24 HORAS, EL COMIENZO

EL PRIMER DIA

Hoy es mi primer día de trabajo, bueno, debería decir de prácticas. Hace sólo un mes que acabé un curso superior de dibujo y diseño enfocado hacia el mundo del marketing y la publicidad y ahora mismo me encuentro ante las puertas de la empresa G&G Creativos, donde acabo de ser contratada por tres meses para hacer las prácticas. Estoy algo nerviosa. Antes de comenzar este diario sobre mi vida más inmediata pienso que he de describirme un poquito.

Tengo veinte años, 1’60 de estatura, 50 Kilos de peso, cabello castaño claro, ni largo ni corto, algo ondulado, poco. Tengo una bonita figura, esbelta, con las curvas donde hay que tenerlas, un hermoso culo bien redondeado y respingón y unos hermosos y apretados pechos talla 95. Mi rostro, dicen que soy guapa, mis ojos son verdes, mi nariz pequeña, labios algo carnosos y mentón algo prominente.

Mi carácter, como mi edad, es jovial, no soy nada tímida, pero no muy extrovertida. Amigos, pocos. Vivo en un piso alquilado y compartido con tres chicas estudiantes con las que me relaciono poco, no llevo mucho tiempo en la ciudad. Sexualmente, no soy de las que llevan la iniciativa.
Me gusta más que me conquisten, es más cómodo que los demás piensen por mí cómo hay que conducir el momento de una relación sexual. Los chicos me gustan mayores que yo, son más decididos, tienen más experiencia, son mejores amantes y suelo dejarme llevar por ellos. Mis experiencias con jovencitos de mi edad no han sido muy edificantes, sin embargo, un par de veces he estado con chicos que superan los treinta años y ha sido genial, superior.

¿Qué más podría contar sobre mí? Nada. Miro el reloj, faltan cinco minutos para la hora a la que me citaron. No sé si he escogido bien mi vestuario, unos vaqueros, unos zapatos bajos de cuero marrón, una camiseta blanca y una chaqueta corta también blanca, mi cabellera recogida en una cola de caballo. Entro en el vestíbulo, es amplio, espacioso y decorado con plantas y colores vanguardistas. Me encuentro una mesa donde hay una recepcionista. Le indico quién soy y a qué vengo. Me hace saber que el jefe de personal me espera.

– La segunda puerta a la derecha.

La puerta está entornada, me asomo y toco un par de veces. Me recibe un atractivo cuarentón que está reunido con varios empleados más, todos rondan entre los veinticinco y los treinta y cinco años. Muy amablemente me lleva hasta un gran salón dominado por varias mesas de dibujo y donde un par de jóvenes se afanan en su tarea.

Me presenta al Director de Arte, que es quien ha de encargarse del trabajo que tengo que realizar. Me sorprende la juventud de mi superior, no creo que llegue a los treinta años. El jefe de personal se marcha. El Director de Arte, tras explicarme en qué consistirá mi trabajo en los tres próximos meses, me comenta que la gerente quiere que yo le sea presentada, aunque aún no ha llegado.

– Le gusta conocer personalmente a todos los empleados y a veces, con los mejores, es ella quien se encarga de darle los trabajos.

Sobre mi nueva mesa de trabajo hay varios bocetos que el Director desea que termine, para así comprobar mi nivel. Se marcha sin dirigirme ninguna palabra más. Me quito mi corta chaqueta y comienzo por mirar los bocetos, no son muy complicados. Llevo dos horas de trabajo cuando vuelve de nuevo el Director.

– No están nada mal, llegas a la media de nuestros dibujantes. La jefa ha llegado. Acompáñame, te la presentaré -Salimos del salón y nos encaminamos hacia la puerta del final del pasillo- Es muy exigente y seria -me comenta-, lo que más le desagrada es el desorden y la informalidad. Pero también es una gran profesional, todos la respetamos bastante. Le ha costado mucho llegar donde ha llegado y por eso exige a los demás el mismo esfuerzo que ella pone en todo.

La puerta está abierta y da a un pequeño despacho donde hay una secretaria. Ésta comunica por el interfono nuestra llegada a la gerente. Su respuesta, un seco “adelante”. Traspasamos la última puerta de la empresa. Es un despacho amplio, dominado por un gran ventanal, que le da una generosa luminosidad. En el centro, frente a la puerta de entrada, una espaciosa mesa, pulcramente ordenada.

Ante la mesa, dos sillas destinadas a las visitas. A la izquierda, un ancho archivador flanqueado por dos altas y frondosas plantas de interior. A la derecha, un pequeño sofá de cuero negro tras una baja mesa de cristal. El suelo es de mármol negro. Junto a la puerta de entrada un pequeño mueble bar, también lacado en negro, el resto de la decoración, muy vanguardista, dando la sensación de que la estancia es más grande de lo que realmente es. Tras la mesa, en un alto y confortable sillón de cuero negro, ella.

Tiene unos treinta y cuatro años, aproximadamente 1’70 de estatura, esbelta, bella, muy bella. Su pelo, rubio ondulado. Muy elegantemente vestida, con traje chaqueta gris, a pesar de estar en mangas de camisa. Se levanta y sale de detrás de su mesa, me da la mano.

– Poneros cómodos.

Nos sentamos en las dos sillas que están ante su mesa, ella se apoya en ésta. Me habla, pero de poco me entero. Estoy como hipnotizada por sus impresionantes ojos azules. Son profundos y muy brillantes. Me mira directamente a los ojos, muy segura de sí misma. Me está dando la bienvenida y que espera que haga un buen trabajo para la empresa.

– Y ya sabes que me tienes aquí, al igual que al Director de Arte, para lo que necesites, no dudes en consultarnos si tienes alguna duda sobre el trabajo. Espero ver pronto los resultados.

Salgo de aquel despacho algo aturdida. Hay algo en ella que me turba, aunque no sé qué es.

– Impresiona, ¿verdad? -me dice el Director- La admiramos mucho.

Vuelvo a mi mesa de trabajo, pero me cuesta concentrarme. Aún noto ante mí aquellos ojos asombrosamente hermosos y seguros. No comprendo y estoy muy confundida por la extraña sensación que me ha producido esta mujer. Me ha impactado su magnetismo. Joven, bella, inteligente, muy segura de sí misma, sin duda es una mujer muy especial. Sin embargo, no es normal la turbación que he sentido en su presencia. Al cabo de un buen rato, por fin, consigo olvidarla y concentrarme en el trabajo.

UN MES

Llevo ya un mes trabajando en la empresa de publicidad. Y desde el primer día sólo he visto a la gerente en alguna que otra ocasión al cruzármela casualmente en los pasillos. Ella me ha saludado con una sonrisa y un seco “Buenos días”, yo le he respondido de igual manera y cada vez que me la he cruzado he vuelto a sentir un cierto nerviosismo extraño en mí. Incluso yo misma he intentado evitar encontrármela, deseo desterrar esa extraña sensación que me produce su presencia. Pero hoy presento mi primer proyecto propio y es ella quien ha de darle el visto bueno. Llamo al Director, que se muestra complacido con mis ilustraciones, me manda directamente al despacho de la jefa.

La secretaria me hace esperar unos diez minutos cuando la voz del interfono le comunica que puedo pasar. De nuevo, sale de detrás de la mesa para saludarme. Me besa en la mejilla, es la primera vez que lo hace. Aspiro su perfume. Me mira directamente a los ojos y vuelvo a sentir la turbación que experimenté desde el primer día. Me hace sentar y ella, en vez de sentarse de nuevo tras la mesa, se sienta a mi lado.

Toma mi carpeta y observa interesada mis diseños. Yo me entretengo admirándola. Lleva minifalda de cuero negro, camisa blanca con pañuelo a juego. Observo claramente que sus medias terminan al final de sus bien contorneados muslos. Sus pies están enfundados en unas botitas cortas con unos, en mi opinión, interminables tacones muy finos. Pienso que para mí sería muy complicado andar con ellos, sin embargo, ella se desenvuelve con una gran soltura. Poco a poco voy alzando mi mirada, recorriendo su cuerpo, hasta que llego a sus ojos, me está mirando con una sonrisa en sus labios. Me quedo cortada y aparto la mirada.

– ¿Ocurre algo?

– No, nada.

– Pues bien, tu trabajo me gusta, quizás habría que hacer algunos cambios, pero en general me agrada.

– Muchas gracias.

Mientras me habla, vuelvo a enfrentarme con su mirada, mi turbación crece.

– Te voy a enseñar un antiguo proyecto que me gustaría que tú reformaras algo.

Se levanta y se dirige hacia el gran archivador, donde busca en uno de los enormes cajones. Ahora la veo de espaldas. Me siento impresionada, su cintura de avispa a la antigua usanza, al igual que las medias con costura y esos altísimos tacones.

Su culo me parece divino y me quedo atontada mirando un ligero balanceo. Extrañamente, me siento un tanto atraída y al mismo tiempo desconcertada.

– Aquí está -me dice volviéndose hacia mí. Me gustaría que te encargaras de ello. Los que acabas de hacer, antes de mostrárselos a nuestros clientes, se los pasaré a Nacho para que los pula, espero que queden satisfechos. Estos que te doy los quiero para la semana próxima.

Me da una carpeta y se parapeta tras su mesa impecablemente ordenada. Ha dado por terminada la reunión de trabajo, ni siquiera se ha despedido. Salgo de su despacho y voy hacia mi lugar de trabajo. En toda la mañana no logro centrarme en mi labor. Estoy confundida, nunca me había sentido atraída por una mujer, pero ésta tiene algo, no sé qué, que me atrae en exceso.

OTRO DIA

Ya ha pasado una semana desde la última vez que la vi, tampoco me la he cruzado por los pasillos. La evito a conciencia, pero hoy tengo que presentarle el nuevo trabajo. Muy nerviosa, me dirijo hacia su despacho. En esta ocasión me hace esperar más de veinte minutos. Entro. Me espera sentada coquetamente sobre el borde exterior de su mesa, sus piernas cruzadas, el final de las medias al descubierto bajo su corta falda negra. Me da la sensación de que la postura en la que me espera no es casual. Un escalofrío recorre mi espalda.

– A ver ese trabajo -me dice alegremente sin bajar de la mesa- Siéntate.

Me siento, sus pantorrillas están a escasos centímetros de mi rostro. Mi mirada se pierde recorriendo su cuerpo, mientras ella observa mi trabajo. Mis ojos llegan a la punta de su zapato. Uno de ellos cuelga distraídamente de la punta de sus dedos. Me quedo ensimismada con el balanceo del elegante calzado de tacón de aguja. De repente, el zapato se escapa de sus dedos.24-1

– ¡Oh!, perdona, ¿te importaría recogerlo y colocármelo, si eres tan amable? -me dice alegremente.

– Por supuesto, señora.

Lo cojo del suelo, ella alza su pie suavemente, casi con delicadeza, hasta ponerlo ante mis narices.
Primero introduzco en la puntera sus dedos y luego, en una fina tira de cuero, su talón.

Alzo la mirada y allí está ella, mirándome fijamente a los ojos con la sonrisa que tanto me desarma. Tengo la sensación de que la situación la está provocando ella misma… ¿Buscando qué?

– Muchas gracias, querida.

Mi mirada se pierde en cualquier lado y al regresar, están sus ojos. Me estremezco.

– El trabajo está bastante bien, aunque me gustaría comentártelo mejor ante un copa, ¿qué te parece?

– Ahora mismo no tengo nada que hacer.

– Ahora no, querida -me dice mientras ríe-, hay trabajo que tienes que hacer, ¿qué te crees?, aquí no para nadie. Me refería a vernos fuera de horas de oficina. Me expreso mejor en un ambiente tranquilo.

¡Dios mío, es una cita lo que me está proponiendo! Estoy desconcertada, ¿qué le digo?

– Por supuesto, no hay problema -balbuceo.

– Pues muy bien, ¿qué te parece hoy mismo, querida? Es viernes y mañana no hay que trabajar, por si se alarga la velada, claro.

– Me parece bien. Pero qué estoy diciendo, ¿soy yo?

– Esta noche te recojo sobre las 10, te invitaré a cenar, ¿no hay problema en que te recoja en tu casa, verdad?

– Claro que no, mi dirección es…

– No hace falta que me des tu dirección. Controlo todas las fichas de los que trabajan para mí.

– Bueno… ¿Puedo retirarme?

– Qué prisa tienes por ponerte manos a la obra… ¿Tendré que encargarte otro trabajo, no?

– Sí, claro… -digo, mientras me levanto de mi asiento.

Coge una carpeta que tiene sobre la mesa y me la alarga. Con un pequeño saltito, se alza sobre sus vertiginosos tacones, se acerca y me da un beso, demasiado cerca de mis labios.

– Pues, sobre las diez nos vemos, querida.

Salgo del despacho. No me lo puedo creer. No me conozco. Ha estado tan simpática, tan amable… La sensación que sigo teniendo es de que ella intenta provocarme y curiosamente lo ha conseguido. Su aroma aún me impregna y siento como una cierta decepción porque sus labios no se unieron a los míos.

¿Qué me está ocurriendo? ¿Por qué he aceptado su cita? Porque innegablemente aquello era una cita, aunque yo aún no me lo crea… ¿Por qué me siento tan decepcionada porque sus labios no han besado los míos? Nunca antes había experimentado lo que me transmite esta enigmática y sensacional mujer. Nunca me había atraído una mujer, sin embargo, con ella…

LA CITA

Son las ocho de la tarde, aún quedan dos horas para que ella llegue. Estoy duchándome y aún pienso en sus labios que casi rozaron los míos. Increíblemente, mis dedos llegan hasta mi entrepierna y comienzo a acariciarme. La excitación sube, mis dedos aceleran el ritmo, el chorro de agua me da directamente en la cara, ahogando mis gemidos de placer. Orgasmo. Salgo del baño temblorosa, me he corrido como nunca. ¿Tanto deseo siento por esta mujer? Voy hacia mi dormitorio, no sé qué ponerme. Una de mis compañeras de piso pasa ante mi puerta.

– ¿Tienes una cita? -me dice muy alegremente.

– Podríamos decir que sí… No sé qué ponerme.

– Nada mejor que algo sexy, a los tíos les encanta, los pone muy cachondos.

Entra en mi dormitorio y trastea en mi armario. Coge una minifalda de flores y un suéter blanco.

– Esto te irá genial, además el suéter se transparenta algo y se verá el sujetador, los pone como motos que se te vea algo la ropa interior y si es negra mejor. Por cierto, ¿tienes ligueros?

– Sí, sólo tengo uno, negro. Me lo regaló un antiguo novio.

– Pues te los pones. Y de zapatos, ¿Cómo andas?

– Casi todos planos o con tacones bajos.

– Pues yo te presto unos bien altos, eso también los pone cachondos.

– No hace falta que te molestes…

– No es molestia, cualquier cosa por una compañera.

Y se marcha, dejándome con la palabra en la boca. Retiro la toalla que me envuelve y comienzo a vestirme. Primero la ropa interior, las bragas, el sujetador, los ligueros, las medias. Tengo que reconocer que me encuentro de lo más sexy cuando me miro al espejo. ¿Y para qué me estoy poniendo sexy, para una cita con mi jefa? No sé… Da igual. Luego me termino de vestir. Verdaderamente, el suéter se transparenta demasiado y se ve a la perfección mi sujetador negro. Al momento, llega mi compañera con los zapatos.

– Pruébatelos -me los da y me los coloco.

– ¡Uff! Son muy altos y me aprietan un poquito.

– Pero te quedan genial. ¡Guau!, ahora sí que estás muy sexy. Si yo fuera hombre no me lo pensaría dos veces. Que tengas suerte.

Y sale de mi dormitorio. Me miro al espejo y sí, me encuentro muy atractiva, más que nunca. Me recreo un poquito, normalmente no suelo vestir de esta manera, pero me gusta.

Cuando estoy terminando de maquillarme, llaman a la puerta. ¿No será ella? No creo que se atreva a subir. Tocará el claxon de su coche, ¿o no?

– Tu amiga -me dice mi compañera, apoyada sobre el quicio de mi puerta, con los ojos muy abiertos y sonriendo con cierta picardía y alegría- Nunca pensé que fueras de esas…

– Y no lo soy, ¿qué te piensas…? Esto no es lo que parece.

– Eso dicen todos.

– Es mi jefa.

– Tú harás carrera, guapa -repone, y se marcha.

Quedo algo contrariada. Termino de maquillarme y salgo al salón del piso. Allí está ella, con su maravillosa sonrisa me parece preciosa, hermosa, única. ¿Pero qué estoy pensando? Es sólo una reunión de trabajo… Además, a mí no me van las tías, ¿o sí?

– Has llegado pronto -es lo único que se me ocurre decirle.

– No, tú has salido tarde. Soy extremadamente puntual, ya te darás cuenta.

Mira el reloj, son las diez y tres minutos. Efectivamente, me he atrasado, pero es tan poquito…

– Nos vamos, querida.

Y se vuelve en dirección a la puerta. Su contoneo me hipnotiza y la sigo. Aparece una de mis compañeras de piso, justo antes de que yo desapareciera por la puerta.

– Que disfrutes, “querida”.

Y esto último lo dice con cierto retintín. El restaurante es elegante, muy elegante. Creo que me he equivocado al elegir mi vestuario. Sin embargo, ella va impecable, acostumbrada a estos ambientes.

Elegantemente vestida con un traje de chaqueta de cuero negro. Su falda corta y unos zapatos de salón con una tira que se anuda en su tobillo, con tacones altos, muy altos. Yo intento iniciar una conversación de trabajo, ella me corta.

– Vas muy guapa, querida. Por la oficina nunca vas así.

– Tampoco nos hemos visto tanto -le contesto.

– ¿Tú crees? No pasa un día sin que te observe mientras trabajas, querida -me dice mirándome fijamente a los ojos y sonriéndome, con complicidad.

No sé que decir, me está provocando, sus ojos, su voz… me desarman totalmente. Comienzo a sentir la punta de su zapato acariciando mi pantorrilla. Sigue mirándome fijamente, sonríe. Su pie sube un poco más, hasta llegar a mis muslos. Instintivamente, sin pensarlo, abro un poco más las piernas. Ella asiente y sonríe aún más, mientras su pie se acerca demasiado a mi entrepierna. Tiemblo, no sé qué hacer. Estoy muy excitada y no es normal.

– Perdona -le digo y me levanto algo precipitadamente-, tengo que ir al servicio…

Es una excusa, me marcho. Me miro ante el espejo, tiemblo, estoy muy nerviosa, confusa. “¿Pero qué estas haciendo?”, le digo a la imagen que me refleja. Echo agua fresca sobre mi nuca. En ese instante llega ella. Me abraza por detrás.

– Déjate llevar, tontita.

Me da un furtivo beso en el cuello, me toma de los hombros con fuerza y me da la vuelta. Nuestras miradas se enfrentan. Sus labios se acercan a los míos y me besa. Abro mucho la boca, con ganas, nuestras lenguas se entrelazan en un baile lleno de deseo. Me vuelve a coger de los hombros y me separa de Ella. Se agacha y me baja las bragas. No hago nada por detenerla. Coge mis braguitas y las pasa por delante de mi cara.

– Estás muy mojada, querida -me vuelve a besar en los labios- Salgamos y terminemos la cena.

– ¿Y mis bragas?

– Me las quedo de recuerdo, querida, ¿o no me vas a dar ese capricho? -y se las guarda en su bolso.

Directamente, sale del servicio, pero antes de cruzar la puerta que nos devuelve al comedor, se vuelve:

– Límpiate los morros, querida, esa pintura de labios barata que llevas se te ha corrido.

Me miro al espejo, parezco un payaso. La de ella sigue igual que antes de besarnos. Cojo papel y me limpio los labios antes de volvérmelos a pintar. Llevo mi mano a mi entrepierna y efectivamente, estoy muy mojada… y algo contrariada. Casi no me ha dejado pensar, todo ocurre muy deprisa. Sabe lo que hace.

Me he vestido sexy para salir con una chica, que para colmo es mi jefa. Me beso con ella en los lavabos y encima estoy cachonda. Me dejaré llevar. Aunque me parezca mentira, me comienza a gustar lo que me está ocurriendo. Es más, deseo que continúe. Tras la cena, me propone ir a una discoteca. Me extraño, yo pensé que iríamos a un sitio tranquilo. La céntrica discoteca es amplia, aunque demasiados chicos para mi gusto. Nos dirigimos a la barra y ella pide dos copas. No me pregunta qué quiero tomar, ella ha elegido.

– Anda, tengo ganas de verte bailar. ¿Por qué no te contoneas un poco?

– ¿Y tú? -le digo extrañada.

– Yo te observaré desde aquí. Otro capricho…

Suelto mi copa y me dirijo a la pista llena de chavales. Comienzo a bailar y de vez en cuando la miro. Ella está allí sentada en un taburete de la barra, observándome. Siempre que la miro, ella me está mirando, sonriendo con complicidad. Se levanta del taburete y me hace una señal. Se dirige al servicio, la sigo. De nuevo, nos besamos. La deseo con locura. Mis manos acarician sus pechos torpemente, sin ninguna experiencia, nerviosas. Son duros, no muy grandes, pero me parecen perfectos. Ella me intenta sacar el suéter. Yo me resisto un poco.

– No seas tímida, no va a entrar nadie, querida.

Me dejo hacer y me lo saca. Seguidamente, el sujetador. Esto es demasiado para mí. Pero sigo dejándola hacer. Acaricia mis pechos, los lame. Se aparta de mí y de repente, me larga el suéter.

– Póntelo, ya está bien por ahora. Más tarde seguiremos.

– ¿Y el sujetador?

– Otro caprichito -y sin decir nada más, se lo guarda en su bolso y sale.

Me quedo sola, me pongo el suéter y vuelvo a reparar el estropicio de la pintura de labios. Me miro al espejo, mis pechos se ven a la perfección… ¿Pero cómo voy a salir así? Tardo unos diez minutos en pensármelo, encerrada en un váter. La excitación que me hace sentir la situación que estoy viviendo, me decide. Cuando salgo, allí está ella, de nuevo en el taburete. Me acerco a ella.

– ¡Esto es demasiado! Por favor, devuélveme el sujetador -Muchos chicos sólo estaban pendientes de mí y de mis tetas.

– ¿No me quieres dar el capricho? Pensé que me apreciabas…

– Y te aprecio mucho, pero por favor…

– Vuelve a la pista de baile, dentro de poco nos iremos a un lugar más tranquilo.

Su voz es dulce, firme. Su sonrisa, cautivadora y sus ojos… Mi deseo es muy fuerte, me invade un impulso que me obliga a obedecerla, es algo superior a mí, algo que me es desconocido. Vuelvo muy cortada a la pista de baile. Rápidamente, varios chicos me rodean y tontean bailando a mi alrededor. Yo la busco con la mirada y allí está, sin perder detalle, sin dejar de sonreír. ¿Pero, qué quiere de mí?

24-2Una mano roza mi trasero, me vuelvo sorprendida y un chaval con cara de bobalicón me mira sonriendo con sus dientes amarillentos… ¿qué hacer? Por un momento estoy tentada de dejar la pista, la discoteca y a ella. Pero hay algo que me lo impide. ¿Deseo? Los pies me están matando, tanto tacón, no estoy acostumbrada y encima me aprietan. Otra mano vuelve a rozar mi culo. Esta vez ni me vuelvo. ¿La ley del deseo?

Extrañamente, estoy muy excitada, comienza a parecerme atractivo y fascinante este juego. Comienzo a bailar cada vez con más alegría y soltura, alrededor de aquellos bestias.

Un chico me agarra torpemente por detrás, sin violencia y siento su bulto en mi culo. Intenta llevar mi compás pegado a mi trasero. Otro se me acerca por delante y me planta su paquete.
Mi excitación y mi desparpajo crece. ¿Qué me pasa? De repente, una mano ase mi muñeca y tira con fuerza. Es ella.

– ¡Vámonos de aquí!

Por una parte, siento un tremendo alivio al percibir su mano rescatadora, pero por otra… algo decepcionada, creía que aquello le gustaba y que iba a durar un poco más.

Nos dirigimos hacia la salida. Varios improperios suenan a nuestras espaldas. Antes de cruzar la salida me para, me enfrenta y me besa en los labios. Los improperios crecen.

– ¡Tortilleras!, ¡putas!, ¡lesbianas de mierda!

Corremos alegremente, algo revoltosas por la calle. Nos metemos en el coche, me agarra por la nuca y me besa, su mano llega a mi entrepierna y me introduce un dedo.

– Nunca sospeché que fueras tan puta, estás chorreando.

– Yo no soy así, no sé qué me pasa. Tú…

– Yo, ¿qué?

– ¡¿Qué me estás haciendo?!

– Conquistarte, querida, así de sencillo. Bueno qué, ¿en tu casa o en la mía? -Me quedo atontada, mirándola con la boca abierta.

– Sería interesante ver cómo reaccionan tus compañeras de piso cuando nos vean llegar a las dos juntas, encerrarnos en tu dormitorio y que escuchen cómo te corres, ¿verdad?

– No, por favor, eso no…

– ¿Por qué no?

– En tu casa, por favor.

– ¿Y si nos fuéramos cada una a su casa a dormir?

– No, por favor, no sé qué me pasa, pero deseo estar contigo.

– Qué de favores pides, tontita. Está bien, vamos a mi casa.

EL DESCUBRIMIENTO

Llegamos a una urbanización a las afueras de la ciudad. Nos paramos ante un amplio y moderno chalet individual. Aprieta un botón de un mando a distancia instalado en su coche y la puerta de la cochera se abre. El muro que rodea la casa es alto, más que los de las casas que la circundan. Entramos en un extenso jardín. Un estrecho camino empedrado nos lleva hasta la puerta de entrada. Miro a mi alrededor, es tarde.

El caminito empedrado que va hasta el garaje se bifurca en otro que lleva directamente a la puerta que da a la calle, frente a la de la casa. La vivienda está totalmente rodeada por el jardín, es una parcela grande. Tiene varios árboles aquí y allá, casi todo césped y setos. Vuelvo a fijarme en el alto muro, supera tranquilamente los tres metros. No es normal, sobre todo comparándolo con los de las casas de los alrededores. ¿Qué tiene que ocultar esta enigmática y especial mujer que tanto deseo despierta en mí? Entramos.

En el vestíbulo ella se quita la chaqueta y la deja en un perchero. Pasamos a un amplio salón. Ella da a un interruptor que enciende una lámpara de pie situada en un rincón y que reparte una tenue luz, amortiguada por una pantalla roja con motivos negros. Al final del salón, un gran ventanal, que da al jardín trasero. El salón es de dos niveles y está decorado con gusto, con plantas y con un estilo moderno que lo hace muy espacioso.

Un gran sofá de cuero negro domina la estancia. También tiene una hermosa chimenea. Junto al ventanal, un sillón que parece sacado de la consulta de un psicólogo, que imagino muy cómodo. Habrá que probarlo. El ventanal dispone de una gran puerta corredera de cristal.
Tras ésta, el jardín, muy al final vislumbro el alto muro. Me lleva junto al sofá del centro del salón y me besa en los labios, nuestras lenguas vuelven a juguetear con ganas. Coge uno de mis pechos por encima de mi suéter, lo palpa, me pellizca el pezón, lo aprieta. Me duele y me quejo un poquito, un gemido que sale a través de nuestros unidos labios. Coge mi otro pezón y repite el pellizco. Otro gemido.

– ¿Te desagrada, querida?

– Me duele un poquito, pero si a ti te gusta no me importa. Pero no te pases.

– No te preocupes, tú me dirás hasta dónde llego.

Nuestras lenguas se entrelazan, retomando su húmeda danza.

– Desnúdate, querida. Yo voy a ponerme algo más apropiado. Los zapatos no te los quites, es como si estuvieras vestida estando desnuda…

Se marcha hacia la escalera que da al piso superior. Yo, mientras, me desnudo completamente, excepto los zapatos. Me gustaría quitármelos, los pies me están matando, será otro caprichito… Espero que no tarde mucho. La deseo. Sigo algo confusa, me es extraño el no sentirme avergonzada al desnudarme ante una persona a la que realmente conozco poco. Sin embargo, me siento a gusto, ella me inspira confianza o tal vez es la excitación que ha despertado en mí esta situación desconocida la que me la hace sentir y actuar de esta manera.

Ella ha debido sentir y ha comprobado que soy de lo más manejable, ¡y bien que me estoy dejando hacer!, aunque aún no sé muy bien porqué, por qué aflora en mí este sentimiento cuando estoy con ella… Está provocando momentos, para mí impensables, aunque para ella parecen de lo más cotidianos. La encuentro cómoda con estos juegos, tanto que, plácidamente me estoy entregando a ellos y ahora soy yo quien está deseando que no pare, que continúe.

Morbo, deseo, no sé… simplemente cada vez me siento más cómoda, más atraída por los placeres desconocidos que estoy empezando a descubrir. Sin embargo, no dejo de estar algo confundida y turbada, ante la perspectiva de mi primera relación con una mujer… y para colmo me está gustando.

Su fuerza, su dominio sobre mí, su seguridad, me están atrapando en este torbellino de placer… Me tumbo en el sillón de psicólogo. Como pensaba, es cómodo. Miro al jardín a través del ventanal. Nadie puede ver lo que sucede en la casa. Por encima del muro no observo ninguna otra construcción. Hay algo en mi interior que desearía que yo pudiera ser observada, algo que me excita sobremanera y que también es nuevo para mí, algo que ahora estoy descubriendo.

En estos momentos, me encantaría que personas desconocidas me vieran desnuda, exhibiéndome y mostrarles así cada rincón de mi cuerpo. ¿Por qué ahora siento este deseo tumbada frente a este ventanal? ¿Qué me está haciendo cambiar, ser otra que no soy yo? ¿O realmente así soy yo…? Pienso en ella y aumenta mi volcán interior, que desea escapar hacia al exterior y dar rienda suelta a la lujuria contenida. Mi mano se escapa por mi cuerpo…

Acaricio mis pechos, mi vientre, llego a mi vagina y busco el clítoris, lo masajeo. ¡Dios, qué cachonda estoy! Nunca he estado con una mujer y no sé cómo será, pero ella… ¿Cómo vendrá, con un picardías transparente, desnuda totalmente, con ropa interior muy sexy, con un kimono como en las películas…?24-3

Mientras sigo masturbándome con mis pensamientos eróticos, me sorprende el taconeo de sus zapatos bajando la escalera, nerviosa, me pongo en pie. ¡Dios mío! Es impresionante, nunca hubiera adivinado…

Aparece con unas botas que le llegan hasta su muslo, son brillantes y su tacón es muy alto y fino, metálico. Lleva un minúsculo tanga de cuero, un corsé también de cuero que estrecha aún más su cintura, está lleno de brillantes remaches. Sus hermosos pechos al aire. En la mano porta un bolso de viaje. ¿Para qué, qué juguetes traerá…?

Está maravillosamente imponente. Suelta el bolso sobre el sofá. Me mira, parece alzarse aún más sobre sus metálicos tacones. Yo quedo boquiabierta, mi mirada la recorre de arriba abajo. Me parece increíblemente bella, extraordinaria, imponente…

– Acércate, mi pequeña putita.

Me acerco a ella atontada, atraída por un magnetismo que emana de todo su ser. Me besa con fuerza en la boca. Sus dedos vuelven a pellizcar mis pezones. Una mano llega a mi culo, lo acaricia. Sus dedos juguetean con los vellos de mi pubis.

Yo, torpemente, acaricio sus pechos, también pellizco sus pezones presionándolos. De repente, me coge con mucha fuerza de los pelos de mi vagina y tira. Nuestras bocas se separan.

– ¡Ni se te ocurra volver a pellizcar mis pezones, aquí la única que pellizca y tira soy yo, zorrita!

Y antes de que yo pueda replicar, tapa mi boca con la suya. No es que me desagrade el juego, pero a mí también me gustaría participar. Sus dedos no llegan a tocar el interior de mi vagina, su mano se pierde en mi culo y un dedo explora cerca de mi entrada trasera. Sin darme cuenta, me introduce un dedo en el culo. Me separo de ella.

– Me duele, ten cuidado.

– Ya remediaremos eso, pequeña zorrita.

Y vuelve a acallar mis leves protestas con su boca. Yo sigo acariciando tímidamente sus pechos, una de mis manos se atreve a acercarse a su entrepierna…

– Tranquila, todo a su tiempo -Y quita suavemente mi mano.

Cogiéndome por el pelo, me obliga a bajar mi cabeza hasta encontrarme con uno de sus pezones ante mi boca, lo chupo.

– Sólo con la lengua, putita mía -Mi lengua lame el pezón en todo su contorno, se endurece por momentos- Ahora el otro -Sus suspiros crecen.

– Sigue hacia abajo, zorra.

No sé si sentirme ofendida por sus adjetivos, la verdad es que me excitan. Lamo su vientre enfundado en cuero, me arrodillo y lamo por encima del tanga, mis manos acarician su hermoso y prieto culo.

– Más abajo, zorra.

Más abajo, ¿dónde? Bueno, seguiremos, otro caprichito. Lamo sus muslos, hasta que llego al inicio de la bota y paro.

– ¡Más abajo, sigue lamiendo, zorra! -Y tira de mis pelos, empujándome hacia las botas. Lamo por encima del brillante charol y lentamente llego hasta la punta de la bota.

– Ahora la otra bota, putita mía.

De la punta de una bota, voy a la otra. Increíblemente para mí, ella sigue suspirando, como si aquello le procurara algún tipo de placer, ¡si ni siquiera toco su piel…! Sin embargo, sus gemidos crecen como si su placer también creciera. Miro de soslayo hacia su rostro y tiene los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás. ¿De verdad aquello logra darle placer?
Voy subiendo, lamiendo por encima de la encharolada bota, hasta llegar de nuevo a su entrepierna. Se da la vuelta y me enfrento a su culo, comienzo a lamer su exquisita redondez. Ella retira la fina tira de cuero del tanga.

– Lámeme el culo, putita mía.

Mi lengua se pierde entre sus dos redondeadas nalgas y busca su entrada trasera, la lamo con avidez, ella sigue suspirando de placer. Tira de mi pelo y vuelve a alzarme. Nuestras miradas se enfrentan.

– Vamos a jugar un poquito, querida. Túmbate en la mesa.

Quita el jarrón que está en el centro de la baja mesa de cristal del salón. Me ayuda a tumbarme en ella. Me besa en los labios.

– Te gustará mi jueguecito. Estoy segura de ello, zorrita mía.

Se vuelve y trastea en el bolso negro de viaje. Saca unas cuerdas.

– Tranquilízate, querida. No te pasará nada, sólo es un juego.

– Estoy tranquila. Confío en ti.

24-4Coge otra cuerda y rodea mi vientre, pasándola por debajo de la mesa. La aprieta mucho y mi vientre encoge, pegándose mucho a la mesa. Mis piernas quedan totalmente separadas. Mi cabeza casi cuelga por el extremo de la mesa. Sus manos acarician mis mejillas, introduce dos dedos en mi boca.

– Chúpalos, humedécelos bien, putita mía.

Chupo con avidez los dedos que me ofrece. Los saca de mi boca y los lleva directamente a mi vagina, me los introduce.

Comienzo a sentir los primeros latigazos de placer. Cierro los ojos. Ahora masajea mi clítoris y el placer aumenta. Los dedos de su otra mano se entretienen en pellizcar mis pezones, más fuerte que antes. Sus uñas se clavan en la delicada piel de mis pezones. Sin embargo, el dolor es muy soportable, el placer que me proporciona en el clítoris apaga el dolor que me procura en mis pechos.

– ¿Te duele, te molesta mucho?

Con mi cabeza niego, ella sonríe complacida. Yo misma me sorprendo al haber negado, porque realmente aquello me duele. Se separa de mí y vuelve a trastear en el bolso. Yo muevo mis manos, me ha atado a conciencia y siento un leve hormigueo en ellas. Se me están durmiendo. Se vuelve y en sus manos porta un consolador. Me lo acerca a la boca.

– ¡Lámelo, zorra!

Casi me grita, la verdad es que no me molesta, incluso me agrada. Abro mi boca y el aparato se abre camino, succiono, lo lamo con ganas. Lo saca de mi boca y lo introduce en mi interior. De nuevo, mientras una mano bombea el aparato, otra se dedica a pellizcar mis pezones. Crece la energía del bombeo y ejerce más presión sobre mis doloridos pezones, me clava las uñas con fuerza. Grito.

– Si te vas a quejar, dejamos el juego, no quiero hacerte daño. Si quieres, te vistes y lo dejamos para otro día -me susurra sonriente, con complicidad.

No puedo creer lo que me está diciendo, será parte del juego… Estoy demasiado excitada para dejarlo y creo que ella lo sabe. El juego, aunque parezca increíble, me está gustando, tal vez demasiado…

– No, no, por favor, sigue.

Mientras continúa bombeando, se inclina hacia mis pechos y cambia sus uñas por sus dientes. Mordisquea mis pezones. Mientras lo hace, de soslayo, me mira a los ojos. Yo los cierro y echo mi cabeza hacia atrás. El dolor me parece fuerte, aunque cada vez siento más placer, la mano que le ha quedado libre acaricia mi clítoris. Noto cómo me va llegando el orgasmo.

– ¡Voy a correrme, voy a correrme, no pares!

Para mi sorpresa, de repente, aparta su dedo de mi clítoris y retira bruscamente el consolador de mi interior. Yo me quedo con el cuerpo en tensión y con la boca muy abierta, jadeo como si me faltara el aire. Sufro una especie de espasmos por todo el cuerpo. ¡No hay derecho! Estaba a punto de sentir el orgasmo más placentero de mi vida y ella me lo ha quitado.

– ¿Por qué lo has hecho? ¡Maldita sea! Estaba llegándome ya. Eres una cerda retorcida -le grito enfadada.

Ella me mira con tranquilidad, diríase que esperaba esta reacción. De repente…

– ¡¿Cómo te atreves a hablarme de esa forma, zorra?!

Me da dos bofetadas, no son muy fuertes, pero me ha sorprendido y me ha dolido más por dentro que por fuera, no sé cómo reaccionar. Se quita el tanga y coloca su entrepierna sobre mi cara.

– ¡Cómeme el coño, zorra, ya te enseñaré cómo debes portarte!

No me ha dado tiempo a reaccionar, todo ocurre demasiado deprisa. Mi excitación es tan grande que con voracidad me lanzo a chupar su clítoris y pasar mi lengua por toda su vagina. Ella se entretiene en volver a pellizcar con saña mis pezones, su coño ahoga mis quejidos, sin embargo, sin saber muy bien porqué, sigo lamiendo su clítoris con más ganas todavía. Ella se contonea con energía, está a punto de llegarle el orgasmo y ejerce más presión sobre mis doloridos pezones.

De golpe, comienza a jadear cada vez con más fuerza. Grita. Sus manos dejan de pellizcar, para simplemente abofetear directamente mis pechos. Parece que nunca va a acabar el interminable orgasmo. Yo sigo lamiendo cada vez con más ansia. El dolor, el placer, el morbo, me empujan… Mi cara se embadurna con sus jugos, que cada vez emanan más del interior de su vagina. Súbitamente, un líquido muy caliente comienza a fluir de su interior. ¡Se está meando!

Ella ha cogido mi cabeza y no me la permite retirar, realmente con una postura tan forzada por las ataduras casi ni podría. Su caliente líquido empapa mi cara y mi pelo. Cierro como puedo mi boca, siento su sabor en ella. Termina de mear y restriega su entrepierna por toda mi cara hasta que, de pronto, se retira y se deja caer en el sofá.

Aprieta su mano sobre su entrepierna, aún siente placer… Se muerde los labios y su cabeza cae hacia atrás. Gime. Yo quedo casi atontada sobre la mesa, sin poderme mover. Mi cara y mi pelo chorrean aún sus meados. Sin embargo, no digo nada, mi único deseo es correrme, ¿o tal vez, es irme de aquella casa? ¡No, irme nunca!, sin antes haber conseguido mi merecido orgasmo. Porque lo merezco, no hay duda.

– Ha sido genial, hace tiempo que no encuentro una zorra como tú, querida -me dice, tras volver en sí misma.

– Y yo, ¿no me dejarás así? Por favor…

– No te preocupes, querida, te lo has ganado a pulso.

Se levanta lentamente y comienza a desatarme. Cuando ha terminado me ayuda a incorporarme, me alza. Miro mis pechos, que están algo enrojecidos a causa de las bofetadas recibidas mientras ella se corría. Los pechos en sí no me duelen, pero los pezones… Froto mis manos, están algo moradas, pero el hormigueo va desapareciendo cuando la sangre vuelve a fluir con normalidad. La miro a los ojos. Me abraza y tiernamente me besa en la boca.

– ¿Te ha gustado mi juego, verdad putita mía?

– Sí, no ha estado nada mal, pero por favor, cómeme ahora tú el coño -Le contesto, llevando una de mis manos a mi entrepierna y comenzando a acariciarme yo misma.

– Está bien, querida, te comeré tu lindo coñito, pero a mi manera. ¿Te parece bien?

– Hazlo como tú quieras y prefieras, no me importa, pero hazlo, por favor.

– Bien, túmbate en el sofá.

Me tumbo boca arriba en el negro sofá abriendo mucho las piernas. Ella mete la mano en el bolso y saca un consolador más pequeño que el anterior y unas pinzas de la ropa. La miro extrañada. Me agarra los pezones y me coloca las pinzas, me duelen un poco. Ya ni me preocupa su juego ni lo que haga conmigo, lo único que deseo es apagar mi sed de placer. Se arrodilla en el suelo ante mi expuesta vagina, me coge de las piernas y me las alza, su cabeza desaparece en mi entrepierna.

De pronto, siento su lengua acariciar mi clítoris y me arqueo entera. Ya comienzo a sentir placer desde la primera pasada de su exquisita lengua, sabe muy bien lo que hace. Nunca antes un hombre había lamido mi tesoro con esa maestría. Me contoneo cada vez más cuando noto que el pequeño consolador pugna por entrar en mi culo. Me relajo un poco y entra sin problemas, ella comienza a bombearlo. Cómo describirlo, es eléctrico, es mágico…24-5

El placer comienza a inundarme a raudales. Ella acelera el ritmo del consolador y de su lengua, a la vez que ejerce presión sobre una de las pinzas de mis pezones con la mano que le queda libre. El placer me invade, me desborda, es….

Grito, me contoneo, me arqueo, pataleo casi. Mi cintura se mueve de arriba abajo. A ella le cuesta trabajo seguir el ritmo de mi entrepierna, pero no aparta su lengua de mi clítoris. Grito con más fuerza, hasta que me dejo caer rendida en el sofá. Saca lentamente el consolador de mi culo.
Ella me abraza dulcemente, me quita las pinzas y me besa delicadamente.

– ¿Qué te ha parecido, mi pequeña niña?

Ninguna palabra sale de mi boca. Me acurruco sobre su pecho, tan relajada estoy que lo único que consigo hacer es alzar mi mirada y mirarla a los ojos con ternura.

Coge una cuerda muy larga y ata uno de mis tobillos a una de las patas de la mesa, le da varias vueltas en torno a él y luego dirige el extremo hasta la otra pata y ata mi otro tobillo. Con la misma cuerda, tira de su extremo hacia mi parte superior, ata mis manos juntas, con fuerza y tirando de mis manos hacia atrás ata la cuerda entre las dos patas de la mesa, quedando mis manos casi bajo ésta.

Comenzaba a sentir algo más profundo por aquella mujer, es algo que fluye desde mi interior y que hace que me sienta maravillosamente a gusto a su lado.

– Ha sido increíble, mágico, especial, no sé, único… -Las palabras se atropellan en mi mente intentando salir por mi boca.

– Calla, calla mi pequeña niña, te entiendo -me susurra.

No sé ni qué decir, ha sido indescriptible, nunca antes me había pasado algo parecido. Las pinzas en mis pezones, que aún me duelen. El consolador en mi culo, que nunca antes había sido profanado. Sus insultos, que habían aumentado mi excitación. Estar atada y sentirme indefensa. El haber sido observada cuando bailaba en la discoteca con mis pechos mostrándose. Que se orinaran en toda mi cara y que sin embargo no me importara, ni lo pienso ahora. Estar con una mujer, nunca me lo hubiera imaginado. La extraña situación, con esa mezcla de sensaciones, dolor, placer… ese inmenso placer…

He pasado la noche con ella, durmiendo a su lado. No nos dirigimos ninguna palabra más, solamente nos acostamos y abrazadas, nos dormimos.

Relato: José Luis Carranco

Ilustraciones: Domo

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One thought on “24 HORAS, EL COMIENZO”

  1. Declieux Orlando de Souza dice:

    Amei ,quero outras histórias

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