FEMDONIA – LA CASA RURAL

Unos días después del último incidente, Pepi organizó un fin de semana en una casa rural de montaña cerca de una pequeña ciudad, era perfecta para desconectar un poco de la rutina, hacer un poco de senderismo y también algo de turismo urbano.

 La casa era espectacular, cabían unas 12 personas, pero sólo íbamos a ir 4, Pepi y sus hijos, Nadia y Juan, y yo. Era como una escapada de una familia convencional, Pepi quería dar normalidad a nuestra relación, y que sus hijos  me empezaran a ver como parte de la familia.

 Nadia, era la hija mayor, estudiaba en la Universidad y veía divertida nuestra relación, siempre le parecí simpático, y desde el principio me aceptó sin problemas. Ella desde niña fue una chica independiente, estudiosa, pero también bastante mandona, sobre todo con su hermano, que por otra parte era con el único que podía claro, le gustaba mandarle desde que eran niños, y le gustaba que la obedeciera, el pobre chaval estaba acostumbrado a obedecer, tanto a su madre como a su hermana, él era más débil de carácter, y además no le quedaba otra, su madre le había inculcado la obediencia desde bien niño a base de disciplina. En el mundo donde vivíamos la mujer mandaba y el hombre obedecía, y cuanto antes lo supiera mejor, así que el pobre chaval conocía su sitio, y cada vez que se equivocaba su madre se lo “explicaba” y normalmente lo hacía con la zapatilla, para que no le quedaran muchas dudas al respecto.

Nadia también le pegaba, casi como imitación a su madre, le pegaba también con su zapatilla desde que eran unos críos, después se le pasaron esas ganas, y ya próxima a la mayoría de edad empezó otra vez a tomarle el gusto, pero  cuando fue a cogerle el gustillo se tuvo que ir a la universidad, y como se fue lejos de casa, pues ya no hubo tantas oportunidades, pero en este viaje se iba a desquitar.

—Guauuuuuuuuuuu, que chulada de casa, es enorme mamá— dijo Nadia.

—¿Has visto? ya te lo decía yo, es como en las fotos, una maravilla.

—Me encanta, de verdad, ¡¡que bonita!!

Todos echaron un vistazo por las habitaciones de la casa, curioseando  por aquí y por allá, hasta que Pepi, como siempre, tomó las riendas.

—Bueno, vamos a organizarnos un poco, Nadia tú y tu hermano  a las habitaciones de arriba. Juan sube las maletas y ayuda a tu hermana.

—Mamá yo prefiero dormir aquí abajo, hay por lo menos tres habitaciones.

—¡¡He dicho que arriba!!— dijo  su madre endureciendo el tono.

—Mamá por fa, me gusta más abajo, por favor.( Juan realmente no quería estar con su hermana porque intuía que tendría problemas con ella, y no se equivocaba)

—¡¡Ven aquí, Juan!!

—No mamá no, ya subo ya subo, lo siento, ya subo con las maletas.

—¡¡Ven aquí,  te he dicho!!

El pobre Juan ya se esperaba en el mejor de los casos una buena bofetada de su madre o quizá algo más por no obedecerla a la primera, además de una buena reprimenda, lo esperaba Juan y lo esperaban todos allí. Así que el chaval acudió junto a su madre como un corderito, dispuesto a recibir una reprimenda y muy probablemente algo más.

—¿Cuántas veces te he dicho que me tienes que obedecer a la primera? Mientras le decía esto con tono duro, tenía los brazos en jarras, y su hijo se hacía cada vez más pequeño , esperando el golpe que no terminaba de llegar, apenas se atrevía a mirar a su madre.

—Lo siento de verdad, madre, no volverá a ocurrir, te lo prometo—. Cuando su madre lo abroncaba o lo castigaba Juan le decía madre, como señal de respeto.

—A la más mínima que me vuelvas a hacer, te juro que te pego una paliza que te baldo, ¿estamos?

La amenaza no era ninguna broma, el primero que lo sabía era el pobre Juan, que sabía como se las gastaba su madre, y lo había sufrido en sus propias carnes en innumerables ocasiones.

—Si madre, muchas gracias. Esta vez milagrosamente se había salvado del bofetón o de la azotaina que solía acaecer en estos casos.

—Pues arriba, ayuda a tu hermana, y en 10 minutos salimos, así que ¡¡mueve el culo!!

—Si madre. Y salió disparado escaleras arriba con una maleta y un par de bultos.

El día transcurrió de lo más agradable, lo pasaron en grande como una familia normal, visitando monumentos, y haciendo turismo tanto de naturaleza como de ciudad.

Cuando eran las 8 de la tarde noche alguien dijo de cenar en un burguer, pero Pepi se negó, no le gustaba nada gastar dinero, y prefería cenar en casa, tener a toda su manada junta, en paz y armonía, Juan estuvo a punto de decir algo, porque le apetecía mucho cenar fuera, pero se quedó con la boca abierta, una mirada de su madre fue suficiente para callarlo.

 Al llegar a casa, Pepi propuso, más bien ordenó, que nos ducháramos y después cenaríamos, vi en sus ojos que tenía ganas de “fiesta”, y pronto estuvimos besándonos en el enorme baño mientras nos quitábamos la ropa, fuera nevaba, pero la temperatura en aquel casoplón era cálida y confortable, nos metimos en una bañera enorme redonda, y llena de agua caliente y sales, allí dentro seguimos con los besos , con las caricias, tenía una erección de caballo, quería follar a mi Señora, pero no me dejó, había veces que no me dejaba follarla, para tenerme más sumiso y sobre todo más pendiente de ella, y a fe que lo conseguía, así que se echó sobre la bañera tendida de bocarriba, abrió las piernas, y yo ya supe lo que tenía que hacer, sumergí mi cabeza y sin abrir los ojos, acerté con la cueva sagrada de mi Ama, ella me abrazó con sus piernas por mi espalada y con sus manos me acariciaba el pelo por debajo del agua, abría y cerraba sus muslos en señal de gusto, eso me estimulaba, pero llegó un momento que me asfixiaba y tuve que salir a superficie a tomar aire, la miré y estaba preciosa, en sus ojos estaba el  fuego del deseo, sabía que tendría que satisfacerla como ella se merecía, así que, tomé aire y me sumergí de nuevo, seguí con mi trabajo, ahora con más ahínco todavía, podía notar el sabor de su coño incluso a través del agua, mi lengua trabajaba  a tope, de pronto sentí tirones en mi pelo, sus talones se clavaron en mis riñones, noté un fuerte manotazo en mi espalda, seguido de unos duros y profundos arañazos que me acababan de surcar la espalda, y entonces llegó el néctar, mmmmmmmm adoraba aquel sabor, creo que me estaba haciendo adicto, no fui consciente de que me estaba ahogando, salí del agua tosiendo, casi me ahogo, me puse de color morado, incluso Pepi se asustó un poco, lo que me valió una buena regañina, así era ella, incluso en estas ocasiones, me daba lo mío.

Cuando por fin recuperé la respiración me quedé abrazado sobre el pecho de mi Ama, acariciándola, y besándola tiernamente, después la enjaboné, y le limpié todos sus agujeros como a ella le gustaba. Salimos de la bañera y cuando la estaba secando, le dije.

-—¿Me dejaría mi Ama que le coma el culo?

—Pero… pero, serás vicioso… ven aquí anda, plas plas, toma toma plas plas y toma—. Me dió tres o cuatro azotes con la mano en mi culo aun mojado, pero ambos sabíamos que esos azotitos lo que querían era guerra, así que me arrodillé y le pedí por favor, y ella sin decir nada, sólo mirándome, se dio la vuelta, y se agachó haciendo un ángulo de noventa grados con su cuerpo apoyando sus manos en el borde de la bañera, yo me lancé como un loco, y empecé a besar aquel rotundo culo, era precioso, me encantaba, carnoso, redondo, blanco, luminoso, me atreví a darle un bocadito y ella me dijo

—Muérdeme, muérdemelo bien—. Yo sin pensarlo mucho le di un buen bocado que le dejó mis dientes bien marcados en aquel precioso trasero, ella gimió, y se retorció de placer, así que le abrí bien sus cachetes y metí allí mi nariz, y empecé a pasar mi larga lengua de abajo arriba, cada lametón la estremecía, y aquello me animaba aún más, me di un auténtico festín, los movimientos eran cada vez más frenéticos, hasta que el movimiento del culo de mi Ama era inabarcable, se estremeció y se corrió como un latigazo, dio un gemido casi lastimero, imagino que para evitar que la oyeran sus hijos, y cayó de rodillas sobre la toalla que había junto a la bañera, yo me limitaba a abrazarla por detrás, cuando se recuperó me dio permiso para limpiarle sus flujos con mi boca, lo hice con deleite, y nos dispusimos a vestirnos , los chavales seguro que ya habrían bajado, cuando mi Señora se estaba terminando de secar se vio el mordisco que le di en el culo  a través del espejo y me dijo:

—¿Has visto lo que me has hecho?

—Lo que me ha pedido mi Ama.

—¿Lo que te ha pedido tu Ama? Hummm, esta noche prepárate, que esta te lo va a explicar, pero bien explicado —. (Se refería a la zapatilla que en ese momento se estaba calzando, era una zapatilla azul marino, de felpa, cerrada, con un forro interior rojo, y suela de goma amarilla, pese a ser cerrada se la estaba dejando en chancla, cosa a la que invitaba tanto la temperatura de la casa como la de nuestros cuerpos, para reafirmar su amenaza hizo un movimiento levantando los dedos de los pies muy característico de ella, sobre todo antes de llevar a cabo alguno de sus castigos)  Mi excitación al oír aquella amenaza se tradujo en una erección muy potente, me costó esconderla debajo de los calzoncillos, incluso tras ponerme el pijama se seguía notando aquello, menos mal que la bata de casa que me puse después disimulaba todo aquello, si no me hubiera muerto de vergüenza.

Continuará…

 

Autor: slipper2013

Etiquetas

También puede interesarte...

0 thoughts on “FEMDONIA – LA CASA RURAL”

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.