bien vestido, del que se sabía que trabajaba en una oficina bancaria. Aunque se veía educado, su actitud poco comunicativa le mantenía siempre alejado de los demás vecinos.
En todo momento procuraba excusarse amablemente y evitar cualquier conversación o encuentro con los moradores de aquel destartalado bloque de viviendas. Esta forma de actuar le había hecho antipático al principio, pero con el paso del tiempo los vecinos terminaron acostumbrándose a su forma de ser y al menos pasaba inadvertido, como él deseaba.

La primera vez que la nueva inquilina vio la cuerda fue dos meses atrás, una tarde de junio. Ella estaba sola y terriblemente aburrida. Decidió asomarse a la ventana que daba al patio interior. Estaba absorta en sus pensamientos, ensimismada. Fue entonces cuando la cuerda apareció colgando juguetonamente ante sus narices, procurándole un buen susto.

En ese momento, distinguió con detalle el pequeño collar de perro de color rojo que se balanceaba atado al extremo. Lo primero que le vino a la cabeza y lo único que a primera vista podía explicar aquello era que algún niño de la vecindad estaba jugando, intentando gastarle una broma. Sonrió. Quiso sorprender al pequeño bromista.
Inclinó su cuerpo sobre la ventana asomando la cabeza hacia arriba, pero no pudo ver a nadie, ningún rastro de niño ni de persona adulta. Imaginó que seguramente quien fuera se había escondido detrás de la ventana y pensó en seguir el juego. Agarró la cuerda y dio dos breves tironcitos. No hubo ninguna respuesta al otro lado.

Estaba intrigada y por curiosidad siguió con la mirada la trayectoria ascendente de la cuerda pegada a la pared.

Entonces se dio cuenta de que algo no encajaba. Para asegurarse, contó de nuevo el número de pisos. Y sus sospechas se confirmaron.

La cuerda había sido lanzada desde la ventana del 5º piso. Ella sabía que en ese piso no vivía ningún niño. Conocía de vista al vecino del 5º. Se lo había encontrado varias veces en las escaleras. Era un hombre guapo, algo maduro, pero no muy sociable, que apenas respondía a sus saludos.

Las vecinas ya le habían informado con todo lujo de detalles acerca de aquel extraño personaje. Gracias a una de ellas supo que el hombre vivía solo y que nunca recibía visitas. Además no estaba casado ni tenía hijos, y trabajaba como administrativo en la ventanilla de un banco.

A ella todo esto no le interesaba, no era una de esas personas que se preocupan por la vida privada de sus vecinos. Simplemente le gustaba vivir su vida y respetar la de los demás. Sin embargo, ahora, mientras observaba la cuerda que pendía ante sus ojos, hubiera deseado saber algo más sobre su vecino. ¿Se trataba de un juego? ¿Una broma tal vez? ¿Estaba chiflado aquel tipo?

Se preguntó si aquel hombre trataba de algún modo con aquella absurda acción de comunicarse con ella o simplemente era una casualidad el hecho de que la cuerda se hallase a la altura de su ventana. ¿Pero qué significaba aquel collar de perro rojo?

El tiempo pasaba y ella no encontraba respuestas, mientras aquel objeto seguía balanceándose ante sus ojos. Entonces, en un arrebato, tiró de la cuerda. Sin ser plenamente consciente de lo que hacía, la cogió con fuerza y la atrajo hacia el interior de su cocina. La cuerda no opuso resistencia y ahora tenía el collar de cuero rojo en la palma de su mano. No ocurría nada. El corazón le latía violentamente, estaba algo asustada y sorprendida.

Las manos le temblaron, cuando en un movimiento casi instintivo abrió el collar y sorprendiéndose a sí misma, lo cerró de nuevo en torno a su fino cuello. ¿Quería él que ella hiciera eso? Ella se dio cuenta de que había comprendido perfectamente las intenciones del hombre, de que ambos sabían de qué iba el juego y de que ella acababa de aceptar, casi sin querer, su invitación. Esta certeza súbita la puso aún más nerviosa. Quitándose el collar, lo apartó a un lado. No quería saber nada más del asunto.

Pensó que el individuo se terminaría aburriendo y recogería la cuerda.
Al día siguiente, por la tarde, cuando regresó a casa cansada y deprimida después de una dura jornada de trabajo, se encontró con un gran sobre en su buzón. No llevaba firma ni dirección, pero ella ya sabía de quién se trataba. En su habitación, después de quitarse los zapatos, tendida en la cama, lo abrió.

Había una pequeña carta escrita en un folio de color celeste escrita a mano y con una caligrafía bonita y redondeada. El autor le agradecía amablemente que hubiera aceptado “su regalo” y le rogaba encarecidamente que lo llevase siempre puesto durante todo el tiempo que estuviese en casa. A ella le divertía aquel tono humorístico y atrevido.

A continuación le explicaba unas sencillas reglas que ella debía seguir al pie de la letra para que “el juego” resultase divertido. Ella se sintió como una niña pequeña que recibe un regalo de cumpleaños envuelto en papel de celofán. Se reía, pensaba que aquel tío estaba loco. Pero, ¿y ella…?, ¿acaso no estaba loca también?

Dentro del sobre grande venían incluidos unos pequeños sobrecitos, todos numerados, hasta un total de veinte. Él le decía en la carta que no debía abrirlos de momento bajo ninguna circunstancia, que sólo debía abrir cada pequeña carta justo en el momento en que recibiera a través de la cuerda el número de tirones correspondientes a un determinado número de sobre. A ella le divertía aquel asunto, no sabía hasta dónde le conduciría todo aquello, pero le gustaba el reto, le parecía de lo más excitante y original.

Tenía que reconocer que le habían entrado ganas de jugar. Se levantó de la cama descalza, avanzó por el pasillo y se dirigió hacia la cocina. La cuerda, con su collar rojo, permanecía aún allí en el suelo, junto a la ventana, en la misma posición en que ella la había dejado. La recogió. Se colocó el collar en el cuello y probó a desplazarse por la casa.
La cuerda, sin ninguna tirantez, la seguía dócilmente por todas las habitaciones.

Se sentía bastante cómoda y sus movimientos no se veían impedidos en ningún momento. Esperaba notar en cualquier instante un tirón y eso la impacientaba, pero viendo que nada ocurría, se decidió finalmente a hacer las tareas del hogar y arreglar un poco la casa. Barrió, fregó, limpió el polvo de las estanterías hasta quedar exhausta.

Llegó la noche y no sucedió nada. Ya era hora de cenar y acostarse. Tuvo que quitarse durante unos segundos el collar para despojarse de la camiseta, pero rápidamente volvió a colocárselo. Antes de meterse en la cama decidió que aquella noche dormiría desnuda. Hacía calor y le excitaba pensar que dormiría sólo con el collar puesto.
Pasaron los días y ella se fue acostumbrando a la cuerda.

Cada vez que llegaba a su apartamento, en el recibidor, se colocaba el collar. No notaba ningún tirón, ninguna señal de vida al otro extremo de la cuerda y eso la estaba sacando de quicio, pero decidió esperar pacientemente. Finalmente, una tarde, el ansiado acontecimiento se produjo. Estaba tumbada en el sofá, viendo un aburrido concurso en la televisión, cuando de pronto sintió cómo la cuerda se deslizaba por el suelo, desenrollándose como una culebra, lentamente.

Observó cómo poco a poco se iba tensando. Casi saltó de alegría del asiento. Estaba muy nerviosa. La cuerda se elevó del suelo y ella recibió un fuerte tirón en el cuello, un tirón seco y rotundo. Después, la presión se aflojó y la cuerda volvió a caer inerte en el suelo. No podía calmarse, casi tropezó por el pasillo camino de su habitación.
Buscó el sobre grande y sacó el pequeño sobrecito con el número uno escrito al dorso. Rasgando el sobre con brusquedad, lo abrió y lo leyó. Lo que él le pedía era muy sencillo, era algo que ella hacía a menudo siempre que estaba sola. Tenía que masturbarse.

Lo hizo a conciencia, tendida en la cama, desnuda de cintura para abajo, con el collar abrochado en su cuello. Se quitó las braguitas y se pasó varias veces la cuerda entre los labios de su vagina. Se introdujo los dedos, se frotó y pensó en aquel hombre mientras le venía un primer orgasmo muy intenso. Los días se sucedieron. A medida que se iban abriendo los sobres uno a uno, ella fue descubriendo que amaba a ese hombre como nunca había amado a nadie.

Los tirones del sobre número siete la pillaron una tarde en la ducha. Siguiendo las precisas instrucciones tuvo que salir a la calle y comprar en un sex-shop varios consoladores, algunas revistas de SM y una crema lubricante. No estaba acostumbrada a frecuentar ese tipo de tiendas y ante la mirada del dependiente, enrojeció. Después, en su casa, obedeciendo las órdenes escritas, practicó durante dos horas, tal y como se le exigía en la carta, sexo anal, intercambiando consoladores de diversos tamaños.

Como es natural, terminó totalmente escocida, con el ano muy irritado, pero extrañamente satisfecha. Después descansó tumbada en el sofá ojeando las fotos que aparecían en las revistas, que no dejaron de causarle cierta fascinación y excitación que la confundieron.

El sobre número quince fue algo especial. La sorprendió en mitad de la noche a eso de las tres de la madrugada. Medio adormilada, apenas pudo encender la luz mientras recibía uno tras otro los quince rigurosos tironcitos. Despertarse así la había puesto de mal humor. Al día siguiente le esperaba un duro trabajo y necesitaba descansar.
Cuando leyó las instrucciones se quedó bloqueada y su mal humor empeoró notablemente.

Tenía que vestirse inmediatamente con el vestido más elegante que tuviera y salir perfectamente maquillada a la calle. Debía sentarse en un banco de hierro situado justo en frente de la ventana de su misterioso amado y allí sentada se levantaría el vestido y se masturbaría para él. ¡Qué manía con tanta masturbación!, pensó, sólo que esta vez el tipo se estaba pasando de rosca. Ni ella misma podía creer lo que estaba haciendo mientras se pintaba los labios frente al espejo. Sentía pánico ante la idea de que pudieran sorprenderla.

Era las cuatro de la madrugada, pero siempre podía pasar por allí alguien. Nunca se sabe… La calle estaba vacía, vio la ventana de su misterioso amigo y la luz encendida, pero la persiana estaba bajada y no podía distinguir si había alguna persona en el interior. De todas formas ella sabía perfectamente que él la espiaba. Trató de hacerlo con rapidez.

Observó que en el resto de las ventanas no había luces encendidas y eso la tranquilizó un poco. Sentada en el incómodo banco, se bajó con cuidado las braguitas de fino encaje negro, hasta que éstas descansaron sobre los cierres de sus zapatos de tacón, en los tobillos.

Sintiéndose ridícula y avergonzada en aquella postura tan comprometida, a continuación y de un sólo golpe, se levantó hasta la cintura el precioso vestido azul que había elegido. Su vientre y su cálido sexo quedaron al descubierto. A pesar de que era una noche muy calurosa, sintió cómo la fina piel de sus nalgas se helaba al contacto con el frío hierro del banco.

Intentó correrse lo más rápidamente posible, acelerando al máximo. La tremenda excitación y el miedo que sentía la ayudaron en su labor y pronto, después de algunos jadeos y suspiros, quedó abatida y desmadejada sobre el banco, como una muñeca. Había tenido suerte, nadie parecía haberla visto, o al menos eso creía, ya que durante los últimos espasmos del orgasmo no pudo evitar cerrar los ojos involuntariamente, bajando la guardia y abandonándose totalmente.

De todas formas no le importaba lo más mínimo. Tenía que admitir que la experiencia había sido genial. Cuando recuperó la respiración, con un rápido ademán, se subió las braguitas, se bajó el vestido y volvió de nuevo a casa. Solían encontrarse en alguna que otra ocasión en el rellano de la escalera, junto al ascensor, pero él ni siquiera la saludaba ni se mostraba afectuoso.

Ella buscaba tan sólo una mirada de complicidad, una leve demostración de cariño, por insignificante que fuese. Deseaba hablarle, decirle que era suya, que le pertenecía totalmente, que quería que él la poseyera cuanto antes y que se moría de ganas por hacerlo con él.

Pero no se atrevía. Él se mostraba frío como el hielo y ella tímidamente renunciaba a cualquier intento de aproximación. Los tirones del sobre número diecisiete tardaron varias semanas en llegar. Era por la mañana temprano, un sábado. Le pedía que se vendase los ojos y permaneciera así en casa durante todo el día. Teniendo los ojos vendados no podía cocinar, por temor a sufrir un accidente o romper algún cacharro. Sólo pudo comer durante todo el día alguna pieza de fruta y algo de leche. Le costaba trabajo moverse por la casa a tientas.

Encontrar las cosas cuando perdía el sentido de la orientación, se convirtió en un pequeño calvario. Aquel día se sintió más sola, frágil y desprotegida que nunca. Por la noche estuvo llorando sin saber porqué, hasta que se durmió.
Con los dieciocho tirones correspondientes abrió el siguiente sobre. El corazón de la joven casi estalló de alegría. Debía ir a una pastelería y comprar una caja de dulces para él y lo mejor de todo era que tenía que entregársela personalmente.

En el ascensor, mientras sostenía la caja de dulces en una mano y se alisaba el pelo con la otra frente al espejo, imaginó una escena en la que ambos tomaban café y comían los ricos pasteles, flirteando y después…
Desgraciadamente tal escena no se produjo. Cuando ella llamó ansiosa al timbre por tercera vez, la puerta se abrió y él simplemente se limitó a recoger la caja de dulces.

Sin mediar palabra ni darle las gracias cerró la puerta de nuevo. En el ascensor, de vuelta a casa, ofendida y herida en su orgullo, se acusó a sí misma de ser una estúpida. Y no obstante, durante el breve encuentro había visto algo en su mirada, un brillo que podía significar cualquier cosa. ¿Amor tal vez? Esa era siempre una palabra muy comprometida y la desechó para no hacerse ilusiones.

El sobre número diecinueve contenía una desagradable sorpresa. Eran las cinco de la tarde cuando lo abrió. Tenía que salir desnuda con el collar puesto y orinarse en cuclillas justo encima de la esterilla que había en la puerta de la vecina de enfrente, la del 1ºA. Era uno de esos feos felpudos que llevan inscrita la palabra “Bienvenido”.

En la carta él le decía a manera de justificación que odiaba ese tipo de alfombra y que ella no debía preocuparse por la mancha de orina del felpudo, porque el perro del vecino del 4º ya había hecho de las suyas en más de una ocasión y si era lista y no se dejaba pillar “in fraganti”, las culpas recaerían de nuevo sobre el pobre animal.

Para que la operación fuese más sencilla, le sugería que previamente se atiborrase de agua, así tendría ganas de orinar y podría actuar con rapidez. Aquello era una locura, eran las cinco de la tarde, podían pillarla en cualquier momento. Podría salir alguien del ascensor o de cualquier apartamento. ¿Cómo podría ella justificarse entonces?
Desnuda, con un collar al cuello, sujeto por una cuerda y meándose en el felpudo de Doña Aurelia, la pobre mujer que dos días antes le había prestado la batidora. ¿Sería capaz de hacerlo?

Actuó a la velocidad del rayo para no tener que pensar. Se bebió dos botellas de agua mineral y esperó. Las ganas le vinieron enseguida. Miró por la mirilla y se aseguró de que no había nadie en el pasillo. Entonces, rápidamente, abrió la puerta y cruzó el estrecho margen que le separaba de la puerta de su vecina. Se agachó y descargó un enorme chorro de orina caliente que salpicó todo el felpudo, mojando todo el suelo.

Aguantando la respiración permanecía atenta esperando escuchar pasos al otro lado de la puerta o algún movimiento en el ascensor. Aquel chorro de orina parecía no acabar nunca.

Estaba deseando terminar, cada segundo era una eternidad. Y lo peor era el sonido que producía la orina al caer, chocando contra el felpudo, un sonido que la angustiaba.

Por fin consiguió acabar y salió disparada de nuevo hacia su apartamento. Una vez dentro, cuando cerró la puerta, sufrió un ataque de risa. Tiempo más tarde, en una noche de septiembre, mientras dormía a eso de la una, sintió un enorme tirón que casi la tiró de la cama. Aún dormía desnuda pese a que ya refrescaba algo el tiempo. Aturdida notó cómo la presión en el cuello iba en aumento. Todavía estaba atontada por el sueño.

Él estaba tirando con demasiada fuerza. La arrastraba fuera de la habitación y por el pasillo cayó varias veces al suelo antes de llegar a la cocina. La cuerda la atraía irremediablemente hasta la ventana de la cocina. Ella, instintivamente trató de sujetar la cuerda, pero era imposible, sus pies descalzos resbalaban sobre el pavimento. Su cuerpo chocó contra la ventana. Deteniéndose y agarrándose al marco pudo evitar caer. El cuello le dolía y le costaba trabajo respirar. Tuvo que ponerse de puntillas sobre los dedos de los pies, debido al empuje de la cuerda. Por un momento temió por su vida, creyendo que iba a morir ahorcada.

Pero la presión no aumentó, simplemente se mantenía constante, obligándola a permanecer en aquella incómoda postura. El cuello tirante, el collar que se le clavaba en la piel…
Él no quería hacerle daño, ella comprendió que sólo quería tenerla cerca. Que en el fondo era un hombre asustado y que esa era su manera de decirlo. Una manera bastante estúpida, por cierto. Ella hizo un esfuerzo por mantenerse así quieta, por intentar comprender lo que él trataba de decirle. Pero terminó por desesperarse e hizo algo de lo que después se arrepintió. No podía aguantar más en aquella postura.

El asunto de la cuerda le empezó a parecer una gilipollez y la cobardía de aquel hombre la estaba cansando. Acercando como pudo la mano a una mesa de cocina próxima, cogió un cuchillo y con grandes esfuerzos consiguió cortar la cuerda. Cuando se dio cuenta de lo que acababa de hacer era demasiado tarde. La cuerda cortada ascendió por el muro hacia arriba como un animal herido. Ella se sentó agotada sobre el suelo de la cocina.

Aquella cuerda los había mantenido unidos durante meses y había creado un vínculo entre ellos, único. Algo que ella jamás antes había experimentado. Ahora ese vínculo se había roto. Ella lo había roto. Y sabía que lo perdería para siempre. Buscó desesperada el sobre número veinte. Estaba en blanco, no había nada escrito. Aquella fue la noche más triste de toda su vida.

Pasó el tiempo. Una tarde que volvía a casa después del trabajo, lo avistó a lo lejos, en una cafetería. Estaba sentado junto a una ventana. Ella vio cómo su amado le sonreía y le hacía señas para que entrase y se sentara junto a él. Aquella misma noche, la cuerda volvió a deslizarse hasta su ventana, pero sin el collar de cuero rojo, que ella había seguido llevando en su cuello cada día.

Volvió a atar la cuerda a su collar y entonces… Entonces todo fue diferente.

Texto: Lazare – ilustraciones: Domo

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