24 HORAS MAS

Me despierto la primera, estoy a su lado, desnuda. Me levanto con mucho cuidado, temo despertarla antes de tiempo. No me pongo los tacones, no quiero que su sonido la pueda llegar a molestar. Bajo el botón del despertador para que éste no suene y no turbe su despertar, aún le queda media hora de sueño. Yo la desadormeceré. Sigilosamente, salgo de la habitación y me encamino al baño, me lavo la cara.

Tengo ganas de orinar, pero no lo haré, me falta una orden suya que me lo permita. Bajo al salón, ya ha amanecido. Entro en la cocina y comienzo a preparar el café. También incluyo unas tostadas y un delicioso zumo de naranja natural, que acabo de exprimir. Lo pongo todo en una bandeja, es la hora. Subo la escalera, dejo la bandeja en la cómoda de su habitación, me acerco y le susurro suavemente al oído: “Mi Amor, Mi Dueña…”. Se vuelve lentamente, nuestras miradas se enfrentan, se acerca y me besa en los labios.

– He traído tu desayuno, mi Señora.

– Muy bien, mi pequeña niña -me responde.

Antes de servirle la bandeja, se levanta y se encamina al baño. Me llama y me manda tumbar en medio de la estancia. Desnuda, se agacha hasta que siento el suave y delicado olor de su entrepierna -mi dorado tesoro-, junto a mi boca. La abro todo lo que permite mi mandíbula. De repente, su caliente líquido inunda mi garganta. Como cada mañana, trago y trago su dorado néctar, es mi aperitivo antes del desayuno. Termina, no se ha escapado ni una gota, qué bien entrenada me tiene. Paso mi lengua suavemente y limpio mi más preciada meta. Se alza y vuelve hacia la cama, se acomoda y me ordena servirle el desayuno.

– Estuvo muy bien lo de anoche, mi querida putita. Me gustaría repetirlo alguna vez, volver a buscar tu límite.

– Siempre estoy a tus órdenes. Mi vida es complacerte, mi Señora.

– Tengo que irme pronto a la oficina, luego te daré las órdenes del día por teléfono. Posiblemente, tendré que irme de viaje y me gustaría que me acompañaras, si no te importa.

– Me haría muy feliz poder acompañarte, mi Señora.

– Ya hablaremos…

Después de tomar el zumo de naranja se levanta de la cama, se acerca a la cómoda y toma mi collar de perra y su correspondiente correa. Coloca el collar en mi cuello y engancha la correa.

– Ponte las sandalias de tacón que llevaste ayer.

Me acerco junto a la cama donde, cuidadosamente, coloqué mis (sus) hermosos zapatos de finos tacones y me los calzo.

– Seguramente, tendrás ganas de hacer tus necesidades -yo asiento con mi cabeza-, te llevaré al jardín antes de ducharme.

Tira suavemente de la correa y me lleva al jardín. Ella sigue totalmente desnuda y descalza. Me agacho y orino profusamente sobre la fresca hierba. Termino y tira de la correa para que me levante, acerca su rostro al mío y vuelve a besarme en los labios. Yo bajo la mirada.

– Me apetece que nos duchemos juntas.

Tira de la correa y nos encaminamos al baño de su dormitorio. Subiendo la escalera, puedo admirar su hermoso cuerpo, su acompasado contoneo, sus dorados cabellos, su suave piel que estoy tentada a acariciar… Me ordena ir llenando la bañera mientras Ella abre el armario y comienza a escoger la ropa que desea ponerse cuando terminemos.

– El baño está listo, mi Señora.

Nos introducimos juntas, nos sentamos, Ella me da la espalda. Yo tomo la esponja y la paso suavemente por su espalda, se apoya sobre mi pecho y la deslizo por su seno, más que lavarla la acaricio. Llego a su entrepierna y paso la esponja por mi dorado tesoro. Ella abre más las piernas y se deja acariciar. Cierra los ojos y me besa, nuestras lenguas se entrelazan. Dejo la esponja y es mi dedo el que acaricia su clítoris. Comienza a moverse hacia delante y hacia atrás. Sigue besándome con fuerza, cuando le llega el orgasmo. Se da la vuelta y acaricia mis pechos, pasa la yema de sus dedos por mis heridas, las besa. Su mano se desliza por mi entrepierna, doy un respingo.

– ¿Aún te duele?

– Ahora no, mi Señora -le respondo dulcemente. Me besa suavemente en los labios y se alza.

– Sécame -salimos de la bañera y paso con suavidad la toalla por su cuerpo-. Sécate y recógelo todo, voy a vestirme.

Cuando después de ordenar un poco el cuarto de baño, salgo a la habitación, la encuentro maquillándose, yo me quedo como atontada admirándola.

– ¿Te gusta cómo voy hoy?

Cómo no me va a gustar, está soberbia. Lleva un traje de cuero marrón, minifalda y chaqueta corta cruzada a juego, camisa blanca y una corbata con un divertido motivo también en tonos marrones.

– Estás preciosa, mi Señora.

– Acompáñame a la puerta, me he entretenido demasiado y ya voy un poquito tarde.

Llegamos a la puerta, le entrego su portafolios.

– Arregla un poco la casa, no te pongas nada y desayuna algo. Dentro de un rato te llamaré por teléfono.

Me besa en los labios y vuelvo a admirarla mientras se marcha hacia la entrada del jardín de la casa. Es divina. Me encamino a la cocina, me preparo una taza de café y una tostada. Mientras desayuno, me entran ganas de reír pensando en nosotras. Felicidad. Termino, subo a su dormitorio y comienzo a ordenarlo todo.

Recojo todos nuestros juguetes que, inmediatamente, guardo en el set. Hago la cama y me acerco a la cómoda a recoger la bandeja de su desayuno. Me miro ante el espejo, paso las yemas de mis dedos por las heridas de mis pechos, cierro los ojos y siento. Llego a mi entrepierna y doy un respingo, hay una pequeña herida que me duele. Me dirijo al baño, cojo un poco de alcohol y me doy un poco en mi rajita. Cierro los ojos y aprieto los labios.

El escozor es muy fuerte, pero me encanta. Ojalá siempre tenga ese pequeño resquicio de dolor para recordarla y sentirla siempre conmigo. Llego a la cocina y comienzo a fregar lo utilizado durante el desayuno, cuando suena el teléfono. Es Ella. Me comunica que nos vamos de viaje, hoy es miércoles y volveremos el lunes, así que Ella tiene dos días para trabajar y todo un fin de semana para nosotras. Me siento tan afortunada de poder acompañarla… Me ordena que prepare las maletas y nuestro set con los juguetes.

– Espérame desnuda, no te pongas nada, ya te diré yo lo que debes llevar para el viaje. La agencia enviará los billetes a casa.

Se despide con un beso. Aún no sé ni donde vamos de viaje, Ella no me lo ha dicho. Lo averiguaré cuando nos traigan los billetes del avión. Subo de nuevo arriba y comienzo a preparar la maleta, no me ha dicho qué quiere que le ponga en ellas, siempre confía en mí. Mientras estoy con mi faena, llaman al timbre, desde el salón, aprieto el botón que abre la puerta de entrada al jardín.

Tal y como estoy, desnuda, me toca de nuevo volver a sorprender a otro joven mensajero. Abro la puerta de par en par, no se me ha ocurrido mirar por la mirilla y me encuentro no con un chico, sino con una chica, con el anagrama de la agencia de viaje estampada en su camiseta. La chica abre mucho la boca, no reacciona. Se queda atónita mirando mi desnudo cuerpo y las líneas rojizas que cruzan mis pechos y mi vientre. ¿Qué pensará?

– ¿Qué deseas? -le pregunto, algo divertida.

– Sus billetes de avión, señora -Adelanta algo su mano derecha y tomo de ella los billetes. Me acerca una carpeta donde hay un albarán que he de firmar. La cojo y firmo. Mientras, la joven no para de recorrer con su mirada mi cuerpo, se fija en mis altos tacones y esas extrañas líneas sonrosadas que también cruzan mis muslos, veo sus ojos interrogándose a sí misma, sin dejar de observar mi castigado cuerpo. Le devuelvo la carpeta, ella se vuelve para marcharse y la llamo.

– Perdona, pero a mí no me van las tías y menos con problemas -me dice la joven, volviendo la cabeza hacia mí.

– Es para darte la propina, bonita.

La chica vuelve a acercarse a la puerta. Me vuelvo, cojo el monedero y le doy un generoso billete de mil pesetas. Lo coge y, un tanto apresurada, se da la vuelta para marcharse.

– ¡Oye! -le digo y se vuelve- Por cierto, a mí sí me van mucho las chicas, bonita, y no tengo ningún problema -y cierro la puerta.

No puedo evitarlo, me excitan estas situaciones, con chicos o con chicas, me da igual. Me gusta mucho ver sus movimientos nerviosos y sus ojos que exploran mi cuerpo. Me encanta. Miro el destino en los billetes de avión, nos vamos a París. Aún recuerdo nuestro último viaje… Vuelvo a subir a terminar la tarea encomendada, ya está bien de tanto divertirme. Pasan un par de horas, me he entretenido buscando cualquier resquicio de desorden o suciedad en la casa. Oigo las llaves entrar en la cerradura de la puerta de entrada.

Ella ha vuelto. Rápidamente, llego hasta la entrada y me arrodillo justo cuando Ella ha abierto la puerta. Pasa la mano por mis cabellos, da un pequeño tirón y se encamina al interior de la casa. No me ha dicho nada, tampoco ha cerrado la puerta tras de sí, así que yo me quedo tal y como estoy, de rodillas, las manos atrás, la mirada baja y frente a la puerta que, de par en par, da al jardín.

Alzo un poco la mirada y me doy cuenta que también ha dejado abierta la puerta que accede al jardín y que da a la calle. Si alguien pasara por la calle en ese momento y le diera por mirar, me podría ver en aquella situación. No es que me preocupe, tengo más que asumida mi condición y hace ya tiempo que no me preocupa nada que a Ella no le preocupe, aparte de que disfruto, claro. La oigo subir al dormitorio. Pasan unos minutos y la oigo volver. No sé si alguien se habrá percatado desde la calle de mí, mi mirada sigue fija donde acaban mis rodillas.

– Cierra la entrada al jardín, la puerta de la casa y ven.

Me encamino hacia la calle, recorro el pasillo empedrado de nuestro jardín y llego hasta la entrada. Tras un coche observo a unos jóvenes que me espían entre risas. Algo que contar a sus amigos: una tía imponente de rodillas ante una puerta, desnuda y que para colmo, luego sale hasta la puerta de entrada y con unos tacones… de alucine. Pasan un par de señoras con bolsas de la compra. Por un instante me miran asombradas, cierro, sin prisas.

– ¡Qué vergüenza! -es lo último que les alcanzo a oír.

EN EL AEROPUERTO

Acabamos de facturar el equipaje y nos dirigimos a la sala de espera en la que nos avisarían para coger nuestro vuelo. El único bulto que va como equipaje de mano es el set. Al pasarlo por el escáner policial, nos miran con curiosidad, seguramente pueden ver parte de lo que va en el interior, mucha cadenita y mucha pinzita, qué más da. Estoy un poquito asustada. Menos mal que la cadenita que pende de las pinzas que aprisionan mis labios vaginales y cuyo extremo asoma algo al filo de mi llamativa minifalda, no hace saltar la alarma del detector de metales. Las miradas de los guardias civiles nos siguen, pendientes sobre todo de mí. Las sandalias de altísimos y finos tacones hacen que mi culo, que casi se aprecia bajo la cortísima faldita, se bambolee con sensualidad y gracia.

Nos sentamos a la espera de la llamada de nuestro vuelo. La sala es bastante amplia y pocas son las personas que aguardan. Nosotras nos hemos sentado en un extremo, algo alejadas de los demás. Ella mete la mano por mi entrepierna y atrapa la cadenita de las pinzas, tira. Abro un poco las piernas, la minúscula falda que llevo se alza un poco más, se ven a la perfección las pinzas. Ella tira aún con más fuerza y lanzo un furtivo gritito. Se me ha escapado. Algunas personas vuelven sus cabezas, disimulo. Nadie se ha dado cuenta, excepto un joven que, también apartado del resto, está directamente sentado frente a nosotras.

El chico, boquiabierto, no aparta sus ojos de mi entrepierna. Abro algo más las piernas y le mostramos claramente mi rajita. Ella sigue tirando con fuerza. Yo miro hacia abajo y no sólo veo las pinzas, sino también mis labios vaginales exageradamente estirados. Miro directamente al chico, su paquete abulta. Ella se ha dado cuenta y me lo susurra al oído.

– ¿Has visto cómo le abulta la polla a ese imbécil? Levántate, cógelo de la mano, te lo llevas al servicio y le chupas la polla. ¡Venga, anda y no tardes!

Suelta la cadena, me levanto y me acerco al chaval, lo tomo de la mano y le digo al oído que me acompañe. No se hace de rogar. Miramos a nuestro alrededor, nadie se da cuenta cuando nos introducimos en el servicio de caballeros. Nos metemos en un water. Directamente le bajo la cremallera y comienzo a chupársela.

El chico me pregunta mi nombre y a qué viene lo de la cadena de mi coño, no le contesto y sigo con lo mío. Me agarra de la cabeza cuando me la trago entera, la verdad es que tiene una buena tranca. Empieza a temblar y siento su semen golpear en mi garganta, está muy caliente, me lo trago todo. Cuando saco la polla de mi boca, dejo escapar un poquito por la comisura de mis labios. A Ella le gustará.

– Oye, chaval, esto es sin compromiso, no queremos saber nada de ti, ni queremos que sepas nada de nosotras. Date por contento con la mamada y cuando salgas ni nos saludes, ¿vale?

El chaval asiente sorprendido y salgo. Allí se queda. Me vuelvo a sentar junto a Ella. Me mira algo divertida. Se fija en la gota de semen que tengo junto a los labios, prueba de la orden cumplida.

– Trágate esa porquería, zorrita mía.

Saco la lengua y lo engullo con cara de placer. Me coge la mano, aprieta, me clava las uñas. Es su forma de aprobar lo hecho. Llaman a nuestro vuelo y nos encaminamos al túnel de acceso al avión.

EN EL AVIÓN

Nos han servido la comida, la bandeja del asiento delantero está bajada. Ella, aprovechando la circunstancia, saca del set unas pesas y las engancha a la cadenita de las pinzas que cuelgan de mis labios vaginales, así tengo que hacer la comida. La verdad es que no molesta mucho… Coge un pepinillo de su bandeja y me lo da.

– Métetelo en el culo. 24-2-2

La miro y abro mucho los ojos. Me alzo un poco, las pesas chocan entre sí. Apunto el extremo más estrecho del pepinillo en mi entrada posterior y aprieto, al momento se introduce entero y vuelvo a sentarme bien. La miro, Ella ni me mira, sigue comiendo como si nada. Ella ve como tomo el pepinillo de mi bandeja para comérmelo.

– Ni se te ocurra, te lo metes también por el culo.

Vuelvo a repetir la acción anterior. Nos divierte el juego. La azafata viene a retirar la bandeja con las sobras. Ella, con disimulo, se agacha y retira las pesas. Ahora puedo sentarme un poco mejor, cuando vuelve a poner en su posición original la bandeja del asiento delantero. Anuncian que dentro de poco vamos a aterrizar.

– No quiero volverme a arriesgar con el detector de metales de la aduana francesa -me comenta, mientras comienza a tirar, cada vez con más fuerza, de la cadena de las pinzas.

Miro hacia abajo y puedo observar con claridad los labios de mi vagina muy estirados. Ella sigue tirando, cada vez más fuerte. Se suelta una pinza, doy un respingo y muerdo mis labios para que no se escuche ninguna queja. Sigue tirando más fuerte aún, hasta que se suelta la otra pinza. Acerca su mano a mi entrepierna y acaricia donde antes estaban las pinzas. Me introduce un dedo en mi vagina y abre los ojos divertida mientras me dice, con una sonrisa:

– Pero qué puta eres, si estás chorreando.

Limpia su dedo sobre mi muslo, cuando la megafonía del avión nos indica que nos abrochemos los cinturones.

EN EL HOTEL

Llegamos al hotel ya avanzada la noche. Ella está muy cansada y decide acostarse.

– Mañana será un día muy ajetreado -me comenta.

Me ordena desnudarme, saca del set una ancha correa para mi cuello, me la pone y la ata a una de las patas de la cama. Duermo en el suelo, sobre la moqueta. A pesar del duro suelo, duermo de un tirón.

Ella me despierta de un puntapié. Ya está preparada para salir a su primera reunión de trabajo. Coge el auricular del teléfono y pide el desayuno en un fluido francés, que domina a la perfección, a diferencia de mí que no lo hablo nada. Suelta la correa que me aprisiona a la cama y me permite ir al baño. Traen el desayuno.

Antes de marcharse, me hace ponerme un par de los zapatos que traemos con nosotras. Son cerrados, de salón, con tacones de unos 15 centímetros y que me están algo pequeños. Saca unas esposas del set, coloca uno de los grilletes en mi muñeca.

– Seguramente vendrá el servicio a hacer la habitación y no me interesa que te vean así.

Mira a su alrededor y se dirige al armario de la habitación.

– Ahí estarás bien.

Pasa mis muñecas por encima de la barra de las perchas y aprisiona mi otra muñeca. Da un apretón a uno de mis pezones y cierra la puerta del armario con llave. Se marcha. Pasan lo que para mí parecen unas horas. Los pies me están matando. Llegan las camareras a arreglar la habitación. Me pone muy cachonda el saberme desnuda y atada con personas tan cerca y que lo ignoran.

Así transcurren los dos primeros días. Ella casi todo el día fuera y yo en el armario. Por la noche llega tan agotada que se ducha, pide la cena y se echa a dormir al rato. Yo al suelo, naturalmente. Durante esos dos días, casi me ignora.

Llega el tercer día, sábado. Ella ya se ha levantado, la oigo en el cuarto de baño cuando despierto. Me parece raro que no me haya dado un puntapié para despertarme y ayudarla en lo que necesite. Cuando aparece, está totalmente arreglada. Ahora sí me da una patada en mi culo.

– Levántate, parece que hoy estás de lo más vaga. -Me quita el collar del cuello y me da una bofetada. Bien empieza la cosa hoy.

– Túmbate sobre la cama. -Me tumbo como Ella me ha ordenado- Las marcas de nuestra última sesión casi han desaparecido, habrá que remediarlo pronto. Más tarde me ocuparé de ello. Te dije que el fin de semana sería para nosotras, pero me ha surgido un pequeño contratiempo y tendré que salir esta mañana.

Saca del set unas cuerdas y ata mis manos cada una a una barra del cabecero de la cama. Luego repite la operación con mis pies, mis piernas quedan muy abiertas. Se agacha para enfrentar su rostro con el mío y con los dedos de una de sus manos, comienza a retorcer uno de mis pezones con saña.

– Ahora te quedarás aquí bien quietecita, te vendaré los ojos. Pase lo que pase, no se te ocurra hablar absolutamente nada. Nos arriesgaremos, a ver lo que pasa. Voy a quitar el cartel de No molestar, para que el servicio de limpieza pueda hacer su labor. Recuerda, ni te muevas, ni hables, pase lo que pase. Luego ya me contarás, esclava mía.

Se agacha aún más y muerde con fuerza mi otro pezón, yo arqueo la espalda. Me da un último beso en los labios, antes de vendarme los ojos. Al minuto, oigo cerrarse la puerta de la habitación. Estoy sola. No sé cuánto tiempo ha pasado, creo que unas horas. Mis brazos y mis piernas están dormidas, cuando oigo unos leves toques en la puerta. Tengo algo de temor. Oigo la tarjeta introducirse en su ranura, van a abrir.

La puerta se ha abierto. Oigo la voz de una mujer, habla en francés, no entiendo nada. Se acerca mucho y sigue hablando, se ríe. La oigo volver hacia la puerta y llamar a un tal Michel. Llega el individuo y hablan entre ellos, lógicamente en francés. Cierran la puerta y se dirigen hacia mí, entre risas. Al momento, siento una mano acariciando uno de mis pechos, mientras otra se introduce en lo más interior de mí. Una fuerte bofetada cruza mi cara. Es la mujer, que a la vez me lanza improperios, creo reconocer la palabra puta, no sé. El hombre sigue introduciendo sus dedos en mi vagina. Los oigo desnudarse.

Al instante, la polla del hombre roza mi boca, la abro y chupo. La mujer, mientras, se dedica a abofetear mis pechos y clavarme las uñas en mis pezones. El hombre aparta su miembro y abre todo lo que puede mis piernas, me penetra. La mujer sigue castigando mis pechos y me escupe en la cara. No para de lanzarme insultos, menos mal que no los entiendo. El hombre sigue empujando su polla en mi interior. La mujer se sube sobre mí y apoya su apestoso coño sobre mi cara, yo lo lamo. ¡Qué diferencia con la suave fragancia de mi Señora!

La camarera sigue pellizcando mis sufridos pezones. El hombre se sale de mi interior y con su mano golpea el lugar que antes ocupaba su miembro. Me duele, aún queda algún resquicio de las heridas de nuestra anterior sesión. Sus dedos buscan mi culo, lo encuentran e introduce varios a la vez. Lanzo un quejido. La mujer comienza a contonearse con fuerza bajo las caricias de mi bien entrenada lengua. Se corre. Al mismo tiempo, comienza a orinarse. No me da tiempo a respirar y no para de moverse, casi todo su caliente líquido corre por mi cara y mi cuello.

La mujer se quita y vuelvo a sentir la polla del hombre en mis labios, succiono con fuerza. La mujer comienza a azotarme con un cinturón de cuero, muy fuerte. Grito. Se nota que la mujer no había golpeado con un cinturón de cuero antes de ahora, lo hace con demasiada fuerza, sin control. Me hiere. El hombre fuerza mi boca e introduce aún más su polla cuando, de repente, siento su caliente y espeso esperma golpear mi garganta.

Mientras, la mujer sigue golpeando con fuerza todo mi cuerpo. De su furia no se escapa ningún rincón: mis muslos, mis pies, mi vientre, mi monte de venus, mis pechos… No puedo ahogar mis gritos, cada vez los lanzo más fuertes. Se están ensañando demasiado, para ser desconocidos que usan una propiedad ajena.

La mujer para, el hombre le dice algo, cuando comienzo a sentir otro caliente chorro de orina sobre todo mi cuerpo. Tengo que tener heridas, porque me escuece mucho cuando la orina toca ciertas zonas de mi cuerpo. Entre risas, les oigo vestirse. Me dan otro correazo muy fuerte, que cruza mi vientre y mis pechos. Aún resuena mi grito cuando se marchan. Sigue pasando el tiempo, no sé cuanto.

Sin darme cuenta he comenzado a sollozar. La orina se ha enfriado y escalofríos recorren mi cuerpo. Apesto. Me siento desamparada. Dónde estará mi Amada. Me parece que han pasado horas, cuando escucho el encendido de un mechero. No estoy sola. En ningún momento he vuelto a escuchar la puerta y he estado atenta a cualquier sonido. Escucho trastear en el armario. De repente, oigo el flash de una cámara de fotos. Tiran varias instantáneas. La moqueta ahoga los sigilosos pasos. Escucho una voz que me susurra al oído:

– Ha estado bien, ¿verdad, mi pequeña niña? -Así que Ella estaba aquí… Lo ha preparado todo. Empiezo a sollozar con más fuerza.

– No pasa nada, cariño. Ya pasó todo. Qué tonta eres.

– No me lo esperaba, mi Señora. -Me quita la venda de los ojos y me desata.

– Levántate y dúchate, apestas.

Me dirijo al baño, me miro al espejo y me estremezco. Líneas violáceas muy gruesas cruzan todo mi cuerpo. Las marcas tardarán en desaparecer. Tras ducharme, vuelvo a dirigirme al dormitorio. Ella se ha vestido toda de cuero, sus altas botas de tacón brillan. Me espera látigo en mano.

– Túmbate en la cama boca abajo. Hay que equilibrar el castigo en tu cuerpo y ahora le toca a la parte de atrás.

No tardo en cumplir la orden y me tumbo. Me agarro a las barras del cabecero, pero Ella se acerca y suavemente hace que me suelte. Primer azote en mi culo, con fuerza.

– Mírame a los ojos -me ordena. Vuelvo mi rostro hacia Ella. Siguen cayendo sobre mi cuerpo los azotes. Ahora es en la espalda donde se centran los golpes. La miro a los ojos, Ella me mira cada vez que un azote cruza mi espalda. Ahora los muslos. Tira el látigo en un rincón y la veo sacar la fina caña de bambú que tanto me atemoriza. La apoya sobre mi culo, lo roza.

Escucho cómo la caña rompe el aire antes de golpear con mucha fuerza sobre mi trasero. Cierro los ojos y muerdo mis labios para ahogar un grito. La caña vuelve a romper el aire y mi culo, me arqueo.

– Cuenta los azotes, esclava. Serán veinte. Diez en tu culo y diez en tus muslos. Los que ya te he dado, por supuesto, no cuentan.

Cuando llego al décimo azote, el número sale de mi garganta con un grito. Ha sido muy fuerte, con todas sus ganas. Lloro. Comienza ahora con mis muslos. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, cada vez digo los números con más fuerza, casi grito. Seis, siete, ocho, nueve y… El último golpe se hace esperar un poco. Y… no sale el número por mi boca, ni siquiera un grito.

Parece como si mi garganta se hubiera roto. Casi me desmayo. Lloro con fuerza. Noto correr algún reguerillo de sangre por mis muslos y mi culo.

– Ya está bien por hoy. Aunque, pensándolo mejor, date la vuelta.

Me doy la vuelta. Las lágrimas corren por mi cara. A Ella parece no importarle, aunque sé que no es así. Sólo estamos disfrutando.

– Mete la barriga y saca pecho, elévalo todo lo que puedas.

Obedezco. La caña acaricia mis pechos, se entretiene en mis pezones. Alza el brazo. Cierro los ojos y aprieto los puños. La caña corta el aire con demasiada fuerza. Me muerdo los labios. La caña se para justo a escasos milímetros de mis pezones. Abro los ojos y miro el objeto de mi castigo, ni me ha rozado. Suelto el aire contenido y me dejo caer.

– Asusta, ¿verdad? -y sonríe- Levántate. -Me alzo, las piernas me tiemblan. Estoy de pie frente a Ella, mis manos atrás.

– Mira cómo has dejado la cama. Eres una cochina, esclava. -Vuelvo mi cabeza. En la cama hay restos de sangre y está amarillenta de las meadas.

– Vuelve a ducharte y cuando termines, recoge las sábanas de la cama y las metes en remojo en la bañera. No me apetece que el personal del hotel se percate de lo que ha ocurrido.

Así que las personas que entraron no son del hotel, mejor. Seguramente Ella los ha contratado. Me encanta no haber perdido mi capacidad de sorpresa. Ella siempre sabe sorprenderme. Me dirijo al baño.

– Sobre el lavabo está la ropa que quiero que te pongas. No tardes. Tenemos que ir a comer.

Me miro al espejo, me vuelvo. La caña ha abierto mi carne. Sangro por un par de marcas en los muslos y otras tres en mi culo. La caña ha abierto las pequeñas heridas que ya tenía. Me ducho. Justo cuando termino, aparece Ella. Trae un bote de alcohol. Salgo del baño y quedo frente a Ella. Vierte alcohol directamente sobre mi cuerpo. Lo chorrea desde arriba y su mano es quien lo extiende.

– Vuélvete. -Repite la operación por la parte posterior. Las heridas del culo y de los muslos me escuecen bastante. Ella acaricia a la vez que extiende el alcohol.

– Vístete -me fijo y una lágrima furtiva escapa de uno de sus hermosos ojos. Sonríe. Sale del cuarto de baño. Cojo la ropa. La falda es muy, muy corta. La blusa es de gasa negra transparente. ¡Hay un sujetador! También es negro. Es de cazoleta baja. Los pechos quedan totalmente al descubierto, sólo sirve para sostenerlos.

Me visto. Ha dejado al pie del lavabo los estrechos zapatos de salón, me los calzo. Me miro al espejo. Mi culo queda casi al descubierto con sólo andar, notándose el castigo con demasiada evidencia. Las marcas y heridas de mis muslos quedan totalmente a la vista, se nota que son recientes y muy marcadas. Me fijo y también mis pechos se ven a la perfección. Me he maquillado el pezón con la barra de suave tono marrón, que los hace más vistosos a través de la transparente tela. También se dejan ver claramente las marcas que cruzan mis pechos y aún se dejan entrever algo las pequeñas heridas que hace sólo tres días dejaron las espinas de las rosas que más profundamente se clavaron. Igual ocurre con mi culo. El castigo se delata excesivamente. ¿Así vamos a ir a comer? Nunca antes lo había hecho.

Maquillo suavemente mi rostro. Los labios, con la barra rojo fuego y brillante que tanto le gusta. Me observo en el gran espejo del armario del baño. La verdad es que tengo la pinta de una puta maltratada por su chulo. Salgo al dormitorio, Ella se ha vestido como le gusta, con un elegante traje de chaqueta gris.

Recojo la ropa de la cama, hago un ovillo con ella y la meto en la bañera, ya llena de agua y lejía. Antes de irnos, me coloca un fino collar de cuero en el cuello, con brillantes remaches de forma piramidal. Nos vamos. Ya en la recepción del hotel, todos nos miran. Ella, una elegante señora y yo, un putón verbenero.

Al dejar la llave en recepción, el recepcionista nos mira de arriba a abajo, sobre todo a mí. Nos saluda y nos pregunta, en un español con marcado acento francés:

– ¿Han tenido algún problema las señoritas?

– ¿Tenemos aspecto de tener algún problema, joven? -le contesta mi Señora.

– Por supuesto que no -contesta el apurado recepcionista, arqueando mucho las cejas- Sólo lo decía por cortesía, no porque tengan ustedes aspecto de tener problemas.

– Pues en lo sucesivo, haga el favor de meterse en sus cosas y no hacernos preguntas de lo más tontas. Parece usted imbécil.

El joven se queda boquiabierto y con cara sorprendida mientras nos marchamos hacia la calle. Me vuelvo sonriente, le guiño un ojo. Ahora sí que tiene cara de imbécil.

EN EL RESTAURANTE

Cogemos un taxi y nos dirigimos a un exclusivo restaurante, donde el maître nos mira inquisitivamente. Un camarero nos lleva hasta un reservado, sólo para cuatro personas. Ella me ordena:

– Desnúdate, dentro de poco vendrá nuestra invitada.

Termino de desnudarme, justo cuando entra un camarero con el vino recomendado por la casa. Casi sin mirarme dio a probar el vino a mi Señora, que asintió al paladear el espumoso. Yo sigo con la mirada baja, cuando el camarero abre la puerta y cede el paso a una señora vestida elegantemente de cuero y acompañada por un cabizbajo señor que, al cerrarse la puerta tras de sí, comienza a desnudarse.

Al terminar éste, se arrodilla junto a la señora. El camarero, sin inmutarse, sirve también una copa de vino a la recién llegada. Parece ser que en el lugar están acostumbrados a nuestros juegos. Ambas comienzan a hablar entre Ellas en francés, yo sigo sentada junto a mi Amada y Dueña. La Dama le dice algo a su esclavo, éste se levanta y se coloca junto a mí, de pie.

– Ve tocándole la polla al esclavo de mi invitada, así no te aburrirás mientras charlo con ella.

Al momento, mi mano atrapa el arrugado miembro y sus colgantes testículos, ni siquiera alzo la mirada cuando efectúo la operación. La polla no reacciona ante mis caricias, parece ser que podría ser castigado si esto ocurre, si no, no me explico. De reojo, miro a nuestra invitada, es madura, con el cabello corto y muy rubio. Su rostro es muy bello, su cuerpo esbelto y rebosa elegancia en sus gestos y al hablar. Nuestras miradas se cruzan y me lanza una mirada cargada de morbo.

24-3-2Mientras tanto, la polla que tengo en mi mano parece que reacciona algo, poco, pero lo noto. Esto me alegra y sigo provocando al esclavo, le miro directamente a los ojos y le muestro la punta de mi lengua. Acelero un poco el movimiento de mi mano, cuando la puerta se abre. El camarero trae en un carrito el primer plato. Yo retiro mi mano de la polla, algo cortada.

– ¿Qué haces, imbécil, quién te ha dicho que pares? ¿Quieres dejarme mal? -Me reprende mi Señora, mientras que con una mano me aprieta con rabia un pezón. Vuelvo a coger el miembro que, poco a poco, se va endureciendo y de mis labios sale un tímido: “lo siento, mi Señora”.

Nuestra invitada se percata del detalle de la polla empalmada. Mira seriamente al esclavo y le lanza una autoritaria orden. Al momento, el esclavo se coloca ante ella. Ésta coge su bolso, saca una pinza con dientes de cocodrilo y se la coloca en la punta de la polla. Saca también una pesa, para mí demasiado grande, y la cuelga de la pinza.

Al momento y con un gesto de dolor, el esclavo vuelve a mi lado. Inmediatamente vuelvo a masajear el miembro con mi mano. Su polla, aunque algo erecta, cuelga exageradamente hacia abajo. La invitada le dice algo a mi Señora, que le ríe la gracia. Terminan la comida y nos ordenan vestirnos. La invitada le quita la pinza dentada a su esclavo, éste se encoge de dolor, le coge la punta de la polla y estira con fuerza mientras le dice algo, enfadada.

Cogemos diferentes taxis. Mi Señora, por el camino, me va explicando de qué va el tema. Nos dirigimos a la mazmorra particular de la Dama. Mi Señora me comenta que esta noche nos llevará a un club SM, llamado Adán, pero que antes le apetece que echemos un ratito en su casa.

– Por cierto, ten cuidado con lo que dices, su esclavo es del norte de España y nos entiende perfectamente -Me comenta mi Señora de camino en el taxi-. Espero que estés a la altura de las circunstancias y no me dejes mal. No sé qué pasará en su casa, es una sorpresa, pero esta noche en el club Adán, seguramente será muy fuerte para ti. Yo me encargaré de tu correctivo y deseo dar un buen espectáculo a los asistentes a la velada. Aparte de que obedecerás ciegamente a quien yo te indique, sea quien sea. ¿Qué te parece, zorra?

– Todo lo que me ordenes y te apetezca me parece bien, mi Señora -Le contesto, bajando la mirada. Ella, asintiendo, me coge de la mano y me clava las uñas. Sonríe.

EN LA MAZMORRA

Llegamos a la casa. Es una casa de dos plantas que está ubicada en pleno centro de París. Nos dirigimos al sótano. Su esclavo, nada más llegar, se desnuda y se arrodilla ante su Dueña. Yo lo imito. Su Señora lo hace tumbar en un potro, le ata los testículos y la polla y pasa la cuerda por una polea que pende del techo. Tira de la cuerda. Cuando cree que está lo suficientemente estirada, ata el extremo en un gancho de la pared.

Deja al sumiso y le dice algo a mi Señora, y ésta a su vez ordena levantarme. La Señora de la casa admira mi castigado cuerpo pasando sus dedos por las heridas de mi pecho y mi vientre. Me ata a una cruz en la pared, de espaldas. Sus dedos vuelven a acariciar las heridas que corren por mi culo y mis muslos. Me mete dos dedos por el culo y le comenta algo a mi Señora.

– Dice que tu culo es perfecto para que seas cubierta por su perro esta noche en el club Adán. Parece que prepara un espectáculo fuerte.

Comienzo a escuchar unos sonoros azotes, no son sobre mí, es el esclavo quien sufre el correctivo. A cada azote de la fusta, el sumiso se mueve y parece como si su polla y sus huevos pudieran desgarrarse. Están muy estirados y morados. Cesan los azotes. Miro hacia donde está mi Señora. Está sentada en un sillón mirándome y sonriendo.24-1-2

De repente, el primer azote sobre mi ya castigado trasero. Grito, no me lo esperaba. Otro azote y otro, no paran de llover golpes sobre mi culo y mis muslos. Siento que algunas de mis heridas se han vuelto a abrir por el líquido caliente que corre desde mi culo hasta mis pantorrillas.

Mis lágrimas también corren por mis mejillas. Busco la mirada de mi Amada y Dueña, la encuentro y siento un alivio que pocos pueden comprender.
Ella me sonríe, me mira fijamente a los ojos, me lanza un beso y su mano se dirige a su entrepierna. Se acaricia. Cierro los ojos, el dolor se ha hecho más que soportable, con sólo saber que le estoy procurando placer a mi Amada. Los azotes siguen cayendo sobre mi culo.

Siento más de un reguerillo recorriendo mis muslos, cuando la Señora de la casa para. Me desata, me da la vuelta y vuelve a atarme, ahora de frente. Saca de su bolso las mismas pinzas que antes puso en el pene del esclavo, ahora son dos. Aprieta mis pezones. Cierro los ojos, pero no llega a ponérmelas. Estira mis labios vaginales y coloca una de las pinzas, me mira.

Me duele, mucho, pero intento no exteriorizarlo. Coloca la otra pinza con su correspondiente pesa en el otro labio y deja caer las pesas al unísono. Cierro los ojos con fuerza, a cada balanceo de las pesas parece como si cientos de agujas fueran clavadas en su lugar. Me mira de nuevo.

Se aparta y lanza el primer golpe, con fuerza, sobre mis pechos. No termina de salir el grito cuando llega el siguiente azote. Con la mirada busco a mi Dueña. Allí está, acariciándose y mirándome fijamente. Una ola de placer me recorre, los golpes llegan a mi entrepierna, siento dolor pero sobre todo placer un placer superior que pocos imaginan se pueda sentir.

Mi vagina se humedece, mi espalda se arquea. Otro fuerte azote en mi entrepierna y las pesas se balancean. De nuevo el dolor se intensifica. Yo miro a los ojos de mi Señora cuando me llega el poderoso y silencioso orgasmo. Me corro envuelta en su mirada.

Ella también ha cerrado los ojos. Orgasma, también en silencio. Sólo nosotras los sentimos, nos hemos sentido unidas en lo más profundo de nuestro ser. Solas, Ella y yo. Otro golpe. Y otro, y otro más…

Relato: José Luis Carranco

Ilustraciones: Morilla

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