CONVERTIDO EN ESCLAVO

Había cierta gracia en mi situación. Parece que cuando todo va mal, puede ir aún peor. Cuando la grúa del concesionario de coches se llevaba el mío, pensé que estaba realmente jodido. Hace tan sólo un mes que mi novia durante varios años, me dijo que nuestra relación era demasiado superficial y secamente cortó conmigo. Dos meses antes había perdido mi espléndido trabajo como diseñador gráfico y, aunque todos los días iba a la oficina de empleo, seguía sin encontrar nada.

Lentamente el dinero que tenía en el banco fue desapareciendo y encima debo tres meses de alquiler y para colmo, ahora me quedo sin coche. ¿Cómo voy a encontrar trabajo sin coche? Y sin coche ni trabajo, ¿cómo diablos voy a encontrar novia? Sí, estaba bien jodido. Bueno, ya pensaremos algo.

Comencé a subir los escalones de la casa, rogando por no encontrarme a Susana. Susana es la dueña de la casa y llevaba varios días detrás de mí para que le pagara mi parte del alquiler. Si pudiera seguir algún tiempo en la casa… seguro que encontraría algo, demasiado optimista estaba siendo. Mientras subía al piso superior, donde estaba mi habitación, me crucé con Samanta y Victoria, las otras dos compañeras de piso que me saludaron con un frío hola.

Cuando me instalé por primera vez en la casa me imaginé que a lo mejor podría comerme algo con alguna de mis tres nuevas compañeras. Pensé que un chico joven viviendo con tres chicas, tarde o temprano, acabarían estando en la cama. Y lo único “erótico” que había ocurrido durante mis dos años de estancia, había sido un día que accidentalmente entré a orinar en el baño justo cuando Susana se estaba duchando con la cortina entreabierta.

Abrí la puerta de mi habitación y cogí la última botella de cerveza de litro que tenía en mi pequeño frigorífico. Beber no es la solución, pero por lo menos ocuparía mi mente durante varias horas. Se había vuelto un triste ritual, dormir entre los sopores del alcohol. Al día siguiente desperté con el tremendo sobresalto de unos fuertes golpes sobre mi puerta.

– ¡Caradura! Soy Susana y quiero saber qué vas a hacer con lo que debes de tu parte del alquiler. ¡Y quiero saberlo hoy!

Aquellos gritos y los golpes sobre la puerta la verdad es que no me ayudaron a aliviar la tremenda resaca que particularmente estaba sintiendo aquella mañana.

– Susana, por favor, dame algunos días más, te prometo que te daré todo lo que debo.

– Estoy siendo muy paciente contigo. Ya sé que perdiste tu trabajo y hasta el coche y no quiero molestarme en decirte que tus expectativas de conseguir un trabajo pronto no son nada halagüeñas.

Bien, estaba visto que la cosa no iba por buen camino, así que le comenté que aquella tarde tenía una entrevista de trabajo bastante positiva, de cajero en un McDonald’s. Todos mis años de Universidad y dos masters, para acabar sirviendo hamburguesas, pensaba mientras me dirigía al baño de abajo para darme una ducha, tan sólo con una toalla en mi cintura, antes de la entrevista.

Al ir a entrar en el baño, me crucé con Samanta, Victoria y Susana que estaban discutiendo. Cuando pasé a su lado, callaron y no me dirigieron ni una mirada.

Estaba muy avergonzado, no por ir con sólo una toalla, ya nos habíamos visto todos en toalla casi todos los días, sino por el hecho de que sabía que estaban discutiendo sobre mí y mi situación. He de admitir que he disfrutado mucho en estos años viviendo con tres atractivas chicas, pero que todo era bastante frío.

Ellas toleraban mi existencia en la casa y aunque soy atractivo, nunca habían demostrado el más mínimo interés por mí desde que me instalé. Simplemente era el arrendatario de la habitación de arriba y que ahora no pagaba mi parte del alquiler en los tres últimos meses.

Mientras entraba en el baño, no paraba de pensar en cómo solucionar mi desesperada situación. En vez de ducharme, decidí bañarme, un baño bien largo me permitiría relajarme, dejando mi mente en blanco. Pensé que sería bueno empezar bien relajado mi nueva carrera en la industria de comida rápida. Incluso diría que pasé un par de horas en el baño, pero cuando abrí la puerta de mi dormitorio, mi corazón se hundió.

¡Todo lo que yo poseía había desaparecido! Mi televisor, mi nevera, toda mi ropa… incluso mi cama, la habitación estaba completamente desnuda. Salí corriendo al encuentro de Susana, gritando histéricamente…

– ¡¡Susana, me han robado!!

– No, nadie te ha robado -dijo tranquila y fríamente, agitando unos papeles delante de mi cara- Este es el contrato de tu alquiler y en él pone claramente que en caso de que el arrendatario, o sea tú, no pagara puntualmente los días 5 de cada mes, el propietario, o sea yo, tiene derecho a poner en venta todas las posesiones del arrendatario hasta que éste hubiese satisfecho la deuda, así como los perjuicios del propietario.

Me quedé allí de pie, con mi boca abierta y mis ojos incrédulos, mirándola con escepticismo.

– En otras palabras, he vendido todas tus cosas para pagar tu deuda.

– ¡¡¡Eres una zorra, devuélveme ahora mismo mis cosas!!! -le grité y ella me dio una bofetada.

– Escucha, no te pases un pelo conmigo o te echo ahora mismo de mi casa.

Dirigí la mirada hacia abajo, y me vi tan sólo con una toalla y sin dinero ni recursos, intentando controlar mi rabia.

– Ah, y a propósito, la toalla que llevas es mía -Y diciendo esto le dio un tirón y me dejó completamente desnudo.

Con una mirada de victoria, Susana comenzó a bajar los escalones tirando distraídamente la toalla sobre uno de sus hombros. Estaba paralizado y enmudecido. Hace tan sólo tres meses yo tenía una preciosa y joven novia, un buen coche, un trabajo excepcional y buenos ahorros en el banco, ¡y hoy no tengo nada, absolutamente nada! Mi mente estaba confusa intentando pensar en la manera de conseguir que me devolvieran mis cosas. Corrí escaleras abajo y encontré a Susana en la cocina.

– ¡Por favor, Susana, dame un descanso, necesito algo de tiempo, no puedes hacerme esto, por favor!

Casi llorando, rogando, caí de rodillas a sus pies. Estaba desesperado, el estar desnudo a sus pies ni siquiera me turbaba. Todo esto parecía una pesadilla de la que estuviera a punto de despertar sobresaltado. Mi humillación no iba a terminar ahí, porque inmediatamente aparecieron Samanta y Victoria en la cocina.

Allí estaba yo, desnudo, de rodillas y casi histérico suplicando a los pies de Susana. Intenté vanamente cubrirme y sólo conseguí que Victoria se riera histéricamente. Samanta, intentando hablar a través de sus risitas me dijo:

– Malas noticias. Todavía nos debes dos meses, ¿puedes creerlo? Llevamos tus cosas a una chatarrería y solo nos dieron lo que nos debes por un mes por ellas.

Aquel comentario fue demasiado y quedé realmente destrozado mientras ellas comenzaron a reírse.

– ¿Qué queréis de mí, por favor…?

– Bien, solamente que tienes cinco minutos para dejar la casa -dijo Susana apuntando hacia la puerta. Estaba aterrado, qué iba a hacer con todas mis desgracias y encima desnudo y sin casa donde cobijarme. De nuevo, humillándome aún más, me arrodillé inclinándome aún más, llorando y suplicando. Victoria comentó:

– También es verdad que si ahora te damos un puntapié y te echamos a la calle, nunca recuperaremos nuestro dinero.

– Eso es verdad… -dijo Susana.

– Bien, hay una solución, podemos permitirte trabajar para nosotras hasta que hayas satisfecho tu deuda -mirando a las demás prosiguió:- Estaría bien tener un criado en la casa.

Las demás estuvieron al momento de acuerdo y me expusieron el trato. Me pagarían dos mil pesetas al día, de las que descontarían mil por mi manutención y lógicamente no me permitirían comprar nada hasta que la deuda quedara saldada. Eso significaba que la duración de mi servidumbre sería de dos meses justos y que lógicamente permanecería desnudo durante todo ese tiempo. Me preguntaron si estaba de acuerdo y como no tenía ninguna otra alternativa, no tuve más remedio que aceptar.

Todas estaban de acuerdo en que si yo pagaba mi deuda, podría recuperar mis pertenencias y seguir en la casa. Los próximos sesenta días estaría totalmente a su servicio.

La primera semana me hicieron trabajar de lo lindo. Limpié el sótano y el ático, pinté toda la planta baja y sin descanso. Sus respectivos trabajos le daban la facilidad de que siempre había alguna de ellas tres en casa, así me controlaban y dirigían mis tareas. Victoria era la peor. Me obligó a limpiar y fregar los suelos con un cepillo dental. Siempre trabajaba con ellas a mi alrededor, siempre desnudo, humillado y degradado. También me causaron el estar en un estado permanente de excitación.

Cuando se dieron cuenta de esto, solucionaron atormentarme más allá. Por la noche, mientras Susana veía la tele, me hacía arrodillarme ante ella y darle masajes en los pies, siempre lentos y durante horas. Se dieron cuenta de mi fetichismo y mientras le masajeaba un pie, con el otro acariciaba mis pelotas.

Victoria, que también se había dado cuenta de esto o simplemente lo habían comentado entre ellas, me hacía hacerle01 la pedicura todas las mañanas antes de irse al trabajo y Samanta, para no ser menos, me ordenaba limpiar sus botas con mi lengua hasta que éstas estaban relucientes cada vez que llegaba a casa de montar en su motocicleta.

Era maravilloso que aún yo pudiera pensar, con toda la sangre de mi cerebro en mi polla. Conforme pasaban los días, las chicas se volvían más intrépidas. Cada vez que me cruzaba con una, me agarraba de las pelotas y de ahí pasaron a acariciarme la polla y a pasar sus lenguas por mi inflamado glande.

Yo era consciente de que nunca me dejarían correrme de esa forma, sólo lo hacían para cachondearse de mí y fastidiar mi palpitante polla. Susana siempre disfrutaba mucho haciéndome llegar al borde del orgasmo y parando de repente para ordenarme que hiciera algún trabajo. Riéndose de mi situación humillante, me seguían por la casa, acariciándome y excitándome hasta el límite, haciendo que mi polla estuviese dura durante horas, con el consiguiente dolor.

Por suerte, yo contaba con algún momento de soledad en el baño o cuando dormía sobre el suelo de mi habitación, que aprovechaba para masturbarme y aliviar mi dolor de huevos.

Pero incluso eso acabó. Estaba un día duchándome y masturbándome furiosamente cuando, de repente, Susana entró sigilosamente en el baño y abrió las cortinas de la ducha de un tirón, pillándome in fraganti.

– ¿Cómo te atreves a hacer eso en tus horas de trabajo? No te pagamos para que te hagas pajas y vacíes tu asqueroso líquido en nuestra ducha. ¡A partir de hoy no podrás estar fuera de nuestra vista en ningún momento!

Desde ese día me obligaron a ducharme mientras una de ellas me vigilaba sentada delante de la bañera. Incluso cuando tenía que ir al baño para otras necesidades, una de ellas me acompañaba y se sentaba delante de mí para no perderme de vista.

Mi degradación era total. Pero la noche era peor. Para impedir que me masturbara mientras ellas dormían, me ataban las manos atrás y me encadenaban del cuello a la pata de la cama, hasta que me despertaba.

Cada noche dormía en una habitación diferente, por turnos y cada una de ellas tenía sus manías, obligándome a hacer cosas y a hacerme objeto de diferentes humillaciones, con tal de mantenerme excitado y satisfacerlas, pero sin recompensa para mí, todo lo contrario, aquellos juegos los ideaban para humillarme aún más.

A Victoria le encantaba jugar conmigo cuando estaba atado y desvalido, llevándome al borde del orgasmo y riéndose cuando le suplicaba que no se detuviera. Victoria es una chica de gran belleza, con unos pechos perfectos y unas largas y bonitas piernas.

Ella me fastidiaba frotando su clítoris desnudo contra mi estómago a la vez que hacía balancear lujuriosamente sus pechos, justo fuera del alcance de mi lengua.

Cuando mi polla dio casualmente en su culo mientras estaba encima de mi estómago, ella se rió enloquecidamente, porque estaba tan excitado que casi estallo con ese simple toque. A Susana le gusta dormir con sus pies en mi regazo y de vez en cuando los ponía encima de mi polla indefensa y expuesta durante toda la noche. Todas las noches que dormí en su habitación me dejaba ver su coñito a través de sus delicadas y transparentes bragas de seda.

Mientras miraba sus braguitas, ella se entretenía masajeando mis pezones con sus pies y lo mismo hacía con mis huevos hasta casi hacerme llorar de frustración. Las noches con Samanta eran igualmente tentadoras. No me encadenaba a la pata de la cama, pero siempre me tenía atado y me usaba de cobertor pegándose a mí para que le diera calor. También le gustaba tumbarme sobre la cama y echarme miel por mis pechos, muslos y entrepierna y me lamía lenta y suavemente.

Cuando acababa de lamer la miel por completo, yo le suplicaba que por favor terminara y me dejara correrme, pero ella bostezaba seductoramente y se dormía con su nariz pegada a mi hinchado pene y mis doloridas pelotas sin dejarme llegar al final.

Un fin de semana, yo estaba punto de volverme loco, me estaban excitando en exceso y no podía aguantar más. Cada noche con cada una de ellas, yo siempre estaba a punto de llegar al orgasmo, sin conseguirlo, condenado a mi esclavitud. Pero una noche Susana dijo:

– Chico, mañana es tu gran día. Por fin habrás terminado de pagar tu deuda.

Las chicas me miraban desaprobadoramente, mientras yo saboreaba por anticipado mi liberación, sonriendo descaradamente. No sabía dónde iría ni qué haría, pero al menos recuperaría mis pertenencias. Incluso pretenciosamente llegué a pensar que me permitirían llegar al orgasmo junto a ellas. Los últimos sesenta días habían sido un auténtico infierno.

Estar todo el tiempo desnudo, si llegar al orgasmo, ese implacable y fastidioso tormento día y noche sin descanso y sin poder pensar nada más que en satisfacerme. Susana fue encantadora conmigo aquella última noche cuando me encadenó a mi sitio…

– Buenas noches… -Y Susana me besó profundamente entrelazando su lengua con la mía con pasión. Instintivamente mis manos se alargaron para tocar sus pechos, pero las ataduras me lo impidieron. Cuando se separó de mí, la puerta de su habitación se abrió y aparecieron Victoria y Samanta… ¡totalmente desnudas!

Mi ya dura polla se puso aún más al contemplar aquellas dos bellezas en todo su esplendor. Susana puso su coño húmedo en mi boca y yo comencé a lamer rápidamente su clítoris.

Cuando introduje mi lengua con entusiasmo en su coño, sentí cómo Victoria me montaba empalándose en mi polla. Grité “¡Dios mío!”, cuando comprendí que al fin iban a permitirme tener un orgasmo. Me corrí en el interior de Victoria sin que pasara siquiera un minuto. Sentía una tremenda liberación en mi interior, pero las chicas me miraban enfadadas:

– ¿Pero, esto qué es, ya está? Es increíble. Nunca ningún hombre me había dejado así, encima de todo lo que hemos hecho por ti…

Enfadadas, comenzaron a abofetearme y a pellizcar y golpear mi polla con sus manos y ésta tardó muy poco en estar de nuevo en forma.

– Muy bien, así nos gusta, pero ahora vamos a poner remedio para que no vuelva a suceder lo mismo y nos dejes a dos velas.

Cogieron un cordón de una de las botas de Susana y lo ataron con fuerza en la base de mi hinchada polla.

– Así no se bajará hasta que nosotras queramos y estemos satisfechas. -Y así lo hicieron.

Comenzaron a montarme por turnos y mientras una tenía su coño en mi boca, otra me cabalgada y se excitaban entre ellas acariciándose mutuamente. La tercera se dedicaba a pellizcar y golpear mis huevos entre risitas para evitar que sintiera placer y me corriera. Me era imposible sentir placer con mi polla atada y mis huevos martirizados, todo lo contrario, sentía un dolor indescriptible.

Además las chicas descubrieron que mi polla aumentaba de tamaño estando atada, de lo hinchada y violácea que se estaba poniendo, y me decían que habría que atármela a menudo porque así sienten más placer.

Las tres quedaron exhaustas después de cabalgarme y correrse en mi boca durante horas. Les pedí que me dejaran aliviarme, pero simplemente desataron mi polla y se echaron a reír, abrazándose y haciéndose carantoñas entre ellas.

Yo no comprendía lo que estaba pasando. Les gritaba que me desataran y que me dejaran follármelas y correrme, que me chuparan la polla o simplemente que me dejaran masturbarme, pero ellas seguían riéndose. Les dije que ya había saldado mi deuda y que ya era libre.

– ¿Estás seguro de que ya eres libre? -Se miraban y reían, y yo no tenía ni idea de por qué.

– Mira, guapo, está saldada tu deuda anterior, pero llevas dos meses más viviendo aquí y ese tiempo no nos lo has pagado, por lo tanto nos sigues debiendo dos meses y ya sabes lo que tienes que hacer para saldar de nuevo tu deuda, ¿no? Y ya sabes que hasta dentro de dos meses, que saldes tu deuda, no volverás a tener otra noche como ésta.

– ¡¡¡Otros sesenta días así nooooooooo…!

– ¿Otros sesenta días? ¿Aún no te has dado cuenta que no obstante seguirás debiéndonos dos meses y que una vez que acaben esos dos meses seguirás debiendo otros dos?

Me quedé boquiabierto sin saber qué decir, no podía estar volviéndome a ocurrir. Estaba atado e indefenso y comprendía que encima tenían razón. Comencé a sollozar, mi mirada baja mirando mi erecta polla, con la expectativa de que no volvería a tener alivio hasta dentro de dos meses, y conviviendo con tres lujuriosas chicas que me atormentarían de nuevo con el inalcanzable placer.

Ellas seguían riéndose desenfrenadamente de mí y caí en el indescriptible sopor de mi condena con sus risas de fondo, risas que seguiría escuchando por el resto de mi atormentada vida de esclavo.

Relato: José Luis Carranco

Ilustraciones: Domo

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