FEMDONIA

Ramón era un hombre de mediana edad y estaba muy contento por haber aprobado unas oposiciones en Femdonia. Trabajaría de Ordenanza (lo máximo a lo que podía aspirar un hombre en aquella ciudad).

Era un trabajo seguro, cómodo y relativamente bien pagado; su compañera y jefa se llama Pepi, es un par de años mayor que él, es una mujer resultona, pelo rizado, morena, ojos verdes,  un poco más baja que él, y como muchas mujeres en Femdonia, siempre consigue lo que se propone.

La relación entre ellos era muy buena. Aunque la jefa era ella, no lo demostraba en el día a día, si bien es cierto que Ramón se mostraba siempre solícito para hacer todo tipo de trabajo tanto el que le correspondía a él como el que le pudiera corresponder a su compañera, digamos que la trataba como a una reina, era como una regla no escrita que se practicaba en toda la ciudad, pero que él hacía de muy buena gana.

Cuando aún no llevaba seis meses en aquel puesto de trabajo a Ramón le cambiaron el turno, y debía trabajar por la tarde. Fue un duro revés, porque lo iban a separar de su compañera y jefa de la cual empezaba a enamorarse, le gustaba la seriedad de Pepi, su suficiencia, su diligencia, de la forma tan ordenada y disciplinada en que hacía todas las tareas propias de aquel Centro Municipal en el que se hacían todo tipo de trámites, y porqué no decirlo también le gustaba su físico, muy bien proporcionada, todo muy bien puesto.

A partir de ahora él entraría a las 14:30 y Pepi saldría a esa misma hora, es decir uno le daba el relevo a la otra y hasta que uno no llegara, la otra no se podía ir. Ramón solía estar diez o quince minutos antes todos los días, su jefa le daba las novedades y alguna leve instrucción y se despedían hasta el día siguiente. Uno de aquellos días a Ramón se le hizo tarde, llegó a las 14:36, la cara de Pepi  era de pocos  amigos.

—Lo siento much…

—No, no lo sientas, tu hora de entrar es a las dos y media ya lo sabes, la próxima vez que me hagas esperar, te lo explicaré en el archivo ¿Entendido?

—Si Pepi.

A Ramón no le salían las palabras del cuerpo, se puso rojo como un tomate, se avergonzó de aquella falta, pero a la vez también le excitó, su cuerpo reaccionó con una leve erección al oir la palabra archivo. Cuando entró a trabajar, Pepi le explicó que cualquier acto de indisciplina o  cualquier error, ella misma se encargaría de castigarlo en el archivo, y el castigo consistía en una severa azotaina, Ramón había oído que Pepi en este aspecto era temible.

Quiso la mala suerte que quince días más tarde de aquel incidente, Ramón volviera a llegar tarde, fue por culpa de un accidente de tráfico, pero eso era lo de menos. Cuando llegó a su centro de trabajo, encontró a Pepi sentada en su lugar habitual, miró la hora en su reloj de muñeca, echó hacia atrás su sillón con ruedas, se levantó y se dirigió hacia un armario metálico, lo abrió y cogió la llave del archivo, se dirigió hacia la puerta de salida del despacho que compartían, y mirando a su compañero y subordinado a través de una cristalera le dijo:

—No entres, vamos al archivo ¡¡ya sabes a qué!!

Atravesaron un hall donde no había mucha gente, y al extremo opuesto a su despacho o conserjería estaba el archivo, Pepi abrió la puerta con la llave y le dijo con la mirada a su compañero, pasa, éste pasó rápido, alguna gente los miraba, o eso pensaba él, pensaba que todas las miradas se clavaban en ellos dos.

Entró al archivo muerto de vergüenza, y detrás su jefa, que cerró con llave y se la guardó en el bolsillo de su minifalda vaquera. El habitáculo era pequeño, como de 20 metros cuadrados, lleno de archivadores, también había un pequeño armario y una mesa de colegio. Pepi abrió uno de los cajones del pequeño armario y sacó una zapatilla. En la cara de Ramón no cabía más asombro, se quedó literalmente boquiabierto, se imaginaba unos azotes, pero nunca pasó por su cabeza la idea de que la azotaina iba a ser con zapatilla, era una zapatilla de casa normal, color granate, de felpa, con pequeños adornos en el empeine, la suela era de goma, casi del mismo color que la propia zapatilla pero más clarito, Ramón supo inmediatamente que aquella zapatilla era de las que picaba, de las que dolían con ganas, tenía mucha experiencia en aquellos temas, de niño y adolescente había recibido numerosas tundas con la zapatilla de su madre, de su tía e incluso de su hermana, y nada más ver una zapatilla sabía lo que supondría para su trasero, y aquella tenía una pinta nada halagüeña para sus pobres posaderas.

Pepi sacó la zapatilla, la agarró con la mano derecha, y empezó a darse golpecitos sobre su mano izquierda, más que golpes eran caricias, parecía que disfrutaba con su tacto.

—¡¡¡Bájate los pantalones!!!

—…

—¿No me has oído? Bájate los pantalones y apóyate en esa mesa.

—Sí, sí, ya voy.

Una vez que se colocó doblado sobre la mesa, Ramón miró a su jefa que le devolvió la mirada, fue una mirada fría, pero con un brillo especial. Sin más preámbulos comenzó la zurra, PLASSSSSSSSSSSSS, PLASSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSS, caía la zapatilla una vez en cada nalga, los zapatillazos sin ser muy  fuertes, no eran en absoluto de broma, además el sonido era tremendo e inconfundible, cualquiera que estuviera fuera prestando un poco de atención sabría lo que estaba ocurriendo allí, así continúo la cosa hasta los 30 azotes aproximadamente, entonces…

—Que sea la última vez que vienes tarde ¿Me has oído?

—Sí Señora.

Lo de “sí señora” le salió a Ramón del alma y a Pepi le gustó mucho, se sintió aún más poderosa, entonces no sabemos si alterada por esa circunstancia o porque realmente tenía pensado continuar, prosiguió con la azotaina, pero ahora de forma más enérgica.

—A partir de ahora… PLASSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSSS, cualquier falta, cualquier indisciplina… PLASSSSSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSSSSSS (los zapatillazos ahora sí eran realmente duros, Pepi se ponía de puntillas para dar cada uno de ellos como para impulsarse) será castigada con esto… PLASSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSSSSS. ¿ESTAMOS?

—Sí Señora ¡¡auuuuuuu!! Lo siento.

—PLASSSSSSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSSS, y da gracias a que no te mando bajarte los calzoncillos… PLASSSSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSS, pero la próxima vez será a culo destapao, no… PLASSSSSSSSSSSS, lo… PLASSSSSSSSSSSSSSSSSSSS, olvides… PLASSSSSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSSSSSSSS, -a Pepi le gustaba alternar cada zapatillazo con las duras reprimendas, y cuando estaba muy enfadada, alternaba sílaba con zapatillazo.

—Sí, sí Señora ¡auuuuuuuuuuuu!

Las lágrimas le caían a Ramón desde hacía un buen rato, pero intuía que a su jefa no le gustaban, y por eso lloraba en silencio.

– PLASSSSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSSSSSS ¿Estás llorando Ramón?

—Lo siento Señora.

—PLASSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSSSSSSS ¡Contéstame cuando te pregunte, Ramón!

—¡Auuuuuuuuuuuuuuu, ayyy! Sí Señora, lo siento Señora si estoy llorando, lo siento mucho.

—PLASSSSSSSSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSSSSSS, ¿Y por qué lo sientes?

—¡AUUUUU! Lo siento Señora, no lo sé, pensaba que no le gustaría a usted que llorara—, sniff.

—Levanta.

Ramón se levantó de la mesa en la que estaba doblado, fue entonces cuando se dio cuenta de su erección, de sus slips blancos sobresalía un paquete que a Pepi le pareció muy pero que muy apetitoso, tanto, que de manera inconsciente se pasó la lengua por la comisura de los labios, miraba el paquete y miraba a Ramón a la cara, que por cierto la tenía roja como la grana, debido al sofocón de la azotaina, y también ahora debido al desasosiego que le producía su tremenda erección, la reacción de Pepi fue soltar varios zapatillazos que cayeron en el culo y en los muslos.

—PLASSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSSSSSSS ¿Se puede saber qué significa esto? PLASSSSSSSSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSS, ¡¡¡CONTESTAMÉ!!! PLASSSSSSSSSSSS PLASSSSSSSSSSSS  PLASSSSSSSSSSSSS…

Estos zapatillazos sí que dolieron, además el ruido fue descomunal, Ramón estaba seguro de que se oían no sólo en el hall sino en los tres pisos que tenía el edificio, apenas se podía mantener quieto, daba saltitos a cada azotazo, eran saltitos porque no quería moverse, pero de buena gana hubiera saltado como un cabritillo y hubiera gritado como un condenado, pero sin embargo sólo sollozaba con algún chillido que se escapaba, y daba saltitos contenidos para no enfadar más a su jefa.

De pronto cesó la paliza y Pepi agarró por sorpresa el paquete de su compañero, lo sobó, lo manoseó, y le calvó las uñas, aunque sin hacer nada de daño, todo lo contrario, la excitación y la erección fueron en aumento.

—¿Te gusta que te pegue?

Fue una pregunta mitad sensual, mitad severa, además se la hizo sin soltar el paquete y mirando muy muy cerca a Ramón, tanto que éste pudo sentir y oler el aliento de su jefa, apenas los separaban cinco centímetros, ella lo miraba con sus penetrantes ojos verdes, como no obtuvo respuesta, ahora sí dio un buen apretón a lo que tenía en su mano izquierda mientras que con la derecha le dio otros dos enormes zapatillazos que sorprendieron tanto a su compañero y subordinado de trabajo que éste dio un grito diciendo:

—SÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍ.

Entre los azotes y el apretón, el dolor ahora sÍ que fue intenso de verdad.

—Muy bién, ya hablaremos tú y yo de esto, ahora bésala.

Pepi puso la zapatilla en la boca de Ramón y este beso la zapatilla con auténtica devoción, la suela, el empeine, todo. Cuando acabó de besarla vio como su adorada jefa le pasó la zapatilla por la cara con el empeine de felpa, muy suave al tacto y le secaba las lágrimas. Cuando acabó, le dijo:

—Súbete los pantalones.

Pepi se dirigió de nuevo al armario, abrió el cajón y guardó allí su zapatilla mientras el pobre Ramón se subía con muchas dificultades los pantalones vaqueros, le ardían los muslos y sobre todo las nalgas, se recompuso como pudo la ropa y se volvió a secar los ojos.

—¿Listo?

—Sí.

Pepi abrió la puerta de nuevo con su llave, salió y detrás lo hizo Ramón que esperó respetuosamente a que su jefa cerrara la puerta de nuevo con la llave y emprendiera el camino hacia el espacio de trabajo que compartían ambos.

En el trayecto, a Ramón le pareció que todo el mundo se paraba y los miraba e incluso cuchicheaban, pero curiosamente no le importó, al contrario, estaba orgulloso de que los vincularan, aunque el vínculo fuera que ella lo castigaba a él.

Llegaron a su despacho y tras guardar la llave del archivo en su lugar correspondiente, Pepi cogió su bolso y le dijo a su subordinado:

—¡Mira qué hora se me ha hecho!

—Lo siento de veras.

—Cuídame esto…¡Hasta mañana!!

De nuevo Ramón se quedó boquiabierto cuando Pepi le agarró de nuevo sus partes, esta vez en una zona donde los podría haber visto cualquiera.

—Has… Hasta mañana.

Ramón se dispuso a sentarse, pero en cuanto rozó la silla, vió las estrellas y se levantó como un resorte, en ese momento pasó por allí una administrativa que trabajaba junto al archivo y a buen seguro había oído algo de la tunda recibida y le dijo con cierta sorna:

—Duele ¿Eh? Jajaja, menuda es la Pepi, hoy no creo que te puedas sentar mucho. Jajaja.

Continuará…

Autor: Slipper2013

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