DESCALZOS EN EL PARQUE

Hoy toca batallita del abuelo Cebolleta, relatando un recuerdo de mi cada vez más lejana juventud. Prestad atención porque está llena de tiros, peleas, acción, sexo…bueno, no, la verdad es que es una cosa bastante sosa e insustancial, pero no sé por qué me vino a la cabeza el otro día y, como habéis sido buenos, quiero compartirla con vosotros.

Con la venia:

Creo que no lo he dicho mucho, pero yo tuve una época de negación sobre estas fantasías. Ser tonto es un privilegio de la juventud. La cosa es que sobre los 16-17 años o así me dije que yo quería ser “normal”, y por ello evitaba pensar o masturbarme con estas fantasías raras. Digo que evitaba masturbarme o pensar porque poco más podía evitar. Internet no se había inventado, conocer una Ama o similar era poco menos que una utopía y la semanada a duras penas me llegaba para tebeos, así que lo de ir con profesionales, caso de que me atreviera, era poco menos que una quimera. La cosa es que me negué a ser “raro” y esa neura me duró más o menos hasta los 21, en los que fui consciente de que era imposible poner diques al mar. Y así hasta la actualidad, en la que bien puedo asegurar que he recuperado el tiempo perdido, pero hay gripes que hay que pasar.

 

No creo que me perdiera gran cosa en esos 4 años, aunque aprendí bastante sobre frustración y conocimiento interior. Por aquel entonces, como mucho, mi relación con el bdsm se limitaba a recorrer los video clubs de la ciudad para ver si alguno tenía alguna peli porno del tema (con la correspondiente frustración al ver que tras cualquier carátula con promesas sado se escondía una peli de folleteo normal en la que la tía portaba, como mucho, botas altas mientras se la metían por todos los orificios) y a ojear (de ojo) algún ejemplar de EL JUEVES por si tenía algún dibujo más o menos fetish.
Bueno, si queréis otro día retomamos el tema, que como podéis intuir mis peri patéticas aventuras en pos de material onanístico y la negación de éstas fantasías y el no hacerme pajas pensando en ellas son muy pero que muy interesantes. Pero hoy no toca, y de hecho el recuerdo que quiero contar no trata siquiera de mí.
La cosa es que quería ser “normal” y, como tal, hacía cosas de adolescentes “normales”. Y me eché una novia “normal” a la que no dije nada de mis fantasías porque no había nada que decir, ya que yo era “normal”. Todo muy normal. Y, como prueba de esa normalidad, pues como éramos jóvenes y no teníamos ni casa propia, ni dinero para un motel de carretera, ni coche ni carnet para conducirlo hasta un descampado, ni padres que se fueran el fin de semana, pues íbamos a hacer manitas a un parque “normal”, aunque algo apartado, a la mínima que empezaba a oscurecer un poco.

 

Camino de ese parque ya se empezaban a ver algunas parejas (que hoy me parecerán críos) dándose besitos y tal. Un día, camino de allí, cuando todavía quedaba un halo de luz, ví a una pareja que estaba haciendo manitas… de una forma diferente.
Todavía lo recuerdo como si fuera ayer. Eran todavía más jóvenes que yo por aquel entonces, o sea, que a duras penas tendrían los 18. La chica estaba descalza de un pie y el chico… se lo estaba besando. Esto ya no sé si es real o el tiempo lo ha labrado así: juraría que la chica tenía cara de aburrida, como si se dejase hacerlo tan sólo porque su novio se lo ha pedido aunque no comprende demasiado. La cosa es que el chico se dedicaba con pasión a lamer el pie descalzo ahí, en ese parque apartado.
Lo recuerdo porque se activaron en mi cerebro demasiadas reminiscencias a la vez. Por un lado, cómo podía el chico mostrar así sus fantasías, abiertamente, decírselas a alguien, besar un pie en un parque aunque fuera un parque discreto. Por Dios, yo, que era “normal” jamás habría hecho cosa semejante. Por otro… no estaba sólo. Había más gentes con mis mismas fantasías y se atrevían a dar el paso.
No volví a ver más a aquella pareja, aunque hasta que conseguí coche fui un asiduo a ese parque. Sólo fue una visión fugaz. Pero la recuerdo 20 años después.

 

Y me dura porque a menudo me encuentro pensando en ella. ¿Qué les habrá pasado? ¿Seguirán juntos hoy, se habrán casado, jugarán a éstas fantasías entre ellos? ¿Tendrán críos y la rutina y el día a día les pasará factura? ¿Se cansó la chica de las rarezas del chico y cortó poco tiempo después de que yo los viera en el parque? ¿Se burlaría ella de él al contárselo a sus amigas? ¿Fue sólo un rollete de verano y la chica lo recuerda como “aquel tío que me pedía cosas raras”?
¿O acaso sí que se casaron, pero se separaron poco tiempo después, harto él de que no le comprendiera, harta ella de sus infidelidades en busca de rarezas? ¿Es el chico a día de hoy alguno de los que me he encontrado en algún local o fiesta? ¿Es seguidor de éste magazine?
Me gustaría pensar que siguieron y que a día de hoy han formado una familia. Son felices. De vez en cuando ella le sigue dejando lamer el pie y él no le pide gran cosa más. Tienen dos críos y no dan abasto entre pagar las facturas y darles la mejor educación que pueden, pero van tirando más o menos bien.
La cosa es que el recuerdo de ésa pareja provoca en mí una infinita ternura. Si estáis ahí, si por casualidad os llegan estas líneas, que sepáis que os admiré y os admiro. Al hombre, por ser valiente. A la mujer, por ser comprensiva. A ambos por ser tiernos. Espero que os vaya bien. Gracias.
 Tengan cuidado ahí fuera

 

Spirit de Lady Monique de Nemours.

Etiquetas

También puede interesarte...

0 thoughts on “DESCALZOS EN EL PARQUE”

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Patrocinadores

Encuestas

¿Dominas o te dejas someter?

View Results

Cargando ... Cargando ...