EL DOLOR DE LOS AZOTES

Mientras te recuestas sobre mi regazo a mis órdenes, muchos pensamientos se arremolinan en tu cabeza. Sabes que te darán nalgadas, pero no sabes por cuánto tiempo o con qué fuerza. Todo lo que sabes es que dolerá. Tu respiración comenzó a acelerarse tan pronto como te miré y dije “pasa por mi regazo”. Puedo sentir tu pecho moviéndose contra mí y veo tu espalda subir y bajar con cada respiración. Pongo mi mano izquierda en el medio de tu espalda y con ese simple toque veo y siento que saltas. Espero y dejo que calmes tu respiración. Mi mano derecha toca tu trasero y vuelves a saltar. Esta vez no te doy un momento, mi mano va desde tu trasero hasta la parte posterior de tus muslos y luego vuelve a subir. Mi mano errante te calma, tu respiración se vuelve regular, tu cabeza se inclina y tu cuerpo se hunde en mi regazo.

Sientes que mi mano deja de moverse sobre tu trasero, sientes que la levanto de tu piel, siento que te tensas y aguantas la respiración. La tensión continúa. Luego sientes mi mano sobre tu trasero frotándote y tranquilizándote.

Rápido como un relámpago, mi mano se levanta de tu piel y baja…

El impacto de mi mano hace que la sensación viaje de tu trasero a tu cerebro a la velocidad de un rayo y reaccionas sacudiéndote y apretando los dientes para contener tu grito. El dolor es agudo e impactante. Cada golpe sucesivo es más profundo, la agudeza se atenúa pero el dolor aumenta.

El dolor que irradia de tu trasero y mi mano izquierda sosteniéndote contra mí son todo tu mundo.

Ahora hay un cambio de perspectiva…

Lo que no te das cuenta de ese primer golpe es que siento dolor, el impacto de mi mano contra tu carne envía una nota a mi cerebro de que mi mano ha golpeado algo y que hay dolor. Lo que tampoco te das cuenta es que el dolor no es nada para mí, lo acepto, que es un placer lidiar con él para enrojecer tu trasero. Cada vez que mi mano baja ambos sentimos dolor…

 

 

Master A.

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