APRENDIZ DE SUMISA | CAPÍTULO 2: NO ME GUSTA JUGAR A SER MAYOR

En noviembre de aquel año, planeaba con una amiga, Roma, la fiesta de Año Nuevo: la localización, la comida, la distribución y los invitados. Todos ellos, por cierto, amigos de ella, la mayoría hombres que conocía y, muchos de ellos, con los que se vanagloriaba de haberse acostado. Todos mayores que nosotras, no demasiado, pero sí lo suficiente como para que pudiéramos pasar desapercibidas en cualquier lugar al que fuésemos. Esa parecía ser la intención de ella y yo me dejaba llevar.

Llegó el tan ansiado día, nos vestimos con nuestras mejores galas y Roma se aventuró a presentarme a la concurrencia. Los “¡qué guapa estás!, los saludos efusivos, los incómodos mugidos en el beso de saludo… Todo me desubicaba un poco del tiempo y el espacio, quería salir corriendo. La estúpida y rechazada imagen de “mojigata” me persiguió durante todo el evento. Todos se me acercaban para pedirme “acompañarlos al baño”, a las pocas mujeres allí presentes se les había desaparecido el pintalabios hacía horas, eran las 3 de la mañana y yo seguía deseando desaparecer.

En ese momento, llegó un familiar de Roma con el que tenía cierta confianza. Tras saludarme, me invitó a salir del local para que yo tomase aire y él, irónicamente, se fumase un cigarro. Me dijo que aquello parecía una verbena de barrio, un sarao hormonal y que, si quería, me llevaría a casa porque “se ve que estás incómoda de cojones”. No lo pensé mucho, me despedí de mi amiga y me subí en el Opel Corsa de Ángel rumbo a casa. Durante el trayecto, todo lo que salía de su boca eran críticas hacia Roma por parecer una niña de 12 años pretendiendo ser adulta y por arrastrarme a esa debacle, lo que a mi parecer significaba que estaba siendo comprendida y que aquello de montar algo que parecía más una orgía que una fiesta, verdaderamente no estaba hecho para mí. Sin embargo, al llegar a mi portal, descubrí que de Ángel no tenía nada; detuvo el coche, apagó el motor, y me dio el beso más insulso que recuerdo a día de hoy. No sentí absolutamente nada, no me inmuté, y a pesar de eso, él continuó sosteniendo mi cara con su mano derecha, mientras trasladaba la izquierda hacia mis pechos. No dije nada, no hice nada, sólo notaba el corazón acelerado recordando mi “mojigatería” durante la noche, la presión de todo el mundo porque disfrutara bajo su concepto de disfrute y que me dejara llevar/manosear…

Mi sudor, aunque frío, empezaba a evaporar los vidrios de aquel coche, se me estaba secando la boca a pesar de tener en ella su saliva y mi cuerpo comenzó a reaccionar alejándose de él. Agarró mi brazo con firmeza y me dijo “No
seas tonta, sí lo estás deseando”.

Seguí apartándome lentamente, pero sin mediar palabra.

—Esto era lo que querías, ¿verdad? Un taxi que te llevara a tu casa. ¡Eres una puta calientapollas! ¡Sal de aquí, anda, guarra!

Abrió mi puerta desde su lado, mi tensión salió a modo de lágrimas, y una mano conocida se ofreció a ayudarme a salir. Me incorporé con su apoyo, introdujo levemente su cabeza en el coche y dijo.

—Espero, por su salud y por la tuya, que no se te haya ocurrido tocarla.

—¡Claro que no! ¡Pregúntale! No, “hermano”, tranquilo, sólo la he traído a casa.

—Te ha hecho algo— Afirmó desviando su mirada hacia mí.

Negué con la cabeza e hice ademán de retirarme con súplica en los ojos. Norman cerró la puerta del coche tan fuerte que casi la hace giratoria, apoyó su mano en mi espalda y me dirigió hacia la puerta principal. Me pidió quitarme los tacones para subir por la escalera sin que se percataran los ojos de las puertas vecinas, entramos a su casa y:

—No te vuelvas a acercar a él.

—Te prometo que no— sollocé.

—No te puedo decir que tienes un imán para los abusadores, porque no es culpa tuya que haya tíos así, pero vas a tener que aprender a discriminar quién te cuida por cariño y quién porque quiere otra cosa—. Recriminó ofreciéndome una silla, dejándose caer en otra.

No pude responder, sólo expulsaba lágrimas empapadas en rímel y mi vergüenza por los poros. Debía pensar que era una niña, que me podría haber pasado cualquier cosa si él no llega a estar, que no era capaz de cuidarme sola… Pero mientras todas esas ideas inundaban mi mente, él se acercó, acarició mi pelo, me acogió con su brazo y me besó en la frente.

—Siempre estás ahí, muchas gracias. Aunque realmente me da vergüenza.

—Vergüenza es robar.

Habíamos estado meses sin coincidir, presencialmente, porque en mi mente estuvo las 24 horas. Llegué a pensar que se había mudado, que lo que pasó la otra vez fue puramente reforzar una conducta de ayuda hacia mí, un acto paternalista sin más. Pero, en su casa, sentado a mi derecha, sin dirigirle la mirada, notaba cómo inyectaba sus ojos en mí, y que, como siempre, no iba a dejar de hacerlo hasta que yo me pusiera frente a frente. Así que tuve que hacerlo.

—Lo siento.

Sus ojos, penetrantes, me dejaban sin respiración. Olvidé las horas previas a ese momento, las personas que conocí, la incomodidad, la mojigatería, la saliva de aquél abusador… Olvidé todo. Norman, sin embargo, parecía estar pensando sin cesar, mirándome con su espalda
apoyada a un lado de la silla, con su brazo izquierdo apoyado en el borde del espaldar y, su rodilla rozando mi muslo. No recuerdo verle parpadear siquiera.

En un atisbo de lucidez, se me ocurrió preguntarle por la última vez que nos vimos, por los objetos que limpiaba con aquel paño de seda negro, impoluto, inherente. Esbozó una sonrisa.

—¿Qué quieres saber?

—¿Para qué eran las esposas?

—Son un juguete que me gusta usar de vez en cuando.

—¿Con quién?

—Con mujeres.

No sé qué cara debí poner, pero le hice soltar una carcajada inmediatamente después de responder.

—Pero… Las atas para follártelas, supongo. Las atas de manos y se la metes— ¡Bendita juventud sin filtros!

—No. Si hiciera sólo eso, no me divertiría, y, cuando uno juega, busca divertirse.

—¿Qué más les haces?

—Lo que me permiten.

Una llamada de mi madre interrumpió la conversación.

—Son las 6 de la mañana. Vete, estarán preocupados. Sube dos pisos, y coge el ascensor.

Se levantó, me dio su mano para ayudarme a hacer lo propio y, sin soltarla, me llevó hacia la puerta. Se paró ante mí, hincó su rodilla en el suelo, incorporó hacia adelante mi pierna y posó mi tacón negro de 12 centímetros sobre su muslo. Mi equilibrio me impulsó a apoyarme en su cabeza. Desde ahí abajo, tras sentir mi mano, me miró, de nuevo penetrante, dejándome en shock; acercó su cara a mi gemelo y:

—Qué bien hueles… — Musitó mientras me retiraba el tacón, sin dejar de mirarme.

Al depositar mi pie desnudo en el suelo, sujetó mis piernas por encima de las rodillas y giró levemente mi cuerpo hasta tener mi otra pierna frente a la suya. Repitió el modus operandi anterior, con el aliciente de rozar mis tobillos al terminar y acariciarme lateralmente desde ahí a la cintura por encima del vestido. Deslizó sus manos hacia las mías, inmóviles, y las dejó fluir hasta mi cuello, lo encerró poniendo en pie sus pulgares bajo mi barbilla, acercó su boca hacia la mía y susurró:

—Vete, por favor.

Abrió la puerta, me invitó a salir, con su mano en mi espalda, y la cerró en mis narices. Yo, como la vez anterior, impactada, inmóvil, perenne, sin pensar, cumplí sus órdenes.

Autora: Fena IsDahut

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