AMA MARGUERITE, LOS FINES DE SEMANA

A sus cuarenta y seis años, Leopoldo era un exitoso empresario que vivía de las rentas de sus numerosas empresas de importación y exportación, creadas por él mismo en todo el país y en algunos más del extranjero.
A pesar de sus logros económicos, el empresario se había separado ya tres veces de otras tantas esposas y la razón era muy simple: las tres mujeres le consideraban un depravado sexual, un “rarito” al que le gustaba lamer pies, ser penetrado analmente con el puño, meado encima y otras lindezas que el trío de conservadoras esposas no soportaban hacer y ni tan siquiera entendían…

Don Leopoldo frecuentaba prostitutas que por aquello de que a él no le importaba pagar el doble si era preciso, satisfacían muy torpemente y con disimulada desgana las necesidades y apetencias del patético hombrecillo.
Un buen día, una preciosa joven francesa, respondió al anuncio de: “Se busca secretaria buena presencia, imprescindible conocimientos en inglés y francés, pues tendrá que viajar frecuentemente al extranjero, buen sueldo y dietas”.

Muchas jóvenes y no tan jóvenes, fueron al despacho del empresario a ser concienzudamente entrevistadas por don Leopoldo, pero solo una logró encandilar al millonario, hasta dejarle literalmente babeando.
El nombre de la chica, que por más señas era francesa, era Madeimoselle Margueritte, pelirroja, muy inteligente y uno setenta y cinco con un cuerpo de escándalo, que encantaba a las pupilas masculinas de igual manera que la flauta de un faquir a las serpientes.

—Su currículo es impresionante, señorita… ¿puedo llamarla Margueritte…?
— Sí, señor Leopoldo… ¿puedo llamarle Leopoldo…?
—Por supuesto, Margueritte y de tú, claro está… me gusta que mis empleadas tengan absoluta confianza en mi —mintió el empresario babeando.
—Muy bien, Leopoldo, como quieras…
—Bien… Aquí veo que aparte de un máster en ciencias económicas, sabes francés, inglés, español y alemán… como dije antes, impresionante… ¿Es usted francesa? Lo digo por el nombre y apellido, aunque apenas tienes acento.
—Lo soy, pero llevo toda la vida en España por el trabajo de mi padre… además siendo muy jovencita, me ennovié con un español y ya ves, después de quince años, puede decirse que soy prácticamente española…
– Ya veo, pero… ¿estás casada?
– No. No llegamos ni tan siquiera a casarnos. Con los años, me di cuenta que mi novio no daba la “talla” y lo dejé a ver si podía pescar peces mas… “grandes”. No sé si me entiendes…
—Vaya… esto… yo… a ver qué más puedo leer en tu magnífico currículo… ante el evidente sonrojo de su futuro jefe por las palabras con evidente doble sentido de Margueritte, ésta sonrió maléficamente y con autosuficiencia.

La avispada mujer tenía cada vez más claro el tipo de hombre con el que se estaba enfrentando y decidió jugárselo todo a una carta.

—Leopoldo, ya sé que a lo mejor, voy a abusar un poco de tu confianza, pego es que llevo toda la mañana con los taconazos y estos me están matando… ¿te importaría que me los quitara? Te lo agradecería… mucho.

La joven francesa, no esperó ni a que su futuro jefe le diera permiso y se quitó rápidamente los zapatos, apoyando lenta y sensualmente ambos pies en el escritorio del sorprendido Leopoldo.

—Si, Margueritte… es una pena que unos pies tan… bonitos, estén tan doloridos… es más, yo diría que están hasta un poco hinchados…
—Si… creo que tienes razón Leopoldo, seguro que un buen masaje me aliviaría el dolor… —declaró Margueritte, con cierta dureza en la voz.

La francesa miró serenamente pero con severidad los excitados ojillos del empresario, y éste no necesitó más, en menos de un segundo estaba masajeando los muy cuidados pies con manicura profesional de su nueva empleada.

—Lo haces muy bien, Leopoldo —dijo la joven casi gimiendo —…ahora vamos, lame mis pies, que sé que lo estas deseando… mmmm quien lo diría, un hombre tan respetable como tú… ¿qué diría la gente si supiera que eres un lame pies? Venga ahora chupa el dedo gordo como si fuera una polla ¿a qué estás esperando? Hazlo ¡YA! Pues sí que eres obediente… sigue y ahora, sin dejar de chupar, bájate los pantalones, quiero ver la mercancía, parece que por ahí se mueve algo…
—Si Margueritte, lo que tú digas…
—Sí… Ama Margueritte.
—Si, Ama Margueritte.
—Buen chico y ahora, veamos que se esconde aquí…

Cuando la Dómina vio el pene de su nuevo sumiso, empezó a reír desaforadamente, hasta casi llorar…

—Pero ¿no te da vergüenza tener estos huevecillos tan diminutos? Y por no hablar de la salchichita… La verdad, prefiero meterme los dedos antes que dejar que alguien me folle y lo de follar es un decir, con esta “cosita” de mierda.
—Si, Ama Margueritte —respondió Leopoldo muy excitado.
—¿Te he dicho acaso que pares de chupar, imbécil? —dijo la Ama, abofeteando muy duramente tres veces al hombrecillo en la cara con evidente desprecio y altivez —ahora quiero comprobar algo… ponte a cuatro patas.
El empresario gimió de placer cuando su Ama le introdujo un par de dedos en el culo, previa lubricación con saliva.
—Veo que por aquí ya ha pasado el “metro” bien, eso me facilitará las cosas —Ama Margueritte, empezó entonces un rítmico mete-saca que abrió el ojete de Leopoldo aún más.
Entonces la joven sacó algo de su bolso que el sumiso apenas pudo ver bien de reojo, pero que se adivinaba rojo y grande.
—¿Sabes lo que es un tapón anal…? seguro que si, y a juzgar por el tamaño de tu desvirgado ojete, fijo que has probado más de uno y todo… Bien, Leopoldo… voy a contarte cómo va a ser tu vida a partir de ahora… Vas a triplicarme el sueldo y de lunes a viernes seré tu fiel y abnegada secretaria, pero los fines de semana ¿Entiendes…?
—Si Ama Margueritte.
—Buen siervo ¿te importa que te llame siervo…? Por supuesto que no, eres un sumiso de vocación ¿no es así? Reconozco a uno en cuanto lo veo, tengo un sexto sentido para ello… y ahora espera, tengo algo más en mi bolso que te gustará.

La Dómina francesa trasteó de nuevo en su bolso de cuero negro y sacó de él algo que estremeció y excitó al maduro empresario hasta los límites más insospechados.
Un aparato de castidad de reluciente metal, apareció de repente en la mano de la Ama.

—Con esto, me aseguraré que no te toques mas, al menos hasta que yo te ordene —sentenció la pelirroja, colocando el aparato en la pequeña pero inhiesta polla de su esclavo. Un siniestro “clic” del candado de la jaula de castidad, selló el destino de Leopoldo.
—Ahora eres mío para siempre… quiero que sepas que de ahora en adelante, eres de mi propiedad, pues además del aparato de castidad que solo te quitarás una vez al mes hasta que tu polla se quede microscópica por la falta de uso, llevaras braguitas de encaje bajo los pantalones, te follaré con mi grueso consolador negro de correas, aguantarás que te machaque tus insignificantes huevecillos bajo mis tacones cuando me apetezca y desde luego, probarás mi fusta roja todos los días… ¿has entendido, Siervo?
—¡Si, Ama Margueritte! Respondió Leopoldo, con el enjaulado pene ya chorreando de líquido preseminal.
Poco tiempo después, el siervo de Ama Margueritte, firmó un documento ante notario, en el que donaba la totalidad de su fortuna a la Escuela de Amas de Lady Monique de Nemours… Tal y como cualquier esclavo que se precie de serlo, haría por su Ama.

Ilustración y Texto: Sissy Laurence.

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