LA CENA

Es sábado por la noche y estoy en casa tirada, sin nada mejor que hacer que mirar un aburrido documental sobre los anfibios, cuando suena el teléfono. Es él, su voz me paraliza y me estremece, pues la noto rara, extraña, como si yo hubiera cometido alguna falta. Sólo una frase:

– Arréglate, tenemos amigos a cenar.

Conozco estas cenas, con cuatro o cinco amigos intelectuales hablando únicamente de sus cosas, cada uno a su rollo. Ya sé lo que me espera, una cena aburrida e inacabable.

Preparo algo de comer, unos canapés, un poco de embutido, cuatro tonterías calientes. Pongo el vino a refrescar. Me ha dicho que el postre lo traería él. La mesa está correcta, con todo en su sitio, y me voy bañar. Me introduzco en el agua caliente, llena de espuma, y me relajo. Será una noche larga. Oigo la puerta. Él entra en el baño y me mira.

– La ropa la tienes sobre la cama, no tardes mucho – dice.

Me ha preparado un vestido negro, abierto por 105 lados Y con un gran escote en la espalda, sin ropa interior. Pienso que vaya una forma de malgastar un vestido; total, para lo que tenemos que hacer, ya sirven unos tejanos y un jersey. Me calzo los zapatos de tacón y me pinto un poco. Estoy a punto para ir a un cóctel, pero me tengo que quedar en casa y no me apetece nada.

Los amigos van llegando. Charlan en el salón y yo me miro en el espejo, vaya desentonar, pero, si él me quiere ver así, no seré yo la que se resista. Entro en el salón, todos se me quedan mirando y se oye algún que otro comentario jocoso; no estoy de humor, pero da igual. Nos sentamos a la mesa. Ellos siguen con su charla y yo me siento la persona más olvidade del mundo, sola, sentada con cinco hombres que no me hacen ni caso. Voy sirviendo y recogiendo. De momento nadie me ha dirigido la palabra. Me encuentro a kilómetros del lugar en mis pensamientos, repasando la cantidad de cosas que tengo pendientes para el lunes en el trabajo. Y de pronto oigo su voz.

– Siéntate a mi lado, abierta de piernas – me ordena.

Me estremezco, avergonzada de que todos estén mirándome, pero obedezco y me siento a su lado con las piernas abiertas. Él me arremanga el vestido y me expone ofrecida a todos, empieza a acariciarme y reanudan su conversación. Me está excitando, pero nadie repara en mí, con el sentimiento de encontrarme vacía, olvidada, turbada. No entiendo qué pasa, no es normal que cinco hombres tengan a una mujer a escasos metros de ellos y no le dirijan ni una mirada. Estoy excitada.

– Vete a buscar una brocha, espuma y una cuchilla de afeitar -me dice.

Me levanto, me pongo bien el vestido y vaya por ello. No sé lo que pretende, pero no me gusta. Regreso, rne siento otra vez y oigo que él le pide a uno de los amigos que me rasure el sexo. Me siento mal, me siento utilizada y olvidada, pero me excito. Labrocha húrteda, la espuma fría y el miedo a la cuchilla me ponen a mil. Cuando termina, lo deja todo y sigue con la conversación, como si sólo lo hubiera hecho como un favor, sin apetecerle en absoluto.

Me oMdan otra vez, por espacio de una hora, y yo me siento ridícula, expuesta, abierta de piernas y con mi sexo depilado; ni una mirada, ni un comentario, nada. Necesito gritarles, llamar su atención, que me atiendan, que me toquen, que me hagan algo; pero sé que no debo.

Mi mente está a punto de estallar y deseo levantarme, irme a la cama, esconderme en un rincón; pero sé que no debo. Ahora él me ordena que me desnude. Le miro con ojos de rabia, yo no puedo hacer eso, no podría ya mirarlos a la cara, pues todos son amigos nuestros, nos vemos muy a menudo y uno de ellos hasta trabaja en una empresa con la cual tenemos tratos, y he estado en casa de los otros, conozco a las esposas y a los niños; cómo podré volver a la normalidad sin turbarme, cómo voy a saludar a sus esposas sin ruborizame … Pero obedezco, porque sé que no tengo otra salida. Él me tumba encima de la mesa. Se ponen a discutir una partida estratégica de guerra simulada, en la que yo soy su campo de batalla. Van a utilizarme para sus ataques y retiradas, pero no como mujer. Colocan un hielo entre mis pechos y nata en los pezones, en lo que será la zona montañosa, vierten un poco de cera azul en mi sexo y me excitan con su lengua, pues lo quieren ver húmedo para que sea el mar.No me puedo mover, ya que si se cae una sola figurita seré castigada, así que intento permanecer lo más quieta posible, aunque me es difícil, porque el hielo quema y lacera está muy caliente. Estoy asustada, no sé qué va a pasar.

Me vendan los ojos y con ello pierdo el último control que me quedaba. Temo que no vaya poder resistirlo. Siento en mi pecho un pellizco insistente, no sé con qué, mientras intenta penetrarme algo que no se trata de ningún sexo, sino de un objeto frío, muy frío. Quiero irme de aquí y a la vez me encuentro excitada, con mil manos recorriéndome el cuerpo, moviendo figuritas, pero que no me tocan sólo a mí. Continúan jugando, pues oigo los gritos y las exclamaciones, están metidos en el juego y yo no soy más que su campo de batalla. Algo muy caliente cae en mi estomago y quiero gritar, pero seguro que entonces alguna figurita se caerá, ya que casi no me es posible ni respirar, porque cada vez las noto en sitios con más facilidad de caerse. Y por fin oigo un grito de «hemos ganado» y una sensación de alivio me recorre todo el cuerpo: ahora estarán por mí,para bien o para mal, pero al menos me harán caso.

Me quitan todo lo que llevo encima, menos la venda, y noto que unos brazos me levantan. Yo me dejo hacer,excitada al máximo, pero vuelven a dejarme sobre la mesa. Algo frío se cierra en mis muñecas: me han esposado a las patas de la mesa. Me obligan a abrir la boca. De nuevo estoy asustada, no sé qué me van a hacer, me siento turbada y quiero escapar. Una gota de algo dulzón se introduce hasta mi garganta. Me agrada, disfruto, me relamo y alguien dice que tengo cara de vicio. Un sabor amargo sustituye a dulce, un sabor que se me hace insoportable, pero me obligan a aceptarlo. Estoy más que arrepentida de que hayan terminado la partida. Me hacen cosquillas, que no aguanto, y al mismo tiempo unos dedos exploran mi sexo y otras manos me acarician el culo, y yo tiemblo y pierdo el sentido, descontrolada, pues son demasiadas sensaciones en el mismo instante. Algo dulzón y al tiempo amargo es introducido en mi boca con una cucharilla, sé lo que es y no me gusta, quiero escupirlo, pero me cierran la boca y me tapan la nariz, y no me queda más remedio que tragármelo, lo que me provoca una arcada. Algo helado recorre mi cuerpo, y poco a poco pasa de una sensación de frío a algo ardiente, quema.

Un pene me penetra el coño mientras unos dedos hurgan en mi culo. Todos están participando, cada uno de ellos, en una parte de mi cuerpo: los pechos, el estómago, el rostro, el cabello … y de repente se detienen. ¿Qué ha pasado? Estoy temblando, quiero más. Pero ellos se alejan y vuelven a hablar de sus cosas. Me muevo, intento llegar al orgasmo por mí misma, pero no lo consigo. Debo de estar dando una imagen patética, atada y tumbada encima de la mesa, moviéndome todo lo posible en el intento de correrme, porque es que lo necesito, y en mi interior estoy gritando que, por favor, no me dejen así,que sigan. Uno parece apiadarse de mí y me introduce unos consoladores, que no hacen sino excitarme más.

Les oigo despedirse, se marchan y él enciende el televisor. Estoy exhausta, borracha de pasión y lujuria, pero él pasa de mí, me olvida. De vez en cuando se acerca, me acaricia, mueve algún consolador, me pellizca, deja algún cubito de hielo derretirse lentamente, advirtiéndome que no debo dejar que se caiga, me da algún cachete … pero yo necesito más, mucho más. Poco a poco mis ganas se adormecen, se van aplacando, mi estado de excitación decrece. He llegado a un punto en que ya no puedo más, me encuentro fatigada, todo me da igual y ya no reacciono. Es entonces cuando él me desata, me retira la venda de los ojos, me abraza con ternura y me hace el amor de la forma más maravillosa en que nadie me lo ha hecho nunca.

Autor: Miss Luna.

Ilustración: Antoni Payá.

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