5 DIAS DE DISCIPLINA

Era domingo por la noche, estábamos acostados, te respondí mal y ya no aguantaste más. Yo me había estado portando muy mal durante toda la semana y ahora yo maldecía la gota que había colmado el vaso.

– Ya está bien, ya no puedo más –me dijiste.

Yo guardé silencio ante tu cólera e inmediatamente agaché mi cabeza. Sabía que había metido la pata.

– Llevas toda la semana portándote mal y desobedeciéndome… Sabes de lo que te estoy hablando, ¿no?

– No sé, mi Amo, sé que no debería haberte hablado de esa forma hace un rato, pero…

– Eso es lo último que has hecho, perrita, deja que te recuerde… Cada día empieza con el desayuno, y lo dejé pasar, luego el almuerzo, que nunca está preparado, luego te olvidas de lavar mi ropa, la casa está hecha un asco y para colmo, lo peor, es que me has estado faltando el respeto durante toda esta jodida semana.

– Sí… mi Amo… es verdad… estoy muy arrepentida…

– Pero que estés arrepentida no es suficiente, perrita. Creo que un poco de disciplina te irá bien.

– Sí, mi Amo, tienes razón, si tú lo dices…

– Y tanto que tengo razón, querida. Y eso que sólo he nombrado cinco detalles de tu dejadez y desvergüenza. Así que he pensado que por cada uno de estos detalles que te he nombrado, tendrás un día de disciplina.

– Pero entonces son cinco días…

– ¿Crees que necesitas más?

– No… no, mi Amo… con cinco… está bien…

– Bien, perrita, comenzaremos con tu período de disciplina mañana mismo. Así, tendrás tiempo esta noche de pensar todo lo que has hecho mal y lo que te espera.

– Sí, mi Amo.

– ¡Ahora fuera de la cama, perra, y te vas a dormir al suelo de la cocina! Ya te he aguantado bastantes tonterías como para tenerte que aguantar toda la noche a mi lado.

– Sí, mi Amo, lo siento mucho…

Dejé el cuarto sintiéndome culpable y arrepintiéndome de mi comportamiento. Hoy dormiré en el frío suelo de la cocina, mañana será otro día…

LUNES

Él entró en casa después de un largo día de trabajo. Yo lo esperaba en la entrada, arrodillada, con la cabeza baja y mostrándole mi respeto. Intencionadamente presté especial atención a mi pelo, mi postura y mi ropa. Me había rizado el pelo, lo había recogido en una coleta e iba vestida mínimamente, con un vestidito blanco muy corto que es uno de sus favoritos y sin ropa interior. Lo sentía de pie ante mí. Me dijo que se sentía satisfecho con mi forma de esperarlo a su llegada, pero que aquello no cambiaría nada y que aquella noche comenzaría mi período de disciplina por las faltas cometidas.

Me dijo que preparara la cena mientras él terminaba algunas cosas de la oficina que se había traído a casa. Después de que cenáramos y de que yo fregara los platos, me reuní con mi Amo en el salón. Me arrodillé al lado de su sillón. Él seguía callado mirando la televisión sin ni siquiera echarme una mirada.

Cada vez estaba más nerviosa esperando su reacción. Por fin, habló.

– Levántate y quítate el vestido.

Me levanté, me puse ante él y deslicé el pequeño vestidito hasta el suelo, quedando completamente desnuda, mis piernas algo abiertas y mis manos a la espalda. Podía sentir el deseo de sus ojos sobre mi cuerpo. Me sentía un poco incómoda ante él, examinando cada rincón de mi cuerpo con su mirada, sentía un caluroso rubor en mi rostro.

– ¿Por qué te has estado comportando tan mal, de esa manera que sabes que tanto me desagrada?

– Amo, lo siento mucho… Amo…

– ¡Responde a mi pregunta!

– Oh, mi Amo… -podía sentir las lágrimas intentando escapar de mis ojos- Yo no sé… sabía que estaba haciéndolo mal, pero no sé… no quiero que te molestes…

– Eso no tiene sentido, zorra, tú ya sabes las reglas que tienes impuestas, ¿no?

– Sí, mi Amo.

– Y tú aceptaste esas reglas, ¿no es así?

– Sí, mi Amo, las acepté.

– Entonces, perrita, responde a mi pregunta, ¿si tienes tan claras las reglas y las aceptaste de buen grado, por qué las has roto?

– Mi Amo… no tengo excusa… mi comportamiento ha sido imperdonable -en ese momento estaba llorando abiertamente, avergonzada.

– Sí, zorra, lo ha sido y ya no aguanto más. Así que te quiero aquí de pie ante mí y piensa bien en tus errores y qué se debería hacer para corregirte.

Permanecí de pie ante mi Amo, con mis manos a la espalda y las lágrimas rodando por mis mejillas, sabía lo que había hecho y lo sentía verdaderamente en ese momento.

Sabía que tenía que ser castigada duramente, que tenía una deuda con mi Señor. Pero era incapaz de expresar con palabras mis pensamientos.

Estaba muda ante mi Amo. El silencio inundaba el salón. Mi Amo se levantó y salió del salón. Sentía dolor en mi corazón y mis lágrimas caían más abundantemente, pensaba que de nuevo había fallado al no contestar a su sencilla pregunta. Ese sentimiento de haberle fallado era más doloroso que el castigo que me esperaba.

Después de unas dos horas allí de pie, mi Señor regresó y se colocó de pie tras de mí, me cogió las manos y me abrazó por detrás, sintiendo su respiración junto a mi cara.

– Perrita, aprenderás a comportarte como debes, pero por esta noche ha sido suficiente, has tenido dos horas aquí de pie sola, para pensar en cómo me has vuelto a fallar y estoy seguro de que has sufrido, así que ya es hora de irnos a la cama.

Él me condujo hasta nuestra habitación. Me arrodillé junto a la entrada y esperé a que él se desvistiera y se acostara. Una vez acostado, caminé de rodillas hasta quedar a su lado y le pedí perdón. Con una seña me indicó que me acostara a su lado, me rodeó con sus fuertes brazos y lloré mientras me preguntaba cómo pude fallar a este hombre que tanto me ama. Reconfortada por su abrazo, caí dormida.

MARTES

He tomado la determinación de agradar a mi marido como sea. Me bañé con agua perfumada con sales y arreglé mi pelo para estar lo más atractiva posible. En esta ocasión me arrodillé ante la puerta de la casa para esperarlo, completamente desnuda, con mi cabeza agachada y sólo adornada por mi collar de perra. Mi pecho tembló al oír cómo se abría la puerta.

– Perrita, esta sí que es una forma adecuada de recibir a tu Amo, está muy bien.

– Se lo agradezco, mi Señor -dije manteniendo mi cabeza agachada respetuosamente e intentando borrar un atisbo de orgullosa sonrisa.

– ¿Qué te parece si comenzamos esta segunda noche de disciplina con un castigo para que luego podamos disfrutar juntos de la cena un poco más relajados, perrita?

– Sí, mi Amo, lo que pienses y desees será lo mejor.

– Muy bien, ve a la habitación, coge un cinturón y espérame en el salón.

Subí y entré en nuestra habitación. Mis rodillas temblaban de excitación, sé que debo ser rápida en llevarle lo pedido. Con el cinturón ofrecido en mis manos, llegué al salón. Ya casi puedo sentir la picazón del azote del cinturón con sólo llevarlo en mis manos. Mis lágrimas casi querían escapar con sólo darle el cinturón y esperar su próxima orden. Él se sentó en el sillón y con un gesto me indicó que me colocara sobre su regazo. Me tumbó, mis manos se apoyaron en el suelo.

Su mano acarició mi culo, sentía la suave caricia. Me encanta esta parte aún sabiendo que pronto la suavidad de sus caricias se volverían dolor. Antes de empezar comenzó a hablarme sobre mi mal comportamiento a lo largo de la semana. Sus palabras me hicieron recordar lo estúpida y provocativa que fui y lo irrespetuosa que llegué a ser con él. Cuando el primer azote cayó, me sentí completamente avergonzada pensando que aquella azotaina no era simplemente un castigo, sino que realmente me lo merecía sobradamente, incluso me sorprendí al poner tanto sentimiento en las palabras que dije a continuación:

– Mi Señor, eres demasiado amable y blando conmigo teniendo en cuenta lo mal que me he comportado. Mi conducta ha sido imperdonable y merezco ser castigada muy duramente.

– Sí, mi perrita, estoy completamente de acuerdo contigo y me alegra oír lo que acabas de decir. Creo que por fin empiezas a comprender.

Él siguió azotándome, cada vez con mayor intensidad, de un simple picor, comencé a sentir dolor. Sus azotes eran firmes y produjeron el efecto deseado. Mi culo estaba completamente rojo y mis resoplidos clamaban el dolor que me producían. Después de un buen rato, me ordenó levantarme y nos dirigimos al dormitorio. Me ordenó que me tumbara sobre la cama y que pusiera la almohada bajo mi vientre, así mi culo quedaría alzado, expuesto para lo que se avecinaba. Cogió el cinturón y yo apreté los dientes anticipándome al primer golpe. No llegó. Esperé.

Mi Amo me preguntó de repente, que cuántos azotes creía yo que me merecía. Esa era la parte más dura para mí, sabía que merecía el castigo, pero me era imposible contestar a la pregunta. El dolor del cinturón me asustaba.

– ¡Venga, zorra, contesta! ¿Cuántos crees que mereces? -Sabía lo que quería, una respuesta rápida. Casi llorando contesté:

– Diez, mi Amo, creo que merezco diez.

– Eso es poca cosa, te daré treinta.

– Sí, mi Señor.

Contesté llorando abiertamente cuando los primeros y duros azotes cayeron sobre mi tierno y suave culo. Cuando llegó el azote treinta, se preparó a conciencia y lo soltó con todas sus fuerzas. Mi grito fue desgarrador entre mis sollozos desconsolados. Mi culo estaba ardiendo y el dolor recorría toda mi columna vertebral.

Mi Amo soltó el cinturón, me agarró de un brazo con fuerza y me hizo levantar, me llevó hasta un rincón, esposó mis5-1 manos a la espalda y cogiéndome por la cabeza, pegó mi nariz contra la pared. Cogió una moneda y la colocó entre la pared y mi nariz, para que la sujetara con ella.

– Ahora te quedarás aquí de pie en el rincón como una niña mala durante una hora, mientras seré yo quien prepare la cena… y ya vendré por ti cuando tengas que ir a servírmela.

Y procura que la moneda no caiga, así que no despegues tu nariz de la pared.

– Sí, mi Amo.

Estaba de pie en el rincón, cara a la pared, mi culo ardía y el dolor era constante, pero sobre todo, avergonzada de haber tenido que ser castigada por mi propia culpa. Y además la vergüenza de tener que estar en un rincón con mi cabeza pegada a la pared, sin poderme mover para que la moneda no cayera al suelo, hasta que él viniera a rescatarme.

Comenzaba a sudar, las piernas me daban calambres, mi boca estaba seca, pero la moneda no cayó de la pared cuando él por fin vino a soltarme para que le sirviera la cena.

Me condujo hasta el salón cogiéndome del brazo hasta que mis piernas se acostumbraron de nuevo al movimiento, la nariz me dolía horrores. Él se sentó en su silla y yo cogí su plato y le serví la sopa, luego cogí el mío y me serví, retiré la silla para sentarme y de nuevo otra sorpresa. Sobre la dura madera de la silla había bastantes chinchetas. Él me miraba fijamente, pero no dudé y me senté sin rechistar.

5-2Cerré los ojos, algunas chinchetas se clavaron claramente en mi dolorido culo, pero no dije nada y comencé a cenar como si no ocurriera nada. Él comenzó a charlar conmigo como si tal cosa, sonriendo abiertamente por mi incomodidad, y yo le contestaba tranquilamente, parecíamos un matrimonio normal discutiendo sobre sus cosas, a diferencia de que yo estaba desnuda, con un collar de perra y con mi culo estallando de dolor…

MIÉRCOLES

Para esa noche, mi Amo me ordenó que me pusiera el vestido de encaje negro transparente, que se ceñía a mi piel y que él me había comprado recientemente, también que me pusiera un tanga negro, pero no sujetador y además que me pusiera los bonitos zapatos de salón de altos y afilados tacones. Me ordenó que me arreglara bastante, con un bonito y bien arreglado peinado y con bastante maquillaje.

Cumplí sus órdenes sin decir ni preguntar nada y lo esperé a que llegara, como siempre de rodillas ante la puerta. Llegó muy alegre y me dijo que cenaríamos fuera. Mi cara se tornó roja al instante. A través del vestido se veía claramente mi tanga negro y mis pezones se vislumbraban a través del fino encaje.

Fuimos al restaurante en taxi, algo que no esperaba.

El taxista no dejó de mirar a través del espejo retrovisor y mi marido charlaba de cosas del trabajo como si nada especial ocurriera.

Llegamos al restaurante y nos instalaron en una mesa bastante vistosa, las miradas pronto fueron atraídas por esa bella mujer que mostraba sus encantos tan abiertamente: yo.

La cena fue maravillosa, me encantó su alegría durante la conversación. Nadie podía suponer que mi marido fuera un Amo tan estricto. Sus modales eran impecables y su voz suave, todo transcurría como una cena normal y corriente en una pareja. Eso fue lo que más me gustó de él cuando lo conocí, su encanto y dulzura, pero bajo ese encanto y esa dulzura había una fuerza muy poderosa que sentí desde el primer instante en que lo vi.

Éramos el centro de atención del restaurante y extrañamente no nos sirvió el mismo camarero durante toda la noche, sino que observé que se turnaban para verme. Sabía que era la comidilla del lugar y entre la confusión en mi cabeza, estaba una excitación especial. Terminamos, volvimos a pedir un taxi y llegamos a casa.

Me llevó al salón y se acabaron las formalidades. Me ordenó desnudarme y esperé pacientemente de pie en el centro del salón con mis manos atrás, mientras él preparaba la sesión. Vi cómo retiraba la alfombra, que ocultaba una argolla en el suelo. Mi corazón palpitaba mientras lo miraba. Cerré los ojos y no quise ver el resto de los preparativos de lo que me esperaba aquella noche. Cuando terminó se colocó de nuevo delante mía…

– Abre los ojos, perrita.

Cuando lo hice, vi cómo sostenía en sus manos unas pinzas para los pezones.

– Retuerce y aprieta tus pezones para mí, zorra. Y mírame a los ojos mientras lo haces.

Pellizqué mis pezones sin dejar de mirar a sus ojos. La manera en que me miraba, hacía que me ruborizara al hacer aquello delante de él, sabía que eso era lo que pretendía.

– ¡Tira con fuerza y retuerce más tus pezones, zorra! -Apreté con más fuerza viendo su enojo- ¡Más fuerte! ¿O tengo que hacerlo yo?

– No, mi Amo -le respondí tirando con más fuerza de mis pezones e incluso clavándome mis uñas con rabia, me encogía yo misma por el dolor, era casi insoportable.

– Muy bien, zorra. Ahora tira con fuerza de los pezones, clávate las uñas y tira hacia fuera hasta que tus pezones escapen de tus dedos.

Una expresión de inmenso dolor se dibujaba en mi rostro y grité cuando mis dedos escaparon de los pezones.

– Muy bien, zorra, eres buena. Ahora muéstrame tus manos.

Le ofrecí mis manos y él me puso unas muñequeras de cuero y las enganchó juntas. Mis manos cayeron juntas sobre mi vientre. Él cogió mi pezón izquierdo y lo retorció, poniendo una pinza en él. El dolor me atravesó. Luego repitió la operación en el pezón derecho. Respiré profundamente y contuve un lamento. Cuando mis pezones comenzaron a acostumbrarse a la presión de las pinzas, él cogió unas pesas y las enganchó a las pinzas.

Una nueva sensación de dolor pasó a través de mí. Entonces me ordenó ponerme a cuatro patas, con su mano impulsó mi cabeza hacia abajo y enganchó mi collar a la argolla que del suelo.

La postura era muy incómoda, mis manos estaban por delante de mi cabeza, mi cara casi tocaba el suelo y mi culo quedaba totalmente expuesto y sentía cómo las pesas tiraban de mis pezones. Mi Amo parecía indiferente, era la postura que él deseaba. Sentí cómo se colocó detrás mía y sus dedos penetraron mi culo y mi vagina, tirando de mis labios vaginales con fuerza, estirándolos al máximo. Comenzó a darme palmadas en mi vagina cada vez con más fuerza. Paró y de nuevo introdujo de golpe sus dedos en mi vagina y los sacó completamente húmedos, humedad que restregó contra mi culo.

-Estás tan mojada, zorra… ya veremos qué hago contigo, te gusta demasiado el castigo.

Mi Amo se colocó delante de mi cara y me mostró varios vibradores a cual más largo y grueso.

– ¿Cuál es el que desea tu coño? -Cogió el más pequeño- ¿Este? No, éste no -me dijo riendo entre dientes.

Yo permanecí inmóvil y en silencio, sabía que no quería ninguna respuesta.

– ¿Quizás éste? -Me mostraba mi consolador favorito…

-Sí, mi Amo, ese estaría bien.

– No, zorra, creo que este tampoco.

Me mostró el más largo y grueso.

– Creo que estarás de acuerdo conmigo en que éste es el que quiere tu coño, ¿verdad, zorra?

– Sí, mi Amo, ese es el que desea mi coño -era lo único que podía contestar.

Se colocó detrás mía y comenzó a frotar el enorme consolador contra mi vagina. Sentí cómo la cabeza del aparato se abría paso en mi interior. Sentía la enormidad del consolador. Sentía que la cabeza casi había entrado y él se paró, sé lo que esperaba de mí. De golpe balanceé un poco mi cuerpo de delante a atrás e impulsé mi cuerpo con todas mis fuerzas contra su mano. El impacto fue enorme, cerré los ojos y aguanté el dolor.

– Veo que aceptas con ganas todo lo que te doy, que incluso lo deseas.

– Sí, mi Amo, sólo que es tan grande que… ¿podemos ir más lentos, por favor…?

– ¿Qué es esto? ¿Mi zorra cree que puede decidir por mí?

– No, mi Amo, es sólo que…

– ¡¡¡Cállate!!! Quizás es que necesitas un cambio… -Sacó el consolador de mi vagina y lo apuntó directamente contra mi ano.

– No, mi Amo, lo siento… por favor, perdóname… haré lo que quieras… pero…

– ¡¡¿Te he da do permiso para hablar, zorra?!!

Sentí cómo otro consolador más pequeño se introducía en mi vagina y comencé a relajarme.

Pero de repente, noté que además del que ya tenía en la vagina comenzó a meter otro. Mi vagina se dilató y admitió 5-4los dos consoladores. Pero de repente, un poderoso empujón hizo que el más grande entrara en mi ano. Mi grito reveló el súbito dolor que me atravesó.

Él no mostró misericordia y comenzó a bombear los tres consoladores que invadían mi cuerpo. Los movía rápido, demasiado rápido… y yo tenía auténticos problemas para aceptar el consolador más grande en mi ano. Mis lamentos y mis lágrimas no hicieron que él se detuviera.

– Tú aceptarás todo lo que yo te dé, porque es lo que te mereces, y ahora tranquilízate o tendré que amordazarte.

– Por favor, mi Amo, yo…

– ¿Has entendido, zorra?

– Sí, mi Amo.

Yo apreté mis dientes y mis labios, pero era imposible detener mis lágrimas. Finalmente sacó de golpe los tres consoladores y yo me sentí tan aliviada entre el dolor que no pude evitar decirle:

– Gracias, mi Amo, gracias…

– No me agradezcas nada todavía, zorra, no sabes lo que te espera aún… ¿Deseas saber qué te espera zorra?

– Sí, mi Amo.

– Bien, relaja tus piernas, déjalas estirarse.

Con verdadero esfuerzo deslicé mis piernas y mi cuerpo quedó todo estirado con mi cara pegada al suelo, las pinzas se clavaron aún más en mis pezones y gemí. Sus manos se deslizaron bajo mi cuerpo y retiró bruscamente las pinzas y mis lágrimas aumentaron al igual que el dolor.

5-5Me desató las manos, me las llevó atrás y volvió a enganchar las muñequeras, esta vez con mis manos a la espalda y mi cuerpo totalmente pegado al suelo, sin poderme mover y con mis doloridos pezones aplastados contra el parqué.

– Pues bien, lo que te espera es que pasarás la noche aquí, atada por tu collar al suelo.

Cogió la alfombra, me la puso por encima y sentí el roce áspero sobre mi piel desnuda. Mientras sentía sus pasos dirigirse hacia nuestro dormitorio pude escuchar: “Que tengas dulces sueños, perrita”.

JUEVES

Ya hemos cenado y estoy desnuda, de pie, atada por las manos a unas argollas que tenemos disimuladas en el techo del salón. Él no está, pero puedo sentir sus movimientos en la planta de arriba, estoy esperando el castigo de esta noche. Mi Amo entró en el salón y colocó una venda negra sobre mis ojos. Sus manos comenzaron a jugar con mis pechos. Su toque era suave, su mano bajó hasta la humedad de mi entrepierna.

– ¿Estás lista para mí, perrita?

Se movió detrás de mí y comenzó a azotar con su mano mi culo. La azotaina era firme y prolongada, me alegré de haber tenido un día para recuperarme de la última azotaina.

Cuando terminó de azotar mi culo, que ya estaba bien rojo, mi Amo me quitó la venda, pero no me desenganchó.

– Tengo una sorpresa especial para ti, mi amor… si tú deseas aceptarla, claro. Antes de que contestes, permíteme que te explique. Tú te has entregado por completo a mí, pero quiero que realmente entiendas lo que esto significa. Tú eres mía, estás para servirme, conoces las reglas, te has comprometido y estás siendo disciplinada por romper esas reglas. Ahora yo tengo que saber… ¿sigue en firme tu compromiso?

– Oh, sí, mi Amo -le digo muy seria y convencida-. Me comprometo a ser tuya para siempre, para servirte y complacerte en todo.

Sé que tengo mucho que aprender y aunque sea muy difícil y duro, intentaré no fallarte de nuevo. Por favor, mi Señor, créeme, soy tuya en mente, cuerpo y alma. Yo te amo y amo que seas mi Dueño.

– Me alegra oírte decirlo, yo también te amo y veo que eres sincera. Bien, deseo que lleves mis anillos en tus pezones, para simbolizar que eres de mi propiedad, ¿lo aceptas?

– Sí, mi Amo, estaré orgullosa de llevarlos.

– Muy bien, mi amor, ha llegado la hora.

A una señal suya, una mujer que yo antes nunca había visto entró en el salón con una pequeña bandeja en sus manos. Me dejé caer sobre mis brazos, la turbación se apoderó de mí al ser vista de aquella forma por una persona extraña, completamente desnuda y enganchada al techo. Mi turbación no pareció desconcertar a aquella mujer, que se dirigió decididamente hacia mí y dejó la bandeja sobre la mesa. Sentí como mi Amo se colocaba detrás de mí y me rodeaba con sus brazos por la cintura.

Aquello me reconfortó y me tranquilizó, cuando me di cuenta de lo que iba a ocurrir. La mujer preparaba en silencio los instrumentos y se acercó a mí mostrándome los anillos que yo pronto llevaría. Asentí sin saber qué decir a aquella extraña. Me apoyé contra mi Amo, agradeciendo que él estuviese allí en el momento en que la mujer agujereó uno de mis pezones.

5-6Un gemido escapó de mis labios y sentí como los brazos de mi Amo se apretaban contra mi cuerpo. Poco tardó en ser agujereado mi otro pezón y en atravesarme el dolor de nuevo. Miré hacia abajo para ver cómo quedaron mis pechos. Mi Amo se puso delante de mí y le dijo algo a la mujer en voz baja.

– Estás maravillosa, perrita -dijo mi Amo besando mis doloridos pezones recién agujereados.

– Gracias, mi Señor, me siento orgullosa.

– Soy yo quien se siente orgulloso de ti, mi amor -me dijo al tiempo que me soltaba de las argollas del techo-. Pero perrita, todavía hay algo más para ti esta noche…

– Sí, mi Amo -le dije sonriente.

– Te arrodillarás ante mí y me darás placer esta noche, perrita, y te tragarás todo mi regalo para sellar tu nuevo compromiso.

– Sí, mi Amo, será un placer para mí…

Le decía esto al tiempo que me arrodillaba y sacaba su miembro. Le hice la mejor mamada que nunca le había hecho, me esmeré al máximo para agradecerle el regalo que me había hecho esa noche.
VIERNES

Le estoy esperando como siempre, arrodillada y desnuda ante la entrada. Me dijo que comenzaríamos el último día de disciplina en cuanto él llegara a casa. Estoy esperando el final de mi castigo, ha sido una semana larga… y dura.

Pero al mismo tiempo, estoy orgullosa de mis reacciones durante esta semana, sobre todo con mis pezones anillados y con lo que ello representa.

Sin mediar saludo, entró en la casa, me agarró del pelo y me llevó hasta el salón. Me ordenó que cogiera un cojín y que lo esperase sentada sobre él en el suelo. Él regresó con una cuerda en las manos y ató mis muñecas y mis tobillos firmemente. Unos cachetes en mi culo indicaron que estábamos listos para empezar.

Se colocó delante de mí, bajó la cremallera de sus pantalones y sacó su polla.

– Esta noche serás tratada como una vulgar puta, nada más que una simple puta. Y como la puta que eres llenaré todos tus agujeros esta noche, porque todos me pertenecen, ¿está claro, puta?

– Sí, Señor, lo entiendo.

– ¿Entiendes que sólo eres una puta? ¡Dime lo que eres!

– Soy una puta, Señor, puedes hacer conmigo lo que quieras, follarme por donde quieras, venderme a quien quieras, chuparé y follaré las pollas que tú me des, sólo soy una puta que sirve para ser follada y para chupar y tragar.

– Exactamente, puta, es lo que harás esta noche. Así que ahora empieza a usar tu boca para lo que ya sabes.

Introdujo su polla en mi boca con brusquedad y abrí mi garganta para ser follada por su polla. Empujó agresivamente hasta lo más profundo de mi garganta. De repente, sacó su polla y la volvió a meter en sus pantalones.

– Tengo una sorpresa para ti, puta, vas a gozar como nunca.

Salió del salón y al volver entró con dos hombres más, de aspecto desaliñado, posiblemente los ha buscado en las calles.

– ¡Follaros a esa puta! Ya os dije que estaba muy buena y le encantan las pollas.

Los hombres venían un poco bebidos, se desnudaron y poco tardó el primero en meter su sucia polla en mi boca. El sabor era acre y desagradable, pero tragué y chupé como se esperaba de mí. El otro me desató y comenzó a meterme sus sucios dedos en mi coño y en mi culo. Yo era una marioneta en las manos de aquellos hombres, pero colaboraba todo lo que podía, fingiendo sentir placer ante aquella invasión de mi intimidad y de mi cuerpo. Mi Amo estaba sentado en el sillón con una copa en sus manos mirando el espectáculo.

5-7Me follaron por todas partes, por mi culo, mi boca y mi coño, y finalmente me obligaron a arrodillarme delante de ellos y me metieron por turnos sus pollas en mi boca hasta que uno detrás del otro se corrieron en ella.

Tuve que tragar el caliente y desagradable líquido que salió de aquellos sucios miembros. Después de que se corrieran miraron a mi Amo interrogantes.

– Ya sabéis lo que tenéis que hacer, para eso os he pagado. Túmbate en el suelo y abre la boca, puta.

Me tumbé estirada en el suelo y abrí la boca como me ordenó mi Amo. No me esperaba lo que iba a ocurrir. De repente aquellos hombres empezaron a mear sobre todo mi cuerpo incluida mi cara. No podía evitar que además de quedar todo mi cuerpo bañado en aquella orina, algunos chorros certeros cayeran en el interior de mi garganta.

Nunca antes había ocurrido algo semejante, nunca habíamos mezclado extraños en nuestros juegos, pero mientras sentía aquel ardiente líquido recorrer mi rostro, mi cuerpo y mi garganta, recordé que todo aquello y mucho más, me lo merecía, me lo había buscado y lo estaba disfrutando como nunca antes hubiera pensado.

Los hombres se fueron y mi Amo me miró seriamente.

– Sube al baño y báñate bien a fondo, estás hecha una porquería, nunca imaginé que fueras tan puta, apestas.

Subí al cuarto y me metí en la ducha. Me lavé a fondo, cepillé mis dientes y aclaré mi boca con un elixir bucal para quitarme el desagradable sabor de las corridas y de los meados en mi garganta.

Regresé y me planté de rodillas ante mi Amo, él se levantó, se sacó de nuevo su polla y me ordenó chuparla como yo tan bien sé. Tardó poquísimo en correrse y yo recogí con placer todo su líquido, tragándolo con verdadero deleite. Luego volvió a sentarse.

– ¿Has aprendido bien la lección, zorra?

– Sí, mi Amo, siento mucho mi comportamiento durante la semana pasada.

– ¿Qué has aprendido de estos cinco días de disciplina?

– Que tengo que saber obedecer y saber complacerte en todo. He aprendido y nunca volverá a ocurrir, te amo, mi Señor y soy tuya por entero.

– ¿Y si vuelves a comportarte mal, perrita?

– Entonces ya sé el castigo que me espera, mi Señor.

– No, la próxima vez será aún peor, perrita.

– Sí, mi Señor, lo entiendo, lo acepto y lo espero.

– Eso espero, perrita, que lo hayas entendido.

– Sí, mi Señor, gracias por el regalo de estos cinco días.

– Muy bien, perrita, ahora vamos al dormitorio, a nuestra cama. Creo que tenemos algo que celebrar y tú te has merecido un premio, el regalo de mi semen en tu garganta y el orgasmo que tanto te mereces.

No cabía en mí de alegría, me levanté rápidamente del suelo, mostrando mi gozo descaradamente.

– Sí, mi Amo, vamos, vamos…

Texto: José Luis Carranco – Iustraciones: José Morilla

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