LA CITA

Los pisos parecían volar dentro de aquel ascensor. Mi impaciencia se mezclaba con una pequeña dosis de miedo, que para ser franco iba aumentando a la vez que se acortaba la distancia que me separaba de ella. No la conocía, y eso aumentaba más la incertidumbre. Realmente cuando comencé a comunicarme con ella por Internet, nunca imaginé que llegaría a concertar una cita para llevar a la práctica mi sumisión. ¡SUMISIÓN! ¡Dios qué raro suena esa palabra!  Las dudas me asaltaban. Nunca había engañado a mi mujer, y en cierta forma,  esto no lo consideraba una infidelidad. Miré el reloj. Faltaba cinco minutos. Respiré hondo al salir del ascensor, hoy me sobraba tiempo. Hace tres semanas, me retrasé y cuando llegué ya se había marchado, me costó todo éste tiempo mostrarle mi arrepentimiento, y convencerla de que me diera otra oportunidad.

Cuando llegué a la puerta vi un sobre con mi nombre pegado bajo el número de la habitación, con gran nerviosismo lo abrí.  Dentro había una lista de instrucciones que debía observar y cumplir con rigurosa exactitud. En aquella nota me manifestaba su enfado por el plantón anterior, por lo que ésta cita sería únicamente una sesión de castigo, en la que yo dejaba de tener ningún derecho.  Me daba opción a no entrar, en cuyo caso jamás volveríamos a hablar, pero si decidía entrar, sería con una entrega total y sin reservas. Yo miré el largo pasillo que me llevaba al ascensor. Una extraña mezcla de miedo y emoción me envolvió. Tuve la intención de alejarme de allí, pero no se por qué extraña razón, mis músculos no me obedecían. El insistente sonido de la alarma de mi reloj, me sacó de aquel aletargamiento. Era la hora. Mi mano como olvidándose de mis deseos – o mejor dicho guiada por unos más escondidos en mi mente- introdujo la tarjeta en la cerradura. En unos segundos, la puerta se abrió.

Dentro estaba casi en penumbra. Las cortinas cerradas casi por completo, no dejaban pasar más que una pequeña porción de luz. Mis ojos tardaron unos instantes en acostumbrarse a aquella oscuridad. Ella estaba sentada en un sillón de espalda a la ventana, por lo que no podía verle la cara, solo la silueta se dibujaba en medio de aquel minúsculo haz de luz que se filtraba por las cortinas.fet

Comencé a desvestirme como me había indicado, dejé únicamente mis slips, después me arrodillé y recorrí los escasos metros que me separaban de ella, con la mirada fija al suelo. Cuando llegué a su lado, besé sus pies que estaban enfundados en unos zapatos de tacón. Su piel era suave. Pude sentir su calidez, ya que no llevaba medias. Durante largos minutos besé y lamí sus pies. Después recosté mi cabeza en su regazo, y comencé a suplicarle perdón por mi falta de respeto. Tal y como ella me exigía, aunque para ser sincero yo también deseaba mostrarle toda mi entrega. El único límite que deseaba mantener era el del sexo, no deseaba serle infiel a mi esposa, por lo que en mi interior rogaba que aquella mujer a la que estaba entregando toda mi voluntad, no quisiera también mi corazón. Durante nuestras charlas en Internet, eso había quedado claro, pero debido a su cambio de idea en cuanto a mis límites, no sabía qué pensaba hacer.

Ella no parecía no tener intención de moverse, y yo seguía buscando palabras para expresarle mi entrega. Ella mientras me acaricia el pelo, y en ocasiones baja su mano por mi espalda. Sus manos estaban enfundadas en guantes de cuero. El tacto al acariciarme era áspero. Como si llevara algo en las palmas, después entendería lo que era. Después de un tiempo sin determinar, aquella calma se rompió de improviso. Su mano tiró de mi pelo con brusquedad. Intenté ver su rostro, pero no alcancé distinguirla debido a la luz que entraba por la ventana a su espalda, que me obligó a cerrar los ojos. Ella me abofeteó repetidas veces con suma dureza. Una y otra vez me cruzó la cara provocándome un intenso dolor, ya que la zona áspera del guante amplificaba el mismo. No se cuántas bofetadas me daría, ya que al llegar a diez perdí la cuenta. Noté que mi labio se había roto, y un pequeño hilo de sangre brotaba de la herida. Ella se detuvo. Con una increíble ternura, acarició la zona castigada. Después colocó sobre mis ojos un antifaz negro que me sumió en una oscuridad absoluta.  Sentí un leve tintineo metálico. Después un agudo dolor en mis pezones provocado por las pinzas que colocó en ellos.  Tras unos instantes, ella tiró de las cadenas, yo no pude reprimir un quejido, que rápidamente fue castigado con una bofetada. Nuevamente tiró de mis cadenas. Después de una docena de aquellas cachetadas en mi cara, las mejillas me ardían en gran manera, aunque dejé de quejarme por el dolor de mis pezones.  Realmente no se, si era por el miedo al castigo, o porque la zona ya estaba insensibilizada. Tras unos tirones sin que emitiera yo ninguna queja, ella me acarició las mejillas, y dejó un leve beso en mis labios. Después ella tiró de mi pelo, obligándome a incorporarme.

Fue en ese momento, cuando me dí cuenta de mi tremenda erección. Aquel castigo inicial había despertado un sinfín de emociones. Ella tiró de mi, hasta inclinarme en su regazo. Estaba siendo humillado, tratado como un nene y aquello me excitó aún más. Ella me colocó de tal forma, que mis manos y mis pies carecían de ningún tipo de apoyo a parte del suelo, por lo que tenía que hacer verdaderos esfuerzos por mantener el equilibrio. Sin demora, ella comenzó a golpear mis nalgas. Los golpes eran duros desde el primer momento. No cabía la menor duda que estaba enfadada, y aquel era un verdadero castigo. Pronto el dolor fue más agudo, y la fina tela de los slips no aliviaba en nada. Tras un severo castigo, se detuvo. Su mano tiró de la prenda hasta que llegó a los muslos. Durante unos minutos, acarició y masajeó mis nalgas que ya estaban enrojecidas. Yo le agradecía el castigo, y le mostraba mi arrepentimiento, aunque no fue suficiente para evitar que su mano volviera a batirse sobre mis nalgas. Aquella segunda azotaina me hizo comenzar a llorar y suplicar como un colegial. Aquel guante reforzado me estaba machacando el trasero, ya que ella me golpeaba sin ninguna piedad. En ocasiones se detenía para acariciar mis nalgas, las palpaba y  tocaba viendo el efecto del castigo, para retomar después el ritmo, y golpear en la zona menos castigada, a fin de que todo el trasero recibiera el mismo tratamiento. Las palmadas caían sin descanso. Una docena de azotes aquí, otra allá, desde la parte más alta de mis muslos hasta el final del trasero no dejó ni un solo milímetro de piel sin castigar.

Yo hacía verdaderos esfuerzos por controlar mi llanto, que para entonces era abundante, además reprimir la eyaculación, ya que aquel severo castigo junto al roce de mi pene con sus muslos, me estaban volviendo loco. Al final de detuvo. Yo permanecí sobre su regazo sollozando. Tras unos minutos, me empujó al suelo, y mis manos inmediatamente fueron a proteger la zona castigada. Ella se levantó. La oí alejarse. Sus pasos iban y venían. Tras algunos minutos regresó. Me ayudó a levantar. Con movimientos lentos, me colocó un cinturón que dejaba mis nalgas descubiertas, pero mi pene quedaba presionado. Después llevándome las manos a la espalda me colocó unas esposas. Jugueteó con mis pezones. Mi erección aumentó, provocñandome un agudo dolor que se mezcló con la sorpresa. Ella emitió una ligera sorpresa. Las púas de aquel cinturón de castidad, castigaba mi  miembro sin ninguna compasión.  Ella me abofeteó nuevamente las mejillas, y me colocó una mordaza.sesion-04-javier-copia

Ella me condujo a empujones hasta la alcoba. Después dejó caer cera caliente y sobre  mis nalgas y mi espalda, el dolor era agudo. El calor de la cera castigaba mucho más mi ya dolorido trasero. Durante largo tiempo, cubrió todo mi cuerpo con aquella cera. Al finalizar, oí un zumbido que cortaba el aire. Me encogí intentando protegerme. Ella se acercó a mi, soltó mis muñecas, sujetándolas en cruz, a las barras de la cama. Después se alejó. Nuevamente el zumbido cruzó el aire, pero esta vez, el golpe si impactó en mi piel. Aquel látigo de nueve colas iba golpeando mi piel, haciendo saltar las escamas de cera ya seca. Sin ninguna compasión, ella me azotó sin escatimar fuerzas. Yo lloraba y gritaba, aunque los gritos se ahogaban sin llegar a salir. Estaba dolorido y sudoroso, mientras que a mi verduga no le afloraba el más mínimo atisbo de piedad. Sin embargo, con cada golpe algo en mi interior se iba entregando más a ella. Mi voluntad estaba cada vez más subyugada a la suya, y nacía entre nosotros un vínculo de complicidad.

Ella se acercó. Acarició cada rincón de mi piel. Salió de la habitación. Un refrescante murmullo de agua venía del baño. La oí acercarse de nuevo. Sus manos ya sin guantes, me acariciaron. Con delicadeza sacó las pinzas de  mis pezones. Después me liberó del cinturón, Mis manos quedaron libres. Ella tiró de mi. Entramos en el baño. Me ayudó a entrar en agua tibia que relajó cada uno de mis músculos. Con una esponja limpió mi cuerpo. Una suave somnolencia me embargó. Después secó mi cuerpo y me devolvió al dormitorio. Me empujó hasta la cama. Me liberó de la mordaza, y comenzó a acariciar mi miembro. Cuando estuvo en plenitud, ella se puso encima. Yo estaba confuso, a punto de abandonarme totalmente, pero en medio de aquella oscuridad, recobré la conciencia de mi mismo.

– ¡No! – Musité mientras la apartaba de mi.- ¡Amo, a mi mujer Ama! ¡No puedo hacerle esto!

Ella se incorporó, me abofeteó repetidas veces, después salió del dormitorio. Yo la oí moverse con rapidez en el otro cuarto. ¡Estaba recogiendo cosas! Me levanté. Salí como pude tropezando con algunos muebles. Me arrastré hasta ella, suplicándole que no se marchara, que me entendiera. Me abracé a sus piernas, besé sus zapatos. Lloré como jamás lo había hecho. Ya que había encontrado una pequeña porción de mi paraíso particular, y ahora me encontraba en el borde de un precipicio. A punto de perderlo todo. No quería renunciar al amargo placer de la sumisión, aunque tampoco deseaba perder a mi esposa.

No sé cuánto tiempo pasé suplicando. Ella se descalzó. Una tremenda patada fue directa a mi estómago. Yo me cubrí. Ella me volvió a golpear, pero esta vez en mi trasero. Su pie desnudo me golpeaba una y otra vez. Después me empujó hacia el dormitorio. Yo gateaba mientras ella me daba patadas. Con calma pero con contundencia. Sin prisas. Yo comprendí que había vuelto, y tras unos pasos me paraba, hasta recibir otro castigo. El camino al dormitorio se hizo eterno. Una vez allí, Ella me encadenó al radiador. Y golpeó mi cuerpo con una vara. El dolor era agudo. Yo sentía su ira en cada golpe. La vara rompió lentamente mi piel en varios sitios, y yo podía sentir como la sangre corría por mi cuerpo. La vara se rompió. Ella me soltó y me colocó en la cama. Con mucha delicadeza, limpió mis heridas, y me extendió una crema que refrescó mi castigado cuerpo. Aquel masaje iba cargado de ternura. Al finalizar, me bajó de la cama, y me encadenó a una de las patas. La oí acostarse. Yo tardé en dormir, estaba dolorido pero excitadísimo. Oía la respiración de mi AMA. Yo era suyo y eso me hacía feliz. Durante la noche soñé con aquella mujer a la que pertenecía mi cuerpo, y también con mi esposa, a la que le reservaba mi alma y mi corazón.

La mañana llegó rápidamente. Una patada de mi AMA me despertó. La oí recoger todo. Se dio un baño y se sentó a mi lado. Tras un tiempo que no soy capaz de determinar permaneció en silencio, acariciando mi cabeza que yo había reclinado en su regazo como el primer día, aunque ahora las palabras ya no hacían falta. Ella sabía que le pertenecía, y yo no deseaba otra cosa que sentir sus caricias, aunque fuera dolorosas. Ella me colocó de rodillas entre sus piernas. Acarició mis mejillas. Comenzó a quitarme el antifaz que había llevado todo este tiempo. La emoción creció en mi corazón. Al fin vería el rostro de mi Ama. La luz golpeó con dureza mis ojos, acostumbrados ya a aquella oscuridad. Tardé en enfocar bien la imagen. ¡No lo podía creer! ¡Era hermosa! Estaba radiante con su melena pelirroja cayendo por sus hombros. Sus ojos irradiaban felicidad. Yo estaba aturdido, no podía creer ver tanta belleza.

– ¡Hola mi vida! -Me dijo mi esposa mientras me besaba en los labios.-

– ¡Mi Ama…! -Alcancé a decir.-

– ¡Si! Ahora sé que tu entrega es total. ¡Eres mío! ¡Mi esposo! ¡Mi esclavo!

Autor: Carta de un Lector remitida a la Revista Tacones Altos.

Fotografía: Tentesion.

 

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