FEMDOM… ¿POR QUÉ?

La Diosa hizo tanto al hombre como a la mujer. La hembra fue creada superior al macho, tanto en su capacidad de excitar, cautivar e hipnotizar; así como de ser complacida. Esto fue hecho por designio divino, para que así el hombre aprendiese a reverenciar y venerar a la mujer. Y la mujer fue diseñada en modo que ansiase una cercanía que le diese seguridad y una sensación de confianza, con el fin de lograr su satisfacción sexual ideal. Esto también fue intencionado, para que así el macho cultivase su ternura y respeto hacia ella, mejorando de ese modo su habilidad para complacer a la mujer y, por consiguiente, tranquilizar su frágil ego.

Pero los hombres no aprendieron a apreciar tal diseño, ni a aceptarlo. Se provecharon de su superior fuerza, no para servir a la mujer, sino para intimidarla. Hicieron de la mujer un objeto, y se centraron en obtener su propio placer. Los hombres no se sometieron a las mujeres con adoración y reverencia, con lo que su carácter se hubiese hecho más refinado, sino que por el contrario contemplaron a las mujeres con desprecio. Y las etiquetaron con nombres despectivos, nombres más apropiados para los canes que para el pináculo de la creación de la Diosa. Y, demasiado a menudo, tales cosas no las hicieron cono una equivocada aberración, sino como la norma.

Y, eventualmente, fueron muy pocas las mujeres que se dieron cuenta de su naturaleza, posición y habilidades superiores, dado que esas diferencias no eran consideradas como unas ventajas bien diseñadas, sino como signos de frigidez, y conveniente usabilidad. Demasiado muy a menudo el arte de la seducción no fue usado para sinceramente alabar a la mujer, sino para hacerle perder su alta posición, para desflorarla y para hacerla sentirse usada y degradada. ¡Incluso a algunas mujeres se las llegó a convencer, aleccionándolas, de que debían envidiar en grado sumo al hombre y a su pene! (Como si, de no poseer uno, no se pudiese llegar a las más sublimes alturas del éxtasis sexual, ni al relajante gozo que viene después). La satisfacción del hombre se convirtió en el centro de la actividad sexual.

De ese modo los hombres se auto engañaron: llegaron a creer que su fuerza física y su tan fácil poder lograr la satisfacción sexual los hacían superiores a las mujeres, les daba una posición de poder, en lugar de lo que realmente son: inferiores y controlables, que deben adoptar una posición de servidumbre. En su engaño, llegaron a considerar su falo como algo glorioso. No lograron comprender que su pene es más bien algo así como el timón de un barco: un pequeño apéndice que controla y guía al resto del buque… y que sus esposas debían ser sus timoneles.

Por consiguiente, cuando un hombre y una mujer están ambos lo bastante iluminados como para entender su verdadera posición el uno de la otra, sus auténticos roles en el gran esquema general de las cosas, ¿no es muy justo y necesario que el hombre haga penitencia por los pecados de su género, que sufra castigos corporales para expiar los traspiés de su sexo? ¿Acaso debe su Dómina aguardar a que cometa alguna infracción personal, antes de infligirle un castigo corporal y marcarle el cuerpo con las señales de su expiación? ¡Naturalmente que no! Veamos, después de darse cuenta de su posición, de descubrir el lugar en que ha sido colocado por designio divino, ¿se ha embarcado en una cruzada destinada a restaurar el honor de las mujeres, y restablecer su posición de superioridad y autoridad? ¿no? ¿Ha luchado públicamente para revertir los pecados de su género, o para hacer que sus amigos y familiares les supliquen a sus esposas perdón por su anterior insensibilidad compartida? ¿no? ¡Entonces es muy justo y adecuado  (siempre que la mujer crea que tal idea es inspirativa y atractiva, y que contribuye a su propio placer), que requieran al cuerpo del hombre que cumpla una penitencia por los pecados de su género, y adminístrale un tormento agónico como medio de obtener algo de la debida restitución colectiva, y que le fuercen a conocer muy íntimamente la sensación de la penetración forzada… y eso proseguirlo hasta que todos los hombres hayan reconocido humildemente su innegable inferioridad, y estén viviendo en una perpetua devoción y sometimiento a las mujeres.    

Por: Microwave Oeuvren

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